Prologo
En el cual una tetera parlante explica todo lo que no hace falta entender.
Querido lector,
¡Qué gusto verte!
Sí, tú, con cara de que viniste por un libro tranquilo.
Spoiler: Te equivocaste de universo, mi amor.
Bienvenido al Multiverso del Drama Gay, donde los sentimientos se exageran, los atuendos brillan con luz propia y cada beso puede desencadenar una guerra cósmica o una nueva línea de maquillaje.
Yo soy La Señora del Té, tetera mística, chismosa profesional, y jurado suprema del Amor Real Queer. Mi silbido puede derretir egos, y mi infusión es puro veneno emocional. Estoy aquí para contarte una historia que empezó con una auditoría, una mochila sospechosa y un metro que se niega a seguir las reglas del espacio-tiempo.
Nuestros protagonistas no se conocen todavía, pero el destino (y una falla administrativa en la realidad número 347-B) los va a obligar a enfrentarse a algo más fuerte que el odio, el machismo o el algoritmo de citas: ellos mismos.
¿Listo? ¿No?
Bueno, igual vamos a empezar.
¡Luces, cámaras, purpurina!
¡Juro que solo me tome una cerveza antes de escribir esto!
Ernesto y el Metro que Olía a Panucho Existencial
Ernesto Ramírez no entendía por qué su vida se sentía como una película de bajo presupuesto con presupuesto alto.
Cada mañana se subía al metro y cada mañana… el vagón era distinto.
A veces tenía asientos de terciopelo y meseros franceses.
Otras, el vagón flotaba en un túnel hecho de salsa bechamel con Wi-Fi excelente.
Una vez se topó con una señora con cabeza de cebolla que le leyó el horóscopo en esperanto.
Y sin embargo, cada vez que lo intentaba contar, sus amigos le decían:
—Ay, Ernesto… ¿has considerado dejar el pan?
Pero hoy… hoy era diferente.
El vagón estaba vacío, salvo por un espejo de cuerpo entero con una nota pegada que decía:
"¿Qué estás evitando, corazón?"
Ernesto le sonrió con esa mezcla de ironía y ansiedad social que lo hacía tan adorable en fiestas donde no conocía a nadie.
—Evitar impuestos emocionales, claramente —dijo, mientras sacaba de su mochila un diario, una barra de granola, y un calcetín sin pareja (que no recordaba haber puesto ahí).
Lo que no sabía Ernesto era que la mochila había empezado a brillar muy, muy levemente.
Como si un secreto estuviera a punto de salir del clóset.
De pronto, se escuchó un chasquido brillante en el aire.
Como cuando alguien dice algo muy cierto y todo el universo responde con un ¡yas! silencioso.
Y ahí, justo al lado del tubo central del vagón, apareció…
Un unicornio.
Con traje.
Con portapapeles.
Con actitud de “soy el top fiscal de esta dimensión”.
Ernesto, lejos de gritar o huir, simplemente dijo:
—¿Eres mi cita? Porque esto supera por mucho a los chicos que me salen en Grindr.
Fabio lo miró con expresión neutra y profesional.
—No. Soy auditor. Vengo a inspeccionar tus relaciones no declaradas.
—¿Mis qué?
Fabio suspiró.
—Prepárate. Estás siendo investigado por evasión de emociones recíprocas.
—¿Y eso es ilegal?
—En el Multiverso del Drama Gay, sí.