LA PREGUNTA [SatoSugu]

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Satoru tiene una forma muy particular de demostrar cariño hacia su mejor amigo, lo que lleva a Suguru a cuestionarse acerca de las intenciones ocultas detrás de cada uno de sus extravagantes regalos. [ONE-SHOT | HISTORIA FINALIZADA]

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La pregunta

Todos decían que Satoru era un poco... exagerado. Suguru, tranquilo como solo él podía ser, había normalizado el comportamiento del albino hasta el punto de acabar completamente cegado ante sus actos desmedidos. Sin embargo, cualquier persona con un poco de sentido común quedaría completamente... ¿Aterrorizada?

—Satoru... Me regalaste uno de estos hace tan solo una semana ¿Ya lo olvidaste?

—Sip, pero faltaba este color. Necesitas tenerlos todos, de otra forma la colección quedaría incompleta —Satoru se encogió de hombros, deslizando nuevamente el presente por encima de la mesa en dirección a Suguru. Un logotipo en tono dorado coronaba la tapa de la caja que contenía un nuevo y brillante par de zapatillas del último modelo de una marca de lujo. En tono verde aguamarina; como si tener el mismo diseño en negro, rojo, amarillo, azul y naranja no fuese suficiente.

Y eso... Eso fue solo el inicio.

Cuando quería darse cuenta, Suguru se encontraba respondiendo al llamado del timbre para recibir todo tipo dedetalles, devi esto y me recordó a tiy decreo que esto se te vería genial, deberías usarlo mañana en la escuela. Su habitación ya no daba abasto.Su casaya no daba abasto. Dado un punto se encontró preguntándose si debería alquilar alguna clase de almacén privado o similar. Había intentado por todos los medios discernir a Satoru acerca de sus fastuosos obsequios. Los agradecía, sí, pero estaba seguro de que llegaría el día en que debería elegir quien tendría que seguir viviendo en su hogar, si él mismo o todos los regalos.

El resto de sus amigos no lo entendían ¿Cómo explicarlo, de todas formas?Satoru es asísiendo una de las frases que más repetía cuando se presentaba a una salida con un conjunto de ropa totalmente a estrenar. Los ricos son así ¿O no? Excéntricos y un poco raros a veces. Satoru es una persona normal en todos los aspectos, quien podría culparlo por ser en exceso cariñoso y tener una billetera sin fondo. Suguru estaba convencido de que cualquier obsequio recibido de su parte quedaría pequeño a la clase de cosas que de seguro intercambiaban los Gojo para navidad ¿Qué se darían entre ellos? Se preguntaba de vez en cuando. Si para Satoru llevarlo una tarde de compras y volver a casa con todo su coche cargado de bolsas, fundirse la tarjeta negra a punta de posner y luego repetir el proceso cada vez que tuvieran un momento libre era “normal” entonces las opciones podrían ser infinitas.

Deberías preguntarle, volverían a insistirle cada vez,no es “normal”, Suguru, no lo es para nada.

No quiero ofenderlo, simplemente, Satoru es así.

Sin embargo, con el paso de los meses gestó en su interior la idea de que quizás el resto de personas a su alrededor tendrían algo de razón. Poco a poco los detalles insignificantes mutaron de camisetas y zapatos a joyería de diseño y toda clase de extraños artículos tecnológicos. Bien, puede ser que tengan razón, reflexionaba con la mirada fija en la mesilla del living donde reposaba una pequeña caja con una pulsera de finas cadenas de oro con, oh por dios, un pequeño diamante incrustado. Definitivamente, la próxima vez le preguntaría.

—P-Pero- Satoru... ¿Esto que...? ¿Esto que es...?

—Feliz cumpleaños, Suguru.

Boquiabierto y sin palabras, así definirían a Suguru el resto de sus amigos cuando le relatasen la experiencia desde sus puntos de vista. Por su parte, solo podía sentirse terriblemente abrumado. Satoru... Él...

—Bien ¿Qué quieres hacer primero?

