00
⚠️Advertencia⚠️
Lenguaje fuerte.
Intento de violín(ya saben)
Sex explícito.
No es exactamente romance, pero si.
Edgar es el tipo de chico que no gusta de ir a fiestas, solitario, y con pocos amigos. Su apariencia, junto a su personalidad grotesca no le es de mucha ayuda en cuanto a hacer amistades duraderas, pero si hablamos de ligues, es un tema completamente diferente.
A pesar de que no le gusta que le digan emo, le gusta vestir como uno, pintarse las uñas de negro, hacerse un pequeño delineado en los ojos, actuar indiferente, evitar emociones, de alguna forma siempre le atraía chicas, y una que otra burla de algún chico, a quien se encargaba de callar con un puñetazo limpio en la cara.
Si algo era seguro para todo aquel que conocía a Edgar, era el hecho de que con él no se podía jugar. A pesar de su apariencia algo flacucha, era un gran peleador, con una gran habilidad de Parkour, y sumando eso a su malhumor junto a su poca paciencia, no le era difícil ser temido por varios de su escuela y barrio. Claro que había chicas como Bibi o chicos como Bull a los que su presencia en realidad les daba igual, pues eran igual de fuertes, con pinta de pandilleros salvajes sin sentido del pésame, o Colette, quién era su mejor amiga y hermana adoptiva, tampoco a ella le importaba su actitud, pues ella le quería tal y como era, siendo la única persona que le conocía bien y podía tratarlo como quisiese sin consecuencias graves, además de su padre adoptivo Byron, claro.
¿Pero como era descrito en su totalidad Edgar? Por todos era conocido como un mujeriego antipático. Durante sus 3 años de preparatoria se había encargado, de forma involuntaria, de hacerse una reputación muy mala, en actitud y con sus relaciones casuales, siendo ridículo que a pesar de que las chicas sabían eso de él, aún muchas seguían intentando cortejarlo, cosa que solo le aumentaba el ego. Todo era perfecto para Edgar, tenía chicas, una reputación de chico malo, sin esfuerzo alguno, no le iba mal en cuanto a clases, admiradores, era alto, con sentido de la moda, si, ¡el chico perfecto!
¿Entonces, que pasó?
Fang, eso paso.
El día que un chico se unió al último año, de su misma edad, casi de su misma altura también, pero eso no era lo que le molestaba. Desde que había llegado a la escuela, acaparó más zorras de lo que él hubiese podido en tres largos años, además, ¿que demonios? ¿que era esa vestimenta tan estúpida?, estaba seguro que la moda había muerto, y que fue Fang quien la había matado.
El chico era todo lo contrario a como era él, era agradable, sonriente, mostraba emociones como si se acercara el fin, ganándose el corazón de casi todos los pubertos de sus compañeros. Para acabar de joderlo, él también era otro peleador, al estilo Bruce Lee pero muy pirata. Odiaba admitirlo, pero cuando lo vio entrenar una vez, vio con asombro como se abrió de piernas en un perfecto split, mientras coqueteaba con unas chicas, haciéndolo parecer tan fácil, presumiendo de su increíble flexibilidad. Si algo había notado en las veces que espió a su rival, era que Fang parecía ser igual de narcisista que él, incluso podría serlo más. Siempre gritaba cosas como «¡Fang-tastic!» y ese tipo de estupideces, también el hecho de que al pelear, pocas veces usaba las manos, siempre daba patadas como un caballo con rabia.
Lo odiaba, sin duda, nunca cruzaron palabras en casi todo el año, tenían solo la mitad de las clases juntas, así que cada quien tenía su ganado separado, y lo agradecía. Le irritaba pensar el hecho de tener que verlo todo el jodido día, era un maldito mujeriego.
Fang amaba la atención, por algo deseaba con toda su alma ser un actor de cine, participar en películas de artes marciales como las de Jackie Chan, Bruce Lee y otros más. Ese era su sueño desde niño, tomaba clases de karate, kung-fu, de actuación, hacia todo lo posible para que su futuro se cumpliera.
