Capítulo uno.
Tres horas.
Tres malditas horas pasaron desde que mi querido novio —y próximamente ex— me dijo, con su típica sonrisa ladina y ese tono que solo él cree sexy, que íbamos por el segundo round.
Yo, ilusa, confié.
No sé por qué lo hago todavía. Siempre es lo mismo con Antonio. Me vende fantasías, me endulza los oídos, y termina dejándome a medio camino. Metafórica y literalmente. Él acaba. Yo no. Y eso es todo, señores.
Ahora estoy tirada en el borde de su cama, mirando el techo como si las grietas de la pintura pudieran darme las respuestas que necesito para entender por qué sigo repitiendo esta historia. Antonio duerme profundamente, roncando como si hubiese corrido una maratón en la que yo solo fui el calentamiento.
Doy un gran suspiro, largo y sonoro, con la esperanza ingenua de que lo despierte. Que le pique el bicho de la culpa, que me mire con ternura, me abrace, me diga que fue un pelotudo. Pero no. Ni se inmuta. El muy cabrón está boca abajo, abrazado a la almohada como si fuera el amor de su vida.
Ayer fuimos a la fiesta de compromiso de su hermana. Todo divino, mucha foto, mucho brindis y fingir que somos la pareja perfecta. Al volver a su casa me prometió “una noche loca de sexo”. Cito textual. Loca.Pero si eso fue loco, no quiero imaginar lo que él considera una noche normal.
Mi amiga, la que se casó con un cura —sí, un cura de verdad, sotana y todo— seguro tiene mejores noches que yo. Bueno, no es que se casó con el cura tal cual, en realidad él colgó los hábitos después de conocerla. El amor hizo el milagro. A mí el amor me está dejando seca. Y frustrada. Muy frustrada.
Ya fue. Me levanto de la cama sin hacer ruido, más por dignidad que por no despertarlo. No tengo ganas de darle ni los buenos días. Me visto con lo que tengo a mano y camino hasta la cocina en busca de las llaves. Sé que las tiró por algún lado cuando llegamos, porque claramente colgarlas en el portallaves sería demasiado esfuerzo.
Reviso sobre la mesada y bingo: ahí están. Tiradas en un rincón, como todo en esta casa. Por lo menos el universo conspiró a mi favor en algo esta mañana. Pido un auto desde la app, y para mi sorpresa, en dos minutos estará aquí. Tal vez los astros estén empezando a alinearse.
Subo al auto, apoyo la cabeza en la ventanilla y cierro los ojos un instante. No quiero llorar. No es para tanto, me digo. Pero igual duele. Duele sentirse invisible incluso cuando te están tocando.
Mi teléfono vibra. Mensaje de Antonio.
“¿Te has ido? No me esperaste ni siquiera para un mañanero. Una mamadita tal vez...”
—Idiota... —murmuro, y borro el mensaje sin siquiera responder.
Al llegar a casa, ni saludo. Entro como una sombra y voy directo a la cocina. Necesito café pero uno fuerte. Algo que me saque el mal sabor de la noche.
Mi hermano Félix está ahí, parado frente a la hornalla, revolviendo algo en una sartén. Se da vuelta al oírme entrar.
—Qué cara, hermana.—dice, con esa media sonrisa que usa cuando sabe que vengo con un drama a cuestas.
—Estoy empezando a odiar a los hombres. En general. Y sí, ya sé que está mal generalizar, pero no puede ser que tenga un novio que... bueno, que no entiende nada. Las mujeres también tenemos derecho a ser complacidas, ¿no? No es que los tipos acaban y se...
Me freno cuando Félix me hace señas exageradas, señalando algo —o a alguien— detrás mío. Me doy vuelta.
Y ahí está.
Un chico alto, con el torso ancho, la mandíbula marcada, y el pelo castaño cayéndole un poco sobre la frente. Me está mirando como si lo hubiera traumatizado de por vida. Tiene en la mano un jabón. ¿Qué carajo está pasando?
—En el baño no había jabón, así que me tomé el atrevimiento de agarrar uno de la bolsa de repuestos. —dice él, incómodo, pero tratando de mantener la compostura.
Lo reconozco.O al menos, lo adivino.
—Gracias, Félix, por avisarme que había... visitas. —murmuro, con el calor subiéndome por la cara. Estoy segura de que mis mejillas están del color de un tomate.
Félix no puede contener la risa.—Nicolle, te presento a William. Mi amigo. El famoso William del que tanto te hablé.
¡Ah, genial! Encima es ese William. El de las anécdotas del gimnasio, el que siempre pasa a buscarlo a dar vueltas por ahí, el que le cubrió el turno en el bar, el que según él “es como un hermano”. Y yo aquí, hablando de mamadas.
William se acerca, me da la mano. Su sonrisa es tímida, pero encantadora.
—Mucho gusto —dice.
—Perdón por lo de... —empiezo a disculparme, pero él me interrumpe con amabilidad.
—No pasa nada. Félix ya me ha contado que aquí son... muy abiertos con ciertos temas. Que no hay muchos tabúes.
—Sí, peroentre nosotros, ¿sabés? No es que voy por la vida contándole a todo el mundo mis dramas sexuales —aclaro, medio riendo, medio queriendo que me trague la tierra.
—Tranquila, no juzgo —dice él, con una sonrisa leve y un brillo en los ojos que no logro descifrar.
—Bueno... me voy a dar una ducha. Luego los veo. O tal vez no.
Subo las escaleras sintiéndome una mezcla de vergüenza, alivio y una pizca —solo una pizca— de curiosidad por William.
Porque hay algo en su mirada. Algo que, a pesar del bochorno, me hace sonreír un poquito.
Subo a mi habitación intentando dejar atrás la vergüenza. Me repito que no es para tanto, que William seguramente ya me olvidó. Que ni siquiera debe haber prestado atención a lo que dije en la cocina.Mentira. Me miró como si le hubiera contado el final trágico de su infancia.
Pero bueno, pasado pisado... o al menos eso intento pensar mientras abro la puerta de mi cuarto. Entro y voy directo al placard. Me saco la ropa desordenada que traía puesta y escojo algo cómodo para después de la ducha: una camiseta ancha y un short. No tengo cabeza para vestirme “linda”. Me siento agotada, frustrada, y encima... algo expuesta.
Con la muda de ropa en brazos, camino hacia el baño. Es el único de la casa, así que debo apurarme antes de que alguien más lo ocupe. Entro y cierro la puerta tras de mí con un largo resoplido.
Empiezo a desnudarme sin apuro, quitándome la ropa interior con movimientos automáticos. La dejo en una pequeña pila junto al lavamanos. Me miro un instante en el espejo: el cabello algo despeinado, ojeras marcadas,esa expresión a medio camino entre el fastidio y el desencanto. Mi piel tiene marcas de lo que debería haber sido una noche apasionada. Pero no.
Abro la ducha y dejo que el agua tibia caiga sobre mis hombros. Me relaja. Me alivia. Por un momento, siento que todo lo demás desaparece. Extiendo la mano hacia el estante donde siempre hay jabón. Pero no hay nada.
