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El circo de los niños olvidados.

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Summary

En una ciudad donde lo oculto se mezcla con lo cotidiano, dos detectives paranormales, Andrés y Raúl, son contratados por el Consejo de lo Oculto para resolver un caso delicado: el secuestro de un ángel que descendió para recoger el alma de un bebé moribundo. Las pistas apuntan a un oscuro mercado de tráfico de plumas celestiales, capaces de activar runas sin materiales. Mientras enfrentan criaturas, hechicería prohibida y maldiciones, descubren que el caso está vinculado a poderes más antiguos y peligrosos de lo que imaginaban. Andrés, marcado por un pasado borrado y traumático en un circo de niños sicarios, comienza a recuperar recuerdos fragmentados. Raúl, cargando con una maldición que lo hace vomitar bajo presión, lucha por mantener la cordura. Ambos están al límite, y el tiempo se agota: el Vaticano también investiga el secuestro y amenaza con arrebatarles la recompensa, un artefacto único llamado el Espejo de Oesed, capaz de mostrar el deseo más profundo del alma. Entre traiciones, amenazas infernales y enemigos inmunes a las balas, Andrés y Raúl se adentran en una espiral de oscuridad, donde la verdad se oculta tras capas de magia, sangre y mentiras. Y apenas han comenzado a rasgar la superficie.

Genre
Mystery
Author
Carlos
Status
1yr ago
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

En una oficina caótica, donde pilas de libros sobre lo paranormal y artefactos místicos se apilaban en cada rincón, Andrés, un hombre de aspecto desaliñado y ojeras profundas, vertía un trago de whisky en un vaso de cristal agrietado. Raúl, su compañero de baja estatura y con una barriga que asomaba bajo su chaqueta, encendía un cigarrillo con manos temblorosas.

—Otro día en el paraíso, Raúl. ¿Qué tenemos hoy? —preguntó Andrés, suspirando con cansancio.

Raúl hojeaba un montón de cartas manchadas y quemadas mientras respondía:

—Algo grande, Andrés. El Consejo de lo Oculto nos ha mandado un caso urgente.

Andrés arqueó una ceja, intrigado.

—¿Urgente? Eso suena a problemas. ¿Qué quieren esta vez?

Raúl leyó con voz grave:

—“Se les asigna el caso de investigar el secuestro de un ángel. Peligro extremo. Recompensa significativa.”

Andrés terminó su trago y se sirvió otro.

—Bien, parece que hoy no será un día aburrido después de todo. ¿Quién demonios secuestraría a un ángel? Vamos a ver qué podemos averiguar sobre este asunto.

Raúl inhaló profundamente y exhaló el humo lentamente.

—¿Dónde empezamos?

Andrés, pensativo, miró por la ventana sucia hacia las calles sombrías.

—Conozco a un sacerdote en la catedral que tiene conexiones con el otro lado. Si alguien sabe algo sobre ángeles, será él. Vamos.

Sin más palabras, ambos se pusieron en marcha. La noche había caído sobre la ciudad, y la luz de los faroles apenas penetraba la densa neblina que envolvía las calles. La catedral se alzaba en la distancia como una sombra imponente, sus torres apuntando al cielo, donde un ángel había desaparecido sin dejar rastro. Pero en este mundo, las desapariciones divinas no eran un simple asunto de fe; eran negocios, y negocios sucios.

Al llegar a la catedral, el ambiente era pesado, como si el aire mismo estuviera impregnado de secretos. Andrés y Raúl entraron al edificio, donde las velas apenas iluminaban las estatuas de santos de aspecto severo. El sacerdote, un hombre anciano con una mirada profunda y oscura, los esperaba junto al altar.

—He oído rumores sobre lo que buscan —dijo el sacerdote con voz baja y áspera—. Pero no será fácil, ni seguro.

Andrés sonrió de medio lado.

—Nada en nuestro trabajo lo es, padre. ¿Qué sabe del ángel?

El sacerdote miró a su alrededor, como si temiera ser escuchado.

