El Guardián de Farrar

Summary

Cuando Sam y Colby exploran una escuela abandonada marcada por presencias oscuras, no imaginan que encontrarán algo más que terror: un espíritu atrapado entre el pasado y el olvido. Asher, el chico que brilló incluso en la oscuridad de los años ochenta, no ha sido visto, ni oído, ni amado… hasta ahora. Mientras la línea entre lo paranormal y lo profundamente humano se desdibuja, los tres descubrirán que el amor no siempre sigue reglas terrenales. Un alma rota. Dos corazones abiertos. ¿Es posible construir un hogar entre el ayer y el mañana?

Genre
Fantasy
Author
Drago
Status
Complete
Chapters
22
Rating
n/a
Age Rating
16+

Ecos entre los muros

✧・゚:✧・゚:𝙎𝙖𝙢 & 𝘾𝙤𝙡𝙗𝙮:・゚✧:・゚✧

Las puertas oxidadas de la antigua Escuela Primaria Farrar se abrieron con un chirrido agudo, como si el propio edificio exhalara un suspiro al sentir presencias vivas cruzando sus pasillos una vez más. Sam y Colby entraron con las linternas encendidas, sus cámaras grabando cada rincón mientras la luz se abría paso entre las sombras suspendidas en el aire.

—Este lugar tiene algo... distinto —murmuró Colby, mirando hacia el techo alto, con vigas que parecían susurrar historias viejas.

Sam asintió. No era solo la atmósfera. Era como si el edificio observara. Como si algo —o alguien— los acompañara silenciosamente.

Durante las primeras horas, los chicos exploraron lo que quedaba de las aulas, captando ruidos inexplicables, luces que parpadeaban sin razón y puertas que se cerraban solas. El spirit box crepitaba con voces lejanas: algunas iracundas, otras simplemente... vacías.

Pero lo más extraño era que, entre todos los fenómenos, había momentos de calma. Instantes en los que una brisa suave acariciaba sus mejillas, o en los que una puerta se abría como si los invitara a seguir, sin violencia.

Una noche, mientras investigaban una habitación cerrada en el segundo piso, Colby empujó un viejo armario y descubrió una rendija en la pared. Dentro, empolvado pero intacto, había un álbum escolar de cuero desgastado.

Sentados en el suelo, lo abrieron con cuidado. Las fotos eran antiguas, algunas en blanco y negro, otras en tonos sepia. Y entonces, una imagen llamó su atención.

Un chico sonriente, de cabello revuelto y mirada brillante, posaba en medio de un grupo de amigos. En su muñeca, una pulsera tejida con los colores del arcoíris.

—Él... —susurró Sam—, ¿crees que sea uno de los espíritus?

Colby asintió, pasando la yema de los dedos por la imagen.

—Se ve... feliz.

Esa noche, todo cambió. Las cámaras captaron orbes que giraban alrededor de los chicos cuando hablaban del joven de la foto. Una silla se movió suavemente, como si alguien los escuchara. Pero nunca hubo miedo, solo una presencia constante. Atenta.

Días después, explorando el salón del director, encontraron un joyero oculto tras un doble fondo en uno de los escritorios. Dentro, una cadena de plata con un dije pequeño: una estrella con las iniciales “A. D.” grabadas.

Apenas lo tocaron, la temperatura de la sala subió. El spirit box, que hasta entonces había estado callado, dejó oír una palabra clara:

Gracias.

Sam y Colby se miraron con asombro. No era una voz agresiva. Era suave. Masculina. Y llena de paz.

Esa noche, mientras dormían en sacos en uno de los pasillos, las cámaras grabaron algo que ninguno de los dos vio en el momento: una figura sentada al final del pasillo, de espalda a ellos, como velando su sueño.

Un chico.

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