Y claro, además de la atención que tendría por ser actor, también le encantaba la idea de tener palomitas gratis de por vida, sus chucherías preferidas.
Si algo había que decir de Fang, era que a sus 17 años, era ya un, casi, experto en actuación, tanto que le caía bien a todo el mundo, o bueno, casi a todo el mundo. Siempre decía, o hacía, lo que los demás querían oír, manipular, aunque en cierto punto no le agradaba de sí mismo, era lo suyo, siempre sabía que cara poner en cada situación.
Todos le conocían como «el gran dragón Fang», el muchacho con más seguridad de toda la tierra, muchos así lo veían.
Pero no era verdad, y solo su mejor amigo, Buster, lo conocía. Fang era inseguro, siempre temía despertar y que toda la atención que tenía desapareciera, por eso gustaba de agradar a todo mundo, así no importaba que sus amigos no fueran reales, si les agradaba, la mayoría no se iría.
Fang también era gay, si, algo más que odiar de si fue agregado a su lista mental de desamor propio. Tenía muchas chicas a su alrededor en su antigua escuela, al igual que en la recién. Teniendo tantas chicas bonitas, ¿por qué no podía fijarse en una? Cualquier chico lo haría. Solo llego a tener sexo con una joven llamada Janet, pero fue algo que le gustaría nunca volver a repetir, gracias a ella, confirmo sus sospechas sobre que pateaba hacía el otro lado. Agregando el hecho de que se llegó acostar más de una vez con Buster, de alguna forma, ambos se convirtieron en mejores amigos con derechos, luego de conocerlo de casi toda su infancia.
Coqueteaba con chicas solo por atención, además de divertirse con sus intenciones subidas de tono. Obvio no era así con todas las mujeres, sabía diferenciar entre una ofrecida y una dama que se daba a respetar, no era tan gillipollaz como alguien llamado Edgar.
Ah si, Edgar, el emo tarado de su escuela, todo un friki amargado, con apariencia engañosa además. La primera vez que lo vio, recuerda haberlo apodado, junto a su amiga Maisie, el Mujeri-emo, ambos concordaron que le quedaba re bien.
Gracias a los rumores, estaba enterado de lo buen peleador que era, de su personalidad, de casi todo, parecía que los más normales de la preparatoria no podían sacárselo de la boca, siendo un chisme andante. Las veces que lo llegó a ver, siempre estaba rodeado, ya fuese de chicas o de idiotas nuevos que querían un pleito perdido, o simplemente comprobar si los rumores sobre suParkoureran ciertos, cosa que comprobaban después de dos golpes que no eran una mentira. Tenía un salto impresionante, sin duda, era capaz de noquearte sin esfuerzo con un puñetazo. Llego a preguntarse varias veces, si tendría ventaja en una pelea contra Edgar. Llegando a observarlo más de cerca, carecía de velocidad para esquivar, cosa que compensaba con sus ataques, le faltaba flexibilidad, aunque en agilidad no estaba nada mal.
En cierto punto, agradecía no tener que enfrentarse al emo, claro que le gustaba la atención, pero no ese tipo de atención. Su reputación de niño bueno debía seguir, si es que deseaba que sus padres siguieran pagando sus clases extras sobre su soñada carrera, y una pelea podría provocar una mancha en su perfecto resumen como alumno ejemplar, una sentencia a la sala del director.
—¿Irás a la fiesta?
—¿Para?
—¿Cómo que, para? Es la última fiesta de nuestro año, obvio —contesto con sarcasmo Colette, mirando mal a su hermano por su indiferencia—. Podrías por fin dejar de ser un idiota, madurar y mantener a una novia hasta el final de la universidad.
—Paso —sopló aburrido, creyendo ridícula la idea, el tan solo pensarlo era cosa de gracia.
—Bien, de todos modos, la fiesta comenzará temprano, así que te quiero listo a las 9:30 pm —sentencio, como amenaza, abandonando la habitación de Edgar.