—No es un simple secuestro. Es un ritual. Las plumas de un ángel tienen poder, poder que algunos matarían por obtener. Deben encontrarlo antes de que se complete el sacrificio.

La expresión en el rostro de Andrés se endureció. No solo estaban ante un secuestro, sino ante algo mucho más oscuro. El reloj estaba en marcha, y la vida de un ser celestial pendía de un hilo.

—No podemos perder tiempo —dijo, volviéndose hacia Raúl—. Prepárate, esto va a ponerse feo.

—Siempre se pone feo —comentó Raúl, encogiéndose de hombros—. Eso es lo que le da emoción a este trabajo, la paga es mala, no tengo seguro dental, ni seguro ante posesiones demoníacas.

Andrés soltó una carcajada amarga mientras encendía otro cigarrillo. La tensión en el aire no se disipaba, pero el humor negro de Raúl siempre encontraba una manera de aliviarla, aunque solo fuera por un momento.

—Muy bien, padre —dijo Andrés, volviendo su atención al sacerdote—. Dígame, ¿qué ser alado desapareció?

El sacerdote sudaba, pequeñas gotas corrían por su cabeza rapada mientras trataba de explicar que no se sabía con exactitud cuál había desaparecido. Esa información no era tan fácil de conseguir, pero se especulaba que podía haber sido Ariel.

—Bueno, al menos no es uno de los cuatro grandes —suspiró Andrés, visiblemente aliviado—. Hubiera sido un caos si fuera uno de ellos. Bueno, no es que eso lo haga más sencillo. ¿Quién mierda tiene el poder y habilidad para secuestrar a un ángel? Son los seres más poderosos que hay.

El sacerdote dudó un momento antes de responder, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras.

—Eso es lo que me preocupa. Si alguien puede secuestrar a un ángel, incluso uno menor como Ariel, significa que estamos lidiando con algo o alguien más allá de lo que podemos comprender. Las barreras entre nuestro mundo y el suyo se están debilitando. Y si Ariel es el objetivo... podría haber más en juego de lo que imaginamos.

Raúl, normalmente despreocupado, frunció el ceño. La realidad de la situación comenzaba a asentarse en ambos. Andrés, por su parte, apretó los dientes, luchando por mantener la calma.

—Entonces, padre, necesitamos más que solo rumores y especulaciones. ¿Dónde podemos encontrar más información? —Andrés presionó, sus ojos fijos en los del sacerdote.

El sacerdote asintió, consciente de la gravedad.

—Hay un hombre en la ciudad baja, un ocultista renegado. Ha estado traficando con artefactos celestiales durante años. Si alguien sabe quién tiene el poder para hacer algo así, es él. Pero les advierto, es un hombre peligroso, y su lealtad se vende al mejor postor.

Andrés asintió. Había lidiado con tipos como ese antes, y sabía que se requeriría más que persuasión para obtener respuestas. Se giró hacia Raúl, quien ya estaba apagando su cigarrillo y preparándose mentalmente para lo que venía.

—Parece que tenemos una cita en la ciudad baja, Raúl. Es hora de ver hasta qué punto se han podrido las cosas.

El sacerdote les dio una última advertencia antes de que se marcharan:

—Tengan cuidado. No solo están enfrentándose a hombres. Hay fuerzas en juego que superan nuestra comprensión. Y si Ariel realmente ha caído en manos equivocadas... podría desencadenarse algo que ninguno de nosotros está preparado para enfrentar.

Con esas palabras resonando en sus mentes, Andrés y Raúl se dirigieron hacia la salida de la catedral. La noche estaba en su punto más oscuro, y la ciudad baja los esperaba, un laberinto de sombras y secretos donde la verdad rara vez salía a la luz. Pero eso nunca había detenido a los dos detectives antes. Y no lo haría ahora.

