El Fantasma De Ashwood Manor

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Summary

Ashwood Manor es una mansión ubicada en Inglaterra, cargada de historias de terror, que le dieron fama de casa embrujada. Auguste, un estudiante de arte, va a Ashwood Manor para pasar sus vacaciones de verano con su padre quién es el arquitecto encargado de restaurar la casa en ruinas. Auguste es escéptico a las historias de terror, y los fantasmas. Pero eso cambia cuando comienza a sentirse observado y presencia ruidos y movimientos extraños en torno a la casa. Harrison es un joven victoriano, muerto hacía más de un siglo, sin embargo, su alma, la más vivaz y brillante que Auguste haya conocido. Auguste nunca pensó que encontraría una razón para vivir en algo ya muerto. Esa fue la primera gran ironía de su vida, pero no la última.

Genre
Romance
Author
Leanne
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

“Si no tardas demasiado, te esperaré aquí toda mi vida.”

—Oscar Wilde.


Al dormir, soñé que el sol brillaba, no estaba en su punto más alto, era... de tarde, quizás. La luz incidía sobre mi piel, era cálida, pero no quemaba.

Alguien pasó a mi lado, corrió con velocidad. La hierba le llegaba a la cintura y se balanceaba con el viento. Él rió, fue un buen sonido, ronco y cálido, que hizo que mi corazón rebotara en mi pecho, que el aire circulara lento en mis pulmones.

Él dijo: —Lento. —Y— quedarás atrás.

Y yo supe que estaba mintiendo, él jamás me dejaría. Aun así, sin ánimos de perder, corrí tras él. Porque siempre iría tras él, siguiéndolo donde sea que me llevara.

La hierba acarició mis brazos expuestos en cada tramo, crujió bajo mis pies en cada pisada.

En la cima de esta colina, un viejo fresno nos esperaba. Sus gruesas ramas se extendían apuntando al cielo, la luz del sol se filtraba entre sus hojas, fueron destellos brillantes que me obligaron a cerrar los ojos a veces.

Él llegó primero, por supuesto que lo hizo. Con nuestro aliento escaso nos tumbamos en la hierba a descansar. Su espalda contra el tronco, mi cabeza en su regazo. Sus largos y delicados dedos apartaron el cabello de mi frente. Él sonreía, intenté mirar sus ojos pero no alcancé a ver más allá de sus labios llenos, el sol sobre su cabeza era demasiado brillante.

Él dijo: —Aquí, mi querido, te espero. Aquí, te amo. Cuando te canses de andar, ven a verme, sostendré tus hombros, daré paz a tu corazón, tranquilizaré tu alma inquieta. Cuando todo se torne difícil recuerda: estoy aquí.

Sentí mis ojos picar, pero sonreí pese a ello, las cálidas gotas se deslizaron por mi rostro.

Y cuando abrí mis ojos otra vez, no estaba en un prado, y mi cabeza no se recostaba sobre un cómodo regazo. Miré mi habitación, estaba a oscuras, solo una estela de luz se filtraba entre las gruesas cortinas, las motas de polvo se arremolinaban en ella. Me removí para pararme cuando alguien me tomó del brazo empujándome otra vez contra el colchón.

El rostro sonriente de Lisandro, mi novio, me saludó con una sonrisa seductora.

— ¿A dónde vas, cariño? —me dijo, una de sus piernas pasó sobre las mías dejándome atrapado debajo de él. Estábamos desnudos, su miembro erecto se alzaba entre nosotros, esperando por continuar donde lo dejamos la noche anterior. —Te vas esta tarde, déjame tener un poco más de ti hasta entonces.

Lisandro se inclinó sobre mí, sus labios besaron mi mandíbula, descendieron por mi cuello, bajando por la línea de mi garganta, incliné mi rostro, brindándole acceso. Sus manos fueron a mis lados y me acariciaron sugerentemente. Mi sangre comenzó a circular al sur con eso.

Su miembro, cálido e hinchado, se presionó contra el mío, enviando una sensación de hormigueo por mi piel. Sabía lo que estaba pidiendo sin siquiera decirlo, y se lo concedí. Separé mis piernas, cada una a un lado de su cadera. Sentí sus dientes rozando mi piel cuando sus labios se separaron en una sonrisa.

—Me encanta tu docilidad, siempre dispuesto a mí. —me dijo apartándose solo lo suficiente para que nuestras miradas se encontraran. Sus ojos portando un febril, producto de la excitación. Una de sus manos fue hasta mi rostro, y delineó mi mejilla con su pulgar. Fueron líneas firmes, que denotaban posesividad.

