Prólogo
—Lo sentimos, deberemos quitárselos.
—Y con eso..., ¿Se salvará?
—Esa es la idea.
“Esa es la idea”, estúpidos médicos, ¡¿Van a salvarme si o no?!, salí de ahí directamente hacía el auto, mamá venía tras de mí, entre llantos sin ningún intercambio de palabras llegamos a casa, escondiéndonos en nuestro propio ambiente.
Tratando de olvidar lo ocurrido.
Pero, aún así, para mamá, todo era posible, ¿verdad?, todo lo que quería lo conseguía, todo lo que pedía lo daba..., ¿Puede darme más cariño?
No, está demasiado ocupada para eso, lo sé, lo entiendo.
Cambié mi ropa por una más..., masculina, una sudadera ancha junto a unos short cortos y un gorro para cubrir mi cabeza, extrañaba mi cabello, había olvidado como era su forma, o tan solo su color.
—Saldré al parque, me llevaré la moto.
—Si, dejaré la cena lista —asentí levemente para salir de ahí, no era precisamente invierno, pero el otoño había sido algo frío a comparación de otros años.
Pequeñas luces empezaban hacerse presencia, cada vez la ciudad iba alumbrándose levemente.
El parque..., de cierta manera lo odiaba, siempre había parejas recorriendo los lugares, mujeres bonitas exponiendo lo suave y tersa que puede ser su piel.
Pero, yo no podía, había olvidado la forma que podía llegar a tener mi cuerpo.
Solía ser llamativa por la forma de reloj de arena que adopté, pero con esta enfermedad..., todo se fue al carajo, mi cabellera se fue, mi cejas se hicieron más delgadas, mi piel se hizo más pálida, mi cuerpo dejó de tener era figura.
Caminé sin rumbo, apoyándome levemente por el barandal, ignorando a mi alrededor.
Hasta que sentí un golpe en mi pecho, algo que me hizo retorcer sin duda alguna, tenía mucho cuidado en esa zona, y justo ahora..., dolía como el infierno, traté de recomponerme rápidamente e irme de aquí.
—Lo siento mucho señorita.
—Lo sentimos señorita.
Miré levemente a los dos chicos frente a mí, uno más preocupado que otro, asentí levemente para ponerme de pie, ignorando las pulsadas de dolor que sentía.
—Esta bien, fue un accidente.
—Yo..., de verdad lo siento.
—No hay problema, con permiso —agaché un poco mi cabeza para retirarme de ahí.
En todo el camino a casa..., la palabra “señorita”, no dejaba de resonar en mi cabeza, no lo entendía, ellos solo fueron corteses, nada más.
Pero, las cosas no terminaban ahí, aquel pequeño golpe, me había llevado a urgencias, y la cirugía para remover el tumor de mis pechos, se adelantó más de lo considerados.
Sólo debíamos esperar, había que tener mucha esperanza para que esto haya desaparecido.
—Pediré que te traigan nuevas cosas.
—Mamá..., no necesito nada, ya veremos que hacer después.
Sonreí levemente para dejarme caer por la oscuridad un poco más.
Oscuridad..., aquella oscuridad había sido iluminadas por dos pares de orbes lilas, las palabras de esos chicos, habían sonado mucho en mi cabeza últimamente y era agradable, sus caras me sonaban de algo.
La recuperación fue un éxito, aún no tenía cabello, pero ya empezaban aparecer, y a tomar forma, una vaga idea de lo que me haría surgió, quería ser alguien, una nueva yo.
—Iré al parque, no me esperes despierta.
—Si, con cuidado.
Besé su cabeza antes de irme, el lugar no había cambiado casi nada, sólo que ahora era cubierto de nieve, pronto se acabará el invierno, y estaba feliz por ello.
Y una vez más..., esperé durante casi todo el día, ver a esos chicos, pero, no aparecieron.
Tomé mi motocicleta para vagar un poco por algunos lugares, nada nuevo, nada raro, nada extraño.
Hasta que vi a uno de ellos, pero, era obvio, ni siquiera sé porque me llené de ilusiones de que me verían como una mujer teniendo a una tan bonita junto a ellos.
Ignoré eso y seguí con mi camino a pesar de que en algún punto llamé su atención y que posiblemente su hermano también esté ahí.
Señorita...
Que palabra más complicada para alguien que la habían visto, tratado y llamado como un hombre. Nunca fui Haruka, solo Haru, el diminutivo de mi nombre, vista como alguien raro que usaba uniforme femenino y viéndose como un hombre.
Caminé por uno de los puertos, mientras bebía algo de café, generalmente aquí solía venir siempre que ocurría algo en la escuela, razón por la cual terminé en un hospital siendo conectada a muchos cables y teniendo un cambio radical.
Hasta que nos mudamos a Roppongi, para mamá no era difícil vivir aquí, a comparación de mí que fue más complejo acostumbrarme a los estándares de las chicas que vivían aquí, pero, eso no importaba, si tenías dinero daba igual si eras un extraterrestre o te faltaba un pierna, belleza y dinero, una de las dos, era más que suficiente para sobrevivir en este lugar.
Y dinero, era lo que se nos había estado acabando hasta que mamá consiguió más y volvimos a tener la estima de las personas, de lo contrario, hace mucho que hubiera muerto. O quien sabe, nos hubiéramos mudado de nuevo.
Seguía recibiendo algunas miradas extrañas, pero, no estaba mal, o eso quiero creer, me puse algo de maquillaje para verme algo distinta, más diferente.
La hora de volver se acercaba, y dejé de vagar entre sueños, recuerdos e ilusiones.
Cayendo a la realidad.
Una vez lista para partir, un ruido sordo se escuchó muy cerca de mí.
—¡Hey señorita!
Y mi mundo volvía a revolverse, aquellos orbes lilas que miré por primera vez, estaban aquí, pero, lo ignoré.
No era la única “señorita” presente, hice algo de ruido para irme, no, a mi no me lo decían, había dejado de ser una señorita con este cuerpo maltrecho y nada femenino, sólo lo que tengo entre las piernas, mi rostro perfilado y mi voz me definen como una, más no puedo verme igual.
Apenas llegué a casa, una luz cegó mis retinas, seguido de un arremetimiento de una motocicleta y una persona agitada.
—Señorita...
—¿Uhm? ¿Me hablabas a mí?
—¡Por supuesto!
—No me veo como una señorita.
—Para mí si, soy Rindou Haitani.
—Haruka Rysato.
Sólo me sonrió alegre para volver a irse, debía imaginarlo, sólo quería confirmar algo, no era una señorita como tal, había dejado de serlo.
Podría ser considerada una chica Queer, y no me molestaba.
Creo que el problema soy yo y como me veo.