El Juicio de Sombraluz
El cielo sobre el Valle de Ruën se partió en dos.
Rayos negros cruzaban el firmamento como garras divinas. Las montañas temblaban. El aire olía a sangre y a magia quemada. Desde su trono de ruinas en la ciudad flotante de Sombraluz, Iván, el sabio hechicero, miraba el horizonte con paciencia antigua.
Sus ojos, tan dorados que dolía mirarlos, reflejaban la comprensión absoluta del dolor.
—Vendrán hoy. El Alba se alzará… y caerá —susurró.
Detrás de él, un anillo de guardianes arcanos flotaba sin rostro, convocados de los pozos del Tiempo Perdido.
En las llanuras de cristal púrpura, Valery cabalgaba una criatura de fuego sólido. Su cabello muy negro ondeaba como estandarte de tormenta.
—Él no nos matará por placer. Lo hará por propósito —dijo.
A su lado, Damari, con su hacha de obsidiana, la miró con un gruñido.
—Entonces cambiemos el propósito.
Daniela, el hongo parlanchín, saltó al hombro de Valery.
—¡Me encanta morir por causas épicas! Pero luego... ¿no se supone que tengo que seguir vivo para contar el cuento?
Harlan, al final de la columna, se mantuvo en silencio, pero su báculo ardía con símbolos estelares. El clan Renacer del Alba marchaba hacia el fin.
En la entrada de Sombraluz, fueron recibidos por un ejército de espejos flotantes que reflejaban sus peores versiones: versiones corruptas, crueles, derrotadas. Valery rompió el primero con una ráfaga de luz oscura. Damari lanzó un grito de guerra. Harlan invocó una tormenta que rugió con nombres de antiguos dioses. Daniela escupió esporas explosivas mientras reía.
Pero la ciudad estaba viva. Columnas que gritaban, calles que se plegaban sobre sí mismas, puentes que destilaban olvido. Solo un loco —o un sabio— podría haber diseñado aquel lugar.
Y en el corazón, lo esperaban.
Iván, de pie sobre una plataforma hecha de historia cristalizada, los miró como si fueran hijos errantes.
—Son fuertes —dijo—. Más de lo que esperaba.
Valery alzó su vara, el rostro endurecido.
—¿Por qué destruir los clanes?
Iván no sonrió. Solo respondió.
—Porque el mundo no necesita esperanza ciega. Necesita orden. No el orden del tirano, sino el de la verdad sin adornos. Los clanes viven en negación de la realidad. Yo solo desenmascaro la mentira.
—¡No tienes derecho! —gritó Harlan, desatando una ola de fuego estelar.
Iván movió un dedo.
Todo se detuvo.
El tiempo se rompió. Los hechizos colapsaron sobre sí mismos. Valery sintió que su alma era deshilada por conocimiento que su mente no podía procesar. Daniela se volvió muda. Damari, por primera vez en su vida, cayó de rodillas.
Iván caminó entre ellos como un maestro entre niños caídos.
—No los odio. De hecho, los admiro. Pero la grandeza sin entendimiento es solo destrucción disfrazada.
Colocó una mano sobre la frente de Valery. Ella vio mil futuros y ninguno con victoria.
—Aún no están listos.
Los símbolos en su piel brillaron, y una luz los envolvió a todos. Cuando despertaron, estaban fuera de Sombraluz, al pie de una montaña desconocida. Rotos, heridos… pero vivos.
Daniela fue la primera en hablar.
—¿Nos dejó vivir? ¿Iván?
Valery respiró con dificultad. El viento jugaba con su cabello oscuro, que ya no parecía tan salvaje.
—No fue clemencia —dijo—. Fue una lección.
Harlan asintió con pesar.
—Y solo tenemos una oportunidad más antes de que el mundo lo llame… dios.
Muy lejos, en lo alto de Sombraluz, Iván contemplaba el vacío.
—Ojalá bastara con ser sabio —dijo al viento—. Pero ni siquiera yo puedo salvar a quien no desea entender.