Bad Meets Evil

Summary

En su vida pasada, fue un hombre marcado por el miedo, que nunca vivió realmente como quiso, sino como pudo. Cuando finalmente decidió cambiar su destino, tuvo el valor de actuar donde otros no podían. Pero el precio de su determinación fue alto. Entre sus recuerdos persiste una traición desgarradora: su camarada, aquel a quien consideraba un amigo, lo vendió junto a su grupo. Murieron como perros, olvidados y deshonrados, dejando atrás familias, sueños y vidas que nunca se cumplirían. Sin embargo, entre todos, él murió con algo distinto en el corazón: un odio profundo, una furia imposible de extinguir, y una impotencia que lo quemaba desde el alma. Cuando abre los ojos, descubre que ha renacido en un mundo nuevo, uno donde la magia y los demonios son tan reales como las emociones que lo atormentan. Ahora tiene una segunda oportunidad, pero el peso de su pasado sigue allí, y su corazón está teñido de rencor. ¿Podrá redimirse, encontrar el equilibrio y hacer lo correcto? ¿O se dejará consumir por la oscuridad que habita en su interior, tomando decisiones guiadas por la ira y la venganza? En este mundo, donde los límites entre el bien y el mal son tan frágiles como el filo de una espada, su destino está por definirse. ¿Será un héroe que desafíe sus propios demonios? ¿O se convertirá en el monstruo que juró destruir?

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prologo

Ahí estaba yo, reflexionando en medio del caos. Nunca le había prestado atención a las medidas de seguridad. Siempre me parecieron una excusa ridícula, una herramienta para controlar. Esas leyes que el gobierno impone “por nuestra seguridad” son un chiste mal contado. Si fueran honestos, admitirían lo obvio: a ellos no les importamos. La policía, la guardia, o como sea que se hagan llamar, no están aquí para protegernos. No, su verdadero propósito es proteger a los poderosos, a los que manejan los hilos desde las sombras.

Por eso, cuando nuestro “presidente” se negó a aceptar los resultados de unas elecciones que lo proclamaban perdedor, nosotros salimos a las calles. La protesta era inevitable. Las avenidas se convirtieron en campos de batalla; el aire se llenó de gritos, fuego y muerte. Cada día desaparecía alguien más. El SEBIN y otras fuerzas represivas salieron a reprimirnos sin piedad. Mataron a su propia gente, como si hubieran olvidado que, detrás de cada rostro, había madres, padres, hijos.

Y cuando los militares tomaron las calles, no tuvimos más opción que defendernos con lo poco que teníamos. Ellos portaban fusiles; nosotros, la firmeza de nuestra determinación. Creían que podían silenciarnos con miedo, que el sonido de sus disparos sería suficiente para doblegarnos. Pero no entendieron algo fundamental: hacía mucho tiempo que habíamos perdido la capacidad de temer.

El hambre, la miseria y la humillación nos habían endurecido. Y así, para muchos de nosotros, morir luchando era mejor que seguir viviendo bajo el yugo de un hijo de puta que nos había matado de hambre durante años.

Intentamos organizar una revolución. Algunos nos llamaron guerrilleros, otros nos etiquetaron como terroristas. ¿Pero sabes qué? No nos importó. Con cada pequeño paso que dábamos, conseguíamos algo, aunque fuera diminuto, aunque apenas rozara la esperanza. Pero una persona... Una sola persona lo destruyó todo.

Nos traicionó. Nunca entendí el porqué. ¿Dinero? ¿Miedo? ¿O simple codicia? No lo sé. Lo único que sé con certeza es que nos vendió como si fuéramos mercancía.

Recuerdo esa noche con una claridad que me atormenta. Íbamos en un auto, los ocho juntos. Cada uno de nosotros tenía algo por lo que luchar: familias esperando en casa, sueños que queríamos cumplir, metas que nos negábamos a abandonar. Nos habíamos unido porque ya no soportábamos más, porque estábamos cansados de que nos pisotearan, de vivir en un país donde el hambre era más fuerte que la esperanza.

Por eso creamos nuestra pequeña revolución, aun sabiendo que nos enfrentábamos al gobierno que nos había condenado a morir de hambre. Sabíamos que era una lucha desigual, que ellos tenían armas, poder y recursos. Pero nosotros teníamos algo que ellos jamás entenderían: el deseo de cambiarlo todo o morir intentándolo.

Fue entonces cuando el auto se detuvo de golpe. Múltiples vehículos se posicionaron frente a nosotros, cerrándonos el paso. Bajaron hombres vestidos de negro, con chalecos marcados con las siglas “SEBIN” en el pecho. En ese momento lo supimos. Algo estaba mal.

Y así fue. Nos atraparon. Nos llevaron a todos... A todos menos a uno.

Joaquín.

