Capítulo 1
Tenía que existir una palabra en alemán para describir aquella sensación casi insoportable de querer golpear a alguien y besarla al mismo tiempo.
Al menos, eso era lo que pensaba Camila Cabello, que, a pesar de tener un buen nivel de alemán, no conocía dicho término.
Tampoco la había oído en inglés, japonés, chino, ni ninguno de los demás idiomas que había aprendido para su progresar en su carrera.
Pero aquello era lo que sentía cada vez que miraba a Lauren Jauregui.
Era multimillonaria, filántropa y, posiblemente, vikinga a media jornada, aunque para ella era sobre todo un fastidio a tiempo completo, desde que la había conocido.
Era como la recordaba desde su niñez.
La primera vez que la había visto ella había tenido seis años y Lauren, dieciséis.
Sus padres habían estado inmersos en una negociación y ella había esperado a que las reuniones se terminasen sentada en un banco, fuera de la sala de juntas.
Delante había tenido una mesa llena de comida, pero su padre le había advertido que no tocase nada, aunque ella acababa de decidir que se iba a comer un cupcake que, al parecer, no había querido nadie, cuando un mujer alta y pelinegra había llegado, por aquel entonces, a ella le había parecido una mujer, y la había devorado de un bocado.
Luego, se había girado hacia ella y Camila había visto vergüenza en sus ojos marrones, aunque la expresión pronto había sido reemplazada por otra de desdén.
Después, Camila se había enterado de que se trataba de la única hija del principal competidor de su padre.
Lauren Jauregui, hija de Michael Jauregui, el hombre más odiado en casa de los Cabello, se había comido su cupcake de chocolate.
Había sido un cumpleaños decepcionante, tal vez, por culpa de su padre, que le había hecho pasarse el día de su cumpleaños sentada delante de una sala de reuniones.
La madre de Camila había fallecido cuando ella era bebé y su padre, que se había quedado sin el amor de su vida, había decidido llevarse a Camila a todas partes en vez de buscar una o varias niñeras. La había tratado como si fuese una parte integral de su mundo y de su empresa, a la que había amado desde antes de conocer a su esposa y de tenerla a ella.
Camila solo había tenido a su padre y aunque se hubiese sentido decepcionada por no poder celebrar su cumpleaños con otros niños, por no tener un bonito pastel ni poder montar en poni, le había resultado mucho más fácil echar la culpa de todo a Lauren.
Esta no parecía querer molestarla conscientemente. No.
Pero lo cierto era que habían ido chocando a lo largo de los años.
Eso se debía a que sus padres se dedicaban los dos al mismo negocio y competían constantemente por los mismos contratos tecnológicos.
Durante una época, Camila no había tenido que soportar a Lauren.
Esta había cumplido dieciocho años, se había independizado y había montado su propia empresa.
Entonces, solo la había visto en algún evento profesional, vestido de esmoquin, y había pensado que iba a volverla loca.
Todavía recordaba perfectamente cuando, con quince años, la había visto aparecer en una fiesta benéfica. Había sido ver entrar a Lauren y Camila había tenido la sensación de que todo se detenía.
La mayoría de los hombres estaban elegantes vestidos de esmoquin, pero Lauren, con aquellos hombros tan anchos y los brazos fuertes y musculados, parecía todavía más peligrosa de lo normal.
En un momento de la velada Camila se había caído dentro de un macetero y, para rematar, había sido Lauren quien se había acercado a ayudarla. La había agarrado con su mano grande y caliente, y había hecho que ella se sintiese pequeña y frágil, que se pusiese colorada y sintiese mucho calor.
Había tenido la misma sensación que cuando la había visto comerse su cupcake, aunque aquello había sido distinto.
Ya no tenía quince años y sabía lo que le ocurría, pero se alegraba de no haber sabido antes lo que era la atracción sexual.
El padre de Lauren había fallecido dos años después de aquella fiesta.
-Tenemos que ir al funeral, Camila.
Ella había mirado a su padre confundida.
-Pero si lo odiabas.
-Era mi rival y tenerlo como adversario me ha hecho ser mejor.
Camila se había dado cuenta entonces de lo complejas que eran aquellas relaciones. Y, en cierto modo, se había sentido aliviada. Tal vez lo que sentía por Lauren tuviese algo que ver con eso.
