Skjǫldvǫrðr Narfrost

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Summary

En el gélido Imperio de Frostrïk, donde la fuerza se mide por las runas que nacen en la piel al cumplir cinco años, Tyr no recibió ninguna. En una sociedad que desprecia a los débiles y glorifica a los bendecidos, crecer sin runas es una condena silenciosa. Humillado, ignorado y marcado como un error, Tyr sobrevive entre la miseria y la indiferencia… hasta que algo despierta. Lo que obtiene no es un don, sino un signo de ruptura. Mientras el mundo insiste en aplastarlo, él aprende a mirar más allá de las reglas impuestas. A cuestionarlas. A romperlas. Porque a veces, el peor monstruo no nace con poder: lo forja el desprecio. Y en un mundo que exige pureza, el error puede convertirse en la grieta que lo consume todo.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1: Escarcha de madrugada

Era el año santo 1709, en la zona ártica del imperio de Fröstrik. Donde la nieve no caía, se acumulaba. Pesada y abundante, cubría techos, caminos, cuerpos. El hielo y la escarcha dominaban cada superficie con el más mínimo rastro de humedad.

La capital, rodeada por una cadena montañosa que parecía rasgar el cielo polar, resistía envuelta en un frío que nunca daba tregua. Las nubes, perpetuamente cargadas y grises, azotaban la región con tormentas de nieve capaces de enterrar ciudades enteras. En invierno, los primeros cinco metros por encima del suelo podían desaparecer bajo el manto blanco.

Crecí en ese frío. Entre charcos congelados y caminos embarrados, pan duro y manos agrietadas. En un rincón olvidado de la capital, donde las chimeneas humeaban poco y las voces eran bajas, nací yo con el nombre de Tyr. Nadie celebró mi llegada, salvo mis padres: Einar y Astrid. Dos personas cansadas, gastadas, que aun así encontraban fuerzas para sonreírme cuando más lo necesitaba.

Éramos agricultores. Humildes. Mi familia llevaba generaciones trabajando una tierra que rara vez nos devolvía algo más que escarcha. Vivíamos en los dominios de mi tío Bjornulf, un noble con más tierras que empatía. Él era la razón por la que seguíamos allí… y también la razón por la que nunca tuvimos nada más.

No recuerdo haber tenido amigos. Ni nadie con quien compartir mis pensamientos más profundos. Solo el silencio, la nieve y mis propios pasos.

Pero incluso así, había momentos que me gustaban. Días de cielo gris y aire cortante, donde ayudaba a mi madre a vender lo poco que cosechábamos. El murmullo de los clientes, el humo de las fogatas, las verduras frías sobre la mesa. Mi padre cargando sacos pesados con una fuerza callada. Yo, observando todo, empapándome de detalles como si eso me diera sentido. Y, de algún modo, lo hacía.

Aquellas tierras heladas y despiadadas fueron lo único que conocí y pude llamar hogar. El aire era cortante, frío hasta lo insoportable, y la nieve que cubría el suelo no era blanca y pura, sino una mezcla sucia, manchada por la ceniza de las fogatas. El olor a humo se entrelazaba con la humedad gélida, creando una atmósfera que parecía casi tangible, como si la misma naturaleza quisiera recordarte tu fragilidad.

Las verduras que vendíamos en el mercado local estaban siempre frías al tacto, a veces incluso congeladas. Pero había algo en ese trajín cotidiano que me llenaba de una extraña satisfacción. Me encantaba ver a mi madre regatear con las clientas, o a mi padre cargar sacos mientras el crujir de la nieve bajo las botas marcaba el pulso de la mañana. Esos momentos, aunque sencillos, eran para mí un refugio. Una pausa dentro de todo lo demás.

Un día, mientras ayudaba a mi madre en el puesto, escuché a unas señoras hablar sobre la escuela local. Decían que algunos niños, si mostraban talento, podían ser recomendados por los maestros y enviados a academias más prestigiosas, o incluso servir al imperio. La idea me obsesionó. Quizá pensé que si lograba entrar, podría cambiar nuestra situación económica. O al menos dejar de estar en una pobreza absoluta.

No quise pedirle nada a mis padres. Ya trabajaban demasiado para apenas sobrevivir. Así que empecé a ofrecer ayuda en otros puestos: cargaba leña, limpiaba mercancía y recogía nieve sucia a cambio de unas pocas monedas. Tardé semanas, pero al final reuní lo suficiente para pagar una inscripción parcial. Recuerdo ver el rostro de mi madre, lloró en silencio cuando se enteró. Mi padre por otro lado parecía enojado y dolido, en aquel momento nunca supe el porqué, pero si lo miro en retrospectiva la respuesta se vuelve muy obvia.