Fue entonces que empujó contra mí, su miembro haciéndose espacio a través de mi anillo muscular, forzándose a través de mis apretados pliegues. Contuve el aliento, no necesitaba preparación, no hacía un par de horas había estado en mí, justo como ahora.

—Tan bueno. —apremió en mi oído. Su aliento era pesado contra mi piel. — Me recibes tan bien, cariño. —agregó en tanto se enfundaba hasta el final.

Mi respiración era irregular, mi interior estaba rígido, no me encontraba lo suficiente excitado para hacer esto, pero a Lisandro le gustaba así. —Estas apretado. —Dijo sonriéndome.

Él follaba sin delicadezas, sus estocadas nunca fueron amables, ese no era quien él era. Me folló duro y veloz, su piel rozando la mía, reavivado el ardor que había menguado mientras dormía.

Lisandro gustaba de hacer gemir, al punto de llorar a sus parejas. Se podía decir que fue una de las razones por la que lo elegí a él. A veces solo necesitaba de esto: sexo duro, que rozara lo doloroso. Se sintió bien, la quemadura en mí, las lágrimas funcionaron como bálsamo la mayoría de las veces.

Lisandro me volteó, salió de mí solo para posicionarme sobre mis rodillas. Separó mis piernas con las suyas, y elevó mis caderas con sus grandes manos, dejando mi esfínter expuesto y en alto, listo para él. Me preparé para recibir su falo, en cambio, sentí su aliento cepillando mis partes íntimas, su cálida lengua lamiendo y acariciando mis pliegues.

—L-Lisandro. —Dije. —No es necesario—

Pero callé conteniendo el aliento, su lengua se había introducido en mí, sus manos apretaron mis mejillas separándolas, atendió aquel lugar hasta que supliqué que lo dejara. Y cuando se alejó solo fue por un segundo, al siguiente la punta roma de falo se apretó junto a mí, y de una estocada se abrió camino hasta alcanzar el fondo. Hundí mi rostro en la almohada conteniendo el grito que amenazaba con salir.

—Tan estrecho, no importa cuanto lo hagamos eres tan estrecho. —dijo, hundiendo sus dedos a ambos lados de mi cadera. —Voy a hacer un desastre de ti.

Y con eso comenzó a moverse nuevamente, siempre a un ritmo brusco, siempre saliendo hasta la mitad para luego introducirse con fuerza hasta la empuñadura. Mis manos se apretaron alrededor de la almohada, y contuve las lágrimas en mis ojos, mis pulmones dolían, había olvidado cómo respirar, y cuando lo hice el aire vino a mí en un doloroso gemido.

Lisandro parecía disfrutar de sobremanera de cada penetración. Su respiración era pesada, y resoplaba cada que me contraía producto de un espasmo. Cuando sintió que iba a venirme me atrajo a su pecho, el nuevo ángulo le proporcionó un mejor acceso a mi próstata, lo supo porque gemí con la voz rota cuando golpeó allí, entonces apuntó ese lugar en cada embestida hasta que me corrí.

No fue placer lo que predominó en mí en ese momento, sino el alivio. Mientras mi carga era expulsada sentí que dejaba ir algo que realmente estuvo molestando por mucho tiempo. Recosté mi cabeza contra el hombro de Lisandro luego de eso, mis extremidades cayendo flojas a mis lados. Mientras Lisandro buscaba su propio orgasmo, haciendo uso de mi cuerpo a su antojo.

Recuerdo ver el techo de mi piso en ese momento, cuando los últimos retazos de la liviandad inicial me abandonaban. Fueron segundos de aturdimiento, a la deriva, desligado de todo lo que me ataba. Y era por esta sensación efímera que me obligaba al sexo las veces que no me apetecía. Ansiaba esta discordancia residual más que el placer mismo, me ayudó a olvidarme de todo cuando más lo necesité.

Eso sin embargo, se acabó tan rápido como vino. Un minuto después esta pesadez, que llegué a considerar una segunda naturaleza, volvió a asentarse en mí, matizando mi mundo en tonos grises.

Lisandro se vino en mí, sus músculos se tensaron bajo mi tacto, su rostro se hundió en mi cabello, en tanto sus manos me sujetaban con fuerza. Él gimió contra mi piel, un sonido ahogado y oxidado. No se desenredó con prontitud luego de eso, Lisandro siempre prolongó la separación luego del clímax, gastó esos minutos besando mi cuello, garganta, sus manos repasando mi vientre plano.

