El silencio de la maldad

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Summary

Hay chicas tímidas. Hay chicas raras. Y luego está ella. Le gusta la música clásica, el silencio...y pensar en cómo hacer desaparecer a alguien sin dejar rastro Ella no quiere amigos, pero tiene una. Por protocolo. Último año. Última oportunidad de fingir que todo está bien... antes de que algo muy mal hecho salga muy bien Una novela que equilibra de forma única el dramatismo de enfrentar la oscuridad interior con toques de humor y misterio, ideal para quienes buscan entretenimiento sin perder la profundidad.

Genre
Drama
Author
Elyan
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

Hoy no tenía ganas de matar a nadie. Pero el imbécil que se sentó a mi lado me lo estaba pidiendo a gritos.


El recreo. Esa pausa supuestamente pacífica en la que los adolescentes se creen los protagonistas de un libro. Yo estaba sentada, como siempre, en la esquina más oscura del patio, oliendo el apestoso desodorante barato del idiota que se pegó demasiado a mí. Observaba a cada pubertito que pasaba como si fueran figurantes mal pagados en mi show mental. En mi mente, los apuñalaba uno a uno, sin prisa pero sin pausa, hasta convertirlos en puré humano.


Alguien me interrumpió.


Mi ceño se frunció de inmediato. Odio que me interrumpan cuando estoy disfrutando de mis fantasías favoritas. Por suerte, era solo Lili, mi "amiga". Aunque llamarla amiga es como llamar mascota a una cucaracha. Está ahí, molesta, pero sirve para que los demás no piensen que soy completamente asocial. A veces hay que mantener las apariencias.


—¿Tú estudiaste para el examen de mates? —me preguntó mientras me lanzaba esa sonrisita torpe de siempre.


—Ni idea —le solté sin mirarla, con la esperanza de que entendiera la indirecta.


Lo cierto es que Lili me viene bien. Me hace ver "normal". Es más bajita que yo, pelo castaño, gafas horribles que parecen robadas de un payaso deprimido, y viste como cualquier chica que no se quiere arriesgar a ser diferente. Es torpe, habla mucho, olvida todo... pero lo peor: no sabe mentir. Ni guardar un secreto. Un desastre de ser humano. Aunque útil.


El timbre sonó como una amenaza. Vuelta al encierro.


Volví a clase arrastrando los pies, como si me llevara el alma el mismísimo demonio —spoiler: ojalá lo hiciera. Me senté en mi pupitre, esa jaula sin barrotes donde se espera que finjamos ser personas funcionales, y saqué mi cuaderno. Pero no para tomar apuntes. Lo abrí por la mitad, donde estaban mis verdaderas anotaciones: listas, pensamientos sueltos, ideas fugaces... muchas de ellas implicaban sangre.


Estaba escribiendo sobre cómo descuartizar a alguien sin que salpique demasiado cuando lo sentí: una mano húmeda, blandengue, tocándome el hombro.


Tragué saliva.


Me giré. Era él. Mi profesor de literatura. Un saco de carne con patas, barba gris salpicada de restos de café, ojeras tan profundas que podrías perder un dedo ahí y no volver a verlo jamás. Me sonrió.


—¿Qué escribes con tanto entusiasmo? —dijo, con ese tono baboso que me revolvía el estómago.


Lo primero que se me pasó por la cabeza fue arrancarle la barba de un tirón, clavarle el bolígrafo en la tráquea y ver cómo su cara pasaba de rosada a morada mientras se ahogaba en su propia sangre.


Pero no se puede tener todo en esta vida.


—Estamos en literatura, ¿no? Hay que escribir —respondí, sin mirarlo—. Además, ¿qué le importa? ¿Cree que todo gira en torno a usted, señor?


"Señor". Sabía que esa palabra le dolía. Es de esos mediocres que aún creen que tienen veintipico cuando el tiempo ya le pasó por encima con ruedas de tractor.


Me mandó al pasillo, claro. No sin antes soltar una de sus miradas de: "No sé cómo tratar a adolescentes rebeldes". Pobrecito.


Caminé hasta el pasillo como quien desfila hacia su reino. Nadie. Solo las paredes con frases motivacionales estilo "El esfuerzo es la clave del éxito". El verdadero crimen es que nadie haya quemado aún esos cuadros.


Después de veinte minutos de silencio celestial, apareció un mocoso jugando con una bola de papel. Su porquería rodó hasta mis pies. La empujé con la punta del zapato, despreciándola como a su creador.


El niño se acercó con aires de valiente.


—Es mi pelota. Dámela —dijo.


—Pues cógela —contesté.


Se agachó. Y ahí fue. Mi pierna reaccionó sola. PUM. Patada directa a la cara. La nariz hizo un "crack" hermoso, como cuando se rompe una rama seca.