Así asistí a la escuela con la ingenuidad de cualquier niño que cree que el mundo recompensa el esfuerzo. Y fue allí donde descubrí que no bastaba con trabajar duro. Que el mundo, en realidad, no era amable. Especialmente para quienes no cumplían con las demandas de la “alta sociedad”.

Recuerdo muy bien mi bienvenida, fue… “calurosa”, cuanto menos. Al llegar por primera vez y al ver la escuela desde fuera, note que no era nada fuera de lo ordinario, de hecho, uno hasta podría pensar que era otro edificio más, como cualquier otro. Claro, a excepción de la multitud de niños bien vestidos que correteaban por la lujosa entrada de la escuela. Bueno, ahora que lo pienso, en verdad no se si era tan lujosa, pero para mi, ver que la estructura principal estaba hecha de adoquines y que tuviera adornos pintados ya era un lujo digno de la realeza imperial.

No se cuanto tiempo me habré quedado observando desde la distancia, pero sí recuerdo perfectamente las miradas de los otros niños cuando me dispuse a entrar. Yo avancé con firmeza, intentando ignorarlos. Que sus miradas prejuiciosas y sus murmullos incesantes no me detuvieran. Pero, a medida que me acercaba a la puerta, se hacía más notorio el rechazo. Los niños se alejaban de mí, formando una especie de pasillo.

Debía ser raro para ellos ver a alguien de tan baja calaña asistiendo a una escuela de semejante “calidad”. Bueno… calidad, calidad… no sé si para tanto.

En el imperio, las escuelas primarias eran todas bastante parecidas. Los únicos con verdadera ventaja eran los hijos de la familia imperial o aquellos nobles muy cercanos a ellos. El resto… asistíamos a escuelas “comunes”. Mis padres no pudieron asistir a mi ingreso, ellos tenían que quedarse en el mercado, en aquel entonces cualquier centavo hacía la diferencia.

Entré solo, con los dedos entumecidos por el frío y un nudo en el estómago que no se me fue ni cuando crucé la puerta principal. Nadie me recibió. No había un maestro que diera la bienvenida ni una secretaria que me indicara el camino. Solo un largo pasillo lleno de pasos ajenos y risas que no me incluían.

Tuve que buscar mi aula por mi cuenta, intentando interpretar los nombres en las puertas con cuidado, como si yo, un niño que no sabía ni leer ni escribir, fuera a comprender el complejo sistema de organización de aulas: del aula 1 para los más chicos al aula 6 para los más grandes. Ese día fue toda una odisea hallar mi aula.

Al cabo de un rato, finalmente encontré la clase asignada. Todos ya estaban sentados, preparándose para comenzar la clase; el único que faltaba era yo. Todas las cabezas se giraron para observar a aquel que casi llegaba tarde. Me miraron como quien mira algo fuera de lugar. Y, en cierto modo, lo estaba.

Todos vestían el uniforme escolar: ropa elegantemente adornada, hecha a medida y que claramente gritaba: “Mírenme, soy el hijo de un noble”. En realidad no tenía ni idea de si había algún noble en mi salón, pero eso fue lo que pensé al verlos a todos tan uniformados. En comparación, mi ropa era sencilla, remendada en los codos; mis botas, gastadas de tanto andar. Nadie dijo nada, pero sus ojos lo decían todo: “¿Y este qué hace acá?” o “¿Quién dejó que el mendigo entrara?

Me adentré tímidamente en el aula, intentando no llamar demasiado la atención. Parece que la profesora lo notó, porque no me interrumpió ni dijo una sola palabra; simplemente me dejó avanzar, como si entendiera que ya era bastante castigo estar ahí parado. Caminé por lo que pareció una eternidad. Había un asiento libre al fondo del salón, pero cuanto más me acercaba, más lejos parecía estar.

La lección de aquel día fue de gran importancia para mí. Fue en ese salón frío y traicionero donde descubrí cuán desfasada estaba mi educación. Recuerdo a la profesora, de pie frente al pizarrón, explicándonos las palabras y sus significados, enseñándonos a leer y escribir. Claro, una sola clase no iba a ser suficiente, pero para mí, en ese momento, ya era un montón.