Un parque... ¡Satoru había alquilado todo un jodido parque de diversiones por su cumpleaños! ¡En serio! ¡Estaba loco! Su familia y amigos también habían sido invitados, la mayoría ya disfrutaba de las atracciones que el complejo ofrecía. Todo estaba allí, los puestos de juegos, los carros de venta de comida. Cuando Satoru tiró de su mano para internarlos en el primer juego a la vista se dejó arrastrar por el momento sin poder evitarlo. Perdiéndose entre el mareo y adrenalina que producía la mezcla del olor a dulce y la música de las máquinas. Era como una fantasía vuelta realidad.

Y al anochecer, una cena, solo para ambos a la vera de las luces de colores, pero todavía no llegaban a eso, todavía seguían en el apartado de la rueda de la fortuna. Ya había perdido la cuenta de la cantidad de giros que completaron a petición de Suguru.

El cielo nocturno se extendía sobre ellos y al llegar a la cima, sin nada a la vista más que aire y firmamento podía imaginar que volaban sobre el mundo.

—¿Suguru...? ¿Estás bien?

Asintió, aun con los ojos cerrados. Le gustaba esa sensación. Ellos, el cielo, la brisa de verano y las estrellas.

—Satoru... Gracias —suspiró al cabo de un rato, cuando la enorme rueda metálica comenzaba otro descenso—. Por hoy, por todo. La pasé muy bien. De verdad gracias por tomarte tantas molestias.

—Intuyo que hay algo más ¿Me equivoco?

—Creo que he atrasado esto demasiado.

—¿Qué quieres decir?

La rueda seguía su curso, llegando de nuevo arriba para cuando Suguru encontró las que creía serían las palabras correctas para expresarse. Mejor ir al grano, para evitar posibles confusiones.

—Los regalos, este día ¿Por qué? —musitó con una timidez impropia de si mismo, casi rogando que las palabras se perdieran en el viento una vez las hubo pronunciado.

—Por qué ¿Qué? —Se extrañó Satoru, y esto lo sorprendió tanto que lo miró de golpe alzando las cejas con incredulidad ¿Sería posible que de verdad no entendiera?

—¿Por qué lo haces? —repitió, extendiendo el brazo para abarcar el parque con un amplio gesto de la mano.

—¿Estás enojado? —Si lo entendía, comprendió Suguru, solo intentaba hacer algo de tiempo.

—Quiero saber la verdad. Satoru, esto no es...

—¿Normal? —interrumpió el chico. Si, quiso contestar, aunque seguro sería una respuesta inconveniente. Quería tener el máximo tacto posible. Detestaba la expresión que se ponía en el rostro del otro cuando le hacía ver que no necesitaba tantos obsequios.

—Eh... Común. —Eso sonaba bien, ¿no? Asertivo y no tan fuerte. ¿Verdad?

Satoru suspiró, desviando la vista hacia abajo un momento, perdiéndose en la ciudad que se extendía a sus pies infinitamente en todas direcciones. Parecía que también necesitaba encontrar la manera de decir las cosas. Suguru le dio su espacio y todo el tiempo que quisiera, que resultó ser otro par de vueltas.

Las luces de tonos neón de la feria le daban a la cabellera de Satoru extraños y vibrantes colores. El reflejo de sus ojos fue momentáneamente morado, igualando al suyo propio cuando tragó saliva y volteó para mirarlo con firmeza y exclamar:

—Un beso.

Fue tan inesperado, tan surrealista y dicho con tal suavidad, poco más que un susurro, que Suguru tuvo que tomarse otro minuto para procesar la situación. Además, el hecho de que las luces alterasen la profundidad de sus pupilas, tornándolas casi a caramelo líquido de colores no ayudaba tampoco a mantener la concentración.

—¿Qué? —fue lo más coherente que salió de su garganta. Necesitaba ratificación. ¿Había oído bien?

—Un beso —repitió Satoru, confirmando que sí.

—¿Estás jugando? —se arrepintió al instante de hablar, sintiéndose terrible por la expresión que puso el otro chico.

—No.

—Ah... —La situación era tan ridícula y la tensión tanta que no pudo evitar echarse a reír, para terror de Satoru que ya no sabía si lo mejor era esperar que la rueda parase o mejor tirarse directamente desde la altura—. Oye, no... —intentaba decir Suguru entre carcajadas—, no me malinterpretes, es...

—Ya. Ya entendí. —Parecía a punto de optar por la segunda opción cuando Suguru colocó una mano sobre su brazo para frenarlo, deslizando lentamente el contacto hasta acabar estrechándola entre sus dedos.

