Prologo
"Prólogo"
“Nadie crea blasfemias sin antes haberse quebrado el alma.”
—Anónimo, fragmento del Codex Lacrimarum
No vas a encontrar redención entre estas páginas.
Lo advierto, no por cortesía, sino por simple honestidad: este tomo no se escribió con tinta, sino con sangre seca —grumosa, vieja— arrancada a golpes de traición. Las palabras aquí no fluyen; raspan. No fueron trazadas con pluma alguna, sino con falanges astilladas, hundidas en pergamino como uñas en carne. Cada línea supura el eco de quienes suplicaron morir antes de hablar... y aún así hablaron.
No busques héroes. No los hay. No aquí.
Solo ruinas. Solo carne. Solo un propósito... antiguo, podrido, y aún así vivo, como un órgano que se niega a dejar de latir.
Payton, el conde, no nació monstruo.
Eso sería demasiado fácil. No. A Payton lo esculpieron. Lo moldearon como a un ídolo herético: con dolor, con paciencia, con precisión quirúrgica. Fuerzas que ningún grimorio describe con claridad. Hijos del vacío. Seres de la desesperanza. Entidades que no tienen nombre, solo intención. Cosas que parpadean detrás de las estrellas, que se escurren por las grietas de los espejos cuando nadie las mira.
Y a ellos, sí, a ellos les rezó Payton.
Y ellos... respondieron.
Lo que le dieron no fue poder.
Fue hambre.
Lenguas que saborean los bordes del tiempo. Mandíbulas que mastican los recuerdos hasta volverlos niebla. Lo primero que entregó fue su linaje. Luego su cordura. Luego, su reflejo.
Desde entonces, cada blasfemia que gestó —y fueron muchas— no fue sino un intento torpe, desesperado, por tapar ese hueco inmenso que dejaron las voces al desvanecerse.
Este libro que sostienes —si es que aún lo haces— contiene el germen del mal más primigenio que la estirpe vampírica ha conocido:
el instante exacto en que la pureza se inclinó ante el conocimiento.
Y tú, lector... al abrirlo, ya has sellado el pacto.
Que tu cordura se deshilache con lentitud.
Amén.









chin sin querer hice un pacto 🤯