Frunzo el ceño. Reviso a los costados. Busco abajo.Nada.
—No puede ser —murmuro. Recuerdo, de golpe, que William tenía una pastilla de jabón en la mano hace un rato. Claro. Probablemente era la última. Genial.
Apago el agua y salgo de la ducha con fastidio. Me seco apenas con una toalla y la enrollo alrededor de mi cuerpo. No pienso bajar a la cocina así. Lo último que me falta es que el amigo de mi hermano me vea de nuevo, ahora empapada y casi desnuda. Ya fue bastante vergonzoso el episodio de hace un rato.
Así que salgo del baño apurada y vuelvo a mi cuarto para buscar un jabón. Sé que tengo uno en mi neceser, guardado junto a mis cosas personales. Abro la cremallera del bolso y lo encuentro: una pastilla pequeña, de lavanda. Me salva.
Estoy por regresar al baño cuando, al abrir la puerta de mi cuarto, choco de frente con alguien.
—¡Ay! —exclamo, dando un paso atrás mientras sujeto con fuerza la toalla.
—¡Perdón! —responde una voz masculina. Suena nervioso.
Es William. Otra vez. De pie frente a mí con el mismo jabón celeste en la mano, aún envuelto. Me observa con los ojos muy abiertos, como si no supiera si quedarse o salir corriendo.
—Yo... te iba a traer el jabón —dice rápido, como si necesitara justificar su presencia.
Me quedo ahí, quieta, sosteniendo mi propio jabón, sintiendo cómo el agua aún corre por mis piernas. Él tiene la mirada en cualquier parte menos en mí. Tal vez por respeto. O tal vez porque no sabe qué hacer con la situación.
—¿El jabón? —repito, arqueando una ceja, cruzando los brazos sobre el pecho, más por cubrirme que por hostilidad.
Él asiente, levantando la mano en la que, efectivamente, sostiene una pastilla de jabón color celeste, todavía en su envoltorio.
—Lo dejé en la cocina sin darme cuenta, pero luego pensé que lo podrías necesitar, y... no quería que tuvieras que bajar. Solo intentaba ayudar.—hace una pausa, se acomoda el pelo, y me mira, nervioso.— No quería incomodarte ni nada. Perdón si... si te asusté.
Me cuesta no reírme de lo surrealista de la escena. Estamos los dos en medio del pasillo, yo con una toalla enrollada y él con una barra de jabón, como si estuviéramos en medio de una comedia absurda.
—Gracias, de verdad. Pero tengo uno en mi neceser. Igual... fue un lindo gesto —le digo con sinceridad.
Él asiente otra vez y parece relajarse un poco. Se pasa una mano por el cabello y da un paso atrás, como si con eso pudiera restablecer cierta distancia respetuosa.
—Ah... y otra cosa —dice de pronto, como si recordara algo importante.— Félix me pidió que te diga que cuando salgas de bañarte bajes a la cocina. Que hay algo que necesita contarte.
Levanto una ceja. Algo importante con Félix puede significar cualquier cosa: desde que rompió una taza hasta que adoptó un gato callejero.
—¿Te dijo qué era? —pregunto.
—No, solo que es importante. Yo soy el mensajero. No mates al mensajero .
—Tranquilo, no lo haré —respondo, sonriendo apenas.
Nos quedamos en silencio unos segundos. No es incómodo, pero sí extraño. Me doy cuenta de que William tiene una forma muy distinta de estar presente. No es como los otros chicos. No está apurado. No mira por encima del hombro. No finge. Y eso... es nuevo para mí.
—Bueno... volveré al baño antes de que alguien más lo tome —digo, haciendo un gesto hacia la puerta.
—Claro. Perdona la interrupción —dice él, retrocediendo con una pequeña sonrisa.
Entro al baño, esta vez con mi propio jabón. Cierro la puerta y me apoyo un segundo contra ella.
No sé qué es lo que Félix querrá decirme.
Entre el desastre de anoche y este papelón con el jabón, ya sé que el universo me tiene preparado un día de mierda.
Salgo del baño envuelta en una camiseta limpia, con el cabello aún húmedo. Mi humor no ha mejorado mucho, y todo lo que quiero es tomar un café, encerrarme en mi cuarto y no cruzarme con ninguna persona que haya escuchado mi discurso sobre las mamadas.
—Maldito Félix... —murmuro entre dientes mientras camino por el pasillo.— No puedo creer que tenga la brillante idea de invitar gente sin avisar. Y encima ese William siempre aparece justo en el momento exacto en el que quiero que me trague la tierra. ¿Qué más quiere? ¿Que me vea bailando en bata?.
Respiro hondo. Ya está. Solo iré a la cocina, escucharé lo que tenga que decirme y volveré a desaparecer.
Pero al doblar la esquina, escucho más voces. Reconozco las carcajadas antes de verlos. Hago dos más dos al instante.
Son los de siempre. Los amigos de Félix.
Suspirando, entro a la cocina y me cruzo de brazos, apoyándome en el marco de la puerta.
—Oh, miren quiénes están en mi casa de visita... por vigésima vez en la semana —digo con un tono claramente sarcástico.— ¿Qué pasó? ¿Ya se les acabó el Wi-Fi en las suyas?
Todos se giran hacia mí. Ander, sentado en la encimera como si fuera dueño del lugar, sonríe de oreja a oreja.
—¡Miren quién ha aparecido! Parece que decidió volver a sus pavos —dice burlón.— ¿Qué pasó? ¿Te cansaste de fingir que eres de la élite?
—Más bien me cansé de ver a gente que solo sabe usar tres neuronas —le respondo mientras me acerco a él.— Y créeme, tú usas solo dos... y compartidas.
Ander se ríe fuerte, salta del mesón y me envuelve en un abrazo apretado.
—Extrañaba tu veneno, Nicolle —dice mientras me aprieta contra él.
—Feliz cumpleaños, idiota —respondo en voz baja, dándole un pequeño beso en la mejilla.
—Gracias —contesta con una sonrisa genuina, una de esas que solo muestra muy de vez en cuando.
Johnny, que está preparando café como si fuera el barista oficial de la casa, gira la cabeza hacia mí.
—No entiendo de qué te quejas. Tú ni siquiera has estado aquí. Estás desaparecida.
—¡Ay, por favor! —respondo con fingido dramatismo.— Cada vez que regreso, el aire huele a testosterona acumulada. No necesito entrar para saber que estuvieron aquí.
—Eso es imposible —salta Bruno, desde el sofá. — ¡Si Gael ya hizo su transición!
Desde la mesa, Gael levanta una ceja y lo mira con fingida indignación mientras se pasa una mano por el cabello, que efectivamente está más largo de lo normal.
—A ver, idiota, me estoy dejando el pelo largo porque quiero hacerme unas trenzas. Están de moda. No es una transición, es estilo. Aprende la diferencia.
—¿Estilo o crisis de identidad? —responde Bruno, sin perder el ritmo.
—Crisis será la tuya cuando veas que me quedan mejor que a tu exnovia —replica Gael, orgulloso.
Todos se estallan de la risa, y Johnny hasta se atraganta con el café. Yo me tapo la boca para no escupir el agua que estaba tomando.