Cuando nos movimos fuimos al cabecero de la cama, nos sentamos de espaldas al tablero acolchonado. Extendí mi mano y tomé de la mesa auxiliar mi zippo junto a un cigarrillo. La llama alumbró en la penumbra, y consumió la punta del cilindro en mi boca, antes de desaparecer en un clic metálico que resonó en el silencio.

Había sido todo un descubrimiento para mí, cuando hallé consuelo en el dolor, tenía esta cualidad para adormecer los sentidos, de la que podías depender si no aprendías a dejarlo ir en el momento correcto.

Me pregunté si yo lo había hecho. O solo sustituí una mala idea por otra de aspecto diferente.

En una calada profunda inhalé el humo, ardió en mis vías respiratorias, quemó en mis fosas nasales, y antes que lo pudiera dejarlo ir Lisandro tomó mi rostro, e hizo que me volviera. Sus labios tomaron los míos, su lengua acarició la mía, el humo en mis pulmones se transfirió a los suyos y Lisandro lo asimiló con gusto. Observé sus ojos ambarinos en todo el proceso, ellos me estudiaron con detenimiento, como un depredador lo hace con su presa.

Lisandro procedía de ascendencia italiana, eso podía verse en su cabello castaño y rizado, que caía en grandes y desordenadas ondas sobre su frente. En su piel naturalmente bronceada que revestía sus músculos tonificados. La mayoría se encendió con solo verle, y yo podía entender el por qué lo hacían, aun si no lo experimentaba. No era propenso a excitarme solo con la vista de alguien más, tenían que intervenir otros factores para hacerme llegar, como un roce sugerente en el lugar correcto, o un estímulo adecuado en mis zonas susceptibles. Lisandro conocía esto de mí, y lo aceptaba, eso hizo el sexo fácil entre nosotros.

—Para ser asexual tienes mucha libido. —me dijo y yo bufé.

—La libido y la asexualidad son cosas completamente diferentes. —dije y Lisandro tomó el cigarrillo de mis dedos y lo llevó a su boca para una calada.

— ¿De verdad no quieres que vaya contigo? —Me preguntó y yo lo medité por un momento.

Esta tarde estaba de viaje, saliendo de LA con destino a Londres, luego de allí dos horas en automóvil hasta una pequeña ciudad donde papá se encontraba trabajando. Le había prometido pasar el verano allí. Además necesitaba algo de tranquilidad para avanzar con mi tesis. Y un poblado a las afueras de Londres sonaba como eso.

—Si vienes solo serás una fuente de distracción. —le dije sonando ligero, y él sonrió de lado.

— ¿No me engañarás con un inglés mientras no esté cerca? —preguntó y me reí.

—Quien es más propenso al engaño eres tú, Lisandro. —dije recuperando mi cigarrillo, obteniendo otra calada. Sentí algo de alivio cuando el humo quemó mis pulmones. Eso no duró demasiado, sin embargo, como nada lo hacía.

—No te engañaría. —prometió Lisandro, sus ojos fijos en mí, su voz inesperadamente seria.

En el año y medio que llevábamos de pareja él no me había sido infiel. Si bien tuvo relaciones con otras personas estando conmigo, siempre se aseguró de advertirme antes que pasara, y estuve de acuerdo con ello cada vez. Era algo bueno, supuse, esta sinceridad. Las anteriores parejas de Lisandro no contaron con tal consideración, él los había engañado cuando tuvo oportunidad. Yo supe quién era él antes de entablar una relación. No esperé que su sinceramiento comenzara conmigo, pero lo hizo, por alguna razón que desconocía.

—Sabes que puedes buscar a alguien más mientras no esté. —Le recordé y un músculo bajo la piel cercana a su ojo derecho latió. —No me molestará.

Él tomó el cigarrillo de mi mano y lo depositó en el cenicero sobre la mesa auxiliar antes de empujarme nuevamente contra el colchón.

Una de sus manos fue a un lado de mi rostro, su pulgar descansando sobre el punto de puso en mi cuello. La otra se ancló a mi pecho, sus dedos ásperos acariciando la piel lindante a mi pezón. Lisandro me estudió allí, su mirada repasando mi rostro, en tanto se abría lugar entre mis piernas, y cuando sus ojos se detuvieron en los míos, su falo me penetró con brusquedad. Mi esfínter se contrajo ante la inesperada invasión, intentado inútilmente detenerlo por reflejo. Lisandro cerró sus ojos y gimió mientras se deslizaba todo el camino hasta el final.