A pesar del barullo constante de aquellos que se sabían conocedores, yo escuchaba a la profesora con una atención casi reverente. Aun con mi bajo estatus social, logré comprender las técnicas gramaticales sin muchas dificultades. Pronto había aprendido a leer y escribir. Incluso si era algo simple, yo me sentía orgulloso.

Tras lo que pareció una eternidad, el insoportable pero extrañamente reconfortante sonido del timbre para el recreo marcó el final de mi primera clase. Los demás salieron corriendo como si estuvieran en una carrera, mientras yo me tomaba un momento para respirar. Abandoné el salón con cierta timidez, como si me adentrara en un espacio liminar, un lugar al que no pertenecía. Allí, donde el bullicio se dispersaba, me sentía más vulnerable; quedarme callado y alejado no solo se sentía incorrecto, sino también vulnerado. En el vasto descampado, mi figura ajena y solitaria ya no se mezclaba; al contrario, ahora destacaba. Mis intentos por no llamar la atención fueron en vano, sin importar a donde yo fuera, siempre había miradas o murmullos.

El frío nunca me había molestado del todo. Sin embargo, tal vez porque el invierno ya se anunciaba con crudeza, aquella mañana, al apoyar la espalda contra una de las paredes del patio, sentí cómo el hielo se colaba bajo mi ropa, trepaba por mi piel, entumecía mis articulaciones y parecía reducir mi ritmo cardíaco.

El resto del día pasó sin pena ni gloria. Solo al volver a casa descubrí que el frío me había dejado algunas quemaduras en la piel. Esto me resultó sumamente extraño, pues han habido días donde hizo incluso más frío que aquel y nunca me había pasado nada. Pensé que tal vez era por haber estado tanto tiempo quieto, apoyado contra la pared, o quizá porque mi ropa ya no abrigaba como antes. Pero en el fondo sabía que no era solo eso. Había algo en esa escuela, en ese ambiente, que me helaba más por dentro que el clima.

Los días siguientes no fueron muy distintos. Me costaba hablar con los demás, y aunque compartíamos aula, sentía que estábamos en mundos distintos. A veces pensaba que si desaparecía, nadie lo notaría. Y quizás era cierto. No hice amigos. No me gané enemigos. Solo ocupé un asiento más, respiré el mismo aire, escuché las mismas lecciones Y así pasaban los días: en silencio, viendo al mundo pasar, mientras yo me volvía parte del fondo.

Durante una de las sesiones en la escuela, nos hicieron formar una fila sin demasiadas explicaciones. No era raro ver personas de alto rango pasar por los salones: al ser una escuela de la capital imperial, muchos de mis compañeros eran hijos de nobles o comerciantes importantes. Algunos venían con escoltas. Otros, con orgullo de sobra.

Ese día, llegó un examinador de la administración rúnica. Traía consigo una esfera de cristal brillante, con símbolos grabados alrededor del pedestal. La trataban con un respeto casi religioso. La maestra sonrió más que de costumbre y nos dijo con un tono entre solemne y excitado:

—Hoy se revelará su afinidad rúnica.

No entendí del todo lo que significaba. Solo sabía, como todos, que las runas eran esas marcas que aparecían en el cuerpo al cumplir los cinco años. Se decía que eran tatuajes mágicos, parte del alma misma, y que daban poder, identidad, propósito. Nunca se sabía de antemano si uno tenía una, ni cuál. Solo al cumplir los cinco años, y solo con esa esfera, se podía saber. Pero había algo que todos teníamos claro: nacer con al menos una runa era lo normal. Incluso entre los humanos, incluso entre los más pobres. Tener una era lo esperado.

—Para los que no entiendan —dijo el examinador, sin molestarse en sonar amable—: las runas son marcas que reflejan el potencial de cada uno. Algunas razas nacen con tres, cinco, incluso más. Entre los humanos, la media está entre una y dos. No tener ninguna es... raro. Muy raro. Hizo una pausa. —Pero no imposible.

Los murmullos aumentaron. No de miedo, sino de emoción. Todos esperaban su momento. Todos imaginaban qué tipo de poder despertarían. Llamaron al primero de la fila: Gorm. Gorm caminó con la espalda recta, como si ya supiera lo que iba a pasar.