Esta banda... insoportable. Un verdadero desastre. Pero era mi desastre, supongo. Y al menos no me estaban pidiendo un mañanero.
Y entonces, en medio del bullicio, Félix suelta:
—La cara de Will... por Dios.
Todos giran la cabeza hacia donde William está, en un rincón con una taza en la mano, observando todo como si lo hubieran dejado en medio de una serie que no entiende. Su expresión es entre confusa y divertida, como si no supiera si reírse, pedir una traducción o salir corriendo.
—¿Todo bien, Will? —le pregunta Félix, muerto de risa.— Tranquilo, esto es solo un dia normal aquí.
William sonríe, aunque se nota que todavía está procesando la dinámica del grupo.
—Ahora entiendo por qué nunca se aburren —dice, y al fin se relaja un poco, dándole un trago al café.
Lo observo de reojo mientras me siento en una de las sillas. No sé por qué me sorprende verlo tan cómodo. Apenas llegó y ya encaja mejor que yo. Quizás... demasiado bien.
Aunque no lo admitiré en voz alta, ni aunque me paguen.
Apenas se calman un poco las risas, me acerco al mesón y apoyo los codos, mirando directamente a Félix.
—Bueno, ¿me vas a decir qué era eso tan importante que tenías para contarme? —pregunto, arqueando una ceja.
Félix levanta las manos, como si se desentendiera por completo.
—En realidad no era yo. Es el cumpleañero el que tiene algo que decirte —dice señalando a Ander, que justo estaba por morder una tostada.
Ander traga, se limpia la comisura de los labios con teatralidad, y gira hacia mí con su mejor cara de “te voy a dar una noticia que ni tú misma sabías que necesitabas”.
—A ver... —empieza, juntando las manos como si fuera a dar una conferencia de prensa.— Todos aquí saben que odio mi cumpleaños. Lo odio desde siempre. Detesto los festejos, las canciones, las fotos forzadas, los abrazos de “feliz cumple” con gente que ni me cae bien...
—Un placer tenerte en nuestra casa —interrumpo con sarcasmo.
—Shhh, no arruines mi momento —me dice, apuntándome con el dedo.— Como decía, lo odio. Pero este año... he decidido soplar una vela.
—¿Una vela?
—Sí, sobre un alfajor, porque no pienso hacer una torta. Y tampoco quiero gente ajena a mi existencia. Así que lo festejaremos aquí, esta noche. Con ustedes. Con esta mugre de grupo que tengo el desagrado de querer tanto.
Me cruzo de brazos y lo miro con sospecha.
—¿Aquí? ¿En nuestra casa?
—Sí.
—¿Y cómo piensas hacerlo si mamá está? Apenas escucha ruido después de las nueve y ya está mandando mensajes de “¿quién grita?“, “¿quién se ríe?“, “¿quién respira fuerte?”
Félix salta a responder, tan tranquilo como si ya lo tuviera todo bajo control.
—Mamá se fue.
—¿Cómo que se fue?
—Sí, se fue a la Feria del Libro.
—¿Qué? ¿Desde cuándo?
Félix me mira como si le acabara de decir que no sabe cómo deletrear su propio nombre.
—¿Tú sabes que mamá trabaja en la biblioteca de la ciudad, verdad? Y que se emociona más que nadie con estas cosas. ¿Cómo no ibas a saber que iba a ir?
—Sabía de la feria —respondo, alzando una ceja.— Pero no sabía que mamá iba a estar todo el día afuera como para dejar esto convertido en una fiesta universitaria.
—Dejó una nota —agrega Félix, señalando la heladera.— Decía algo así como: “La biblioteca me envió, pero en realidad yo lo pedí con mucho gusto. No me esperen despiertos. Los amo. No hagan ruido. No rompan nada. No prendan fuego a nadie”.
—Clásica mamá —murmuro, esbozando una sonrisa.
La verdad es que no me sorprende. Mamá trabaja desde hace años en la biblioteca municipal, y vive enamorada de los libros. Cada vez que hay un evento como la Feria del Libro, se convierte en una adolescente emocionada. Va, asiste a charlas, compra más libros de los que puede leer y vuelve con la bolsa rota de tanto peso. Yo, en cambio, soy la que trabaja en una editorial. Supongo que, de alguna forma, lo llevamos en la sangre.
—En fin —retoma Ander, cruzando una pierna sobre la otra como si estuviera en una entrevista de radio.— Estás oficialmente invitada a la celebración más informal y caótica del año. Pero... hay un pequeño detalle.
—¿Cuál?
—No está invitado,tu novio. —continúa, imperturbable.— En lo posible, ven sola. O con tu dignidad. La que aún te queda, si es que sobrevive después de ese mensaje que te mandó esta mañana.
Frunzo el ceño. ¿Qué?
Ander me sostiene la mirada, con esa cara de “sí, leí lo que crees que no leí“. Y ahí, como un relámpago que parte el cielo en dos, me doy cuenta.
¡El celular!
¡Lo dejé en la cocina!
Me llevo una mano a la frente, conteniendo un gruñido de frustración. No necesito preguntar cómo Ander sabe del mensaje. Tiene esa maldita costumbre de revisar celulares ajenos cuando se aburre, como si estuviera en su casa.
—¡¿Estuviste revisando mi teléfono?! —le espeto, con los ojos entrecerrados.
—No fue intencional —dice, levantando las manos, como si eso lo salvara.— Estaba buscando mis ganas de vivir y tu celular vibró justo al lado. ¿Qué querías que hiciera? La curiosidad mató al gato... y al respeto por la privacidad, al parecer.
Muerdo el interior de mi mejilla, cruzándome de brazos mientras lo fulmino con la mirada.
—Tengo que ponerle contraseña a ese teléfono ya mismo.
—Sí, sí, hazlo. Pero ya es tarde para borrar la imagen mental que dejó ese “¿una mamadita, tal vez?” —Ander arruga la nariz, fingiendo espanto.— Mi terapeuta va a tener trabajo esta semana.
Los demás se ríen. Incluso Bruno, que se había distraído con algo en su celular, levanta la vista solo para soltar una carcajada.
—No seas así —le digo, entre molesta y divertida.
—Soy así. Lo sabes desde que tengo uso de razón. Y con más razón aún cuando se trata de tipos como él. Si vas a venir, ven tú. Tú, la Nicolle con cerebro, con carácter, con respuestas rápidas y una lengua afilada. No la que se queda en modo “novia sumisa” mientras el otro ronca como un motor fuera de borda.
Resoplo. Sí, puede que me moleste un poco, pero también sé que tiene razón. Lo peor de todo es que todos en esta cocina piensan lo mismo. Lo sé por cómo me miran. Incluso William, que está en un rincón, mira el suelo como si no supiera si levantar la vista o salir corriendo por la ventana.
—Lo voy a pensar —respondo finalmente, con tono teatral.— Tal vez me aparezca. Tal vez no. Ya veremos si tengo ganas de lidiar con ustedes.
—Siempre tienes ganas —dice Johnny desde atrás.— Nos amas. Aunque lo niegues.
