◆ Prólogo
● 0 — La niña en la ventana
Supongo que cada quien tiene al menos un recuerdo que lo persigue. Por ejemplo, el mío pudo haber sido echarme la culpa por una despedida mal cerrada. O quizás arrastrar un evento tan vergonzoso que, pese al tiempo, sigue pareciéndole divertido a la mayoría. O algo más simple: no poder superar una relación que terminó hace años.
Pero no.
En mi caso, fuera para bien o para mal, la cosa fue distinta. El recuerdo que me había tocado a mí ya venía con su propio nombre y apellido.
Rebecca Hiugal.
Y aunque había intentado enterrarlo muchas veces, volvía.
Siempre volvía.
«¿Por qué?»
Bueno, es un poco difícil de explicar, pero si escarbara en los rincones de mi memoria, podría decirte que la imagen más antigua y nítida que tengo de ella es su silueta, recortada en la ventana del segundo piso, justo después de mudarse con sus padres a la mansión de ladrillo oscuro frente a mi casa.
Solía estar allí, con las cortinas abiertas, observándome con esos ojos marrones, profundos e hipnóticos, como un agujero de gusano que absorbía mi atención sin que pudiera evitarlo.
Cada tarde, mientras jugaba con los otros chicos que aún vivían en el vecindario —bicicletas, carreras, policías y ladrones—, Rebecca aparecía. No hablaba, no sonreía. Solo se quedaba inmóvil tras el vidrio, su mirada fija, como si estuviera esperando algo de mí.
En más de una ocasión, al girar la cabeza demasiado rápido, tenía la certeza de que se había movido, cambiando sutilmente de posición. Sin embargo, al mirarla de nuevo, seguía igual. Nunca desviaba la mirada. Nunca pestañeaba. Los demás apenas le prestaban atención como para hablar de ella. En mi caso, se me hacía imposible ignorarla.
Al principio trataba de sostenerle la mirada, desafiarla, pero siempre terminaba siendo yo quien apartaba los ojos primero. Su presencia silenciosa era un imán extraño: me atraía e inquietaba al mismo tiempo.
Nunca la vi fuera de su casa, así que mi mente infantil decidió que Rebecca era un fantasma atrapado en el condominio de los Hiugal. Se lo comenté a mamá y, entre risas, me dijo que había visto a Rebecca en persona y podía asegurar que era tan real como yo. No lo sentía así: para mí, ella seguía siendo un enigma, una figura etérea que observaba desde su torre de cristal.
Con el pasar de los años, mi fascinación por ella no desapareció. Al contrario, creció conmigo.
Las cosas cambiaron cuando cumplí doce y la vi salir por primera vez. Fue como si la puerta la hubiera escupido para liberarla tras años de encierro.
Desde ese día, las cortinas de su habitación permanecieron cerradas. No volvió a asomarse para mirarme. Y hasta entonces, cuando su nombre ya era conocido en Orland Park, seguían exactamente igual. Al pasar frente a su casa, levantaba la vista hacia aquel segundo piso. Y aunque tenía claro que ya no estaba allí, esperaba verla como antes: su silueta contra el atardecer, esos ojos que alguna vez me hipnotizaron.
Pero no había nada.
Solo una cortina opaca. Un muro de tela invisible que separaba nuestros mundos.
Era como si algo—o alguien—hubiera sellado aquel pasado para siempre.
Y yo quedé atrapado en ese recuerdo, al otro lado del cristal.
A veces me pregunto si esa niña tras la ventana desapareció el día que decidió salir o si solo fue un reflejo empañado que nunca supe ver del todo.