Todos lo conocían. Era grande, fuerte y muy molesto. Siempre actuaba como si todo le perteneciera. Colocó su mano sobre la esfera y esta respondió con un destello vibrante. Un símbolo brillante apareció en su hombro: una espiral dentada, con líneas que se ramificaban como raíces.

El examinador asintió, esta vez con un leve gesto de interés. —Runa de impacto óseo, grado tres. Refuerzo muscular, dureza estructural, estabilidad corporal. Bastante decente... para un humano.

La maestra aplaudió con entusiasmo. —¡Eso es excelente! Un niño con una runa de ese tipo tiene un futuro asegurado.

Gorm se giró con una sonrisa de victoria, disfrutando cada segundo. Los siguientes también brillaron. Unos más, otros menos. Algunos tenían runas débiles, otros una sola en zonas discretas. Pero todos tenían algo.

Y entonces, me llamaron a mí. Me acerqué. Coloqué la mano sobre la esfera. Pasaron unos segundos. La esfera se iluminó apenas. Un resplandor gris, apagado. Como una chispa sin calor. Miré mis brazos. Mi pecho. Nada. El examinador frunció los labios, en una mueca que no pude leer del todo.

—Cero runas —dijo finalmente—. No hay manifestación. Nadie se rió. Aún no. Solo silencio. La maestra no dijo nada. Ni me miró. Volví a mi lugar. Un chico murmuró “vacío”. Otro, “defectuoso”. Gorm se rió en voz alta. Y en ese instante entendí que, en este mundo, nacer sin una runa era más que una vergüenza. Era un error. Una pieza rota en un juego que ya de por sí estaba arreglado. Y yo acababa de convertirme en la excepción a la regla, algo que nadie quería cerca.

Después de ese examen, todo cambió.

Si antes era invisible, ahora me volví un blanco. No tener runa no solo significaba ser débil. Significaba estar roto. Incompleto. Una anomalía. Y los niños, aunque todavía no entendieran del todo el mundo, sabían reconocer a quien se podía aplastar sin consecuencias.

Los días siguientes se volvieron más largos. Más fríos. Las risas que antes me ignoraban ahora se dirigían a mí. A veces eran susurros apenas audibles cuando pasaba, otras veces eran comentarios lanzados al aire como flechas que no necesitaban dar en el blanco para doler.

Me empujaban en los pasillos. Se burlaban de mi ropa remendada, de mis botas gastadas. Me arrojaban papeles arrugados con insultos mal escritos. Pero nada me preparó para aquella tarde.

Fue a la salida, justo en la reja de hierro de la escuela. Gorm y un par de sus seguidores me estaban esperando. No dijeron nada al principio. Solo se pararon frente a mí, bloqueándome el paso. Yo, torpe, intenté rodearlos. Fue inútil.

—¿Te vas tan rápido? —dijo Gorm, con esa sonrisa torcida que ya conocía demasiado bien—. Al menos podés saludar.

No respondí. Seguí caminando.

—¿O no sabés hablar? Claro… sin runa, sin cerebro —añadió otro.

Gorm me empujó. Tropecé hacia atrás y caí al barro. El golpe no fue lo peor. Lo peor vino después: las patadas. No muchas. No largas. Pero suficientes para recordarme que no tenía derecho a estar allí.

Esa noche, mis padres me recibieron como si hubieran encontrado un animal herido en la puerta. Mi madre corrió a abrazarme, sin preguntar. Mi padre me examinó en silencio, con el ceño fruncido y los puños apretados.

Al día siguiente, decidieron ir a hablar con los profesores.

Fue un error.

Los adultos no dijeron nada útil. Uno de ellos, sin levantar la vista de sus papeles, simplemente murmuró:

—Son cosas de chicos. Ya se les va a pasar.

Pero no se pasó.

Desde entonces, los ataques se volvieron rutina. Un empujón al llegar. Un insulto al salir. Piedras pequeñas en mis zapatos. Comida arruinada. Silencios que hablaban más que cualquier palabra. Y lo peor: todos lo veían. Nadie hacía nada.

Durante un tiempo, pensé en rendirme. En dejar de ir. Había noches en las que me acostaba con la cara hacia la pared, deseando no tener que volver a esa escuela. Me sentía cansado. Solo. Fuera de lugar.

Pero no lo hice.

No porque fuera fuerte. Sino porque no tenía otra opción. Si quería aprender aunque fuera lo mínimo, si quería leer, escribir, entender el mundo que me rodeaba, tenía que quedarme. Aguantar. Tragar saliva. Y resistir.