Capítulo 1: Una promesa rota
El sudor que ardía sobre su piel, era testigo del esfuerzo y del miedo que lo impulsaban a seguir adelante. Tenía que llegar al ala este del monasterio, encontrar al padre Jacob y escapar antes de que todo se convirtiera en cenizas.
Su ojo derecho ardía por la sangre que se filtraba desde la herida en su cabeza, pero no importaba; debía seguir. Su túnica, antes blanca, estaba cubierta de tierra y sangre —propia y ajena— y se rasgaba a la altura del cuello.
En su mano derecha se aferraba una daga. Aún sentía el hormigueo en la yema de sus dedos y el asco que le subía por el estómago al recordar la resistencia de carne y hueso cuando la extrajo del pecho de un sacerdote. Creyó que podría usarla para defenderse, para proteger al padre Jacob de ser necesario. Pensó que todo estaría bien. Se equivocó.
Eran pasadas la una de la madrugada cuando escuchó el primer estruendo. Las explosiones se extendieron con rapidez, y columnas de humo envolvieron el monasterio. Todo fue tan rápido que no alcanzó a reaccionar. Un pequeño derrumbe cortó su camino y cuando despertó, por su cráneo surcaba una herida sangrante, que tiñó su cabello blanco con el color de la desgracia.
Se levantó como pudo; le temblaban las piernas. A cada paso, comenzaba a verlos, los cuerpos de los monjes y sacerdotes con quienes había compartido, para bien o para mal, los últimos doce años de su vida.
El olor a carne quemada le invadió la nariz, arrancándole arcadas secas hasta que un hilo amargo de bilis le llegó a la garganta. Al comprender lo que estaba sucediendo, sus ojos se llenaron de lágrimas y solo pudo pensar en buscar a la única persona que le importaba en el mundo.
Logró escabullirse sin ser visto por los invasores y salió del edificio.
Apenas habían pasado dos días desde su celo, y aún sentía los estragos en su piel y en su mente. No estaba en su habitación de siempre. Le tomaría al menos quince minutos llegar desde las celdas hasta los aposentos de su cuidador. Debía esquivar la mirada de todos, pero su determinación lo guio sin titubeos y allanó el camino hasta llevarlo a su destino.
Al entrar al ala este, ignoró el olor a sangre que impregnaba todo el edificio; decidió creer que el padre Jacob estaría bien, que ambos saldrían de allí.
Desde hacía unos años, el sacerdote había sido degradado, y su habitación se encontraba ahora en una zona retirada, donde los monjes solían pasar sus periodos de silencio y meditación.
Recordaba a Jacob quejarse de que su compañero de cuarto ni siquiera respondía a sus saludos por las mañanas o sus peticiones para rezar juntos. Sabía que se llamaba Ezequiel solo porque lo había leído en una de sus pertenencias.
«Qué difícil debió haber sido para ti, Padre, siempre has sido de hablar demasiado.»
Por un instante, ese pensamiento le devolvió la fuerza para seguir buscándolo.
Subió las escaleras de la torre con el corazón desbocado, como si su vida dependiera de cada paso. La madera crujía bajo sus pies, y la ansiedad nubló su juicio, arrancando el sigilo que había mantenido hasta entonces.
Las antorchas iluminaban sus pasos; las paredes de piedra gris parecían cerrarse a su alrededor mientras avanzaba. El fuego no había alcanzado esa parte del monasterio, pero el olor ferroso del aire le decía que tampoco había escapado del ataque. Aun así, decidió creer en el sacerdote, en que estaría bien.
Solo había un camino desde las celdas hasta el ala este, y aunque avanzó entre las sombras, no se cruzó con Jacob en todo el trayecto. Su rostro no estaba entre la pila de cuerpos que tuvo que esquivar, ni era el dueño del cadáver del que había retirado la daga que ahora apretaba en su mano. Jacob estaría bien. Lo sabía. Nunca lo abandonaría. Si no lo había encontrado antes, entonces lo hallaría en sus aposentos, escondido tal vez.
Se paró frente a la puerta, gastada y tosca; las bisagras estaban oxidadas, pero no mostraba señales de lucha. Respiró hondo, en un intento de recuperar el aire, una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios y sus ojos se volvieron a llenar de ilusión.
El chirrido de la puerta sonó más largo y agudo de lo habitual, un preludio funesto de la realidad que lo aguardaba al otro lado.
Avanzó a toda prisa, sin notar el cuerpo que yacía a pocos pasos de la entrada. Tropezó y cayó sobre él, encontrándose de frente con los ojos sin vida de Ezequiel. Tenía la garganta abierta de par en par, y el charco de sangre bajo el cuerpo le empapó aún más la túnica. El miedo y el horror le arrancaron un grito.
