Adulterio
Katsuki había encontrado a su esposa con otro hombre en su propia cama. Esa noche lluviosa había dormido en un hotel de paso luego de discutir con ella y escuchar las patéticas excusas que dio por su engaño.
Por desgracia había terminado en esa situación, sentado en la sala de estar de sus suegros, jugando con Eri, la hijita de dos años del mellizo de su esposa, Izuku, porque ni él ni Ochako habían tenido el corazón para decirle a Inko y Yagi que se iban a divorciar.
Hacía casi dos años que Izuku se había divorciado de su esposo Tomura, nunca dijo sus razones, probablemente porque temía que los colegas de Yagi, el mismo Katsuki y sus compañeros golpearán a Tomura por ser un imbécil. Entonces, ahora la pareja de ancianos tendría que enfrentar con pesar la noticia de que Ochako también se divorciaría.
Fue un acuerdo tácito el no mencionarlo durante la fiesta de cumpleaños de Yagi, al menos por un tiempo ambos fingirían que no habían llamado a sus respectivos abogados.
Katsuki fue arrancado gentilmente de sus cavilaciones por un toque suave en su hombro. Al levantar la cabeza se encontró con la reconfortante sonrisa de Izuku.
—Como agradecimiento por cuidarla —dijo al tiempo que ponía una cerveza en la mesa frente a Katsuki.
—Sabes que no es necesario agradecer —respondió.
—Es necesario, Kacchan…, Ochako ya me contó lo del divorcio, entonces debo agradecer que estés aquí a pesar de todo.
Izuku sonrió, él le devolvió un asentimiento como respuesta antes de bajar la mirada. Luego Izuku volvió a la cocina.
Katsuki sabía que las cosas podrían haber sido diferentes. Como un efecto mariposa, quizás si hubiera optado por estudiar derecho en lugar de medicina, hubiera conocido antes a Izuku que a Ochako, y Tomura jamás hubiera cuadrado en la ecuación. Pero sabía que las lamentaciones eran inútiles, el daño ya estaba hecho.
Eri lo arrancó de sus pensamientos cuando intentó huir de él.
—Da... da.. —balbuceó intentando gatear por el suelo.
Tomura acababa de cruzar la puerta corrediza para entrar a la sala.
—Hola Katsuki —saludó cortésmente—. Hola princesa —cantó cuando tuvo a Eri en sus manos y lo elevó sobre él—. ¿Dónde está mamá?
—En la cocina, ayudando a Ochako.
Su voz al pronunciar el nombre de su “mujer” quizás salió más áspera de lo que pretendía, pues Tomura lo miró de forma extraña, asintió, agradeció, luego se fue.
Está vez Katsuki se quedó solo, y sin los balbuceos de Eri para hacerle compañía lo inundaron los recuerdos de esa noche lluviosa y los “hubiera” se agolparon en su cabeza.
.
.
.
Gracias a las risas de Eri y la calmada voz de Izuku la comida fue agradable. Por un momento fue como volver en el tiempo a la época donde Izuku y Tomura desbordaban amor; donde Katsuki pensaba que Ochako podía ser la mujer de su vida. Al menos fue así hasta que Yagi soltó la bomba que dispersó sobre ellos nubes negras.
—Ochako, ¿ustedes planean tener hijos?
Katsuki se apresuró a beber un trago enorme de su cerveza, dejando que Ochako respondiera. Ella sonrío ampliamente, dispuesta a mentirle a sus padres en la cara.
—Sí, Katsuki y yo hemos hablado sobre eso, quizás lo intentemos el siguiente año —dijo, mientras se aferraba al brazo de Katsuki en un abrazo.
Su aún esposo contuvo un reclamo por sus acciones. En ese momento el único consuelo que pudo encontrar Katsuki fue la mirada condescendiente de Izuku.
—Papá, no deberías presionarlos, aún son jóvenes, deben disfrutar su tiempo de pareja antes de pensar en tener niños —se unió Izuku.
—Pero Eri necesita con quien jugar —replicó Yagi—, ya va siendo hora de que tenga un primo y nosotros otro nieto.