—¡¿Cuándo dije que iría?! —Pregunto molesto, odiaba que su hermana fuese una metiche, siempre le arrastraba a todo lo que quería, y sabía que, si ella ya había dicho que iría a la fiesta, es porque va a ir. Bufó enojado, si no acompañaba a su hermana, quien era capaz de cuidarse sola, su padre le castigaría por no cuidar de ella.
Se levantó de la cama con pereza, buscando su ropa habitual para salir a fiestas, a las que casi no iba. Tomo una pequeña ducha, se vistió, maquillo, retocó sus uñas dándole más intensidad al negro de estás, se peino alaciando su cabello para que se quedara en su lugar, y por último, se colocó su amada bufanda, esa bufanda jamás la dejaría.
Bajo a la cocina a tomar un bocadillo, mientras esperaba a su hermana, quien no tardó en bajar ya arreglada.
—Toda una loca —contestó en broma, a ver su vestimenta de fiesta, no era muy diferente a lo que habitualmente usaba.
—¡Cállate, mujeri-emo! —Le regresó la burla, usando un apodo que había escuchado de por ahí. Era una investigadora audaz sobre la vida cotidiana de sus compañeros, por lo que alguna vez, escucho al rival imaginario de su hermano y a una chica llamada Maisie, llamar así a Edgar. Fue algo que le pareció muy acertado, y cómico, de lo cual se arrepentía, pues nunca se le había ocurrido a ella.
—¿Mujer que? —Preguntó confundido, ante el apodo tan imbécil—. ¿Quién mierda me llamo así?
—No te diré, a menos de que te cojas a Fang —. Bromeo, mostrando todos sus dientes, con una sonrisa perversa. Amaba molestar a Edgar así, pues este odiaba con locura al chico colmillo, y a ella, bueno, no necesitaba muchas razones para hacer fanfics, ni tampoco se atrevería a desaprovechar cada oportunidad de cabrear al único que medio la soportaba.
—¡Colette! —Grito Edgar colérico, un gesto de enojo junto al asco se formó en su cara. Estaba a punto de saltar hacía la loca de cabellos blancos y meterle la putiza de su vida, pero ella corrió hacía la salida sin pensarlo, sabiendo que no lograría alcanzarla ni con el salto más largo de su vida.
—¡Hice un dibujo de ustedes dos! ¡se ven tan lindos cogiendo! —Se atrevió a gritar, dejando caer el dibujo detrás de ella, para que Edgar pudiese verlo mientras Colette corría por su vida hasta la fiesta.
—¡Maldita perra! —Tomo el dibujo solo para despedazarlo con asco, tirándolo a la basura antes de correr tras la loca de su hermana, con la esperanza de meterle, aunque fuese un solo golpe.
Para Colette no era del todo difícil igualarlo en una pelea, pero ella prefería huir ya que le era más divertido que solo pelear.
—Te odio —exclamo Edgar ya en la fiesta, la situación se calmó entre ellos, por el momento, solo que eso no significaba que le perdono su estupidez o sobre que lo haya obligado a ir a la fiesta aburrida.
—También te amo, hermanito —Colette ensanchó una sonrisa, con burla—, te dejo, diviértete fingiendo que te gustan las chicas o algo así, iré con Chester. No quiero que se me pegue tu amarguez —, salió corriendo de nueva cuenta, evitando el zape que provenía de la bufanda hacía su cabeza.
—Estúpida, —susurro, molesto porque no logro oírlo, Colette ya se había perdido de su vista.
Rendido, comenzó a caminar entre las personas, muchos les saludaron, pero el solamente los mando a la mierda, no estaba de humor para aguantar hipocresías. Busco entre tantas, alguna chica que le llamará la atención por esa noche, en vano. Las que estaban ahí alguna vez tuvieron su turno, no era fan de repetir. Se encogió entre su bufanda, con las manos en sus bolsillos, siguió caminando por la casa ajena, buscando un lugar tranquilo en el cual pasar un rato a solas antes de largarse, abandonando a Colette ahí.