Hacía falta una adversaria para intentar batirla y ser más rápida.
Estaba bien tener una buena adversaria.
Había sido entonces cuando Lauren había asumido el control de Jauregui Enterprises. Y cuando había vuelto a formar parte de su vida.
Entonces, los sentimientos de Camila habían ido complicándose todavía más. Porque Lauren había empezado a entrar en aquellas salas de reuniones y ella había seguido esperando fuera.
-Algún día -le había dicho su padre-, tendrás que enfrentarte a ella. Y le ganarás. Es posible que le ganes.
Le había sonreído con tristeza.
-Yo no voy a tener tiempo de hacerlo -había continuado-, pero tú tienes una mente prodigiosa, Camila, y puedes hacerlo.
Recuerda que deberás competir sin piedad, sin permitir que la emoción te nuble la mente, sin darle tregua.
Camila seguía recordando aquellas palabras en esos momentos, en los que era ella la que entraba a las salas de reuniones.
Y Lauren era su rival.
Eran muy parecidas.
Ambas se pasaban todo el día, todos los días, trabajando para conseguir los mejores contratos.
Pero aquel... aquel era el más importante, al que su padre había dedicado más tiempo.
Había trabajado durante años para conseguirlo, pero se había muerto antes.
Había querido que sus pantallas táctiles y su sistema operativo estuviesen en la flota de coches eléctricos más grande del mundo, así que Camila tenía que ganar.
Lauren Jauregui había estado durante años en la vanguardia de las energías renovables y, a pesar de que Ambient estaba ligeramente por detrás de ella, Camila estaba intentando recuperar el tiempo perdido. Su padre había sido guardián de la tradición.
Le había gustado hacer las cosas como se habían hecho siempre.
Y a Jauregui también. La diferencia era que Lauren había asumido el control de Jauregui Enterprises una década antes y Camila solo llevaba a cargo de Ambient seis meses, intentando retomar los proyectos inacabados de su padre y trabajando lo máximo posible para cumplir sus metas y ser lo que él le había enseñado a ser.
Y de no haber sido por lo que había ocurrido en el funeral de su padre, no se habría sentido en absoluto culpable por el modo en el que había conseguido la información relativa a la reunión de aquel día.
Podía considerarse espionaje empresarial, pero aquel contrato mantendría el negocio en pie durante la siguiente década. Y no tendría que volver a ver a Lauren... en al menos diez años.
Porque no tendría que competir con ella por ningún otro contrato a aquel nivel. Llevaban años jugando una partida de ajedrez. La tecnología de Jauregui formaba parte omnipresente del mundo empresarial mientras que Ambient era para artistas.
Ambient tenía el teléfono de más éxito.
Jauregui proporcionaba la interfaz gráfica y el software para la mayoría de los productos, incluida la aerolínea más importante, que utilizaba sus microchips.
Pero para los coches era mejor Ambient. Porque tenía que ser un producto elegante, visual, artístico.
Limpio.
Y Camila pensaba que todo lo que hacía Jauregui era aburrido.
Era profesional. Y eso se notaba.
Faltaban veinte minutos para la reunión y a ella se le estaba haciendo la boca agua.
Porque quería aquel cupcake.
La maldijo.
Aquel era el motivo por el que tenía que mantener las distancias.
Tal vez su padre solo hubiese visto a Jauregui como a un rival, pero para ella era algo más.
Y había hecho aquello para demostrarse lo contrario. Lo había hecho para ser tal y como su padre le había enseñado a ser.
Tenía que ser dura y no podía serlo con Lauren cerca.
Entonces, oyó pasos en el pasillo, levantó la vista y la vio, vestido con un traje azul marino, alto, pelinegra, y una penetrante mirada verde que parecía ser capaz de traspasar su jersey de cuello alto negro.
Porque Camila nunca vestía de traje.
-La pequeña Camila -la saludó ella-.
Cuánto me alegro de verte.
Siempre la llamaba así.
También lo había hecho en el funeral de su padre.
-¿Pequeña Camila, cómo estás? -le había preguntado.
Y ella se había roto al verla allí, después del funeral, con una mirada distinta a la habitual, con gesto preocupado. Había llorado y Lauren la había abrazado.