Ese maldito hijo de puta.

El lugar al que nos llevaron era exactamente lo que habíamos imaginado: un sitio oscuro, opresivo, un abismo que parecía tragarse hasta la esperanza. Desde el momento en que llegamos, las prácticas inhumanas comenzaron. Al principio, simplemente nos dejaron sin comer. Día tras día, soportamos el hambre, tratando de convencer a los guardias de que no éramos el enemigo. Pero ellos no cedieron; no tenían intención alguna de escucharnos.

El tiempo se volvió un concepto borroso. No sabíamos si habían pasado días o semanas. Cuando el hambre no fue suficiente para quebrarnos, comenzaron con la tortura física. Fue entonces cuando las cosas se volvieron realmente oscuras.

En un abrir y cerrar de ojos, buena parte de mis dientes y muelas desaparecieron bajo golpes brutales. Lo mismo les sucedió a mis compañeros, pero nadie habló. Nadie cedió. Ellos querían el nombre del líder de nuestro grupo, pero no obtuvieron nada. No porque no sintiéramos miedo, sino porque traicionar no era una opción.

Nos azotaban con látigos, con cualquier cosa que pudiera hacernos sufrir, buscando arrancar de nosotros aquello que no podían obtener por la fuerza. Querían destruir nuestra fortaleza, reducirnos a nada. Pero, incluso con heridas abiertas y sangre fluyendo por nuestras pieles, seguimos resistiendo.

Recuerdo cuando trajeron aquel líquido de color naranja. Lo arrojaron sobre nosotros sin piedad. Al principio, el hedor nos confundió, hasta que alguien gritó:

—¡Es gasolina!

Por un instante, me resigné. Pensé que finalmente se habían dado por vencidos y preferían quemarnos vivos antes que admitir su fracaso. Eran unos malditos desquiciados. Pero en medio de la tensión, mientras el miedo se apoderaba de todos, no pude evitar soltar algo que jamás pensé decir:

—Es jugo de naranja —exclamé, casi riendo ante lo absurdo de la situación.

El olor cítrico lo delató. No era gasolina, pero eso no lo hacía menos terrible. El juego mental que estaban ejerciendo con nosotros era cruel y calculado. Nos hicieron creer que iban a prendernos fuego, que ese sería nuestro fin. No, no eran simples torturadores; eran unos maníacos. Pero lo que hicieron después no fue mucho mejor.

El jugo de naranja ardía como el infierno sobre nuestras heridas abiertas, provocando un dolor tan agudo que parecía perforar hasta el alma. Y como si eso no bastara, atrajo una nube de moscas que se abalanzaron sobre nuestras carnes laceradas. Cada zumbido, cada picadura, solo añadía una nueva capa de sufrimiento.

Cuando finalmente pareció que su repertorio de torturas se agotaba, y nosotros seguíamos resistiendo,ellosllegaron.

Para nuestra sorpresa, nos dieron comida. No era nada especial, solo pan con queso. Pero cuando llevas tanto tiempo sin comer que hasta pierdes la noción del tiempo, algo tan simple como eso se siente como un manjar divino. Por un momento, casi nos atrevimos a creer que quizás había terminado, que tal vez estaban dispuestos a dejarnos ir. Pero... ¿desde cuándo ellos son así?

Desde nunca.

Poco después de esa aparente tregua, nos llevaron a otro lugar. Nos formaron en fila y eligieron a dos de nosotros. Los sentaron uno frente al otro, y les dieron una baraja de cartas.

El objetivo: jugar a 31.

La tensión era palpable. Todos sabíamos que nada bueno podía salir de aquello, pero no sabíamos qué esperar. Los dos empezaron a jugar, temblorosos. Al principio, solo se escuchaban los murmullos de los guardias y el sonido de las cartas deslizándose sobre la mesa. Pero después de unas cuantas jugadas, uno de ellos ganó.

El otro perdió.

Y pagó el precio.

Le cortaron un dedo.

El grito desgarrador del hombre llenó el aire, mezclándose con los gritos ahogados de quienes observábamos impotentes. Los guardias parecían disfrutar del espectáculo, y no se detuvieron ahí. Obligar al perdedor a seguir jugando fue la verdadera crueldad. Jugada tras jugada, el resultado era el mismo: un dedo menos.

Cuando su mano derecha quedó reducida a un muñón sangrante, continuaron presionándolo.“¿Quién es el líder?”le preguntaban, una y otra vez. Pero él no cedió. Nunca dijo nada. Para él, el dolor era preferible a traicionar al grupo, a traicionarme a mí.

Y entonces, me di cuenta de algo.

Yo no era tan fuerte.

No podía soportarlo más. Ver a mis compañeros sufrir, escuchar sus gritos, sentir la culpa quemándome por dentro... todo era demasiado.