En cierto momento, vio un pasillo largo, que seguramente llevaba a otra parte de la casa, estaba algo oscuro, pero no era tanto. Él no era de entrometerse, aún así decidió echar un vistazo, la curiosidad le ganó ante todo, y mientras caminaba pensó que tal vez, lo chismoso se pegaba.
No era tan largo como se imaginaba, solo llevaba a lo que imagino, eran cuartos de invitados o algo así, la casa realmente era grande, ¿y como no? el dueño del hogar era Brock, un niño de papi, fiestero y adinerado.
Suspiró aburrido, no abrió, ni pensaba abrir ninguna puerta, no era tan como su hermana para husmear a fondo. Estaba a punto de darse media vuelta e irse a su casa, cuando un golpe sordo lo detuvo en seco, de no ser porque se encontraba cerca, el ruido de la música y el escándalo de los adolescentes hormonales, nunca hubiese permitido que el golpe se escuchará. Con cautela, se acercó más a una puerta en específico, una de dónde juraba, provino el sonido. Trato de oír con más atención, haciendo lo posible por concentrarse a cualquier forcejeó y no a la música a todo volumen.
Luego de un rato, justo cuando se encogió de hombros con la idea de irse ahora sí, otro golpe se escuchó, siendo más brusco, además de un jadeo doloroso. Abrió un poco los ojos, imaginando la situación detrás de la puerta, tal vez solo eran unos idiotas en su momento, y él como un tonto allí afuera. Más abandono el pensamiento, luego de escuchar como alguien parecía gritar que lo dejarán, y que otra voz resonará con un «¡agárralo!».
Torció la boca confundido, más alerta que nunca, dudo un poco antes de abrir la puerta, hallando una escena que nunca, jamás, en su vida, creyó que presentaría. Fang, tirado en el suelo, con una ropa diferente a la que solía usar, mucho mejor si se lo preguntarán, mientras forcejeaba contra dos hombres que ya parecían de la universidad. Frunció el ceño con molestia, incómodo y sorprendido, nunca pensó ver a Fang sometido, mucho menos teniendo consciencia de sus grandes habilidades de pelea, tenía la corazonada de que algo no estaba nada bien, principalmente por Fang, quien lucía agitado, débil, muy débil. Se veía sudoroso, con su camisa un poco levantada, la cual dejaba ver parte de su abdomen marcado, jadeaba sonrojado, con sus ojos llenos de desesperación junto a suplica, algo hizo clic en su cabeza al verlo bien, y no precisamente en su cabeza de arriba.
—¡¿Qué mierda contigo, puto?! ¡Lárgate!
Edgar despertó de su ensoñación, al escuchar al primer pendejo gritar, lo cual le hizo sonreír, soberbio.
—Los que deberían irse y dejar al chico son ustedes —, amenazó, tronando sus nudillos entre puños, su bufanda imitando las acciones de su dueño.
—Este imbécil. —Dijo uno, burlándose del niño, subestimando al pelinegro por su apariencia de princesa joto, soltó a Fang para sacar una navaja, y su compañero le copio, listos para pelear.
No sabían en qué se metieron.
—¿Qué mier... agh? —Se quejó Fang, sobándose el cuello por el dolor de dormir torcido. ¿Acaso estos eran los famosos dolores de viejito de los que tanto hablaba su papá?
Miro a su alrededor despacio, inspeccionando todo con intriga, reaccionando lento al hecho de que no estaba en su cama, que ese no era su cuarto, sobre todo, no estaba en su casa. No recordaba nada, fue a la fiesta como siempre, si, ¿bebió? claro, lo que le ofrecieron, provocando que, al no ponerse un límite para no quedar mal, perdiera el conocimiento al embriagarse. No tenía ni idea de que tipo de borracho era, tampoco preguntaba, suponía que no era tan malo, nunca se quejaron.