—No confirmo ni niego esa acusación —respondo con una sonrisa ladina.
Un par de horas más tarde, ya en modo festejo improvisado...
—Lo importante es el sabor —dice Félix, mientras apoya el bowl con la mezcla sobre la mesada como si hubiera preparado una obra maestra de repostería y no un bizcochuelo premezclado que apenas logró no quemarse.
Pasaron algunas horas desde esa improvisada reunión de cocina. No muchas, pero las suficientes como para que yo decidiera ignorar por enésima vez los mensajes de Antonio. Técnicamente sigue siendo mi novio, pero en mi cabeza ya está en la categoría de ex. Solo me falta el coraje de ponerle fin de forma oficial. Tal vez lo haga después de esta “fiesta”.
Félix y yo decidimos, casi sin hablarlo, que Ander merecía al menos un intento de pastel de cumpleaños. No era gran cosa, pero la intención estaba. Además, Ander no es cualquier persona.
Es nuestro vecino de enfrente desde que tengo memoria, y más que un amigo de Félix, siempre fue un hermano postizo. Es el único del grupo con quien tengo una confianza real, sin poses ni filtros. Quizás porque él también sabe lo que es crecer con una ausencia que pesa más que una presencia dañina. Su padre, como el nuestro, decidió un día que era más fácil desaparecer que quedarse.
A diferencia nuestra, Ander tiene una hermana menor que, a su corta edad, ya tuvo una hija. Y su madre, que es una guerrera, trabaja doble turno para sostenerlos a todos. Ander también trabaja, en el bar con Félix, para ayudar en casa. Nunca se queja. Jamás. Pero yo sé que le pesa. Que cuando se ríe, a veces lo hace para no llorar.
—Capaz que con los objetos que le pedí a Will que trajera, queda bien —dice Félix, mirando el pastel como si de repente imaginara una obra de arte.
Frunzo el ceño, intrigada.
—¿Qué objetos?
Como invocado por la conversación, William aparece en la puerta de la cocina, cargando una bolsa con una mano y abriendo la otra en gesto de disculpa.
—Perdón, entré porque nadie escuchaba que tocaba el timbre... y la puerta estaba medio abierta.
Félix se gira hacia él con una expresión que mezcla sorpresa y resignación.
—No anda el timbre, bro. ¿Trajiste lo que te pedí?
—Sí —responde William, levantando la bolsa.— Está todo aquí.
Se queda parado un momento, y tanto Félix como yo lo miramos en silencio. No sé si por incomodidad o porque seguimos sin entender bien qué carajos estamos haciendo.
Nuestros ojos se cruzan por apenas un segundo y siento esa tensión rara que parece seguirnos desde esta mañana. Esa incomodidad que no debería existir entre dos personas que recién se conocen, pero que aparece igual, como si lleváramos un historial invisible a cuestas.Lo bueno, pienso con alivio,es que esta vez no estaba diciendo nada que pueda hacerme pasar vergüenza otra vez frente a él. Porque con mi suerte, sería bastante típico de mí.
—Bueno, a ver qué trajiste —dice finalmente Félix, sacándonos del limbo y metiendo la mano en la bolsa que William le extiende.
Uno a uno, va sacando los “elementos decorativos” que consiguió: una mini cajita de cigarrillos de utilería, una botellita plástica con etiqueta de whisky, un número veinte brillante y un fajito de billetes falsos.
—¿Es en serio? —pregunto, entre la risa y el asombro.
—Totalmente —contesta Félix, orgulloso.— Son todas cosas que representan la vida de Ander.
—Te faltó poner una planilla de horarios del bar y una tarjeta de “cliente frecuente” del almacén de la esquina —agrego, rodando los ojos.
William sonríe apenas. No dice nada, pero se queda ahí, cerca. Lo suficientemente cerca como para que mi cuerpo se entere antes que mi cerebro. Es una sensación extraña. Como si ya hubiera estado en esta cocina antes. Como si ya nos conociéramos de antes, aunque solo haya pasado un día. Tal vez es su forma de estar. O tal vez soy yo, sobrepensándolo todo. Como siempre.
—Si quieres, puedes ir a cambiarte —dice Félix de pronto, como si notara que ya he pasado demasiado tiempo en ropa de entrecasa.
Asiento con un leve movimiento de cabeza, agradecida por la excusa. Salgo de la cocina y voy directo a mi habitación. Abro el armario, elijo algo cómodo pero presentable —lo justo para no parecer una facha, pero tampoco como si me hubiera arreglado pensando en que voy a conseguir pareja. Me cambio rápido y, una vez vestida, me dejo caer de espaldas sobre la cama. Me estiro como un gato y fijo la mirada en el techo, como si las manchas de humedad fueran a darme alguna respuesta que no tengo.
De fondo, escucho ruidos: voces, música, risas. Ya están todos abajo. Supongo que la fiesta improvisada ya arrancó.
Golpean la puerta y, sin esperar respuesta, Félix asoma la cabeza con esa sonrisa de “soy tu hermano pero también tu despertador social”.
—¿Piensas quedarte ahí toda la noche? Ya están empezando a llegar los invitados.
—¿Tengo opción?
—No.
—Genial.
—Apúrate o va a subir Ander a buscarte, y sabes que es capaz de entrar bailando una bachata con la escoba.
Resoplo mientras me levanto. No tengo fuerzas para discutir. Me arreglo un poco el cabello, me miro de reojo al espejo y bajo las escaleras con la esperanza de sobrevivir la noche sin más incomodidades.
Apenas pongo un pie en el living, me encuentro con Ander.
—¡La reina bajó de su torre! —dice con su sonrisa eterna justo cuando unas chicas cruzan la puerta principal.
—¿Cuántas personas van a venir? —pregunto bajito, en tono conspirador.
—Ya están todos —responde Ander desde atrás de la barra, sin levantar demasiado la vista.— Solo faltabas tú.
Asiento mientras saludo con una sonrisa educada. Las chicas son lindas, modernas, y todas parecen conocerse muy bien entre sí. Hay tres en particular —Cami, Lola y Angie— que no dejan de hablar entre ellas como si el resto del mundo fuera ruido blanco. Sé sus nombres porque mi hermano ha hablado de ellas más de una vez; las conocieron en una fiesta, y desde entonces suelen salir juntos a todas partes.
Me acerco a servirme algo de tomar mientras las escucho comentar, con tono indignado y un toque de risa, sobre los comentarios que reciben en Instagram.
—Dicen que si estamos muy flacas, que si tenemos el abdomen operado —se queja Angie, alzando su vaso.— Como si a alguien le importara nuestro cuerpo más que a nosotras.
—Totalmente —responde Lola.— ¿Qué si me hice las tetas? Sí. ¿Y? ¿Eso le cambia algo a tu vida?
—La gente critica porque no tiene otra cosa que hacer —remata Cami.
Las escucho en silencio, medio al margen, pero asentando. Tienen razón. Aunque hay algo en el tono que me hace ruido. Como si la seguridad fuera más forzada que real. Más una respuesta aprendida que una convicción.