Camila intentó no recordarla en esos momentos.
-Hola, Lauren. ¿Hoy no estás arrasando pueblos ni sacando a mujeres a rastras de ellos?
Ella arqueó una ceja.
-De vez en cuando, hay que dejar de saquear.
-¿Y qué haces aquí hoy?
- Cómo te gusta hacerte la víctima mientras intentas competir con la mejor.
-Te gano la mitad de las veces, así que no entiendo como sigues diciendo que eres la mejor.
-Porque algunas personas piensas que es más importante la forma que la función.
-Hay empresas que son capaces de ofrecer ambas. A algunos nos gusta pensar de manera diferente -le dijo ella, acercándose y agarrándola de la solapa, gesto del que se arrepintió al instante, al sentir calor.
E intentó recordar las veces en las que habían chocado a lo largo de los años, no cuando Lauren la había ayudado a salir de la maceta.
Ni cuando la había llevado hasta su casa vacía, después del peor día de su vida, después de que ella se despidiese de su padre y se sintiese más sola que nunca.
Ni cuando se había sentado enfrente de ella en el salón y la había mirado con comprensión, la había dejado llorar, hablar y compartir recuerdos, la había envuelto en una manta y la había llevado al piso de arriba.
Ni cuando la había dejado delante de la puerta de su dormitorio, toda demacrada y con los ojos enrojecidos por las lágrimas y Camila había apoyado una mano en su pecho y había sentido los fuertes latidos de su corazón.
Ella se había quitado la chaqueta en el piso de bajo y había llevado puesta solo la camisa blanca, con el primer botón desabrochado, y Camila había sentido deseo.
Ya no tenía quince años y había sido consciente de lo que sentía.
Así que se había puesto de puntillas y había acercado los labios a los de ella.
-No, Camila.
Su rechazo le había dolido, le seguía doliendo.
-Vete a dormir. Estás cansada, dolida. Y te arrepentirías mañana por la mañana.
Lauren le había hecho daño. La había destrozado al rechazarla. Y cuando habían vuelto a verse en un evento profesional, había actuado como si no hubiese ocurrido nada.
Y ella se había sentido indignada y aliviada al mismo tiempo.
Indignada por seguir sintiendo algo por ella y aliviada porque ella no había aprovechado para humillarla.
Pero, por desgracia, no lo había olvidado. Y eso había avivado su deseo de ganar aquel contrato.
Quería ver el sueño de su padre hecho realidad. Y quería ser tan fuerte y despiadada como él había querido que fuese.
Quería sacar a Lauren de su vida para poder liberarse de lo que sentía por ella. Porque, incluso en aquellos momentos, sentía calor.
Durante los últimos meses, había sentido calor.
Y durante mucho más tiempo.
Durante años, había soñado con ella.
Le había sido sencillo decirse que no tenía una vida amorosa porque dedicaba todo su tiempo a Ambient, pero la verdad era otra. Otra muy diferente.
-Muy innovadora. Nadie había hecho esto... -comentó ella, refiriéndose a su manera de vestir-. Yo nunca lo había visto.
-No pretendo ser original, sino que no quiero perder el tiempo con detalles ridículos que no tienen nada que ver con la innovación.
-Te he traído algo.
Ella ya lo sabía. La vio buscar en su maletín y sacar un cupcake de chocolate. La odió.
Porque se sentía como el perro de Romanov y tenía la sensación de que ella lo sabía.
Siempre hacía aquello, en todas las reuniones.
Nunca hablaban con la persona por cuyo contrato estaban compitiendo por separado. Siempre lo hacían juntas. Sus batallas eran legendarias y todo el mundo quería presenciarlas.
Ella decía que el cupcake era un sacrificio de paz, pero ella no lo creía, sino que solo quería enfadarla.
El problema era que ella necesitaba aquel cupcake de chocolate antes de sus reuniones.
-Gracias -le dijo, aceptando el regalo.
Le rugió el estómago. Y ella sonrió mientras pasaba por su lado.
Camila pasó la lengua por la cobertura, levantó la vista y se dio cuenta de que Lauren la miraba con deseo.
Era recíproco.
