Liturgia de carne

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Summary

Julián es un empleado en un hotel ubicado a la orilla de la playa. Una noche presencia un crimen, donde observa actos de canibalismo crudo y brutal que lo llevan a ser internado en un hospital psiquiátrico. En el hospital conoce a Carlos, quien se vuelve su amigo y confidente. Al ser dado de alta, Julián regresa a trabajar con el objetivo de ayudar a su familia a pagar sus deudas y es ahí donde empieza a vivir cosas extrañas. Los recuerdos de la escena que presenció lo atormentan mientras siente que poco a poco pierde control de sí mismo. La escena debe repetirse y tal vez no es una simple escena, sino que hay algo más detrás de ello.

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1
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n/a
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18+

Liturgia de carne

“Hay un grupo de hombres en la playa, de distintas edades y razas. Todos están desnudos, parados hombro con hombro y formando un círculo. Es de noche y la única luz que puedo ver a lo lejos es la luz azul que sale del centro del círculo que forman. Alcanzo a ver que tienen una posición de firmes militar, con la única diferencia de que ellos miran fijamente hacia el centro de su círculo. Tienen una mirada seria, fija y tranquila, como si disfrutaran. Creo que algo en el centro del círculo está comiendo, escucho gruñidos y masticaciones apresuradas.”

Mi nombre es Julián, trabajo en un hotel ubicado a la orilla de la playa. Mi función principal en este lugar es vigilar que todo esté en orden dentro de la playa privada. Soy algo así como un salvavidas, pero terrestre. Si surgen problemas en cualquier momento del día, soy yo quien hace los primeros auxilios, quien llama a la ambulancia, quien pide por radio servicios de limpieza, quien corrige el comportamiento de niños o quien les recuerda a los padres que sus hijos siguen siendo su responsabilidad aunque estén de vacaciones. Usualmente no hay ningún problema, casi siempre todos están muy ocupados divirtiéndose y mi complexión fuerte ayuda a que solo con mi presencia todos respeten las reglas.

El problema más frecuente son los turistas que creen que el precio del hotel los hace simbólicamente dueños de todo lo que ven, y entonces dejan su basura tirada a modo de sello personal. Decir esto nos lleva a otra parte de mi trabajo y la más desagradable. ¿Por qué? Una vez encontré un pañal sucio arriba de una palmera y solo me di cuenta de eso, cuando el contenido derretido por el sol me chorreó en el brazo. No fue bonito.

En resumen, mi trabajo es mantener la buena imagen y armonía del hotel. Así me gano la vida, a base de hacer todo lo posible para mantener esas dos cosas, lo que muchas veces implica tratar con turistas problemáticos, descuidados y muy muy sucios, a veces incluso de noche. Hay un monton de fetichistas de playa que creen que son invisibles en la oscuridad, algunos borrachos que piensan que la playa es un cajón de arena donde pueden hacer sus necesidades. Lo más fuerte hasta el momento, fue esa vez que, junto con mis compañeros encontramos un paquete con cocaína enterrado. Yo pensé que lo de la cocaína era lo más fuerte con lo que me toparía en este trabajo. Hasta esa noche.

Me arrepiento tanto de no haber esperado a mi compañero para hacer el recorrido nocturno. Me arrepiento tanto de haber dejado mis lentes en la recepción, tal vez, si los hubiera traído no me hubiera acercado tanto. Tal vez no hubiera terminado ahí, congelado, detrás de un pequeño piñonero, rezando internamente para que mi tono de piel y la oscuridad de la noche, fueran suficientes para que ellos no me vieran, para que no notaran que los miraba.

Algunos de los hombres comenzaron a agitar sus piernas, como si se sacudieran la arena de los pies y de la nada, se abalanzaron al centro del círculo, incluido uno de los hombres que me impedía ver hacia el centro, entonces lo vi y por un instante mis ojos recuperaron una visión perfecta, permitiendo que pudiera ver a detalle que había un hombre recostado boca abajo sobre la arena, estaba desnudo y siendo devorado por los demás. Tenía un gran agujero en la parte trasera de su cráneo y los hombres tomaban puños de su cerebro para comérselo. En ese momento todos entraron en episodio eufórico: gritaban y aplaudían al ritmo que sus compañeros devoraban los sesos rosas del cuerpo, de la misma manera en la que un niño pequeño se comería un pastel: agachándose para morder, escarbando en el interior con sus propios dedos.