Me alejo un poco y abro la heladera, buscando una lata de cerveza. Necesito algo frío. Algo que me distraiga. Mientras reviso entre botellas y tuppers mal cerrados, me quedo quieta, escuchando las voces a la distancia y el murmullo cada vez más alto del living.
Y entonces lo veo.
El pastel.
Ahí, en el estante del medio. Parece un alfajor gigante con una vela torcida y decoraciones que parecen sacadas de una fiesta temática que mezcla parodia y caos. Mini cigarrillos de utilería, una botellita diminuta, billetes falsos pegados con cinta. Todo desprolijo. Todo sin sentido. Todo tan Ander que me saca una sonrisa instantánea.
Tomo la lata y cierro la puerta despacio.
—No quedó mal —dice una voz masculina a mi derecha.
William. Apoyado apenas contra la mesada, con las manos en los bolsillos y esa expresión neutral que todavía no termino de descifrar.
—No —respondo, tomando la lata.— Sorprendentemente... no. Considerando que fue armado con cosas de cotillón y elementos de dudoso gusto.
Él suelta una risa baja. Casi como si no quisiera que se note.
—A Ander le va a encantar.
—Probablemente crea que fue idea suya en primer lugar —digo, destapando la cerveza.
Nos quedamos un momento en silencio. Yo tomando un sorbo, él con la mirada fija en el pastel.
—¿Tú ayudaste a decorarla? —pregunto, mirándolo de reojo.
—Solo traje los accesorios que me pidió Félix. No me responsabilizo por la estética.
—Cobarde —le digo, entrecerrando los ojos.
—Realista —responde, con una media sonrisa.
Hay algo extraño en el aire. No incómodo, pero sí indefinido. Como si estuviéramos atrapados en ese punto exacto entre “recién te conozco” y “siento que ya sé cosas de ti que todavía no me contaste”.
Y eso me incomoda. Porque no debería ser así.
Tomo otro sorbo de la cerveza y me obligo a mirar hacia otro lado. La fiesta todavía no arrancó de verdad, y ya tengo demasiadas cosas girando en la cabeza. No necesito sumar a William a esa lista.
Pero claro, la paz dura lo que un suspiro.
—¡A ver, a ver! ¿Quién está criticando mi pastel de cumpleaños adelantado? —exclama Félix entrando en la cocina con su entusiasmo habitual.
—¿Y por qué asumes que lo estamos criticando? —pregunto sin siquiera girarme, tomando otro sorbo de mi lata.
—Porque te conozco —responde, señalándome con un dedo mientras se acerca.— Pero recuerda, hermana: es como los libros que lees en tu trabajo. No hay que juzgar el contenido por la portada.
—¿Trabajas en una editorial? —pregunta William, girando apenas hacia mí con interés.
Asiento, algo sorprendida por su intervención.
—Sí. Lectura crítica y corrección de estilo.
—Qué curioso. Mi prima también trabaja en una editorial... quizás la conoces.
—¿Cómo se llama?
—Lorena Burgos.
—Sí, claro. Trabaja un piso abajo del mío. Es la secretaria de el editor del área juvenil.
William sonríe, como si esa coincidencia le causara más gracia de la que admite.
—El mundo es más chico de lo que parece.
Pero antes de que podamos seguir hablando, Félix abre la nevera y se detiene de golpe.
—¿Qué es esto? ¡¿Alguien le metió un dedo a mi creación?!
Me asomo y efectivamente, ahí está: una marca sutil en el borde, como si alguien hubiera querido probar a escondidas.
—No te preocupes, Félix —digo con un tono tranquilamente burlón.— Si alguien le metió un dedo, igual representa bastante bien las veces que le han metido el dedo en el...
Me detengo justo a tiempo, dándome cuenta de que William todavía está ahí, mirándome con una mezcla de sorpresa y diversión.
—...en el postre —termino, como si nada, levantando mi lata de cerveza como si brindara por mi propia compostura.
Melina, lejos de incomodarse, suelta una risa y niega con la cabeza.
—Siempre tan sutil —comenta, ya acostumbrada a mis salidas de tono.
William se ríe, suave, como si no supiera si le está permitido o no. Pero lo hace. Y por alguna razón, ese pequeño gesto me recorre más de lo que debería.
—Tú mismo dijiste que el sabor era lo importante. Así que hicimos lo que pudimos —le digo a mi hermano, y le hago un gesto hacia la torta tratando de que no entre en panico.— Es un atentado visual, pero bueno... representa bastante bien a Ander.
—¡Exacto! —dice Félix, sacando su celular para sacarle una foto.— Con esas decoraciones va a llorar de la emoción. Tiene todo lo que ama: adicciones, dinero falso y alcohol de utilería.
—Falta solo que suene un tema de reggaetón de fondo —murmura William.
—Shh —Félix se da vuelta hacia Melina, con tono exageradamente dulce.— ¿Tú crees que Ander va a emocionarse con esto, o va a decir que es poco para su nivel de vida marginal?
Melina sonríe tímidamente y encoge los hombros.
—Creo que va a amarlo. Aunque... tal vez esperaba algo con más fuego. Literal.
Félix se ríe, pero luego noto cómo Melina lo mira de reojo. La mirada de quien quiere preguntar algo pero no se anima.
Y yo, que ya los conozco demasiado, sé por qué.
Félix no le ha pedido que sea su novia. Ni a mi ni a mamá nos sorprendió demasiado, claro, porque el discurso de mi hermano es tan predecible como irritante: “es cliché“, “el título no cambia nada”, “¿qué somos? humanos, viviendo”. Pero Melina, aunque no lo diga, sigue esperando ese gesto. Esealgo.
Según Félix, ahora está cómodo con su “vida de pirata”, lo cual, traducido del idioma Félix al idioma humano, significa que a la noche se va con William a no sé dónde a hacer cosas que preferiría no saber. Ni averiguar.
Siempre “salen a tomar algo”. Siempre “vuelven tarde”. Y siempre hay mujeres de por medio.
Una vez escuché que los chicos del grupo se refieren al auto de William comoel auto del pueblo. Porque al parecer todos han hecho sus... chanchadas ahí.
Una parte de mí quiere preguntar detalles. La otra, quiere vivir en la ignorancia. A veces la salud mental va primero.
Desde el living se escucha una risa aguda, seguida de voces entusiasmadas.
—¡Félix, ven! ¡Foto grupal! —grita una de las chicas, probablemente Cami, con ese tono que no admite negativas.
Félix se despide de la torta con una reverencia exagerada, como si fuera una obra de arte en lugar de una bomba visual, y sale de la cocina seguido por su energía habitual.
Melina lo observa mientras se aleja. No dice nada, pero su expresión se vuelve distinta. Hay algo en su mirada que ya no es tímido, sino analítico. Como si estuviera revisando una lista interna y tachando una opción más.
Yo me quedo en silencio un segundo, observándolos también. Luego, giro hacia William.
—¿Y tú no vas a la foto? Están todos los amigos de Félix... y esas chicas. Se supone que eres parte del grupo, ¿no?
William apenas ladea la cabeza, como si estuviera considerando mi comentario con cuidado.
