ENTRE POLVO Y PÓLVORA

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Summary

México, 2033. Una guerra civil desgarra un país fracturado desde hace un siglo, cuando promesas extranjeras dividieron al Norte del Sur. En el caos del país, ahora en ruinas, Donde un soldado lucha por sobrevivir entre balas, traiciones y un pueblo que olvidó sus raizes. Con el ERF y su armamento moderno enfrentándose a la UR y sus fusiles viejos, cada disparo resuena con la pérdida de un México que ya no existe. ¿Podrán encontrar sentido en un infierno donde la esperanza se ahoga en polvo y pólvora?

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo l - Volny

El Palacio Legislativo, con sus muros de cantera y sus suelos de madera de roble, se alzaba en un silencio inquietante, un eco lejano de su pasado glorioso bajo viejos ordenes. Ahora, tres años después del inicio de la guerra civil que desgarraba al país, no era más que un refugio precario contra el infierno desatado en las calles. Las botas del Capitán Ortiz crujían sobre los tablones astillados mientras avanzaba con paso firme, liderando a su escuadra Alpha a través de los corredores oscuros. Detrás de él, el Cabo Medina vigilaba al VIP, un hombre de rostro oculto bajo las sombras de la pobre iluminación, cuya respiración entrecortada delataba su miedo.

Ortiz giró la cabeza, sus ojos bajo las sombras. “Manténganse alerta,” ordenó, su voz resonando con la autoridad de quien había sobrevivido demasiadas batallas. “La extracción está cerca.” Medina ajustó el agarre de su rifle, su pulso acelerado pero controlado. El VIP era su responsabilidad, y no podía fallar.

Habían extraído al VIP de una sala en el corazón del palacio, y el plan parecía sólido. Pero al salir de la habitación, un disparo cortó el aire como un relámpago. Ortiz se desplomó, un charco rojo expandiéndose bajo su cuerpo inmóvil. La mancha carmesí crecía rápidamente, tiñendo la madera antigua.

Medina se quedó paralizado, sus ojos fijos en el cadáver de su capitán. El hombre que había liderado varias misión con precisión implacable ahora yacía en silencio, muerto por un error que le había recalcado varias veces atrás, asegura tus ángulos. El mundo se desdibujó por un instante, hasta que un grito lo arrancó de su trance.

“¡Muévete, cabrón!” rugió Osa, su compañero de escuadra, mientras disparos resonaban al final del pasillo. El tableteo de su AK-74 se mezclaba con el tintineo de los casquillos cayendo al suelo. “¡Muévete, ahora!”

“¡Ya voy, ya voy!” gritó Medina, sacudiéndose la conmoción. Pegó al VIP a su pecho y corrió, el fuego de supresión de Osa zumbando a su costado. Las balas enemigas astillaban las paredes, pero lograron refugiarse tras un pilar maltrecho. El VIP temblaba, su respiración ahogada contra el uniforme de Medina.

Osa, recargando su arma con manos rápidas, lo miró desde su posición. “¡Te toca!” gritó con una calma tensa, girándose en confianza absoluta de que Medina lo cubriría.

“¡Corre!” replicó Medina, su voz cargada de molestia mientras abría fuego. “¡Corre, corre!” Las ráfagas de su rifle iluminaron el pasillo, y Osa, un hombre corpulento que ahora parecía ligero como una mosca, cruzó el espacio a una velocidad imposible, esquivando las balas enemigas.

Estaban cubiertos, aunque el fuego enemigo no cesaba. Osa se protegió tras una pila de escombros, y Medina permaneció tras el pilar, su superficie picada por los impactos. “Base, aquí Alpha,” informó Medina por radio, su tono cortante. “Hemos asegurado al objetivo, pero estamos bajo ataque. Respondan.” La respuesta fue un zumbido de interferencia. “Extraigan al objetivo,” fue lo único que se escuchó antes de que la línea muriera.

Un soldado de Alpha, apostado en la vanguardia fuera de la zona de fuego, alzó la voz con anticipación. “¡Hay que extraer por donde vinimos! ¡Es la única vía!”

El equipo, ahora con un hombre menos, se movilizó hacia un pasillo extenso flanqueado por un ventanal enorme. Osa cubría la retaguardia, manteniendo a raya a los Federales con ráfagas precisas. Mientras avanzaban junto al VIP, disparos atravesaron el cristal desde el jardín exterior, un milagro que no los alcanzaran. Al llegar a una intersección, se encontraron con el resto de su escuadra, pero también con resistencia: una salida bien defendida y fogonazos enemigos desde una sala oscura.