Al terminar con ellos, el que supuse que era el líder de todos ellos y el que originalmente estaba en el centro del círculo: un hombre alto, parecido a la viva imagen de un vikingo nórdico: rubio, con barba larga, alto, quien tenía una gigantesca barriga que contrastaba enormemente con su cuerpo atlético, desnudo; como los demás. Pero él tenía una marca negra en la frente, como un símbolo del que no sé identificar el origen, en su mano, una linterna antigua. De esas que tienen una vela en su interior, pero esta emana una fuerte luz azul.

Él se puso de pie, colocó la linterna en la arena y con mucha violencia tomó del pelo al cadáver. Lo levantó y entonces pude verle la cara: parecía joven, con una mirada de paz, no como un muerto, sino como dentro de un trance, con una pequeña sonrisa incluso. El líder acercó su otra mano a la cara del muchacho y, con ayuda de su pulgar comenzó a sacar sus ojos de sus órbitas. Incluso antes de que estos toquen la arena, todos los hombres del círculo se abalanzaron para recogerlos. Escuché gritos, golpes y vi sombras.

Entre todos, sujetaron los brazos y las piernas del hombre y jalaron sus extremidades hasta que las dislocaron. A partir de ahí, las giraron hasta que todas quedaron dislocadas, separadas del torso, arrancadas, con colgajos de piel colgando. Jugaban con las manos, mordían las piernas y quitaban grandes pedazos de carne para comerlos con una facilidad impresionante. Podía ver los pedazos deslizarse por sus gargantas. Bebían la sangre, succionándola desde los muñones y heridas, llenaban su boca haciendo grandes tragos. Jugando con ella se pintaban el cuerpo , dibujaban símbolos en la arena. Destrozaban el cuerpo bajo la atenta mirada de su líder. La luz se apagó y aproveché para salir corriendo, antes de que me vieran, antes de que me escucharan.

No fui consciente de en qué momento llegué al hotel. Pasé de largo, empujando huéspedes, ignorando a mis compañeros quienes solo podían gritar mi nombre, pues yo seguía corriendo. Finalmente entré a un armario de intendencia y ahí me quedé. Me senté en una silla, tenía una respiración agitada e incontrolable. No podía cerrar los ojos, tampoco quería hacerlo; veía la imagen de esos tipos cada que necesitaba parpadear. Todo era confuso: mis compañeros me miraban con miedo, me hablaban, pero yo no escuchaba lo que decían, solo veía sus bocas moverse. Terminaron llamando a una ambulancia.

Pasé tres días en un hospital psiquiátrico sin pronunciar palabra y tuvo que pasar una semana hasta que pudiera verbalizar lo que había visto.

—Julián, ¿puedes describir de nuevo al líder del que hablas? — me preguntaba mi psiquiatra, Carlos.

—Era un vikingo, estaba desnudo, tenía un estomago muy grande — le respondía.

Muchos doctores, psicólogos, psiquiatras intentaron hablar conmigo acerca de lo que denominé en palabras simples como: “El incidente”. Muchos de ellos se rindieron a las pocas horas. Me había vuelto una piedra, siempre tenso, apenas reaccionaba. Fue necesario colocarme pañales y una sonda de alimentación para mantenerme con vida, —es un paciente difícil —, los escuché decir. No reaccionaba ni cuando mi familia me visitaba.

Todo cambió cuando llegó el psiquiatra Carlos. Él aceptó el reto conmigo y lo hizo bien. Fue diferente al resto, ya que a diferencia de los demás, él no se presentó con su titulo profesional, ni con su apellido, ni siquiera traía un uniforme o bata. No, él llegó un día a mi cuarto y dijo —Soy Carlos —, venía vestido con jeans y una playera azul que decía “Nueva York” en letras amarillas. —Hoy traje unas cuantas cartas de tu familia y compañeros, las voy a leer—.