—Soy yo —dije, mi voz apenas un susurro.

Esos cabrones, al escucharme, no dudaron ni un segundo. Arrojaron sin miramientos a mi pobre compañero, que apenas podía respirar mientras se desangraba, y cuatro de ellos me sujetaron con una fuerza brutal. Entre empujones y gritos, me llevaron a una sala alejada, lejos de todos los demás.

El lugar era sombrío, casi claustrofóbico. Me sentaron en una silla de metal frente a una mesa desnuda, iluminada solo por la luz tenue de una pequeña lámpara. Pero lo que más llamó mi atención fue un papel colocado en el centro de la mesa. No parecía ser cualquier papel. Tenía algo inquietante, algo que me hizo dudar incluso antes de tocarlo. Sin embargo, antes de que pudiera hacer algún movimiento, el sonido chirriante de una puerta al abrirse me tomó desprevenido.

Fuertes pisadas resonaron en la sala, cada una cargada de una autoridad fría y calculadora. El dueño de esas pisadas se acercó hasta mí. Era una figura imponente, y aunque la penumbra de la sala apenas dejaba entrever su rostro, podía sentir la gravedad de su presencia. Sin decir palabra, se quitó la chaqueta con un movimiento pausado y calculado antes de tomar asiento frente a mí.

La oscuridad ocultaba sus facciones, pero no necesitaba verlo para saber que era peligroso. Sus palabras fueron suficientes para llenar la habitación de un frío que caló hasta mis huesos.

—Camila... Fernando, José, Gucho, Perales... —dijo, enumerando los nombres de mis compañeros con una tranquilidad que helaba la sangre—. Todos ellos están afuera. Por favor, te pido amablemente que firmes el papel que tienes delante.

Su voz era tranquila, casi amable, pero cada palabra era un golpe.

En ese momento, lo entendí: nos tenían exactamente donde querían. Nos habían jodido.

Apreté los puños, mi cuerpo temblando, pero no podía ceder. Si firmaba sin saber qué era, todo estaría perdido. Levanté la cabeza y, con toda la fuerza que me quedaba, le escupí las palabras:

—No pienso firmar un carajo sin saber qué es primero.

Al parecer, mi tono de voz lo irritó, y eso, en medio de todo, me dio algo de satisfacción. Que se pudriera. Pero aunque me complacía verlo molesto, la realidad era evidente: él tenía el poder, y no tardó en recordármelo.

—Es algo sencillo —dijo con una frialdad cortante—. Tú firmas este papel y responsabilizas a toda la “oposición” de los atentados que tú y tu grupo cometieron contra el presidente electo.

Ese comentario fue la gota que colmó el vaso. Perdí la paciencia.

—¡Electo son las bolas mías! —le espeté, mi voz exasperada, temblando por todo lo que había soportado hasta ahora—. Nos tienen aquí pasando hambre, nos estuvieron torturando por... ni siquiera sé cuántos días llevo aquí... ¡¿Y usted cree que voy a firmar esa mierda?!

Mis palabras resonaron en la pequeña sala, cargadas de furia y desesperación.

El hombre me observó en silencio durante un momento, como si estuviera midiendo cada una de mis palabras. Luego habló con una calma que me resultó aún más perturbadora.

—Lamento que mis hombres puedan ser... algo bruscos. Pero te aseguro que tus amigos, en este momento, están recibiendo la atención médica correspondiente. Sin embargo... —hizo una pausa mientras acercaba el papel y un bolígrafo hacia mí— no podrán irse hasta que firmes esto.

Miré el papel. Mis manos temblaban, pero apreté los puños y respondí con firmeza:

—No. Ninguno de nosotros va a firmar esa mierda. Prefiero morir antes que ayudar a esta dictadura de mierda.

El hombre se reclinó en su silla, cruzando los brazos como si estuviera frente a un niño caprichoso que acababa de desafiarlo. Esa mirada... una mezcla de desprecio y superioridad. Casi podía sentir cómo examinaba mi alma, hurgando en mis miedos más profundos. Entonces, habló de nuevo, y sus palabras fueron como un balde de agua helada.

—¿Dictadura? —dijo, casi con un dejo de burla—. Eso es lo que ustedes no entienden. Aquí no hay ninguna dictadura. Aquí lo que hay es un negocio.

Lo miré, confundido. Mis labios se entreabrieron, pero ninguna palabra salió.

—¿De verdad crees que los que dicen “ayudarte” no están en este negocio? —continuó, con su voz ahora teñida de una calma aterradora—. Nosotros y la oposición trabajamos para lo mismo... hacer plata. Ustedes son solo los peones. Peones que la oposición usa para ganar fuerza.

Sentí como si todo mi mundo se viniera abajo con cada palabra que salía de su boca.

