Ruteando by Sebastián Curetti at Inkitt
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Ruteando

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Summary

Un sábado cualquiera, una moto y la necesidad urgente de escapar. En busca de tranquilidad, un hombre se lanza a la ruta intentando dejar atrás la rutina agotadora, la alienación del trabajo y el ruido mental que lo consume. Pero el viaje, aparentemente común, se transforma en una experiencia introspectiva, casi onírica. En medio de la soledad del asfalto, el tiempo se detiene y el paisaje se repite. Una breve travesía por el cansancio, la locura, y la belleza silenciosa de encontrar sentido en lo mínimo.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

.

Se levantó un sábado. El cansancio de la semana estaba haciendo mella, por lo que creyó interesante salir a quemar nafta. Se preparó con su pantalón de jean celeste gastado y agujereado, una remera blanca básica y su campera, también de jean celeste, con algún que otro parche de motos y rock pesado. Tomó su casco quita-multas, sus anteojos y los guantes para salir a la calle y subirse a su confiable moto. Arrancó hacia la estación de servicio y cargó el tanque. Emprendió su viaje por la autopista hasta llegar a la ruta. El viaje ya lo había tomado repetidas veces. Intentaba no pensar, lo único que tenía en su ser era el velocímetro, el indicador de nafta y la ruta, nada más.

Sin embargo, no podía impedir que las imágenes aparecieran por su mente. Imágenes junto con voces, voces severas, reprimendas, discusiones. Las jornadas cada vez eran más largas. El fin de semana cada vez más lejano. Dos días no es suficiente para descansar.

Tratando de olvidar todas sus obligaciones, empezó a prestar atención a su alrededor. Los campos estaban vacíos y no había ningún auto en ninguna dirección. Aceleró, pero el tiempo pasaba y el paisaje no cambiaba, siempre el mismo campo, siempre la misma soledad. Detuvo la moto. Se bajó, caminó un poco por el medio de la ruta y miró en rededor. Nada, ni un sonido, ni una imagen. Nada.

Se sacó el casco y miró al cielo. Completamente vacío también, ninguna nube. Se tomó la cabeza, apretando el cabello y giró sobre su propio eje. Se acercó a la moto y la revisó. Ella era la misma, nada había cambiado. Revisó el tanque, las tripas, el chasis, el motor... todo estaba bien, todo parecía bien.

Se paró junto a su compañera, apoyó su mano derecha sobre el asiento y se sacó los anteojos. Sin saber que más hacer, miró hacia la infinita ruta delante. Prestando suma atención, creyó ver algo a lo lejos. Entre cerro los ojos para enfocar y lo que parecía ser una especie de punto negro. Muy muy a lo lejos, parecía haber algo. Se conmocionó. Con la mayor velocidad posible, se puso el casco y los anteojos, se subió a la moto y arrancó. Aceleró lo más posible. La velocidad golpeaba su rostro, la ruta por debajo de sus ruedas corría a cientos de kilómetros por hora. Sin embargo, el punto no se acercaba.

Intentó tranquilizarse, esto debe ser idea propia. Mucho trabajo, muchas complicaciones, debe ser eso. Por su mente pasaban los acontecimientos del año entero. Las imágenes corrían por su memoria casi tan rápido como la ruta por debajo de él. Nunca logró conformar vínculos con sus compañeros. Ocho horas pasaban juntos, todos los días de la semana y a veces más todavía. Sin embargo, su oficina era sinónimo de encierro. Su jefe nunca supo apreciarlo, no importa la calidad. Siempre había algo más que faltaba, nunca se podía llegar a lo deseado. La hora de almuerzo era cada vez más corta. No sólo porque se sintiera poco, sino porque literalmente le exigían que vuelva al trabajo con excusas pobres. Se había generado una dinámica de estar siempre disponible. Él, que nunca logró amigarse demasiado con la tecnología, siempre fue mucho más analítico, se sentía perdido y agobiado. La intensificación era evidente y sufría de presiones constantes de mayor movilidad y flexibilidad. Ni hablar que el sueldo dejaba mucho que desear.

El tiempo a su alrededor no cambiaba. Ya no podía medir cuanto tiempo había transcurrido en ese camino. Y ese punto seguía allí. Inamovible e Inalcanzable. Pensó que el bucle en el que estaba metido era gracioso. Es como estar en una cárcel y libre al mismo tiempo. Una sonrisa se dibujó en su rostro. Nada lo obliga a avanzar, nada lo obliga a retroceder. Pensaba que tampoco estaba tan mal este encierro. La ruta eterna, el tiempo inamovible, el sueño de cualquier motero. Jugó con el movimiento, haciendo zig zag en la carretera. Aceleraba y disminuía la velocidad, para luego, volver a acelerar, sintiendo el latigazo que esto genera en todo su cuerpo. Empezó a reír. El espacio que contenía la ruta no era mucho, pero era suyo. Podía hacer con él lo que quisiera. No podía recordar cuando fue la última vez que jugó. Se formaron lágrimas en las comisuras de sus ojos. Y reía, solo reía.

Se limpió torpemente los ojos, poniendo sus dedos enguantados por debajo de los anteojos. Cuando volvió a mirar, el punto era más grande. No mucho más grande, pero después de verlo tanto tiempo tenía su medida perfectamente analizada. Logró ver que era negro y en parte blanco. Definitivamente estaba más grande. Se puso a mirar el cielo mientras que conducía. Se percato que no sabía dónde estaba el sol, sin embargo, la luz llenaba la escena. Decidió no buscarlo, dejarlo descansar a él también. Ya hace muchos años que trabaja todos los días y sin fin de semana.

Volvió su mirada hacia delante y ya no se veía un punto. Ya era una figura. Una vaca que se acercaba cada vez más. Pensó que se veía hermosa. Sola, en el medio del campo, pastando. Nada la molestaba, nada la agobiaba. Ella no se auto imponía barrotes. Ella sabía ser libre en los espacios que le tocan.

A medida que se acercaba a su lejana figura, empezó a notar que la luz era cada vez más tenue. Para cuando llegó, ya casi no había. Detuvo su moto al costado de la ruta y se acercó al alambrado que separaba al animal de él. Apoyó sus manos sobre el poste, la saludó y le agradeció la ayuda.

-¡Gil! - BROOOM

Se estremeció al escuchar el sonido y se dio vuelta. Un camión pasaba a toda velocidad por detrás de él en dirección contraria por la que venía. Calmó a su corazón que corría más rápido que su moto. Pensó que tenía razón, él era un gil, parado en el medio de la oscuridad, hablando con una vaca.

Sonrió y miró al suelo. Cuando levantó la mirada, creyó ver luces en la lejanía. La noche había caído, por lo que cualquier luz es más visible. Miró para ambos lados de la ruta, se subió a su moto y arrancó hacia su destino. La noche era calurosa, la noche lo invitaba a continuar su viaje un poco más. El miedo ya no se sentía, porque esas luces, a lo lejos, estaban cada vez más cerca.

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