Andrés y Raúl caminaron en silencio, sus pasos resonando en las calles adoquinadas mientras la catedral quedaba atrás. Se dirigían hacia la Ciudad Baja, un lugar que muchos preferían evitar, pero que ellos conocían demasiado bien. Era un barrio donde la decadencia y la corrupción habían echado raíces profundas, un territorio donde los límites entre lo humano y lo inhumano se desdibujaban con cada transacción.

La entrada a la Ciudad Baja estaba marcada por un arco de hierro oxidado, en el que apenas se podía leer la inscripción original debido al desgaste del tiempo y al vandalismo. Apenas cruzaron el umbral, el cambio de ambiente fue palpable. El aire se volvió denso con el aroma acre de humo, alcohol barato, y algo más dulce y peligroso: el inconfundible rastro del polvo de hadas, una droga tan potente como destructiva. Luces de neón parpadeaban en un intento fallido de dar vida a las fachadas decadentes de los edificios, donde las sombras se movían en rincones oscuros, realizando negocios que nadie se atrevía a cuestionar.

Las únicas que se prostituían en la Ciudad Baja eran las elfas. Con su piel pálida y cabellos largos y brillantes, se destacaban entre la multitud. Aunque su belleza era etérea, había una tristeza infinita en sus ojos, como si sus almas estuvieran cautivas tanto como sus cuerpos. Proxenetas de ojos vigilantes, que parecían gozar con la desesperación de estas criaturas, se aseguraban de que todo se mantuviera bajo control. Grupos de hombres y mujeres se agolpaban alrededor de mesas improvisadas, apostando sus últimos centavos en juegos de cartas o dados, donde la única certeza era que la casa siempre ganaba. En los bares, las risas eran huecas, y la música apenas disimulaba las conversaciones susurradas sobre tratos ilícitos y secretos oscuros. Botellas de santa hidromiel, una bebida con supuestas propiedades curativas, se vendían junto a líneas de polvo de hadas, ambas promesas de un escape fugaz de una realidad abrumadora.

Raúl observaba todo con una mezcla de desdén y resignación. Había pasado por la Ciudad Baja suficientes veces como para saber que detrás de cada sonrisa había una trampa, y que cada esquina ocultaba peligros que iban más allá de lo humano. Andrés, en cambio, mantenía la vista al frente, enfocado en su objetivo. Sabía que, en este lugar, la distracción podía ser mortal.

Se detuvieron frente a un edificio que, a diferencia de los demás, no tenía ningún letrero luminoso ni música que lo acompañara. Era una estructura discreta, casi escondida entre dos tabernas, pero su anonimato era lo que lo hacía peligroso. Este era el dominio de Marlow, un ocultista renegado que había hecho su fortuna traficando con artefactos y secretos que nadie más se atrevería a tocar.

Andrés golpeó la puerta con la fuerza necesaria para que supieran que no venía a perder el tiempo. Un ojo apareció en la mirilla, y tras reconocer a los visitantes, una serie de cerrojos se deslizaron y la puerta se abrió, revelando a un hombre pequeño, vestido con ropas finas pero ajadas.

—Andrés, Raúl —dijo el hombre con una sonrisa torcida—. ¿Qué los trae a mi humilde morada? ¿Buscan algo en particular o solo están de paso para disfrutar de los placeres de la Ciudad Baja?

—Buscamos respuestas, Marlow —respondió Andrés sin rodeos—. Y sabemos que tú las tienes.

Marlow los observó por un momento, evaluando sus intenciones, antes de dar un paso atrás e invitarlos a pasar. El interior de su guarida era tan sombrío como el exterior. Estanterías llenas de libros antiguos y artefactos oscuros llenaban el espacio, y el aire estaba cargado con el aroma de incienso y algo más... algo que hacía que la piel se les erizara.

—¿Qué es lo que quieren saber? —preguntó Marlow, su tono volviéndose más serio.

Raúl miró a Andrés antes de hablar, sabiendo que la siguiente pregunta los llevaría aún más lejos en un mundo de sombras y peligros.

—Queremos saber quién tiene el poder de secuestrar a un ángel. ¿Y por qué?


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