-Ya sabes que, gane quien gane este contrato, estará atado a ella durante mucho tiempo, lo que significa que no volveremos a vernos en una temporada larga -comentó.
-Lo sé -le respondió ella.
Camila hizo girar el cupcake mientras pasaba la lengua por ella, mirándola a los ojos.
-Te echaré de menos. O, tal vez, echaré de menos los cupcakes.
-Te regalaré un abono a una pastelería.
Ella apoyó una mano en su pecho y puso gesto de tristeza.
-Eso ayudaría a aliviar mi dolor.
Después, cambió de expresión.
-¿Qué vas a hacer después, cuando no consigas el contrato?
¿Pondrás distancia y centrarás toda la atención en otros proyectos? -le preguntó.
-No voy a perder -le contestó ella.
-Venga, Lauren. Vas a perder. Por supuesto que vas a perder -insistió ella, sonriendo.
Lauren enseñó los dientes y se los tocó con un dedo.
-Tienes chocolate. Aquí.
-Por supuesto que sí, idiota -le dijo ella, pasándose la lengua por los dientes-. Me estoy comiendo un cupcake de chocolate.
-A lo mejor quieres remediarlo antes de que empiece la reunión.
-Tardaré solo un momento.
Camila fue al cuarto de baño y se aseguró de que tenía los dientes limpios.
Cuando salió, ya era hora de que empezase la reunión.
Pobre Lauren. Casi sintió lástima por ella. Porque había visto ya su presentación. Hacía meses. Y se había preparado teniendo esa información.
Lauren no tenía ni idea de lo que le esperaba.
Así que, como se sentía muy segura, mientras ella hablaba se relajó y centró la vista en sus manos, se fijó en su tono de voz, en sus hombros anchos... Y no le costó ningún esfuerzo imaginársela como a una vikinga.
Camila no entendía cómo era posible odiar tanto a una persona y que, al mismo tiempo, fuese la única mujer con la que había querido acostarse en toda su vida.
Porque ya había decidido hacía mucho tiempo que no iba a perder el tiempo con una mujer que no la excitase tanto como un nuevo componente tecnológico... o como Lauren Jauregui.
Porque si una mujer al que odiaba la hacía sentirse así, un hombre que le gustase tenía que conseguir, como mínimo, lo mismo con una mirada.
Sí se había besado con varios, pero ninguno le había hecho sentir lo que le hacía sentir Lauren con una de sus miradas.
No había podido dejar de pensar en aquel momento en el salón de su casa, donde la había tenido tan cerca que había podido sentir su calor...
Todavía pensaba en aquello, aunque ambos fingiesen que nunca había ocurrido.
Y, si no podía olvidarse de ella, no podría haber nadie más.
Lauren terminó su presentación. Le tocaba a ella.
-Gracias. Ha sido muy interesante, señora Jauregui. Sin embargo, pienso, señor Matsumoto, que debería tener en cuenta lo siguiente.
Y fue desmontando minuciosamente el sistema de Lauren.
Había identificado todas las debilidades de su diseño y había buscado soluciones a ellas. Había creado un sistema que aniquilaba el de ella. Y, todo ello, con un estilo atractivo, pero sencillo, que convertía aquella tecnología en algo accesible para cualquiera.
-Enhorabuena, señorita Cabello. Es evidente que Ambient será capaz de satisfacer las necesidades de nuestra flota.
Lauren no reaccionó. No era la primera vez que perdía frente a ella, pero aquella era su mayor derrota.
Le dio la mano al señor Matsumoto después de que Camila lo hubiese hecho y sonrió.
-Tal vez podamos trabajar juntos en un futuro.
-Nunca se sabe -le respondió Matsumoto.
Y, después de aquello, Lauren y Camila se marcharon, juntas.
-Va a ser una pena no volver a verte en los próximos diez años, pero voy a estar muy ocupada.
-Ha sido un gran éxito -le dijo ella-.
Tu producto es maravilloso.
Es evidente.
-Me sorprende que lo reconozcas.
-Es lo justo. El mejor es el mejor.
¿Tienes algún plan para el resto de tu estancia en Tokio?
-Lo cierto es que no.
-¿Y dónde te estás alojando?
-Al otro lado de la calle.