Se arrastró hacia atrás, apoyado en manos y talones. Buscó a tientas la daga que había soltado al caer y la encontró al pie de una de las camas... la de Jacob.
Desde el suelo, levantó la mirada, y su mundo empezó a desmoronarse.
Las sábanas estaban empapadas de sangre. Debajo de ellas, un cuerpo grande y robusto yacía plácido en su quietud. Una mano se asomaba, colgaba desde el colchón, por sus dedos se escurría un hilo de sangre que, al caer al suelo, se unía con el charco del otro cuerpo.
Vio el recorrido de aquel líquido, podría incluso jurar que lo escuchaba cuando caía al suelo. Y en cada gota se escurría un fragmento de su alma y su cordura.
«Arrebataron su vida mientras dormía.»
—No... no, no... —balbuceó, y como pudo, logró ponerse de pie. Todo su cuerpo temblaba. Un nuevo grito de dolor le desgarró la garganta. Su llanto ardía y le quemaba las mejillas con fuerza. Había quedado solo...
—¡Dijiste que nunca me abandonarías! Que no importaba dónde, iríamos juntos—Levantó la mirada hacia las sábanas ensangrentadas —. ¡Lo prometiste, padre! ¡Que no te irías sin mí! Así que... déjame seguirte.
Lloró mientras se apretaba el abdomen y se encorvaba, como si hacerse pequeño pudiera restarle peso al dolor que lo quebraba desde adentro. Sabía cuál sería su destino; el olor de alfa lo invadía todo. Aquellos bárbaros lo encontrarían, y por su condición, entendía que no tendría la fortuna de una muerte rápida. Tomarían cada parte de su cuerpo y de su alma. Y cuando ya no les sirviera, lo venderían al siguiente dueño. Ese sería el bucle de agonía que regiría su vida de ahora en más.
Pero no estaba dispuesto a permitirlo.
Miró a su alrededor; las paredes parecían reírse de su agonía. Dos camas, dos escritorios, estanterías llenas de libros. Su mirada se detuvo en un pequeño cuaderno de hojas gastadas, cubierto con una carátula de cuero marrón y una cinta que lo abrazaba. Lo tomó con cuidado, pero la sangre de sus manos manchó el cuero.
Lo abrió y un nuevo golpe de dolor le sacudió los huesos.
Cada dibujo que había hecho, sus lecciones de escritura, sus cartas y tarjetas infantiles, todo estaba allí. El padre Jacob lo había recopilado en un pequeño cuaderno. Al pasar las páginas, cada hoja se humedecía con lágrimas. El último dibujo mostraba la noche final en la capilla de la aldea donde vivieron juntos durante ocho años, antes de que los hombres de la iglesia los llevaran, casi a rastras, al monasterio con la estúpida promesa de un futuro mejor. Ya no vivían días pacíficos ni felices. Pero estaban juntos.
Jacob siempre lo protegía, lo consentía, mantenía viva la memoria de sus madres. Lo amaba. Cuando su manifestación llegó, justo después de cumplir dieciocho, su vida dio un giro doloroso. Pero no importaba, porque Jacob estaba con él. Lo cuidaba después de cada proceso de purificación, curaba sus heridas, rezaba con él y le prometía días más bonitos.
Pero ahora, esos días nunca llegarían.
Tomó el cuaderno y lo acunó contra su pecho mientras las lágrimas volvían a caer. En su corazón, la decisión de seguir a Jacob estaba tomada.
Bajo esas sábanas se encontraba lo único que lo había sostenido durante años. Quería verlo una vez más. Quería creer que sus ojos no se habían congelado en un gesto agónico, sino que su rostro aún guardaba la misma paz de siempre, como cuando dormían acurrucados por el frío en la capilla. Lo vería, se acostaría a su lado, pondría el cuaderno sobre su amplio pecho y se enfrentaría al filo de la daga. Tal vez no fuera la paz que había imaginado, pero era lo mejor que podía esperar. Rezaría para que Dios perdonara su pecado y le permitiera caminar junto a Jacob por la gran senda.
Con pasos pesados, pero decididos, se acercó a la cama. Extendió su mano derecha —que aún sostenía la daga— para levantar la sábana. Todo su cuerpo temblaba sin parar; ni siquiera sus labios escapaban al movimiento. Sintió en los dedos el algodón blanco humedecido y el miedo lo inundó, tardó unos segundos en reunir el valor necesario y ,cuando la osadía por fin llegó a sus manos, el golpe de la puerta contra la pared lo obligó a detenerse.