Quiso ponerse de pie para retirarse de donde sea que estaba, cayendo de nuevo sobre la cama, mareado. Fue demasiado rápido el intento de pararse, o eso creyo, nunca antes le pasó algo así como resaca.
—¿Cuánto apuestas a qué tienes la droga de la violación en tu sangre? —Edgar apenas entro a su cuarto, por qué si, llegó con Fang arrastras a su hogar, siendo muy bondadoso al no dejarlo tirado por ahí.
—¡Que rayos! —Exclamó en susto, llevándose las manos al pecho como reflejo, no esperaba que Edgar, específicamente él, estuviese ahí. ¿Qué hacía ahí? ¿Cuándo llegó? El maldito le saco un susto, nunca lo escucho entrar. Además, ¿qué mierda fue lo que dijo? —¿Qué mierda dices?
—Creo, lo has oído bien, ¿no? —Sonrió pícaro, sentándose en una silla frente a la cama, dónde Fang seguía recostado, aunque en mala posición gracias al susto y la sorpresa. —No recuerdas nada, supongo.
—¿Qué se supone que deba recordar? —se puso a la defensiva, a pesar de sentirse tan débil, estaba seguro de que podría pelear—. ¿Qué diablos me hiciste? —Puso una cara de horror, no quería juzgarlo, más su cara no ayudaba a calmarlo, su sonrisa de pervertido mucho menos iba a lograrlo.
—Te salve, perra, de nada —canturreo, burlándose a toda costa. Claro que disfrutaría cada minuto de su sufrimiento, para eso estaban los rivales.
—¿De qué? Rarito —provocó, furioso tras el llamado. Si no fuera gracias a su cansancio, ya le hubiese partido el hocico.
Edgar chasqueo la lengua, la paciencia se le acabó rápido. Se arrepintió de ayudarlo la noche anterior, aunque no del todo, tenía un plan en mente, haciendo que se compensará su esfuerzo.
—De acuerdo —saco su celular para buscar algo, una foto en específico. —Escucha, y hazlo bien. Odio repetir las cosas. —Amenazó, mostrando la foto de lejos, con la guardia en alto por si Fang intentaba arrebatarle el celular. —Anoche te he salvado de ser profanado por dos cabrones, y aquí están las pruebas, como ves, pero eso no es lo que te interesa, claro que no —aseguró, cambiando la foto a otra, una dónde Fang si estaba siendo embestido por alguien a quien no reconocía, pero eso era lo de menos, a Edgar no le importaba con quien o que se metiera el peliazul. Él solo quería joderle la vida, y tener un esclavo personal no sonaba mal.
—¡¿De dónde la sacaste?! —Se exaltó, parándose en seco para romper el celular, y de paso, la cara al dueño del mismo. Claro que no esperaba que la bufanda de Edgar lo amarrara de forma asfixiante, cosa que le sorprendió de sobre manera, no tenía idea de que esa cosa estuviese viva. Miro la foto con desesperación, una que pertenecía a él y a Buster. ¿Cómo mierda tenía el puto emo algo tan privado? ¿Buster fue capaz de...? —¿Qué quieres?
—¿Por qué crees que querría algo? —Sonrió egocéntrico. Hizo que su bufanda obligará a Fang a inclinarse, al grado de que lo hizo arrodillarse frente a él. Su cara, estaba tan cerca de su miembro, algo que le pareció dolorosamente excitante. La angustia en la cara de Fang al verse indefenso ante su rival, ante él, le hizo recuperar el sentimiento de la noche anterior, descubrió una faceta de si que no conocía. «¿Seré sadomasoquista?», se pregunto riendo en su mente, lo que si le costaba aceptar era que, fue justo con Fang, a quien más odiaba, su descubrimiento sobre una fantasía sexual de sometimiento. Si no fuera porque pensaba divertirse mucho, culparía a Colette, además de desahogarse a golpes con ella, por haberle metido esa estúpida idea a la cabeza de cogerse a Fang, tanto que hasta lo convenció, o eso quiso creer. Se negaba que fuesen pensamientos propios y no por el momento.