“¡Base, Base! Medina por radio,” insistió, su voz cargada de frustración. “Necesitamos apoyo, encontramos resistencia camino a la escalera sureste.” Solo interferencia respondió.

“¡Hay que movernos, Medina, y rápido!” exclamó un soldado con aversión. “¡No vamos a aguantar mucho!”

Athle, otro miembro de Alpha, irrumpió en la conversación con rabia. “¡Medina, la escuadra Bravo está cruzando el pasillo norte!”

“¡Ya lo sé!” replicó Medina, exasperado. “Pero Osa está reteniendo a los Federales ahí atrás. Si Bravo sigue en pie, deben estar igual de jodidos.”

“¡Hasta donde sé, es la única opción, Medina!” gruñó el soldado.

Antes de que Medina pudiera responder, una granada rodó cerca, explotando con un estruendo que dejó sus tímpanos zumbando. El polvo lo cegó momentáneamente, pero al recuperar el sentido, tomó el mando. “¡Retrocedan al pasillo! ¡Formen una línea y cúbranme!” ordenó, su voz cortante sobre el caos.

Desde su posición anterior, Osa gritó con ansiedad: “¡Apúrense, cabrones, no voy a aguantar todo el día!”

El equipo evacuó la intersección bajo las órdenes de Medina, con él, el VIP y un soldado como los últimos en salir. Cruzaron de nuevo el pasillo del ventanal, esta vez sin fuego enemigo al inicio. Medina iba adelante, el VIP detrás, y el soldado cubriendo la retaguardia. A mitad del camino, el crujir de una ventana ya baleada anunció el desastre: una granada rodó por el suelo, imperceptible entre el estruendo de botas y disparos.

La explosión los lanzó al caos. Medina se giró, horrorizado. El soldado de la retaguardia yacía destrozado, un torso sin vida a pocos metros. El VIP estaba en el suelo, gritando entre el polvo y los escombros.

Con el corazón en la garganta, Medina lo tomó por la ropa. “¡Aguanta!” murmuró, arrastrándolo hacia una zona segura mientras disparaba su AK-74 con furia ciega hacia los fogonazos enemigos. “¡Osa!” gritó. “¡Cúbranme, apúrense!”

Osa, desde atrás, respondió entre disparos: “¡Aquí estoy, pendejo! ¡Muévete con el VIP!” Junto a otro soldado, formaron una cortina de fuego.

Medina alcanzó una pequeña habitación semiderruida, sus paredes faltantes ofreciendo una cobertura precaria. “¡Osa, dónde está el maldito médico!” exclamó, desesperado, mientras revisaba al VIP.

“¡Iba detrás de ti, cabrón!” rugió Osa entre insultos y ráfagas.

Medina palideció. El médico estaba muerto, probablemente destrozado por la granada. Con manos temblorosas, intentó atender al VIP, pero al girarlo, el horror lo golpeó: el cráneo del hombre estaba abierto como un melón, la metralla incrustada en su carne. Lo reconoció entonces, un rostro familiar de las noticias, ahora irreconocible en la muerte.

Entre jadeos, Medina apretó los puños, luchando por recuperar el aliento. “¡Athle, dónde mierda estás, pendejo!” gritó, su ira estallando. “¡Dónde está el maldito granadero!”

Como respuesta, Athle emergió del polvo detrás de Osa, el cañón de su AK-74 equipado con un lanzagranadas GP-25 asomando entre las sombras. Sin mediar palabra, disparó. La granada estalló al otro lado del pasillo, silenciando a los Federales por un instante vital.

“¡Ahora!” gritó Medina, corriendo la breve pero letal distancia hacia su escuadra. Se postró a espaldas de Osa y otro soldado, jadeando. “Lo logré,” pensó, pero el alivio duró poco. Aún estaban rodeados, a merced de que Bravo los sacara de ahí.

A lo lejos, la escuadra Bravo irrumpió tácticamente en un salón cercano, eliminando con precisión a los Federales que disparaban hacia Alpha. Ninguno quedó con vida. Entre la penumbra, el humo de la pólvora y el polvo que llenaba el aire, Bravo reconoció a Alpha, antes rodeados y atrapados. Ahora, gracias a su intervención, Alpha tenía una salida.

Con el camino despejado, Alpha se movió tácticamente hacia la sala que Bravo había limpiado, pero los Federales les pisaban los talones, hostigándolos con disparos esporádicos. Sin embargo, con las dos escuadras finalmente reunidas, la balanza del enfrentamiento podría inclinarse a su favor. El Palacio Legislativo, antaño un símbolo de poder y estabilidad se había transformado en un campo de batalla caótico donde la suerte dictaba el final.