—¡Hay alguien! —gritó al pasillo un hombre de gran estatura, con el rostro maquillado con líneas negras y tatuajes cubriendo sus brazos y pecho. Su cara no solo estaba pintada, sino también manchada de hollín y sangre.
Tal vez... sangre de Jacob.
—¡Gracias a los dioses! — dijo el hombre con alivio y una diminuta sonrisa se formó en sus labios — Pensamos que habíamos llegado tarde. Dime, ¿Dónde están los demás chicos? ¿Cómo escapaste? ¿Podrías llevarme a...
No pudo terminar la frase, pues la punta de una daga le atravesó con furia el pecho.
El aire se le escapó en un gruñido y el dolor le nubló la vista por un instante. Como pudo, apartó a su agresor con un empujón y sintió el metal salir de su cuerpo, dejando tras de sí un ardor abrasador. Con impulso, lanzó al chico al otro lado de la habitación. Entonces notó el collar que lo identificaba como parte de la iglesia.
Se sintió estúpido por haber bajado la guardia ante aquel omega.
—Hijo de tu puta madre, ¡agh! ¡Cómo duele! — quejó mientras presionaba la herida.
El chico, pequeño y delgado, se incorporó con dificultad por el dolor punzante en su costado. Ya conocía la sensación, estaba seguro de que, como mínimo, una costilla se había fracturado. Pero no le importaba. La rabia inyectaba sangre en sus ojos. Sabía que iba a morir y lo deseaba, aunque más aún anhelaba calmar el dolor de su alma. Por primera vez en su vida conoció la ira, y lo invadió una necesidad feroz de venganza.
Le habían quitado todo, incluso la posibilidad de irse de este mundo en los brazos del padre Jacob... de su padre.
Ahora solo quería que alguien —quien sea— pagara por eso.
Las tiras de sus sandalias debieron romperse al subir las escaleras. Solo se dio cuenta cuando vio sus pies empapados en el líquido carmesí que cubría el suelo. Pese al riesgo de resbalar, arremetió de nuevo contra el alfa, en un intento absurdo por derribarlo. Pero su esfuerzo fue en vano. El guerrero, una vez más, lo lanzó hacia un lado con más fuerza de la necesaria.
—¡Pedazo de mierda! ¿De verdad creíste que podrías tumbarme, siendo solo un saco de huesos? Tú atacaste primero, no lo olvides —dijo el alfa mientras se acercaba nuevamente.
El omega intentó levantarse, pero resbaló en el suelo ensangrentado y volvió a caer sobre su costado herido. Soltó un gemido y, con esfuerzo, logró incorporarse, pero cuando alzó la vista, se encontró de frente las botas del alfa. No tuvo tiempo de reaccionar, una mano apretó con fuerza su cuello levantándolo del piso.
El aire se volvía escaso y pesado en sus pulmones. Sus ojos no tardaron en llenarse de lágrimas que se mezclaban con la sangre seca de sus mejillas. Fue cuando entendió que no podría ganar, que nunca tuvo posibilidad; su cuerpo roto jamás le respondería. Tal vez era mejor así. Tal vez la piedad divina recaía en una muerte rápida, en seguir a Jacob, por fin. Una pequeña sonrisa empezaba a dibujarse en sus labios, hasta que se quebró con el estallido de dolor de su espalda chocando contra la pared.
Sus pies goteaban sangre ajena, pendía del aire, y sus piernas se mecían entre espasmos. Alzó la mirada y, con los labios temblando ante el llanto, extendió un brazo hacia la cama de Jacob, como un último intento de sentirlo cerca, de alcanzar su consuelo. Su vista comenzó a nublarse y, cuando decidió abrazar su propia muerte, la puerta se azotó de nuevo con violencia.
—¡Ketill! ¡¿PERO QUÉ MIERDA HACES?! —rugió otro alfa, aún más grande e imponente, al entrar en la habitación y adueñarse de la situación al instante.
—¡Que no te engañe, Leif! Este hijo de puta intentó matarme. Unos centímetros más a la izquierda y me atraviesa el corazón. Además, ¡mira su collar! Es uno de ellos —gruñó, apretando aún más su agarre sobre el cuello del chico.
Los ojos del recién llegado se posaron en el omega, no entendía la reacción de Ketill, mas no podía juzgarlo. Sin embargo, cuando enfocó bien su mirada en el cuerpo del chico, dijo:
—Detente.
—Pero...
—Es una orden.
El sonido del cuerpo al caer al suelo fue lo único que se escuchó y el silencio reinó durante unos segundos.
—Si... perdone mi insolencia, Jarl*— Una mirada cínica se apoderó del rostro de Ketill hacia su amigo.
