Capítulo 1: El regreso a Hogwarts
Los rieles del Expreso de Hogwarts crujieron con un eco familiar. El sonido, tan asociado con una infancia inocente y mágica, sonaba extraño ahora. No era el tren el que había cambiado. Era ella.
Hermione Granger permanecía de pie en el andén 9¾, sujetando con fuerza el asa de su baúl. A su lado, sus padres, con los recuerdos restaurados y los ojos húmedos, le apretaban las manos sin querer soltarla.
—Estás segura de esto, ¿verdad? —preguntó su madre por tercera vez, mientras le acomodaba un mechón castaño tras la oreja—. Puedes dejarlo. Podrías estudiar otra cosa. Medicina, por ejemplo. O leyes.
Hermione sonrió con ternura.
—Lo sé. Pero esto es lo que quiero. Necesito cerrar este ciclo… bien.
No dijo “terminarlo”, dijo “cerrarlo”. Como si la guerra mágica hubiese sido una herida mal cosida y Hogwarts fuera la única forma de sanarla de verdad.
—Y tengo que ayudar a reconstruirlo.
Subió al tren con un suspiro. Apenas entró al pasillo, reconoció rostros que no había visto desde la Batalla de Hogwarts. Algunos la saludaron con tímidos gestos, otros le dieron la espalda. Pero la mayoría la miró con respeto. Era Hermione Granger, después de todo. La bruja más brillante de su generación. Una heroína de guerra.
El compartimento donde encontró espacio era casi vacío. Solo una figura ocupaba el extremo del asiento, y el aire pareció congelarse en sus pulmones al reconocerlo.
—¿Malfoy?
El joven giró el rostro con lentitud. Tenía el cabello más largo, casi tocándole los hombros, y las ojeras le daban un aspecto envejecido. Aun así, sus ojos grises eran inconfundibles.
—Granger —dijo, con voz rasposa—. Siéntate, si quieres.
Hermione parpadeó, sorprendida por la falta de sarcasmo. Aun así, no confió del todo. Dejó su baúl y se sentó frente a él, sin quitarle la vista de encima.
—No esperaba verte aquí —confesó.
—Ni yo a mí mismo —respondió, mirando por la ventana—. Pero aquí estoy. Supongo que a algunos nos dieron una segunda oportunidad.
Hermione frunció el ceño.
—¿Te la dieron… o la exigiste?
Draco la miró con cansancio.
—Créeme, Granger, no estoy aquí porque quiero. Estoy aquí porque no quiero ser el Malfoy que todos temen. O… porque mi madre me pidió que lo intentara. Ella aún cree que puedo redimirme.
El silencio se hizo pesado. Por un momento, Hermione creyó ver dolor en su rostro. Pero no dijo nada. No aún.
El resto del viaje transcurrió entre miradas furtivas y palabras escasas. Pero ni una sola vez se insultaron. Lo cual, en su historia, ya era un avance.
---
Cuando el tren llegó a Hogsmeade, Hermione sintió que el corazón se le encogía. El castillo, aunque dañado, se alzaba majestuoso bajo el cielo gris. Algunas torres seguían incompletas. Varias ventanas estaban aún tapiadas. Pero Hogwarts seguía allí. De pie.
La profesora McGonagall los recibió en la entrada principal, como en los viejos tiempos. Pero ya no era solo la estricta jefa de Gryffindor. Ahora era la directora.
—Bienvenidos a casa —dijo, con voz emocionada—. Este año será distinto. Compartirán clases con alumnos de distintas casas y cursos. El objetivo es fomentar la reconciliación, la reconstrucción… y la sanación. Aquí no hay vencedores ni vencidos. Solo sobrevivientes.
Hermione sintió un nudo en la garganta.
Durante la cena, se sentó con Harry, Ginny, y un Neville visiblemente más seguro. Ron no había regresado. Había decidido unirse a su hermano George en la tienda de bromas. Hermione lo entendía, aunque dolía.
Pero lo que más le sorprendió fue ver a Draco sentado al final de la mesa de Slytherin, solo. Ninguno de los antiguos compañeros parecía querer estar cerca de él. Incluso Pansy Parkinson lo ignoró.
Hermione no pudo evitar pensar que, por primera vez en su vida, Draco Malfoy parecía… roto.
---
Al día siguiente, sus horarios fueron entregados. Hermione notó de inmediato que compartiría tres clases avanzadas con él: Encantamientos, Pociones y Defensa Contra las Artes Oscuras. Justo las más exigentes.
—Qué conveniente —murmuró Ginny, hojeando su propio horario—. Como si no tuvieras ya suficientes problemas, ahora tienes que soportar a ese imbécil todos los días.
Hermione suspiró.
—Ginny… no sé. Lo vi distinto. Ya no es el mismo.
—¿Y eso te parece bueno?
—No lo sé aún.
La primera clase fue Encantamientos. El profesor Flitwick los recibió con una sonrisa, pero con un nuevo sistema: trabajo en parejas rotativas. Cada semana, se les asignaría alguien diferente.
El hechizo de la semana: Protean Charm, encantamiento avanzado para vincular objetos mágicos.
Hermione se acercó al pizarrón para ver la lista de parejas… y lo vio:
Hermione Granger – Draco Malfoy
—¿Estás de broma? —murmuró ella.
Draco, unos pasos detrás, suspiró con resignación.
—Mira el lado positivo, Granger. Podrías haber terminado con Crabbe. Ah, espera…
Hermione lo fulminó con la mirada, pero algo en su tono no era cruel. Era… sarcástico. ¿Un intento de humor?
—No es gracioso.
—No. No lo es.
Trabajaron en silencio durante la primera media hora. Draco tenía una técnica impecable, y aunque no hablaban mucho, Hermione notó que ya no interrumpía para corregirla ni para presumir.
Fue ella quien rompió el silencio.
—¿Por qué regresaste, de verdad?
Draco bajó su varita.
—Porque quiero que mi apellido signifique algo distinto. Porque estoy harto de huir de los errores de mi familia. Y porque… tú y Potter nos salvasteis a todos. No tengo derecho a desperdiciar esa oportunidad.
Hermione se quedó sin palabras.
Por primera vez, pensó que tal vez… solo tal vez… Draco Malfoy no era el enemigo.
---
Esa noche, en la sala común, Harry la encontró sentada frente al fuego, pensativa.
—¿Todo bien?
—Sí. Solo… pensaba en Malfoy.
Harry levantó una ceja.
—¿En serio?
—Sí. No es el mismo. Y no sé cómo sentirme al respecto.
Harry le palmeó el hombro.
—Entonces obsérvalo. Pero no bajes la guardia aún.
Hermione asintió.
No lo haría.
Pero algo le decía que este año sería distinto.
Y que el mayor enemigo no estaría fuera de ella.
Sino dentro.