—No, no, ah...

Poco a poco el ataque fue disminuyendo y Suguru logró recomponerse lo suficiente como para darse a entender. Limpiándose algunas lágrimas acumuladas en las pestañas lo miró con toda la seriedad que pudo reunir.

—Pudiste haberlo pedido —dijo con lo que esperaba fuese gravedad, no muy bien lograda luego de tantas risas, subrayando sus palabras con un deliberado y muy significativo apretón de manos—. Te lo habría dado con gusto.

Entonces fue el turno de que Satoru tuviese un ataque, solo que en este caso sería de tos, acabando por atragantarse con su propia saliva. Cuando por fin pudo recobrarse, con un muy preocupado Suguru que se asustó al punto de pensar que quedaría tieso en el sitio o algo así, lo miró, incrédulo de que de verdad la solución fuese tan sencilla.

—¿Es en serio? —Tenía que confirmarlo, tenía que saberlo con exactitud. Su mirada paseaba del rostro de su amigo a sus manos unidas una y otra vez, como intentando extraer palabras racionales del aire.

—Satoru... A veces eres tan... —respondió el cumpleañero negando con la cabeza, divertido.

Suguru se adelantó, cortando cualquier cosa que estuviese a punto de decir para darle a su boca un, en opinión de ambos, mucho mejor uso, juntando sus labiospor fin. Para Satoru fue como respirar por primera vez, para Suguru como encontrar la respuesta a un misterio de años. ¿Tan difícil habría sido pedirlo en primer lugar?

Satoru se dejó llevar por la iniciativa del otro, la tentativa timidez inicial perdiéndose cuando Suguru lo arrinconó contra el borde de la cabina para abrazarlo con fuerza, las manos colándose dentro de su chaqueta para recorrer su torso y llegar a la espalda donde se entretuvieron largo rato, subiendo y bajando por su columna, acariciando la piel con un deseo tan ardiente que juraría le dejaba la piel en llamas. No daba más de sí con tales muestras de afecto y siguió como pudo el ritmo que le imponían, no tardando demasiado en cumplir un sueño que llevaba guardando dentro suyo desde que se conocieron. Con rapidez deshizo el nudo que mantenía sujeto el cabello de Suguru, maravillándose con la textura sedosa de los mechones cayendo sobre sus dedos.

Imitó sus movimientos, yendo un poco más lejos al atraer al chico para que se sentase sobre sus piernas, cosa a la que Suguru accedió gustoso, arrancándole finalmente la molesta chaqueta para subirle la camiseta y rozar con suavidad su pecho desde abajo hacia arriba con una calma que de calma no tenía nada y de ansias tenía mucha. Al llegar a sus pezones se detuvo un segundo más de la cuenta y al apretar uno ligeramente logró robarle un gemido que lo hizo sonreír contra su boca. Respondió a su juego estrujándole las nalgas y ni siquiera se detuvieron cuando la rueda se detuvo a propósito en la cima y una lluvia de fuegos artificiales cayó sobre ellos, iluminándolos con su luz, cubriendo sus jadeos excitados con el ruido atronador de las estrellas de pólvora. Estrellas que ambos estaban seguros de ver con toda claridad detrás de los párpados cerrados como consecuencia de los besos y caricias.

—Feliz cumpleaños... —repitió Satoru entre jadeos y nuevos intentos de encontrar formas más creativas de explorar su boca con la lengua. La respuesta del otro se perdió entre los estallidos y les dio un poco igual, tenían cosas más importantes de las cuales preocuparse en ese momento.

—Satoru —dijo Suguru con urgencia cuando se separaron tras largos minutos, mareados y bastante agitados—. Creo que hay otra cosa que debes preguntar ahora. En serio no quiero tener que mudarme.

El chico se quedó momentáneamente bloqueado por la imagen que presentaba Suguru. Con el cabello despeinado y las estrellas del firmamento coronando su belleza cualquiera se sentiría un poco perdido.

—¿Quieres ser mi novio? —alcanzó a decir, no pudiendo resistirse a la idea de atraerlo de nuevo para otra sesión de besos. Formular la pregunta a estas alturas era ya mero trámite.

Ya que la respuesta, por supuesto, fue.