—Eh... prefiero mantenerme fuera de escena por hoy. Demasiado protagonismo para alguien con resaca —responde con una sonrisa ladeada, como si la frase fuera un chiste interno que solo él entiende.
Lo miro con una ceja en alto. Algo no encaja. Pero no lo presiono. Todavía.
Como si el universo estuviera sincronizado con los pensamientos no dichos, Melina interviene, fingiendo casualidad:
—¿Esas chicas... siempre están tan presentes en el grupo?
William y yo la miramos al mismo tiempo. Su tono es neutro, medido, como quien lanza una pregunta sin aparente importancia. Pero yo la conozco. Y sé que no pregunta por curiosidad.
Quiere saber si alguna de ellas ha estado con Félix. Y quiere saberlo sin tener que decirlo en voz alta.
William se encoge de hombros con una lentitud que me resulta sospechosa.
—Aparecen bastante seguido en las fiestas... pero no son fijas. Van y vienen.
—Como los virus de temporada —digo sin pensar, tomando otro trago de mi lata.
Melina se ríe bajito y asiente, como si le hubiera leído la mente.
William, en cambio, se queda en silencio. Hay algo en su expresión que no alcanzo a descifrar. Como si le hubiéramos tocado un tema sensible sin querer.
Me pregunto qué historia se esconde ahí. Entre él y ellas. Porque si bien no lo dijo, su incomodidad fue demasiado clara.
Pero no tengo tiempo de seguir especulando, porque en ese instante aparece Andreina, con su melena lacia y negra cayendo impecable sobre los hombros, y una mirada intensa como si ya hubiera escuchado algo que no le gustó.
—¿Dónde está el alcohol? —pregunta directo al hueso, sin saludar, como si la respuesta fuera urgente.
—En la heladera—le digo, abriéndola antes de que ella llegue.— Te saco una.
Le extiendo una lata y la toma sin decir gracias. Pero su gesto no es de desprecio, sino de concentración. Como si estuviera resolviendo una ecuación emocional compleja en su cabeza.
Melina la observa, y al ver la tensión en sus hombros, le pregunta:
—¿Estás bien?
Andreina da un trago largo antes de contestar:
—Esas chicas no me agradan.
Me sorprende un poco su franqueza, pero Melina asiente como si acabaran de decir algo que ella también pensaba.
—A mí también me hacen un poco de ruido. No sé, hay algo en cómo se comportan. Muy... ensayado, tal vez.
Andreina da otro trago y entonces clava la mirada en William, como si acabara de recordar que él está ahí.
—Tú eres del grupo. Tienes que saber.
—¿Saber qué? —pregunta Will, con una expresión de desconcierto cuidadosamente neutral.
—Tienes que tener información. Esas chicas —señala con la cabeza hacia donde se escuchan risas desde el living— salidas de una academia de modelos o algo así... ¿han estado con algunos de los chicos? No me trago que son solo “amigas”.
El aire se pone denso. Will pestañea, pero no responde enseguida.
—Creo que quiero irme a mi casa —murmura, medio en broma, medio en serio.
Pero Andreina no está para chistes.
—Yo necesito saber. Porque Johnny no sale sin mí. Y yo no salgo sin él. Así funcionamos. —Hace una pausa y lo mira fijamente.— Una de esas, la que parece tener dos enanos colgando en vez de pechos, me habló de una salida que claramente fue hace poco. Y yo no estaba.
Will abre la boca para decir algo, tal vez para negar, tal vez para escapar de la escena... pero no le da tiempo.
—¡¿Y ustedes qué hacen escondidos en la cocina?! —pregunta la voz chillona de Ander, que acaba de aparecer con una sonrisa de oreja a oreja y un vaso en la mano, seguido por Johnny y Félix.
Andreina gira con rapidez y camina directo hacia Johnny, como un misil teledirigido. Lo toma del brazo con una dulzura calculada.
—Nada. Solo hablábamos con Will de las salidas de amigos —dice, dándole un beso rápido en la mejilla.
Yo miro a Johnny, que parece querer meterse adentro de la nevera. Su sonrisa es forzada, los ojos clavados en algún punto lejano.
William, por su parte, se frota la nuca y lanza una mirada rápida a los chicos, como diciendo“no dije nada, lo juro”.
Félix lo capta enseguida y levanta las cejas como diciendo“más te vale”.
Yo solo me apoyo contra la mesada, bebiendo lo que queda de mi lata, mientras observo a todos moverse como piezas de ajedrez en una partida que no entiendo del todo. Pero algo me dice que hay historias entrelazadas. Secretos. Malentendidos. O verdades a medias.
Y que esta fiesta apenas empieza.
La noche avanza, los tragos aumentan y, como era de esperarse, proponen un juego de preguntas subidas de tono. Una ronda de confesiones medio borrachas, medio en broma, medio en serio.
—¿Eso no debería ser confidencial? —pregunto, ganándome unas risas.
—No en este juego —responde Cami, alzando las cejas con esa sonrisa que siempre parece guardar secretos.— De aqui nadie sale ileso.
El círculo se forma en torno a la botella. Gira, se detiene, giran otra vez. Ríen. Aplauden. Se escandalizan en falso.
Hasta que Camila gira la botella con decisión y, como si el universo tuviera ganas de hacerme protagonista, la punta señala directo hacia mí.
—Nicolle... —dice, con voz teatral.— ¿Cuál es tu fantasía sexual?
Una parte de mí quiere responder con un chiste. La otra, con sinceridad. Y después está esa tercera parte, la más ruidosa, que solo quiere que nadie mire mucho.
Pienso unos segundos mientras hago girar el vaso entre mis manos. Fantasía sexual. ¿Qué fantasía sexual tengo a esta altura del partido? Si con acabar ya me sentiría realizada. Ni velas, ni pétalos de rosa, ni juegos de rol. Solo un orgasmo decente y una siesta después.
—Un trío... capaz —suelto, encogiéndome de hombros.
Una ola de “uuuhh” y risitas me alcanza. Todos se mueven un poco, como si las palabras les hubieran puesto electricidad en los huesos.
Pero entonces, como si mi inconsciente me hiciera bullying, abro la boca de nuevo:
—Y... que me ahorquen en pleno acto —agrego, como quien comenta que le gusta la pizza con ananá.
Un silencio de medio segundo. Explosión inmediata.
Las risas estallan. Las chicas gritan “¡eso es jugar fuerte!“, alguien brinda por mí, y Ander me lanza una mirada de aprobación burlona desde el otro lado del sillón.
—Nunca decepcionas, Nicolle —dice, levantando su vaso.
—Solo me adapto al nivel de degeneración del entorno —respondo, con falsa modestia.
Y es cierto. En esta casa, ser moderada es casi un delito.
El juego continúa. Las preguntas siguen girando, suben de tono. Me sorprendo con algunas respuestas, me río con otras. Y disocio fuerte en al menos dos ocasiones, especialmente cuando la botella apunta a Félix y todos se empeñan en preguntarle sobre situaciones sexuales y cosas que no quiero imaginar. Ya con los detalles mínimos que le cuenta a mamá y a mí tengo suficiente. A veces demasiada confianza es una maldición.
En algún momento, la botella gira y se detiene frente a Melina.