—¿Me estarías amenazando si no quisieras algo? —Contesto desconfiado, una mirada de rencor fue directo a Edgar. Intento forcejear, causando que la bufanda se ajustará más en su agarre, tal como una serpiente haría con una presa.
—No tenía nada planeado, pero ya que insistes. —Se inclinó un poco, quedando más cerca de Fang, casi cara a cara. —Yo no mostraré la foto, lo prometo —aseguró, sin borrar su sonrisa perversa, algo que parecía contradecirlo. —Pero a cambio, serás mi guardaespaldas.
—¿Guardaespaldas? —Arqueo una ceja. Ahora sí tenía miedo, tarde noto que tal vez, el emo satanista no estuviese del todo cuerdo.
—Guardaespaldas, esclavo, sirvienta, cómo lo quieras ver —resto importancia. —Es algo molesto tener que pelear todos los días en la escuela, ¿sabes? Por eso tú te encargaras de pelear por mi.
—Estás loco —se negó. Si se metía en problemas en la preparatoria, sería como cavar la tumba de su futuro.
—Si no aceptas no hay problema, de todos modos, esta foto se vería mucho mejor en internet que en mi celular, ¿no crees?
—¡Hijo de puta! —quiso levantarse y patearlo, solo consiguiendo que la maldita prenda de rayas lo apretara aún más. Ese pedazo de tela tenía mucha fuerza, algo que nunca hubiera imaginado de un montón de hilos.
—No te recomiendo luchar, mi bufanda es como una serpiente, creo, lo has notado ya —acaricio la mejilla ajena, tomando su barbilla después, obligándolo a levantar la vista para que lo viera a los ojos.
—¿Qué otra cosa quieres? Lo que sea para que borres esa maldita foto.
Edgar soltó una carcajada, su desesperación le encantaba. Quién diría que Fang tendría una cara tan bonita estando al borde de un ataque de pánico.
—Te he dicho ya que es lo que quiero, obedecerás todas mis órdenes hasta el final del año, y probablemente borraré la foto. —Le guiño el ojo, no le prometía borrarla, solo no la compartiría en internet. —Anímate, ya solo faltan 3 meses, soy muy considerado, ¿no crees?
—Eres un bastardo mal parido, mujeri-emo —insulto, guardando las ganas de escupirle en la cara, ya que no tenía forma de enseñarle su dedo corazón. Pero disfruto poco como el emo chasqueo la lengua, con molestia.
—Tu eres el pendejo que me llama así.
—Culpable, pero el pendejo eres tú.
—Me estoy arrepentido de haberte salvado.
—¡Jodete! No te lo pedí. ¡Y me lo estás cobrando hijo de perra!
—Te veré el lunes en clases.
Corto la discusión, no los llevaría a nada, guardo su celular, y no dejo que su bufanda le soltará hasta que lo saco fuera de su casa, casi aventándolo por la puerta.
—¡Hijo de tu...!
Cerró la puerta, no escucharía más lloriqueos del mata pasiones. Dándose la vuelta para volver a su habitación, noto con desagrado como su hermana estaba sobre las escaleras, con una mano tapando su boca, divertida.
—No te lo has cogido, creo que desperdiciaste una buena oportunidad.
—Para nada, deja tus fantasías, mi única intención es torturarlo hasta final de curso.
—Sigue convenciéndote de algo vago. —Soltó unas risillas, —en el fondo ambos sabemos que es lo que quieres, Edgar.
—Cierra el hocico —bufó, apartándola del paso para encerrarse en su cuarto. Solo escucho las carcajadas desquiciadas de fondo por parte de su hermana, lo que le hizo rodar los ojos con enojo, —maldita loca.