Las primeras sesiones con él consistieron en eso. Llegaba, se presentaba y comenzaba a leer durante horas. Incluso daba sus comentarios personales sobre las cartas. —Vaya, tus amigos te harán una fiesta de bienvenida. Que envidia te tengo —. Durante el tercer día, al terminar la sesión y justo después de que el Doctor Carlos se despidiera de mí, como era lo habitual, le dije —Adiós Carlos —.

Todo fue progreso a partir de ahí. Le conté sobre los hombres, sobre el cadáver, sobre la marca en la frente. Incluso la dibujé para él. Nadie que supiera acerca de lo que le contaba a Carlos creía una pizca de lo que decía y todo era atribuido a una enfermedad mental no diagnosticada.

Estuvieron a punto de medicarme hasta que alguien encontró el cadáver, exactamente con las mismas características con las que lo describí y cerca de donde vi que sucedió todo. Fue encontrado por unos niños que querían hacer un túnel subterráneo en la arena. El cuerpo presentaba mordidas esparcidas por todos lados, a excepción de la cara, le faltaban todos los órganos, desde los riñones, hasta el corazón y por supuesto, el cerebro y los ojos.

Ahora, no solo me interrogaba Carlos, también la policía. Pasé de ser un enfermo mental delirante a un testigo importante, de pasar horas encerrado en una habitación estéril a pasar horas ayudando a hacer retratos hablados de los hombres, incluso fui a reconocer el cuerpo del chico. Hacer esto, lejos de perjudicarme más; me ayudó. Ahora todos me creían, me entendían, hasta me admiraban. Me sentia protegido, pues la policía me consideraba una pieza importante para dar con una presunta secta u organización caníbal.

Volvi al trabajo luego de dos meses. Mis jefes “entendieron” la situación, creo que en el fondo se sentían culpables de no haberme creído, pues de haberlo hecho hubieran llevado el tema de forma más discreta, evitando muchos problemas. Ahora tenían mucho trabajo tratando de convencer a los clientes de que no cancelaran sus reservaciones luego de que se descubriera el cadáver y corriera el rumor de la secta asesina. Me dejaron volver con la condición de que no mencionara este tema delante de los huéspedes del hotel.

Yo ya no tenía el mismo trabajo que antes; me transfirieron como guardia de seguridad dentro del hotel. Lo único que hacía todo el día, era caminar por ahí y dar indicaciones a los pocos huéspedes que quedaban. ¿Era más agradable? sí, aquí hay aire acondicionado, ¿Era más aburrido? Sí, como telenovela turca barata. Básicamente solo existía y me paseaba por todos lados. Lo que me convertía en un foco de atención para mis compañeros y para toda persona que supiera acerca del incidente. Me miraban de reojo o directamente me pedían detalles explícitos y por mi parte no había mucho que contar, solo repetía la misma historia.

Estaba descubriendo una nueva normalidad, adaptándome a una nueva rutina, procesando cada día mejor lo que ocurrió, cuando por el rabillo del ojo me pareció ver al vikingo. Volteé la vista bruscamente, pero no, lo había confundido con alguien parecido. Durante los siguientes días confieso que estuve alerta, no dejaba de ver rostros parecidos a los de los hombres de esa noche, pero en el momento en que miraba con más detenimiento me encontraba con personas completamente diferentes. De reojo veia cuerpos bañados en sangre, sujetando tripas y al voltear la escena era de los más típica.

Durante mi descanso llamé a Carlos:

—Oye, creo que estoy imaginando a los hombres de esa noche — le dije, escondiéndome de cualquiera que pudiera escucharme. No podía permitirme perder mi trabajo ahora, el hospital fue caro y mi familia tenía deudas fuertes por mi culpa.

