Capítulo 1: La cruz en la cara
Otro lunes cualquiera…
El zumbido del aire acondicionado, el aroma del café recién hecho y el suave crujir de la dona glaseada al romperse entre mis dientes.
Traje negro, camisa blanca sin corbata, y los informes de siempre frente a mí.
Así empezaba el día en la cima de mi pequeña imperio de tinta y verdad: El Observador de Nueva York, el periódico que fundé a los 24, y que ahora, con 27, era mi orgullo y mi cárcel.
Jessica entró, como cada mañana, con su andar elegante, sus tacones hablando en clave sobre el mármol.
Rubia, inteligente… tan hermosa que dolía verla y no decir nada.
Mi asistente, mi musa secreta, mi condena silenciosa.
Me dejó una carpeta encima del escritorio, con ese gesto suyo tan suave, tan preciso.
—Es sobre lo de ese pueblo… —susurró, antes de dar media vuelta.
Levanté la ceja y abrí el informe con desgano… pero el desgano se evaporó en un segundo.
“Hombre arranca la nariz de otro de un mordisco”
“Se reportan múltiples ataques en cadena”
“La policía no responde. El ejército tampoco.”
¿Qué demonios…?
Seguí leyendo: incendios, explosiones, un avión que se estrelló contra un centro comercial.
No era una película. No era un bulo.
Y, como si el infierno escuchara mis dudas, los gritos comenzaron a filtrarse por las ventanas del edificio.
Miré las cámaras de seguridad desde mi computadora.
Un hombre armado disparaba como loco en la acera. Otros, con rostros deformados por muecas de furia animal, atacaban a cualquiera que se moviera.
Uno de ellos… tenía una cruz roja marcada en la cara.
—No puede ser… —susurré, de pie ya, con el café cayéndose de mi mano.
Los guardias de seguridad cerraron las puertas, pero no tardaron en caer.
Vidrios rotos. Balas. Gritos.
El caos había llegado a la redacción.
Actué rápido.
Llamé a todos mis empleados al pasillo trasero. Les grité que bajaran por las escaleras de emergencia, que corrieran, que no miraran atrás.
Y a Jessica… la tomé de la mano.
Temblaba.
—Vamos —le dije, mirándola a los ojos—. Esto no es una protesta, ni un asalto. Esto… es otra cosa.
Bajamos mientras el mundo ardía arriba.
Las paredes temblaban. Los ecos de las risas de los cruzados retumbaban como tambores tribales.
Y yo, que solía escribir titulares, supe que esa historia no la iba a publicar nadie.
Porque era el fin del mundo.
Y acababa de empezar….
Las escaleras de emergencia eran angostas, oxidadas, llenas del olor agrio del miedo de los que bajaron antes que nosotros.
Jessica respiraba con dificultad. Su mano aún en la mía.
Y por primera vez… sentí que no solo tenía que salir vivo.
Tenía que protegerla.
—¿Tú crees que esto es terrorismo? —me preguntó, temblando.
—Ojalá fuera eso —le respondí, mientras bajábamos al segundo piso.
Y entonces se oyó.
Un alarido que no venía de garganta humana, sino de algo más profundo.
Un grito de locura, placer y odio…
Todo al mismo tiempo.
Nos detuvimos al escuchar el chirrido del metal retorciéndose.
Alguien —o algo— subía por las escaleras desde abajo.
Y lo vimos.
El rostro pintado con sangre.
Una cruz roja, irregular, violenta.
Los ojos… vacíos de todo menos hambre.
Llevaba una pala oxidada en la mano y nada más que unos jeans manchados de lo que alguna vez fue gente.
Nos miró como si fuésemos carne fresca.
Y sonrió.
—¡Bonitos! ¡Los encontré! —gritó con voz cantarina.
Jessica soltó un chillido y retrocedió, pero yo la empujé detrás de mí.
No tenía armas. Solo un extintor colgado en la pared y una rabia naciente en el pecho.
El cruzado se lanzó sin pensarlo.
Yo también.
Fue la primera vez que maté.
que lo intenté, al menos.
Le lancé el extintor directo al rostro.
Sonó un crujido. Sangre y dientes volaron.
Jessica gritaba, pero no se movía.
Él cayó rodando por las escaleras, riendo mientras sangraba.
“¡Me pegaste, puto!”, gritaba desde abajo, antes de desaparecer en el piso inferior.
—Tenemos que movernos. ¡Ya! —le dije a Jessica, y bajamos de dos en dos los escalones restantes.
Salimos por la puerta de emergencia a un callejón que ya no parecía parte del mismo mundo.
Las calles eran un campo de batalla.
Autos ardiendo. Cuerpos por todas partes.
Gente cruzada bailando desnuda entre las llamas.
Una mujer con un taladro…
Un tipo con una cabeza humana como marioneta.
Y en medio de eso… un niño llorando. Solo.
Jessica lo miró.
—Tenemos que ayudarlo.
—No —dije.
Demasiado tarde.
Del otro lado del callejón, otro cruzado corría hacia él… con un machete.
Y yo lo supe.
No podía salvar a todos.
Pero podía pelear.
Tomé una barra metálica del suelo.
Y con Jessica detrás de mí, temblando y viva, dije lo que jamás imaginé decir: que empiece el infierno