—¡¿Qué haces, hija de puta?! —gritó, sangrando como un cerdo en Navidad.


No dije nada. Lo vi correr al baño mientras yo me reía en silencio. Sus amenazas eran ruido blanco. Por fin, paz otra vez.


Me senté contra la pared y cerré los ojos. Empecé mi juego favorito: hacer una lista mental de toda la gente que me gustaría ver muerta. Empezando por todos los de mi clase. Incluyendo a Lili... aunque con ella tengo mis dudas. Me entretiene. Como una cobaya disfrazada de mejor amiga.


Cuando terminó el infierno llamado jornada escolar, volvíamos a casa por el mismo camino de siempre: yo con cara de funeral, Lili con su vocecita emocionada como si me estuviera contando el secreto de la vida eterna. No la escuchaba. Solo me quedé enganchada en una frase que soltó sin querer:


—...y como mi padre va de caza este sábado, pensaba que podrías venir. Te encantaría.


Me detuve en seco.


Caza. Armas. Naturaleza. Accidente posible.


Mis ojos brillaron. Una sonrisa se me dibujó sin permiso. No de esas cursis de Instagram. Una real. Una que podría incomodar hasta a un psicólogo forense.


—Claro, me apunto. A la salida me cuentas todo —dije, sin dejarla terminar.


Mientras ella se emocionaba por tener una amiga "espontánea", yo pensaba en el sonido de un disparo, en cómo se siente la culata en la mano, en lo fácil que es que alguien se pierda en el bosque y no regrese nunca.


Al llegar a casa, la vida decidió fastidiarme como siempre.


Mi madre abrió la puerta con esa sonrisa exagerada que da náuseas. De esas que parecen pegadas con cinta adhesiva.


—¡LILI, QUERIDA! ¡Cuánto tiempo! ¿Te quedas a comer? ¡Venga, pasa, pasa!


No me jodas, mamá.


—Oh, señora, por supuesto. Me encantaría —respondió Lili, y su sonrisa fue aún más estúpida que la de mi madre.


Intervine rápido.


—Mamá, Lili tiene tarea. No la metas en compromisos.


—Bah, que la haga después. Si hasta pueden estudiar juntas.


Perfecto. La hora de comer se convirtió en un show familiar donde la única que quería desaparecer era yo.


Nos sentamos en la mesa: mi madre enfrente, yo en el otro lado, Lili al costado. Como si estuviéramos en una parodia de familia feliz.


—Qué buena pinta tienen estos espaguetis —dijo Lili, como si eso fuera lo más emocionante de su semana.


—Gracias, cariño. Sabes que eres bienvenida cuando quieras —dijo mi madre con esa voz empalagosa que debería estar penada por ley.


Yo masticaba en silencio, controlando el impulso de clavarle el tenedor en el cuello a cualquiera de las dos. Miraba a Lili comer y deseaba, con todas mis fuerzas, que se atragantara con un trozo de pasta y se pusiera morada mientras mi madre corría inútilmente a buscar agua.


Pero no. La idiota terminó el plato y sonrió.


—Ufff, estoy llena. Estaba todo riquísimo. Gracias por invitarme.


Mis oídos sangraban.


Terminé de comer, me levanté y caminé hacia el baño. Lili, como buena sombra molesta, me siguió. Sabía que lo haría. Es demasiado curiosa para su propio bien.


Crucé el pasillo. Justo antes de entrar, me giré y la agarré del brazo.


—Te vas a ir a tu casa. Ya.


—¿Eh? ¿Por qué?


—Porque sí. Y no me pidas explicaciones, Lili. Solo vete.


Le apreté el brazo un poco más fuerte. Solo lo suficiente para que entendiera que no era broma. Sus ojos se agrandaron.


—Ay, me haces daño... Vale, vale. Me voy. No sé qué te pasa a veces. Eres tan... rara.


No dije nada. Solo la solté.


—Adiós, señora Victoria, me temo que tengo que irme. Mi madre me espera —dijo, esforzándose por sonar amable.


Cerró la puerta detrás de ella y sentí una paz que solo puedo describir como celestial.


Me encerré en mi habitación.


Mi santuario. Todo en su sitio, todo perfecto. Mi cama, hecha al milímetro. Mis estanterías con libros de anatomía, psicología, psiquiatría. Pósters de Mozart, Beethoven, pero también de The Beatles y Elvis. No soy una abuela, ¿vale? Solo tengo buen gusto.


En mi escritorio, mi tocadiscos. Puse la Sinfonía 40 de Mozart. El sonido llenó la habitación como si alguien le hubiera echado perfume a una herida abierta.


Me acosté y cerré los ojos. Imaginé el sábado. El bosque. El frío. El peso de una escopeta en mis manos.


Y por primera vez en mucho tiempo, sonreí sin odio. Solo con anticipación.