—¿Tamaño del último pene con el que estuviste? —pregunta Cami, con esa sonrisita traviesa que siempre parece esconder dinamita.
Melina se ríe, nerviosa, y después de unos segundos levanta una mano y marca con los dedos una medida generosa. Las risas explotan de inmediato, las chicas aplauden como si alguien hubiera ganado un premio.
—¡No, no! Es más grande que eso —la corrige Camila, entre carcajadas.
Y ahí, se genera un pequeño silencio. Risas, sí, pero también varias miradas cruzadas. Yo, que vengo prestando atención a todo desde el principio, frunzo el ceño sin poder evitarlo.
¿Cómo sabés eso, Camila?
Miro a Félix, que está justo al lado de Melina, recostado con una expresión de satisfacción apenas disimulada. Se ríe, se pasa una mano por el pelo como quien posa sin querer. Melina le da un codazo suave, con la cara entre las manos, aunque se le escapa una sonrisa culpable. Se les nota. Se les nota muchísimo.
Pero lo que me hace ruido, más que nada, es Camila. Esa frase. Ese detalle.
¿Y cómo sabe ella si es más grande? ¿Lo vio? ¿Lo sabe por... experiencia?
Mi ceja se alza sola. Félix nota mi expresión y me lanza una mirada rápida, como quien sabe que la hermana está a punto de hacer una lista mental de personas a las que no quiere imaginar desnudas.
Pero no digo nada. Me guardo el comentario. No por falta de ganas, sino porque la botella vuelve a girar... y apunta a William.
Una, dos, tres veces.
Y cada vez, algo pasa.
—¿Cuántas mamadas recibiste este año? —pregunta Bruno, todavía riéndose como si tuviera catorce.
William se ríe, pero se nota que está incómodo.
—¿Veinte? ¿Treinta? —lanza Lola.— Seguro tiene un club de fans.
—¿Con ese tamaño? —añade Angie, sonriendo sin sonrisa.— No sé quién sería fan de eso.
Risas. Algunas verdaderas. Otras incómodas. William no responde. Solo sonríe. Pero esa sonrisa está más cerca del reflejo que de la diversión.
Me inclino hacia Félix.
—¿Lo odian?
—Después te cuento —dice, serio. —Pero sí.
Y ahí entiendo. William estuvo con alguna de ellas. O con todas. Y no terminó bien. Eso explica las indirectas, los comentarios disfrazados de broma, el veneno que no deja de gotear.
Y el hecho de que no haya posado para la foto grupal.
—Me parece un poco hipócrita lo que están haciendo.—digo más fuerte, mirando a las chicas.
—¿Qué? —responde Lola, ya a la defensiva.
—Hace un rato hablaban de lo mal que está criticar cuerpos ajenos. Y ahora lo están haciendo. Solo cambiaron el blanco. Y, seamos sinceras, el tamaño no lo es todo. Se pueden hacer muchas cosas... creativas.
Unas carcajadas. Gestos de “uyyy”. Pero ellas no responden. Se miran entre sí, sin saber si seguir o dejarlo ahí.
La botella gira otra vez y se detiene frente a Lola.
—A ver, Lola —dice Gael, sonriendo como si supiera que se viene algo.— ¿Cuántas veces tuviste sexo en el último mes?
Lola no duda.
—¿Yo? Pregúntale a tu amigo... —señala con la cabeza a William.— Ah, cierto que él recibe y no da.
Otra vez, silencio. Otra vez, William no contesta.
—Bueno, William —salta Bruno, intentando zafar.— ¿Monogamia o relaciones abiertas?
—Relaciones abiertas —responde sin titubear.
—Igualita a Nicolle —se burla Ander.— “Monogamia o bala”, ¿te acuerdas?
—Lo sigo sosteniendo —digo, levantando el vaso.
La botella gira, la tensión también. Todo se siente más espeso.
Entonces Angie, con esa sonrisa suya que siempre parece estar por golpear a alguien con guante blanco, se estira y dice:
—Lola, ¿cuál de todos fue el peor en la cama?
Andreina, hasta ese momento callada, se suma.
—Sí, cuenta—dice con un tono filoso, mirándola fijo.
Yo la conozco. Sé exactamente qué busca. Quiere confirmar si Johnny le mintió. Si estuvo con ella.
Y Lola, ni lenta ni tonta, responde:
—William. Nunca se le paró.
El silencio no es incómodo. Es total.
William levanta la vista, por primera vez en toda la noche. Y habla.
Su voz es firme. Sin escándalo. Pero cargada de algo que hace que nadie quiera mirar directo.
—¿Antes o después de que dijeras que querías grabarlo y mandárselo a tu ex?
El golpe es seco. Preciso.
Lola parpadea, como si no hubiera esperado respuesta. Angie y Cami dejan de sonreír.
Y yo, mientras miro cómo William toma un trago como si nada, pienso que esta noche va a dar para muchas resacas. Y no solo físicas.
—¡Uy! —salta Johnny, mientras Félix se tapa la cara con una mano.
—Bueno... —empieza Cami, pero Ander la interrumpe con un gesto.
—¿Van a seguir con esto? —pregunta él, ya sin paciencia— ¿Es en serio que estamos usando una fiesta para repartir humillaciones?
—Solo respondí lo que preguntaron, y William siempre se enoja —responde Lola, cruzada de brazos.
—Sí, claro —dice Ander, con ironía.— Como si no llevaras toda la noche esperando el momento de decirlo.
Se empieza a armar un murmullo entre todos. Algunos intentan calmar, otros meten más leña al fuego. La conversación se desborda, hasta que, de repente, el silencio vuelve a caer, incómodo y espeso.
Y ahí, Ander lanza la estocada final, con una sonrisa sarcástica.
—Bueno, la han espantado a Nicolle.
Todos se giran hacia mí. Estoy sentada en el borde del sillón, con el vaso en la mano, pero no he dicho una palabra desde el comentario de Lola. Solo he estado observando, intentando procesar el nivel de estupidez colectiva.
—No me espantaron —digo, despacio.— Solo estaba pensando que... el hecho de que a alguien no se le pare no lo convierte en “el peor”. Podría ser algo biológico. Pasa más seguido de lo que creen. Podría necesitar... no sé, ir a un especialista. Y eso no tiene nada de malo.
Silencio.
Pero no de incomodidad. Es otro tipo. Un silencio que pide quedarse, como si de pronto todos se dieran cuenta de que se pasaron de la raya.
—No estoy hablando de William en particular —aclaro, mirando al grupo.— Pero si vamos a jugar a ser adultos, juguemos bien. Con respeto. Si no, volvamos al “¿Quién soy yo?”
Ander suelta una carcajada suave, como si me estuviera aplaudiendo en su cabeza.
Y mientras hablo, no puedo evitar pensar en lo fácil que es señalar lo que no se entiende. En lo cruel que puede ser reducir a alguien a un momento incómodo. Porque lo que dicen de William, ese constante “no se le para”, ese sarcasmo venenoso disfrazado de broma, no es solo una burla. Es algo que le pesa. Y lo sé. Porque lo viví.