—Julián, estás trabajando muy cerca del lugar donde pasó todo. Es normal que después de un evento traumático como ese la mente busque hasta las más sutiles similitudes. Es un mecanismo de defensa para mantenerte lejos del peligro y tenerte a salvo. Sé que no puedes permitírtelo, pero considera cambiar de empleo eventualmente o esto seguirá pasando —

—Entiendo. Tengo que irme, mi descanso se está terminando —

—Cuídate Julián —

Luego de hablar con Carlos y de ser consciente de lo que en realidad pasaba, me tranquilicé. Todo lo que tenía que hacer para arreglar ese problema era fijarme bien. Siempre que se me presentaba una situación como esa, respiraba, me ponía los lentes y al final resultaba que siempre estaba equivocado. —De todas maneras, la policía tiene los rostros de los culpables y ademas mi identidad como testigo fue protegida. Ellos no saben que fui yo, así que, no tengo nada de qué preocuparme — pensé.

Todo estuvo en orden hasta que comencé a “perder tiempo”. Para explicarme debo decir que mis turnos son de ocho horas, seis días a la semana. Recién podía estar empezando el turno, trabajar un rato, una o tres horas y luego escuchar a mi jefe decir que ya podía irme a casa. Era más que “perder el tiempo”, era que me lo estaban robando. Hablé con Carlos al respecto, quien me dijo que posiblemente era producto de que me estaba disociando y me presionó aún más para buscar otro trabajo.

Podria estar comiendo en mi descanso y luego de un momento a otro estar acostado en mi cama. Lo más curioso de todo esto, es que nadie más que yo lo notaba. No había quejas, no había problemas, todas mis entradas y salidas del trabajo estaban marcadas, mis tareas hechas, lo único que faltaba eran los recuerdos de lo que pasaba durante esas horas. Traté de ignorarlo, pero la gente me hablaba sobre cosas de las que no tenía recuerdos. Estaba cansado y me sentía enfermo, como si mis horas de sueño nunca fuesen suficientes.

Mi límite llegó cuando un día me fui a dormir como de costumbre y reaccioné a mitad de mi turno, pero dos días después. Había perdido dos días completos de mi vida, dos días de los que no se nada, en los que al parecer estuve en modo automático. En ese momento recibí un mensaje de Carlos:

—¿Crees que nuestras sesiones estén sirviendo?, te ves más tranquilo —. ¿Qué sesiones? No tenemos sesiones desde que salí del hospital.

—Carlos, tengo que contarte algo — alcancé a escribir antes de que todo se volviera oscuro.

Lo siguiente que vi fue un resplandor azul brillar delante de mis ojos. era la linterna antigua, sujetada por el vikingo, quien acercaba su cara a mí para inspeccionarme. —¡No debo moverme! —, me decía a gritos un instinto de preservación oculto, que se hacía presente. Estaba desnudo, sentía el aire húmedo de la playa chocar con mi cuerpo.

El vikingo pasó al siguiente hombre, este tenía los ojos cerrados. Le puso la linterna justo delante de su rostro, este abrió los ojos y pude intuir que tuvo el mismo pensamiento que yo al despertar. El vikingo hizo esto con todos los miembros del círculo, en total éramos dieciséis hombres, formados hombro con hombro, sin ropa y al centro un cuerpo boca abajo.

El vikingo colocó la linterna sobre la espalda del cuerpo, levantó sus manos al cielo e inició a hablar en lenguas. No entendía nada, solo estaba ahí, en pausa, aunque quisiera moverme no podía. No sé en qué momento perdí el control de mi cuerpo, me sentí como si ahora solo fuera un espectador encerrado dentro de mí mismo. Solo me dividía entre prestar atención al vikingo, la luz de la linterna, y al cadáver. Mis ojos rebotaban rápidamente alrededor de la escena. Al terminar de hablar el vikingo se agachó hacia el cadáver y mordió la parte posterior de la cabeza del cuerpo. Sus dientes hacían tronar el cráneo con una facilidad sobre humana. Fue ahí cuando entendi que él no era humano y lo confirmé aún más cuando vi la nuca del vikingo: él estaba hueco. Tenía un agujero enorme en su nuca y la luz de la linternas me dejaba ver que era solo un cascaron con oscuridad dentro.