—Bueno, si les sobra tanto tiempo tal vez puedan cuidar a Eri, mientras yo llevo a su madre de vacaciones —se unió Tomura, mientras buscaba abrazar a Izuku.
—Yo paso —murmuró Izuku antes de darle un gran sorbo a su jugo de frutas.
Yagi rio escandalosamente por la respuesta audaz de su hijo. Por fortuna, luego de eso la conversación sobre los nietos se apagó. El resto de la tarde se les escapó en conversaciones alegres y muchas cervezas.
.
.
.
Era medianoche cuando Izuku bajó a la cocina por agua, encontró a Katsuki en el sofá, temblando de frío porque solo lo cubría una manta.
—Kacchan, hey Kacchan, no puedes dormir aquí —musitó en la oscuridad.
—No molestes, Ochako —gruñó Katsuki.
—No soy Ochako, Kacchan —regañó Izuku—. Puedes venir a mi habitación, pero no sigas durmiendo aquí, no quisiera que te vieran mis padres.
Katsuki abrió los ojos, gracias a la luz que se colaba del jardín vió el aura casi celestial que se dibujó alrededor de Izuku, y recordó que en todos sus años de conocerlo a él jamás pudo negarle nada. Katsuki se dejó guiar por Izuku escaleras arriba hasta la habitación.
Se reprendió mentalmente cuando se dio cuenta que estaban solos, había olvidado que Tomura se fue al caer la noche.
Eri dormía plácidamente sobre la cuna junto a la cama.
—Vamos, entra a la cama —dijo Izuku mientras sacaba del armario una manta extra.
—No creo que sea correcto, Izuku…
Mientras hablaba se dio cuenta, estaba en la misma habitación que ese hombre extraño, ese a quien hacía un tiempo había visto caminar con dificultad por su gran barriga de embarazo. Ahora Izuku había recuperado su figura, sus curvas se marcaban a través de la delgada bata de dormir, Katsuki tuvo que apartar la mirada mientras tragaba saliva.
Izuku cortó la distancia y llegó a pararse a unos cuantos centímetros de Katsuki, le ofreció la manta, pero había algo extraño en su mirada, un brillo peligroso que cortó el frío que Katsuki sentía y encendió una llama en su interior.
—No pasa nada, Kacchan, solo vamos a dormir —musitó Izuku sin separarse.
—¿Solo dormir?
—Sí… ¿Pensabas hacer otra cosa?
—Y si quisiera, ¿me dejarías?
Katsuki por fin entendió esa mirada, Izuku estaba suplicándole. Katsuki se aventuró a sujetar las caderas de Izuku para acercarlo, su mano cálida se encontró con la suave piel escondida tras la delgada bata.
Izuku sostuvo su mano y se acercó hasta encontrarse protegido en el pecho de Katsuki. Izuku no tenía palabras para disculparse por la locura que estaba cometiendo, pero había pasado tanto tiempo sin la compañía de un hombre que, saber a Katsuki en su habitación en mitad de la noche, mirándolo con un brillo de lujuria encendido en sus ojos, agitó sus sentidos.
La mano de Katsuki viajó de la cadera de Izuku hasta su espalda baja, luego de forma lenta y desesperante bajó a su trasero, se tomó el tiempo para acariciarlo y amasarlo entre sus dedos.
—Izuku —llamó en un suspiró.
Izuku levantó la mirada, entonces Katsuki capturó sus labios en un beso, su primer contacto fue suave, un consuelo para la soledad que ambos sentían, luego los labios de Katsuki se volvieron hambrientos, en la boca de Izuku encontró una calidez que hasta entonces no creyó que existiera, y maldijo a Tomura de nuevo por haber sido tan estúpido y haber dejado ir a Izuku.
Las manos de Katsuki buscaron el lugar donde terminaba la bata de dormir y la levantaron, sus dedos encontraron una piel de suave porcelana que se erizó ante su toque. Izuku buscó el borde de la camiseta de Katsuki, y metió sus manos debajo de ella; encontró una piel suave, caliente, que cubría músculos duros.
Katsuki los guió a la cama, pero no iban solo a dormir. Siempre se habían buscado en sueños, y de la forma menos esperada por fin estarían juntos.