Antonio, mi casi ex, pasó por lo mismo. Al principio, no podía sostener una erección ni aunque se lo pidiera llorando. Decía que era estrés, que era la presión, que conmigo era diferente... hasta que un día se quebró y lo admitió. Que no podía, que le pasaba seguido, que sentía vergüenza. Y fui yo quien lo empujó a pedir ayuda. No sus amigos, no su ego. Yo. Y aunque ahora finja que siempre fue el campeón olímpico del sexo, yo sé la verdad. Sé lo que costó llegar ahí.
Entonces, ¿qué derecho tienen estas tres de lanzar ese tipo de ataques como si fueran chistes?
Angie se gira hacia mí, sin poder ocultar la punzada de incomodidad.
—Bueno, lo que me sorprende es que lo hayas defendido todo el tiempo, Nicolle —dice, con una sonrisa cargada de veneno.— ¿Desde cuándo eres su abogada? ¿O pasó algo entre ustedes que no sabemos?
Silencio.
—¿Perdón? —pregunto, alzando una ceja.
—Digo... —continúa, mirando a Félix con falsa inocencia.— Me da la impresión de que tu hermana y tu amigo... ¿estuvieron?
—Angie, cállate —salta Félix al instante, con el tono seco.— Nicolle no estaría con William. Ni con ninguno de mis amigos. Y yo tampoco me metería con las suyas. Todo el mundo lo sabe.
—Exacto —dice Andreína, como si necesitara poner su granito de caos.— Claramente, estas chicas tan amigas no son. Porque hasta yo, que ni siquiera soy parte del grupo, sé que ellos dos tienen ese pacto ridículo de no cruzar amigos. Si yo lo sé, todo el mundo lo sabe.
—¿Y qué tiene que ver eso con lo que dije? —respondo, con la voz en calma.— A mí me molesta la injusticia. Si hubieran estado atacando a otra persona de forma tan constante, también habría dicho algo. Pero casualmente, se la pasaron toda la noche yendo contra William.
Las bocas se cierran. Incluso las que, hace un momento, estaban más sueltas que nunca.
Me levanto, sacudiéndome el pantalón con una palmadita.
—Bueno, mejor vamos a lo importante. Es hora de soplar las velas, ¿no?
El grupo se pone en movimiento, como si por fin alguien hubiera recordado que están en una fiesta. Las luces bajan un poco y desde la cocina traen el pastel con unas velitas ya encendidas, tambaleándose al ritmo de los pasos descoordinados de Camila.
Ander, desde el sillón, se ríe por lo bajo.
—¿Ese es el pastel? —dice, medio borracho, medio decepcionado.— Me dijeron que había chocolate. Esto parece la rodilla de un reno.
Las risas vuelven, pero suenan más cansadas. Como si todos estuvieran quemados, esperando solo una excusa para desaparecer. Cantan el cumpleaños sin muchas ganas, con voces apagadas y aplausos medio flojos. El deseo se pierde en el aire, y con él, las ganas de quedarse.
Uno a uno, los invitados comienzan a buscar sus cosas.
Johnny sale primero, murmurando entre dientes. Andreína va detrás de él, lanzándole dardos verbales.
—No me hables como si fueras mi padre—dice ella, girándose en la puerta.
—Y tú no te comportes como una adolescente de TikTok —le responde Johnny, fastidiado.
La puerta se cierra de un portazo. Melina, que sigue sentada, disimula mal el momento y finge revisar su celular. Pero no se le escapa el comentario que lanza Camila, medio en broma, medio en burla, sobre el tamaño de Félix.
—Dije que era grande, no que fuera mágico —suelta Cami, mientras manda un audio a la espera de su taxi. Mira hacia otro lado, se levanta rápido y va al baño.
Melina se hace la que no escucha. Félix, por su parte, ni intenta esconder su incomodidad. Sale por la puerta del patio, murmurando algo sobre “tener calor”. Melina va tras él. Y segundos después, los dos están discutiendo afuera, con las voces tensas cruzando la ventana como cuchillos afilados.
Adentro, Ander sigue tirado en el suelo, con el vaso en la mano.
—¿Sabes qué? —dice al aire, sin mirar a nadie.— Me voy a terminar este trago. Total, ya es tarde, hay drama para exportar, y la fiesta se fue a la mierda.
William, que ha estado en silencio desde hace un buen rato, se levanta. Sus ojos se cruzan con los míos por un segundo. No dice nada, pero hay algo en su mirada que no me suelta. Camino hacia la mesa, empiezo a juntar vasos vacíos, servilletas sucias, envoltorios de snacks. No porque me encante limpiar, sino porque prefiero moverme antes que quedarme quieta en medio del caos emocional de todos.
Y entonces, lo veo a mi lado. William. Sin una palabra, empieza a ayudarme.
Agarra platos, dobla servilletas, recoge botellas vacías y las mete en una bolsa.
—No hacía falta que me defendieras —dice al rato, en voz baja.
Lo miro, sorprendida. Su tono no es molesto, ni orgulloso. Es sincero. Agradecido.
—Lo hice porque me pareció justo —respondo.
Él asiente, como si no supiera qué más decir. Luego agrega, sin mirarme directamente:
—Pero gracias igual.
Nos quedamos unos segundos así, en ese silencio que no incomoda. Él y yo, en una cocina medio desordenada, con el eco del desastre flotando desde afuera, desde el patio, desde la sala. El sonido de un vaso cayéndose. Risas en falso. Un portazo.
Y mientras el resto se va apagando como velas después del deseo, William y yo seguimos ahí. Recogiendo los restos. Compartiendo el único momento de calma en toda la noche.
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Nota de autor:
Perdón... ¿UNA mamadita? ¿En serio, Antonio?Arrancamos con frustración sexual y terminamos con jabón, tensión accidental y un desfile de exes, amigos y dramas hormonales que ni una novela turca a las tres de la tarde. Nicolle, reina sin corona, sobrevive a un “mañanero” que no fue, una entrada a la cocina más vergonzosa que pisar popó en una cita, y un amigo del hermano que, encima, tiene cara de no haber escuchado nada... pero escuchó TODO.
William aparece con la actitud de “yo solo vine a buscar jabón” y termina atrapado en una comedia romántica con gente gritándose sobre tamaños, fidelidades, y decoraciones de torta que ni Pinterest querría.Félix, como siempre, entre el caos y la cocina, organizando cumpleaños con bizcochuelos borderline ilegales. Melina, analizando como científica de NASA si las chicas del grupo son amenaza o solo glitter ambulante. Y Andreina con la energía de “yo vine a pelear”.
Y vos, lectorx, probablemente en este punto ya elegiste bando: ¿Team “Nicolle y su dignidad maltrecha”? ¿Team “William, el que quiso pasar desapercibido y le salió mal”?¿O simplemente Team “¡BASTA DE DRAMA, SÓPLESEN LA VELA!“?
Contame:¿Te reíste? ¿Te indignaste? ¿Tuviste flashbacks de fiestas que se fueron al demonio después de la cuarta cerveza?Comentá, compartí, votá... y nos vemos en el próximo capítulo, donde seguro no va a explotar nada. Mentira.Obvio que explota.
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