Ahora solo podía ver lo que veían unos ojos que ya no eran controlados por mí, yo miraba directamente a la escena de canibalismo. Solo miraba mientras ocurría lo mismo que aquel día. Algunos comían los sesos del cadáver y yo celebraba junto con ellos, celebraba y gritaba de emocion, pero por dentro solo quería llorar. Mi cuerpo ya no era mío, yo era un pasajero.

El vikingo tomó el cadáver del cabello y entonces le vi la cara; era Carlos. Se veía sereno, tranquilo. Mi corazón latió más rapido en cuanto vi sus ojos cafés ser arrancados por el vikingo. Aunque no quisiera, salté por ellos, pelee por ellos, y sentí un sabor salado cuando pude morder uno de ellos, la textura gelatinosa, la sensación de resbalarse por mi garganta. Creí que me darían arcadas, pero lejos de lo que pense, pude tolerarlo. Luego comí más que solo un ojo. Con cada mordida toleraba más el sabor y las texturas. Yo gritaba por dentro, quería correr, quería llorar. Incluso pensé en el suicidio: en dejarme devorar por los hombres y morir junto con Carlos. Pero este cuerpo no obedece, está completamente controlado por alguien más. Algo que usaba mi cuerpo para servir, para obedecer y con cada mordida me volvía parte de ello.

Muerdo la carne de sus brazos y le arranco dedos con tanta fuerza que mis mandíbulas queman por el esfuerzo, pero no puedo parar. La boca me sabe a sangre, huelo sangre y vísceras. Aun esta tibio, su sangre se siente caliente y puede verse el vapor emanar de su cuerpo tras abrir su abdomen a la mitad. Alguien escarba dentro del él metiendo su mano por la herida y logra arrancar su corazón: no late, pero si vibra, se agita en la mano del tipo mientras este se lo lleva a la boca, para darle una mordida que lo deja finalmente quieto.

—Dios mío. Carlos está consciente— grité por dentro. —Lo siento tanto— pensé, mientras arrancaba uno de sus brazos.

Carlos, poco a poco se volvía un manojo de carne y huesos rotos. Recuerdo que entre todos, tomamos ambos brazos, los dejamos sin carne y piel, luego atravesamos los huesos restantes a base de fuerza bruta en las cuencas donde una vez estuvieron sus ojos.

—Me comí a Carlos —, ese es el pensamiento que me levanta todas las mañanas. Fue declarado como desaparecido hace un año. Aun no encuentran su cuerpo.

Ya ha pasado más de unas siete veces. Cada vez entiendo un poco más sobre lo que pasa o al menos intento entender. Esto es un ritual de alimentación para el vikingo, nos usa como medio de predigestión de los cuerpos. Lo sé ya que al terminar con un cadáver, vomitamos el contenido directamente en su boca, como lo haría una mamá pájaro con su cría. A veces comemos miembros del círculo, a veces personas que nos descubren a mitad del ritual, a veces personas que no tienen nada que ver. Estoy obligado a participar en el ritual, usa mi cuerpo sin mi permiso para hacerlo y no puedo oponerme.

No tengo ni la menor idea de lo que es el vikingo, con todo lo que he visto bien podria ser un demonio, un extraterrestre o algo que aún no tiene categoría en el vocabulario humano. De él solo sé que necesita comida cada cierto tiempo, que habla un idioma extraño, desconocido, muy diferente a todos los que haya escuchado hablar. Que a veces el símbolo de su frente cambia, pero, así como con su extraño idioma, no hay nada parecido en internet, no hay explicación. El solo se alimenta de nosotros, se prepara para algo que solo él sabe. ¿Por qué tiene forma humana?, no lo sé, tal vez si fue humano, tal vez es solo un disfraz que oculta su verdadera forma, tal vez es un Dios oscuro que nos cultiva o nos cría como ganado para alimentarse de nosotros.

He intentado contarle a alguien, pero cada que tan siquiera lo pienso o planeo hacerlo, vuelven a robarme horas de mi vida, a veces semanas. Está en mi cabeza, está en mi cuerpo y tiene poder sobre él. Estoy esclavizado a fingir normalidad, trabajar y volver a casa. No sé si haya una forma de salir de esto. Solo sé que soy una pieza de su ritual que eventualmente se va a comer.