Admitía que tuvo un desliz sobre Fang, pero no, fue solo el calor del momento, era tan sangrón como para excitarse por el dolor ajeno, pero hasta ahí, el chico colmillo no le atraía, por supuesto que no, las chicas eran lo suyo. Su hermana tenía la culpa, estaba seguro que su mente se influenció por un instante gracias a los comentarios constantes de la albina, eso era todo.
El lunes llegó, Edgar espero a Fang, se burlaría de él siempre si el cobarde huía y no aparecía nunca más en la escuela, él habría ganado esa guerra invisible entre ambos.
Su sorpresa y decepción apareció cuando miro al dragón llegar, no parecía perturbado para nada, seguía coqueteando con chicas, actuando con la seguridad característica de su ser insoportable.
—Fang.
—Edgar.
Se mencionaron apenas toparse de frente, estaban sonriendo, y solo ellos sabían que ocultaba ese gesto. Uno lleno de rabia en su mirada, y el otro, de soberbia, disfrutando un control absoluto que creía poseer sobre su rival.
—Te veré en receso, compañero —Edgar fue el primero en retirarse, con burla, Fang solo entrecerró los ojos, su sonrisa amable nunca se borró de su cara, hipócrita.
La gente cerca quedó desubicada, ¿desde cuándo esos dos se hablaban? Muchos juraban que ni una mirada de casualidad se habían dado entre ellos en todo el año escolar.
El descanso llegó, siguiendo con la rutina diaria, algunos esperaban a Edgar para molestarle, porque si, todavía existían tarados que por celos o otra cosa se les ocurría retar al emo. ¿Y que mejor que en el recreo? Aprovechando que al director, mientras no fuera algo de verdad grave, prefería seguir comiendo, a interrumpir una pelea (ya ganada por Edgar) y hacer su respectivo trabajo de mantener orden, mentalidad que los profesores compartían.
Lo que llamo la atención de todos los alumnos, es que esta vez, Edgar no entro solo, Fang le seguía de cerca, casi a su lado. El karateka disimulaba bien, pero Maisie, quién le conocía, entendía que algo no era correcto, verlo junto al pelinegro parecía alertar peligro por todos lados.
—¿Ustedes dos, juntos? Que estúpido. ¿Ya no puedes solo?, emo. —Se burló un mastodonte, Fang no le reconocía, tampoco le importaba hacerlo, le miro con lástima por un instante, le sorprendía el poco nivel de inteligencia que el bravucón tendría como para intentar molestarlos aun cuando sus amigos se retiraron al notar que no tenían oportunidad contra el dúo.
—Oye, tranquilo —. Fang quiso alejarlo con palabras, evitarle el sufrimiento al pobre chico de ser humillado o herido—. No es necesario este ridículo concursó de fuerza o lo que sea, ¿podrías dejar la fiesta en paz? —Razonar no era lo suyo, al menos lo intento.
—No estoy hablando contigo, marica.
—¿Cómo me llamaste?
—Marica —enfatizo en cada sílaba. —¿Qué no lo eres? Tu cabello largo de vieja te delata, gay. —Menciono su coleta, sátiro.
Fang abandono su pena, la poca empatía que hubiese tenido por el contrario se esfumó. Solo sonrió con enojó, esos comentarios le habían pegado directo a su ego, nadie se burlaba de su cabello, mucho menos le llamaba marica.
Y así fue como el único valiente, imbécil mejor dicho, que se atrevió a retar, no a uno, si no a dos excelentes peleadores, termino atorado en un bote de basura, cortesía de Fang, luego de meterle tremenda patada directo al estómago, un golpe bajo, sí, debían perdonarlo, su humor no llegaba a soportar a dos tarados en un día, y tolerar al chico bufanda era como tener a 20 idiotas juntos.
Edgar no se metió en la riña, la cual no duró nada, chifló tras ver a Fang enojado, quién no logró calmarse y volver a su actuación de «el nunca intranquilo». Se preguntaba, que otras facetas podría descubrir en tan solo 3 meses sobre él.
Historia pasada de wattpad.