La tensión se rompió cuando el chico empezó a toser, intentando conseguir algo de aire, aunque eso significara más dolor en su costado.
Leif se acercó y, al agacharse para ponerse a su altura, sintió el frío del metal contra su cuello. No supo en qué momento el omega había recuperado la daga, pero la punta ya rozaba su piel. El temblor en las manos terminó por hundir un poco el filo en la carne. Una gota de sangre se deslizó lentamente por la garganta del alfa. Aun así, en medio de la amenaza, los ojos de Leif se encontraron con los del chico, colgándose de ellos.
Un iris mostraba su fuerza; el otro, su vulnerabilidad. Nunca había visto nada igual, nada que lo hipnotizara de ese modo ni lo hiciera prisionero. A tan solo unos centímetros, su vida podía terminar. Sin embargo, una fuerza extraña le hacía desear extender la mano, apartar los rizos blancos —ahora teñidos de carmesí— del rostro del chico, acunarle el rostro y barrer las lágrimas con sus propios dedos.
Aquel momento se cortó de golpe cuando la bota de Ketill aterrizó con violencia en el rostro del omega, haciéndole soltar la daga al instante.
—Te lo dije...
Leif no podía creerlo. Había estado a nada de morir, pero no pudo reaccionar. Al contrario, un montón de estupideces cruzaron su cabeza en cuestión de segundos.
Ese chico era muy peligroso. Demasiado, tal vez.
—Inmovilízalo, cubre su boca y cuando salgamos aquí, cubre también su rostro— ordenó Leif mientras se agachaba para recoger algo del suelo, dándole la espalda a la escena.
«No, no, por favor, no.»
Por más que lo intentó, los pensamientos del omega se ahogaron y nunca alcanzaron a ser palabras. Sintió su rostro apresado contra el suelo frío, las manos inmovilizadas detrás de la espalda. No fue consciente de su situación hasta que el hombre llamado Ketill lo cargó sobre el hombro, como si su vida valiera menos que la de un insecto. Cuando comenzó a caminar, sintió que la distancia impuesta entre él y el cuerpo de Jacob le devoraba el alma.
Empezó a patalear, pero todo fue en vano. Sus gritos desesperados se ahogaban contra la mordaza que cubría su boca. Quería ahogarse en sus propias lágrimas, morir con ellas. No quería dejarlo. Jacob estaría solo, tendría frío... tenían que irse juntos
Pero no fue así.
Su corazón terminó de quebrarse al escuchar, a lo lejos, una voz de mando. Una voz que había conocido apenas unos minutos atrás, pero que ya estaba tatuada en su mente.
—No están aquí. ¡Quémenlo todo!
—¡Sí, Jarl! —respondieron en coro.
«¡¡¡No, no, no!!!»
Lo último que vieron sus ojos fue el edificio arder, con el cuerpo de Jacob dentro. Sintió que él también debía estar ahí. De pronto, su rostro fue cubierto con un saco negro y, al igual que su visión, su conciencia se desvaneció por completo.
Leif vio a su amigo avanzar hacia él con aquel chico sobre los hombros.
Su rostro reflejaba la zozobra de su alma y la desesperanza se le escapaba por los ojos. Antes de que pudiera acercarse más, lo alcanzó él primero.
—Lo encontraremos, hermano —dijo Leif, posando una mano Ketill y apretando su hombro.
Ketill solo asintió, no quería darle rienda a los pensamientos que cruzaban su cabeza, al miedo que lo devoraba desde adentro. Hizo su mejor esfuerzo para empujar lejos el caos de su mente, y con amargura preguntó:
—¿Interrogatorio o ejecución?
—Súbelo a mi caballo. Cambia sus ataduras hacia adelante y asegúralas bien a la silla, ya aprendí que es de manos rápidas —ordenó Leif
—¿Me estás jodiendo? Pensé que...
—El chico viene con nosotros.
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Hola! ¿Cómo están?
Primero que nada quisiera agradecerles por darle una oportunidad a mi historia. No tengo mucha experiencia, pero es algo que siempre quise hacer.Luego de perder el borrador de otra historia que había comenzado, y en medio del desánimo, surgió esta idea a la que poco a poco fui dándole forma.
Me gustaría muchísimo conocer sus opiniones, recomendaciones, así como sus votos y comentarios.
Les mando un besito pagano gigante y espero que me acompañen en este viaje.🖤
Jarl:El jarl era un rango nobiliario de importancia en la sociedad nórdica. En este universo los jarls gobernaban territorios específicos como gobernantes independientes de sus manadas o territorios mas grandes. Era un título en principio hereditario, pero que debía ser ganado a través de duelos entre los herederos de las familias con los mejores guerreros, quienes se debatían el poder.