El mecanismo de dios

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Summary

"El Mecanismo" cuenta la historia de Isaac, un niño nacido en una noche sin luna, en una cabaña devorada por el pantano y los secretos. Criado por una madre que hablaba con sombras y creía en engranajes en lugar de ángeles, Isaac descubre símbolos antiguos, voces oxidadas y un manual escrito en sangre que parece haber sido hecho para él. Cuando el bosque arde y su madre se convierte en barro, comienza un viaje donde la realidad se retuerce y el cuerpo ya no le pertenece. En un mundo donde lo espiritual y lo mecánico se fusionan en una oscuridad impía, Isaac deberá decidir si su destino es resistir… o girar con el resto de las piezas.

Genre
Horror
Author
©Gavriik
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1: Cicatrices de carne

Isaac nació una madrugada sin luna, cuando el viento era tan denso que parecía empujar los árboles contra la tierra. La cabaña estaba hundida entre ramas y pantano, lejos del pueblo, como si el bosque mismo la hubiera escupido en un rincón donde Dios no llegaba. Abigail, su madre, dio a luz sola, de rodillas sobre una manta de yute manchada por anteriores abortos. No hubo comadrona, ni vela encendida, ni trapo limpio. El fuego no quiso prender esa noche y el agua del balde se volvió espesa, como si supiera lo que venía. Cuando el niño salió, no lloró. Solo abrió los ojos y la miró como si ya la conociera. Abigail lo sostuvo entre los brazos, ensangrentada, con una sonrisa ladeada que no era de alegría, sino de algo parecido al alivio. Lo envolvió en una tela oscura con símbolos bordados que nunca había mostrado a nadie. Luego lo sostuvo contra su pecho desnudo, que aún respiraba por sí solo, como si fuera independiente del resto de su cuerpo. Afuera, los cuervos graznaban. En el interior, las paredes temblaban con un crujido que no provenía del viento.

Los primeros años de Isaac fueron un silencio largo. No lloraba, no reía, no hablaba. Solo observaba. Tenía una forma extraña de moverse, como si cada paso ya estuviera memorizado. A veces se quedaba quieto por horas, mirando la lámpara apagada como si esta contuviera un lenguaje que solo él entendía. Abigail lo dejaba hacer. Ella también hablaba poco, excepto por las noches, cuando se sentaba frente al fuego muerto y murmuraba frases en un idioma que no era latín ni español, y que a veces parecía no ser humano. Se decía en el pueblo que había hecho un pacto antes de que naciera su primer hijo, un hijo que desapareció sin dejar cuerpo. Algunos juraban haberla visto cavar en el pozo seco, donde crecía un árbol sin hojas que nunca florecía. Ese pozo fue tapado con cruces, pero seguía goteando.

Isaac fue creciendo en medio del aislamiento. Nunca fue inscrito en ningún registro. Nunca pisó la iglesia ni recibió bautizo. Su madre decía que la sangre del hombre no limpiaba la carne, que la única verdad estaba en el Mecanismo. Lo repetía cada noche: "Todo lo que vive debe girar." Y cuando Isaac preguntó qué significaba eso, ella respondió: "Cuando el cuerpo se rompe, el hierro entra." Nadie más en el pueblo conocía esa frase. Nadie quería hacerlo.

A los seis años, Isaac encontró el primer símbolo. Estaba tallado debajo de la mesa, en una tabla que sobresalía apenas si se la tocaba. Una espiral encerrada en una cruz invertida, rodeada de pequeños ojos sin párpado. Cuando lo señaló, su madre lo miró como si lo hubiera sorprendido leyendo su alma. Se arrodilló frente a él, lo tomó por los hombros, y le dijo sin parpadear: "Cuando vuelva a moverse, no te resistas. Ya está en ti." Esa noche, Isaac soñó que su piel se abría sola y que dentro de sus huesos había tornillos girando.

Los siguientes años fueron peores. Isaac comenzó a escuchar una voz que no era suya. A veces lo llamaba desde las paredes. A veces salía del pozo seco, incluso a kilómetros de distancia. Otras veces parecía hablar desde su columna, como si su espina dorsal tuviera lengua. No era una voz cualquiera. Era profunda, grave, con un eco oxidado, como si saliera de un engranaje viejo que aún gira por inercia. Le decía cosas como: "Tu madre fue la primera." o "El mecanismo no duerme, solo finge que lo hace." Isaac intentó contárselo a su madre, pero ella solo le acarició el rostro y dijo: "Ahora sabes por qué sangré tanto cuando naciste."

Una mañana, se levantó con marcas circulares en el pecho, como quemaduras. No dolían, pero palpitaban. Intentó lavarlas con agua del pozo, pero el agua tenía una textura espesa, casi aceitosa, y olía a óxido. Su madre no quiso mirarlo. Solo dijo: "El Mecanismo empieza en la carne. Así se reconoce a sus piezas." Isaac no entendía, pero algo dentro de él empezaba a aceptar esa frase sin luchar.

A los diez años, mientras escarbaba detrás de la casa buscando leña, encontró una caja enterrada bajo una losa de piedra con símbolos grabados. No estaba cerrada con candado, sino con cera negra derretida y trozos de pelo humano incrustados en las esquinas. La rompió con una roca. Dentro, un cuaderno viejo, de páginas gastadas, escrito con sangre reseca. Los textos hablaban de piezas, carne, engranajes, rituales. No era un diario. Era un manual. Las primeras páginas estaban llenas de dibujos anatómicos deformes: cuerpos con órganos conectados por tubos de cobre, personas abiertas en canal cuyas costillas estaban atornilladas a sus propias vértebras, niños con máscaras metálicas en lugar de rostro. En una página, la más desgastada, una frase estaba escrita en grande, casi tallada con desesperación: "La carne no olvida. Solo se repliega."

El mismo día, empezó el incendio. Nadie supo cómo comenzó. Algunos dijeron que fue un rayo. Otros, que fue la tierra misma la que escupió fuego. El bosque ardió durante cuatro días. El aire se volvió irrespirable. Los animales huían con los ojos enrojecidos. Los árboles se doblaban como si supieran que estaban siendo castigados. Y sin embargo, la cabaña de Abigail no ardió. El fuego se detuvo justo en su límite, como si algo la protegiera… o la reclamara.

Cuando las llamas se apagaron, Abigail ya no hablaba. Solo se sentaba frente al pozo, desnuda, con la cruz del Mecanismo tallada en su pecho a cuchillo. Isaac intentó limpiarla, curarla, pero ella no se movía. Sonreía con los dientes partidos y la mirada clavada en la tierra. Al amanecer, dejó de respirar. No hubo cadáver rígido. Su cuerpo se ablandó, como si fuera barro caliente. Isaac la envolvió en la misma tela en que lo había cargado de recién nacido. La enterró bajo el árbol muerto. El pozo comenzó a gotear otra vez, pero esta vez la sustancia no era agua. Era más densa, más roja.

Durante días no comió. No durmió. Solo escuchaba. La voz estaba en todas partes ahora. Le hablaba desde los pájaros, desde la madera, desde los latidos de su propio corazón. Una noche, al despertar de un sueño febril, encontró un sobre a los pies de su cama. Amarillento, sin nombre, sin sello, sin dirección. Dentro, una hoja doblada. Una sola frase escrita con tinta temblorosa:

"Vuelve al motor. Ella aún no ha terminado de girar."

Isaac no recordaba haber salido. No conocía a nadie que escribiera así. No entendía cómo había llegado esa carta. Pero al tocarla, algo en él se activó. Algo que no era suyo. Algo que se movía.

Y que ya no iba a detenerse.