—Lo sé. Jamás te molesta que me folle a otros. —Me dijo volviendo sus ojos a mí, su voz siendo pesada y áspera. — Pero no es igual para mí. No toleraré que hagas esto con alguien más.

Y con esto comenzó a embestirme nuevamente, no había delicadeza en ello, ni siquiera estaban destinadas a satisfacerme, reconocía cuando Lisandro buscaba su propia liberación sin tomar en cuenta el placer de su pareja. Esta era una de esas veces.

Pensé en decirle que se detuviera, en que no quería esto, pero también pensé que de algún modo me lo merecía. No sabía de dónde venía este pensamiento, ni cuando surgió, pero parecía apaciguar la miseria que habitaba en mí, los castigos siempre lo hicieron.

Cerré mis ojos, asimilándolo. Lisandro gruñía en mi oído, su cuerpo golpeaba el mío. La cama gemía bajo nosotros. Mi garganta se cerró y contuve una arcada.

Aquí mi amor, te espero. —Recordé.

Y casi lo pude sentir. A este chico, hombre, del que solo conocía su sonrisa.

Había comenzado a tener estas ensoñaciones, sueños que a veces parecieron verdades. En los días difíciles los solía recordar, su memoria me devolvía la paz que nunca tuve al lado de nadie.

Me dije que fue la manera que mi mente encontró de brindarme consuelo, pero a veces, se sintieron más vividos que muchas de mis experiencias reales.

Como ahora, que podía divisar a este joven sobre mí, tocándome de manera gentil, como si fuera algo que valiera la pena atesorar, proteger.

Era la primera vez que tenía una ensoñación estando completamente despierto.

Miré a mis lados, era una habitación enorme, paredes revestidas en madera, ventanales altos donde la luz atravesaba el cristal e ingresaba a raudales, iluminándolo todo.

Estas a salvo conmigo. —Dijo con esa voz profunda, que poseía una calidad que no existía en estos tiempos. —Yo te mantendré seguro.

Me dolió oírlo por alguna razón, pese a que sus palabras no hacían más que reconstruirme.

Porque le había creído, porque sabía que le hubiera creído absolutamente todo lo que saliera de su boca, confiaba en él de una manera tal que no lo hacía con nadie, y pese a que él no existía, mis sentimientos eran reales.

Me volví a él, sus labios llenos me sonreían, un lunar se asomaba en la comisura de su boca.

Te tengo. —Dijo. —Conmigo no necesitas esconderte.

Mi pecho se oprimió ante eso, mis ojos se humedecieron, mis manos temblaron. Él era todo lo que hubiera querido jamás.

Entonces abrí mis ojos, y esta inmensidad, que lo abarcó todo por un segundo, ya no existía.

Estaba en mi habitación oscura, Lisandro aún se fundía en mí. Él parpadeó a la altura de mis ojos, los suyos estaban cristalizados. Parecía solitario y desesperado, como yo lo estaba.

—Nunca estas completamente aquí. —Me dijo. — ¿Dónde vas cuando no estás conmigo?

Una vez alguien me dijo que la miseria odiaba la soledad, y que por ello siempre buscaba compañía. Fueron palabras que se registraron en mí, como una cicatriz que jamás se iría, pensé cada que arruinaba las cosas, me recordó por qué siempre caía en los mismos errores.

Estiré una de mis manos, y acaricié un lado del hermoso rostro de Lisandro. Él se inclinó sobre el tacto mientras las lágrimas desbordaban sus ojos.

Los trabajados músculos de su abdomen se contrajeron en ese momento, su respiración se escapó de entre sus labios, su aliento cepilló mi rostro, mientras se venía en mí. Sus ojos humedecidos brillaron a la escaza luz, en tanto el ritmo de las estocadas disminuía. Pensé que me besaría, no lo hizo. Él solo me contemplaba.

Cuando salió de mí, me aparté de él. Mis piernas temblaron al ponerme en mis pies, la bilis quemaba mi garganta. Él extendió una mano intentado tomar mi brazo pero me alejé.

—Lo siento, Auguste, lo siento tanto. —Dijo con la voz pastosa, los ojos enrojecidos.

Con la escaza fuerza que me quedaba hui al baño, activé el pestillo al cerrar la puerta. Él no intentó forzarse dentro, ni siquiera llamó a mi nombre. Por primera vez, en lo que iba de un tiempo, sentí asco de mí.