♤Parte única♤
La tormenta rugía fuera del castillo, pero no era nada comparado con la que ardía entre ellos.
El viento golpeaba las paredes de piedra con un lamento helado, arrastrando copos de nieve teñidos de ceniza. Dentro, el fuego crepitaba en la chimenea de la sala real, pero el ambiente estaba lejos de ser cálido. La tensión podía cortarse con una daga.
Jungkook estaba sentado en el trono, su abrigo de piel negra derramado sobre los brazos como alas de cuervo. Su mirada era un filo de obsidiana. Los sirvientes se habían retirado. Solo quedaban ellos dos.
—Nunca pensé que terminarías aquí… —dijo Jungkook, su voz baja y rasposa como el trueno lejano.
Jimin alzó la barbilla, pero su expresión era suave, casi dulce. Su cabello plateado caía sobre sus ojos brillantes. La capa de piel que llevaba apenas cubría su cuerpo. Debajo, su piel era pálida, tentadora. Fragilidad hecha arte. Jungkook sabía que era una ilusión. Jimin podía quebrarte con una sonrisa.
—Tú me llamaste. Y siempre respondo cuando se trata de ti —susurró Jimin.
El príncipe se levantó con un lento movimiento. Caminó hacia él como un lobo acercándose a su presa.
—Lo haces sonar como si tuvieras elección —murmuró Jungkook, deteniéndose frente a él—. Viniste porque el hechizo de sangre aún late entre nosotros.
Jimin sonrió apenas, con los labios entreabiertos.
—Y tú aún ardes por mí, aunque lo niegues.
La palma de Jungkook voló a su rostro, pero no fue una bofetada. Fue una caricia brusca, un agarre en la mandíbula que lo obligó a alzar la mirada.
—¿Tienes idea de lo que me hiciste, Jimin?
El otro no respondió con palabras. Sus labios se entreabrieron con un suspiro. Jungkook gruñó. La rabia y el deseo eran como veneno en sus venas. Lo odió por ser tan hermoso. Lo odió por el temblor que sintió en su pecho.
Y entonces lo besó.
No fue un beso dulce. Fue un reclamo. Jungkook lo empujó contra la pared de piedra, sus cuerpos aplastados, envueltos en capas de piel, y aun así sintiendo el calor que brotaba como lava bajo sus ropas.
Jimin gimió bajo su boca, aferrándose a su espalda. Sus uñas lo rasguñaban. Se sentía como regresar a casa… a un lugar donde el amor y el dolor eran lo mismo.
—Maldición… no sé si quiero destruirte o adorarte —susurró Jungkook contra su cuello, su lengua lamiendo la piel expuesta.
—Haz ambas… —jadeó Jimin—. Pero hazlo ahora.
Jungkook rió. Fue un sonido oscuro, como el crepitar de un fuego que devora.
Y lo tomó. Ahí, contra la piedra fría, mientras la tormenta aullaba su bendición.
El sonido de sus bocas chocando llenaba la sala. El crujido de las pieles deslizándose por el suelo de piedra, el jadeo contenido de Jimin mientras Jungkook lo aprisionaba contra la pared helada, como si pudiera fundirla con su cuerpo.
—Dime que me odias —murmuró Jungkook, empujando su rodilla entre sus piernas, abriéndolo con violencia dulce—. Dímelo… si puedes.
Pero Jimin solo lo miró, con los ojos humedecidos de deseo y algo más oscuro. Algo como devoción. Como amor que se arrastra y sangra.
—No puedo… —susurró—. No después de todo lo que te he dado…
Jungkook gruñó. Le arrancó la capa, dejando su pecho descubierto al frío. El pezón rosado se endureció al contacto con el aire. Jungkook lo lamió con furia, con hambre.
—Siempre tan dispuesto… tan perfecto… maldita sea, Jimin —y sus manos se deslizaron hasta su trasero, apretándolo con fuerza, subiéndolo un poco contra la pared.
Jimin lo rodeó con las piernas sin pensarlo. Su erección rozó la de Jungkook a través de la ropa, y su cuerpo entero tembló.
—¿Vas a follarme aquí? ¿Como a un enemigo que se entrega al castigo? —preguntó entre suspiros quebrados.
Jungkook rió, profundo, contra su cuello.
—No. A ti te voy a destruir con placer.
Metió una mano entre sus piernas y acarició por encima de la tela, notando cómo el miembro de Jimin palpitaba ya, mojado en la punta.
—Tan sensible… ¿Para quién te guardabas esto? —preguntó, gruñendo entre dientes.
—Solo para ti —jadeó Jimin, su voz hecha ceniza—. Siempre fuiste tú…
Eso fue todo lo que Jungkook necesitó. Lo llevó a la gran mesa de roble del salón, empujando las copas y velas al suelo. El eco del cristal rompiéndose no les importó. Desató sus pantalones y dejó al descubierto su sexo endurecido, grueso, oscuro y deseoso. Jimin lo miró con los labios entreabiertos, tragando saliva, los muslos temblando por la anticipación.
—Abre las piernas. —La voz de Jungkook fue un trueno.
Y Jimin obedeció. Su cuerpo temblaba, no por miedo, sino por la necesidad salvaje de ser tomado por él, de volver a sentir lo que solo él le daba: esa mezcla de dolor y amor que lo rompía por dentro.
Jungkook escupió sobre su mano y la llevó entre las nalgas de Jimin, preparando con rapidez. Lo penetró primero con los dedos, haciéndolo gemir y arquearse, su voz resonando por las paredes del salón.
—Mierda… estás tan apretado… tan malditamente mío.
—¡Jungkook…! —gimió Jimin, las lágrimas ya nublando sus ojos por la intensidad del placer.
Y entonces lo penetró.
De una sola embestida profunda, salvaje. El cuerpo de Jimin se sacudió, un grito ahogado escapó de sus labios, pero no pidió que se detuviera. Al contrario, lo rodeó con fuerza, como si necesitara aferrarse a algo para no desmoronarse.
—¡Ah…! Sí… sigue… no pares… —jadeaba, sus mejillas encendidas, sus labios rojos por las mordidas.
Jungkook lo follaba con violencia controlada, una y otra vez, haciéndolo gritar su nombre, perder el sentido, rozando la locura. El sonido de piel contra piel se mezclaba con los gemidos, los suspiros, los juramentos de amor disfrazados de insultos.
—Eres mío… —gruñía Jungkook entre embestida y embestida—. Dilo.
—¡S-sí! ¡Soy tuyo, solo tuyo! ¡Fóllame más…!
El orgasmo llegó como una explosión brutal. Jimin se corrió sin necesidad de ser tocado, manchando su propio abdomen con gemidos entre sollozos. Jungkook no tardó, llenándolo por dentro con un gruñido gutural, sus dientes clavados en el cuello de Jimin como si pudiera marcarlo para siempre.
Ambos temblaban. Respiraban como bestias.
Y cuando finalmente se separaron, cuando Jimin yacía temblando sobre la mesa, aún con el calor de Jungkook en su interior, el príncipe lo acarició con una ternura que contrastaba con lo que acababan de hacer.
—Nunca fuiste solo una deuda de sangre… —murmuró—. Siempre fuiste mi condena. Y mi única salvación.
Jimin sonrió, con lágrimas en los ojos y la piel enrojecida.
—Entonces qué suerte… que yo haya venido a destruirte con amor.
FIN
Espero que les guste es mi primer oneshot ♡♡
Gracias por entregarse a esta historia con el corazón abierto.
Sus ojos hacen eternos los momentos que solo el alma puede contar. 🖤