Entraron juntas en el ascensor. Las puertas se cerraron. Lauren la miró, ella la miró. Sonrió.
-¿Qué tal mis dientes?
-Afilados.
-Bien. Para comerte mejor.
-Lo has hecho.
-Espero que no te lo tomes demasiado mal.
-En los negocios todo vale.
Ella sonrió.
-Es verdad.
Aunque Camila dudaba que lo que había hecho fuese justo, había matado dos pájaros de un tiro. No solo había conseguido el contrato, sino que iba a perder de vista a Lauren. Su obsesión por ella se iba a terminar.
Así que se sentía bien.
«Lo he conseguido, papá.
Supongo que tenías razón, tenía que ser dura. Puedes estar orgulloso de mí».
-¿Dónde te alojas tú?
-Creo que en el mismo hotel que tú -le dijo ella.
-Por supuesto. Es el más agradable de la zona.
Ese era uno de los múltiples problemas que tenía con Lauren, que solían aplicar la misma lógica.
Una cosa era entender a tu enemiga y, otra muy distinta, conocerla demasiado bien.
Entraron en el edificio de enfrente y lo atravesaron juntas.
-Voy al último piso.
-Yo también.
Volvieron a entrar juntas en el ascensor y las puertas se cerraron. Y, en esa ocasión, Camila sintió que el corazón le retumbaba en los oídos.
-¿Quieres tomar una copa para celebrarlo? -le preguntó ella.
-De acuerdo.
-Estupendo.
Y cuando las puertas del ascensor se abrieron, Lauren la condujo en dirección contraria a donde estaba su habitación.
-Después de ti -le dijo, tras haber abierto la puerta con el teléfono.
-Gracias.
El ático de Lauren era completamente distinto al suyo. En el de ella todo era negro. Tenía el suelo brillante, obras de arte modernas por todas partes. Todo negro.
Y los ventanales tenían vistas a la bulliciosa ciudad, pero desde un lugar tranquilo.
-Me encanta Tokio -comentó Camila.
-Yo prefiero estar en la cima de una montaña, pero así son las ciudades.
Ella se giró y la vio delante de la encimera de la cocina, con las manos apoyadas en la superficie oscura.
Unas manos preciosas.
-Sí, pero en una montaña estarías probablemente sola.
-Me gusta la soledad.
-A mí no. Me gustan las reuniones, las fiestas de trabajo...
Porque no tenía vida fuera del trabajo, pero por decisión propia.
Porque su padre le había enseñado a crear una red de contactos, a conectar de manera que la beneficiase, pero siempre con cautela.
Era como si viviese en un constante estado de tensión con sus emociones.
Después de una dura negociación, solía relajarse con un baño caliente y un libro. Podía leer novelas románticas a solas, llorar sola, sentirse sola.
Pero no podía bajar la guardia delante de ella.
No tenían nada de qué hablar. ¿Qué estaba haciendo allí?
«Sabes muy bien lo que estás haciendo aquí. Has venido a esto».
Aquella iba a ser su última interacción con Lauren Jauregui por mucho tiempo. Tal vez jamás volviesen a competir por un contrato. Sus empresas estaban en espacios divergentes. Y aquella podía ser su última y más decisiva pugna.
Aquel era el momento.
Camila había tenido dieciséis años la primera vez que había pensado en besarla. Le había sonreído de manera burlona antes de entrar en la sala de reuniones con su padre, la primera reunión desde que había tomado las riendas de la empresa de su padre.
Lauren había ganado la negociación y ella había vuelto a casa sintiéndose culpable, avergonzada y confundida.
Desde entonces, sus fantasías habían ido siendo cada vez más adultas. Ni siquiera el tiempo, la rivalidad y el sentido común habían conseguido atenuarlas.
Seis meses antes, la había deseado, pero ella la había rechazado.
En esos momentos no estaba llorando. No estaba triste.
Acababa de vencerla, así que Lauren no podía poner la excusa de que estaba vulnerable...
Y tal vez volviese a rechazarla, pero Camila no tendría que volver a verla después, así que no le importaba.
Aquel era el momento e iba a aprovecharlo.
-Sé que no te gustan mis jerséis de cuello vuelto.
Quizás debería...
Y, sin pensarlo, se lo quitó.