—¿Cuántos de los tuyos tienen que morir —prosiguió— para que entiendan que lo que están haciendo no servirá para nada? Vas a morir, y será por nada.

Me quedé en silencio. Mi mente estaba en caos, tratando de procesar lo que acababa de escuchar.¿Era verdad?No podía serlo... no debía serlo. Pero mi silencio lo dijo todo, y él lo notó.

El hombre se inclinó ligeramente hacia adelante, con una sonrisa apenas perceptible en sus labios.

—Si no firmas, traeremos a uno de tus amigos. Quizá él sí tenga el sentido común de firmar este papel. Y tú... bueno, tú te quedarás aquí, abajo, como el huevón que eres. Así que te recomiendo que lo pienses. Firma, y vete a tu casa.

Por un instante, el pensamiento cruzó mi mente: firmar, volver a mi casa, abrazar a mi mamá, ver a mis primos... regresar a una vida que, aunque lejos de perfecta, al menos me ofreciera un poco de tranquilidad. Una paz que llevaba meses sin conocer.

Pero no podía hacerlo.

A pesar del caos en mi mente, tomé el bolígrafo y miré el papel. Hice un movimiento deliberado, como si estuviera dispuesto a ceder. Acerqué la punta a la hoja y comencé a escribir algo. Luego, con una calma calculada, deslicé el papel hacia el hombre que tenía frente a mí.

Su rostro cambió en un segundo. La expectativa que había en sus ojos se transformó en una furia palpable al leer lo que había escrito.

Con un gesto rápido, chasqueó los dedos, y varios hombres irrumpieron en la sala. Sin decir una sola palabra, me levantaron a la fuerza y me arrastraron de vuelta al espacio donde estaban mis compañeros.

El motivo de su reacción era simple: sí, había escrito algo... había “firmado”.

Pero lo único que escribí fue:“Mamémelo.”

Que se jodan esos hijos de puta....

Cuando finalmente me llevaron de regreso con mis compañeros, supe de inmediato que no habían terminado conmigo. Aquellos bastardos tenían un objetivo claro: querían la firma de todos. Si no podían doblegarme, entonces buscarían quebrar a los demás. No necesitaban a todos; con arrancar las firmas de los más importantes les bastaba para legitimar su mentira.

Pero mis compañeros tampoco cederían fácilmente. A pesar del miedo, el hambre y la incertidumbre, su determinación seguía intacta. Entonces, los verdugos encontraron el empujón perfecto para quebrar su espíritu: usarme a mí.

La primera vez que me golpearon, lo sentí en los huesos. Un golpe de un hombre adulto ya es suficiente para romper el cráneo en circunstancias normales. Ahora imagina ser apaleado por siete. Mi cabeza rebotó contra el suelo con un sonido sordo, como el eco de algo rompiéndose dentro de mí. Mi nariz se quebró con un estallido seco, y mis dientes comenzaron a caer uno tras otro, arrancados por puños incesantes. No sabía si el líquido que sentía en mi boca era sangre o saliva; probablemente ambos.

Mis ojos comenzaron a hincharse y cerrarse, sellados por el dolor, y cada golpe más parecía borrar una parte de mi rostro. Pero ellos no se detenían. Cada puño, cada bota, cada golpe era un martillazo que no solo me destruía físicamente, sino que también intentaba aplastar el espíritu de mis compañeros.

Mis compatriotas gritaban, lloraban y suplicaban. Las lágrimas de impotencia caían al suelo, mezclándose con mi sangre. Algunos, en un acto desesperado, firmaron con la esperanza de que me dejaran en paz. Pero no lo hicieron.

Cuando finalmente parecía que ya no quedaba más de mí para destruir, el frío de la muerte comenzó a abrazarme. No era una sensación brusca, sino algo lento, un susurro suave y tenue que me invitaba a rendirme. Mis verdugos, satisfechos con su obra, se detuvieron. Pero para ese momento, yo ya no era una persona, sino un amasijo de carne, hueso y sangre.

Mis compatriotas se arrodillaron junto a mí, llorando y sujetándome como si al hacerlo pudieran retenerme en este mundo. Pero yo lo sabía. Ya no quedaba fuerza en mí. Quería abrir los ojos, quería ver a mi país liberado, quería volver a sentir la brisa de una patria libre. Pero el agotamiento fue demasiado.... Y despues de luchar contra de esto, de llenarme de odio, y dejar que el rencor guiara mi vida, de prometerme a mi mismo que nunca mas me rendiria... despues que jure nunca mas sentirme impotente... aun así

Por mucho que luché, mis párpados se cerraron. El susurro frío se convirtió en silencio absoluto.

Y simplemente Morí..

___________

________________

_______________________

________________________________

___________________________________________

______________________________________________________

_____________________________________________________________________

___________________________________________________________________________________________

________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________

Muchas gracias por leer