Medina se dejó caer contra un muro semiderruido, el rifle aún humeante entre sus manos. El polvo y el olor a sangre lo envolvían, y los disparos lejanos de los Federales eran un recordatorio de que la muerte no descansaba. Su corazón latía desbocado, cada pulso un eco de las veces que había sentido el roce de las balas: el disparo que mató a Ortiz, la granada que destrozó al VIP, el fogonazo que casi lo alcanza. Cerró los ojos, jadeando, y el mundo se desdibujó en un instante de silencio roto solo por su propia respiración.

A su lado, Osa —Mikaelo Roble Sandrinovik, aunque nadie lo llamaba así— revisaba su AK-74 con la calma de quien había visto demasiados infiernos. “Pinche desmadre,” gruñó con ese acento extraño, una mezcla de modismos norteños y un dejo cirílico heredado de sus abuelos. Osa, apodado por su corpulencia y porque “Oso” habría sido un halago, no perdía tiempo en lamentos. Verificó sus cargadores, escupió al suelo y se preparó para el siguiente movimiento, como si la muerte de Ortiz y el VIP fueran solo otro día en el trabajo. Sobrevivir, siempre sobrevivir, era su mantra.

Athle, en cambio, estaba más callado. Apoyado en una viga rota, el hombre al que todos llamaban “Wero” o “Athle” —nunca su nombre real, que esquivaba con un gruñido— limpiaba su arma con manos temblorosas. Su voz, con ese acento neutro que sonaba como si tuviera algo atorado en la garganta, no había dicho mucho desde que la granada del GP-25 silenció a los Federales. Mayor que Medina, pero reclutado en la misma leva forzada, Athle procesaba la masacre a su manera: un destello de dolor en los ojos, una mandíbula apretada, pero sin palabras. No era como Osa, que dejaba la guerra atrás con un escupitajo; Athle la cargaba, aunque nunca lo admitiría.

Medina los observó, y su mente se deslizó, como siempre, hacia ese “mal hábito” que lo perseguía tras cada enfrentamiento.Filosofar, lo llamaba, aunque era más bien un naufragio en sus propios pensamientos. Se preguntó por qué seguían luchando, por qué el país que llamaba hogar se había convertido en esto. Recordó su infancia en el norte, cuando el maíz aún crecía y las plazas no eran campos de ejecución. Pero eso fue antes de 2023, cuando la guerra contra el narco de “X” dejó al sur en ruinas mientras el Norte, con sus trenes a El Paso y sus mestizos, prosperaba. Antes de 2030, cuando la muerte de “X” desató este infierno, con el ERF y sus drones gringos enfrentándose a la UR y sus Kaláshnikovs rusos.

“Todo empezó mucho antes,” pensó, su mirada perdida en el techo agrietado del palacio. De antaño, cuando los gringos separaron al Norte con promesas de riqueza, México aprendió a desconfiar. En el norte la oportunidades para los locales eran pocas más allá de desangrarse en las fábricas que coloreaban el cielo de gris, en el sur familias traicionando por un pedazo de pan. La guerra civil no era solo balas; era la prueba de que el país se había roto porque nadie creía en nadie. El VIP, ahora lo recordaba, lo había visto en televisión ya hace tiempo, aunque no podía recordar su nombre recordaba breves episodios de lo que decía la presentadora: “candidato”,” robo electoral”,” destitución” murmuró Medina recordando, su voz apenas un susurro. La guerra le había robado su juventud, su esperanza, y aun así, algo en él se negaba a rendirse.

Un zumbido agudo lo arrancó de su trance, un sonido que crecía como un enjambre de abejas enfurecidas, cada vez más cerca, más afilado, hasta arañar el aire mismo. Medina se tensó, sus dedos apretando el rifle, el sudor resbalando por su frente. No era un rugido lejano, sino algo vivo, algo que cazaba. El chillido se volvió un lamento mecánico, como si el mismísimo diablo cantara desde el cielo roto. Osa alzó la vista, su rostro endurecido torciéndose en una mueca, mientras Athle empuñaba su arma, buscando sombras en el polvo. Antes de que Medina pudiera gritar, un estruendo desgarró el palacio. Algo se estrelló contra la pared que los resguardaba, a solo metros suyo, con un crujido que partió el mármol como papel. Fragmentos de piedra llovieron, el aire se llenó de un humo espeso que olía a carne quemada, y un destello cegador los envolvió, como si el sol mismo hubiera caído.

Cuando estuvo tan cerca para oírlo, tan cerca como para olerlo, tan cerca como para saborearlo, tan cerca para verlo. Solo dejó una nube tan espesa, que entre polvo y pólvora, dejo el lugar en un silencio muerto.