Capítulo 1: Primer día.
— Señor te pedimos que nos guíe el día de hoy por no caer en ninguna tentación y todas nuestras decisiones estén iluminadas por ti, también te pedimos que guíes a nuestra hija, Matilda, en su primer día del curso y le ayudes a superarlo con tu gracia divina y la apartes de cualquier pecado que se le presente, amén.
— Amén. — Decimos mi madre y yo al unísono.
— ¿Lo tienes todo listo para el primer día? — Pregunta mi madre mientras revisa mi vestuario.
— Sí.
— Te espero en el coche. — Informa mi padre mientras le da un beso a mi madre y coge su maleta de trabajo.
— ¿Tienes el almuerzo guardado, cielo?
— Sí, mamá.
Mi madre me impone las manos sobre mi cabeza y empieza a rezar para ella, cuando termina nos persignamos las dos.
— Acuérdate de... — La interrumpo.
— De no cruzar la valla, lo sé mamá, me lo dices cada año.
— No quiero que te pase nada, no sé qué haría sin ti.
— Eso pasó hace muchos años, no volverá a ocurrir. — Intento tranquilizar a mi madre, ya que ya le caen las lágrimas.
— Que Dios lo haga así, ve porque tu padre te espera.
— Adiós mamá. — Me despido de ella dándole dos besos.
— Acuérdate que esta noche vienen los Lloyed. — Grita mi madre mientras salgo.
La familia de los Lloyed llevan desde 1849 llevando la iglesia del pueblo, predicando la palabra de Dios y cuidando su casa, cualquier joven le gustaría que sus padres se llevasen tan bien con la familia y no es por presumir, pero tengo la suerte y una posibilidad de en un futuro formar parte de su familia.
Mi padre aparca el coche delante del colegio y bajo.
— Te vengo a buscar más tarde, cielo.
— Vale, papá, que dios te aguarde.
Asienta con la cabeza con una sonrisa y se va al orfanato.
El colegio está entre dos edificios, por una parte, tenemos el colegio de hombres y en la otra una mansión completamente cerrada y oscura. Muchos la llaman mansión del infierno o de Lucifer, ya que se cometieron múltiples homicidios para hacer rituales a su nombre.
Me dirijo a mi clase, ya está casi llena.
— Buenos días. — Entra la profesora.
— Buenos días — Respondemos poniéndonos de pie.
— Hoy empezamos el nuevo curso, pero eso no es razón por no empezar con nuestras oraciones.
Nos ponemos de rodillas y empezamos con la primera oración, el padre nuestro.
Estamos a punto de finalizar la oración del Gloria cuando escuchamos el golpe de la regla golpeando a una chica, el ruido nos hace parar y abrir los ojos.
— A la sala de la madre, ya. — Ordena la profesora.
La chica sale avergonzada de la clase mientras se toca la espalda.
— Es un nuevo curso, pero las normas no han cambiado. Creo que no hace falta recordarlas, pero visto el accidente tengo que recordar las cuatro más básicas. Norma número uno, la falda del uniforme tiene que ir por los tobillos, un centímetro más arriba será sancionada. Norma número dos, quien no esté rezando en su hora, también será sancionada. Norma número tres, está prohibido pasar cualquiera de las dos vallas. Y por último, y no menos importante el pelo tiene que estar completamente recogido, no se puede escapar nada. — Se sienta en su escritorio. — Ahora, una vez repasadas las normas, empezamos con la página 14.
Antes de que haya terminado la última frase ya todas estábamos sentadas y abriendo el libro.
Normalmente, no me suelo quedar mirando la mansión ni mucho menos sentarme en la mesa de enfrente, pero esta vez no quedaba otra. Hay una sombra, una sombra se está asomando a la ventana. No sé muy bien quién es, solo deduzco que por su figura es un hombre muy alto.
— Hay... hay... hay un hombre. — Digo tartamudeando. — En la ventana.
Señalo con la mano temblando la mansión, mientras todo desaparece de mi vista.
— A ver, cielo, sigue la luz.
Sigo la pequeña linterna que está delante de mí.
— En un primer vistazo te ves bien, pero será mejor que vuelvas a casa, ya hemos llamado a tu madre.
— ¿Qué me ha pasado?
— Te has desmayado, cielo. Pero ya está. — Recoge el material. — Vístete y en cinco minutos vendrá tu madre.
— Vale, hermana.
Se va de la sala y me quito la bata que llevo para ponerme el uniforme.
— Matilda, cielo. ¿Estás bien? — Entra mi madre desesperada.
— Sí, solo fue un desmayo.
— ¿Lo sé, Sor Vera me contó, pero no estarás empezando a alucinar otra vez?
— No, yo lo vi mamá, te lo prometo por Dios que lo vi.
— Sé que fue una experiencia dura, apenas tenías seis años, pero eso ya paso, estamos a salvo.
— Pero yo lo vi, de verdad. Era muy alto.
— Vamos a fuera a que te dé el aire.
Me coge del brazo y yo le cojo la otra mano para girarla.
— No estoy loca mamá. De verdad lo vi. — Sé que no me acaba de creer.
— No te trato de loca, solo que tus compañeras dicen que no había nadie.
Yo sé que lo vi, aunque quizás es verdad que aún debe ser el trauma que tuve y sentarme delante de la mansión solo me lo hizo recordar.
— ¿Quieres ayudarme a cocinar la cena o prefieres descansar un poco? — Dice mientras me pasa un zumo.
— Estoy bien mamá, no fue nada
— ¿Quieres volver al psicólogo?
— No, te ayudo a cocinar.
Volver a ver al doctor que me hizo la cabeza más complicada de lo que ya tenía no me solucionara.
— Está bien,cielo , cámbiate y lávate las manos.
Me dirijo a mi habitación a cambiarme, un vestido azul claro con unos volantes en los puños está colgado en la puerta de mi armario. Seguro, mi madre lo preparó para la cena, la verdad es muy bonito y mejor me pongo otra cosa antes de ensuciarlo con la comida.
Me pongo una bata de estar por casa para estar más cómoda.
— ¿Qué cocinaremos, mamá? — Pregunto mientras me lavo las manos en la cocina.
— Será una cena ligera, ya que se tendrán que ir rápido a hacer el retiro espiritual. Quizás el año que viene vas tú, cielo.
— ¿Yo? ¿Te han comentado algo?
— Bueno, no debería comentarte nada, pero su hijo está interesado en ti. Su madre me ha comentado que pregunta mucho por ti, cielo. — Pone detrás de mi oreja un pelo que quedaba suelto. — Se ve que tendremos una afortunada en la familia.
No puedo evitar ocultar una sonrisa por esa noticia.
Lawson Lloyed preguntó por mí, por mí. Es el sueño de todas, bien plantando, educado y de buena familia. ¿Quién no sueña con eso?
— Venga sonrojada ayúdame a preparar la cena.
En verdad mi madre no necesita ayuda, ella era una gran cocinera antes de casarse, pero una vez conoció a mi padre dejo su profesión para dedicarse a la familia, como Dios quiere.
— Vete a cambiar, cielo, mientras se calienta en el horno.
— Vale, mamá.
Entro a la ducha y pongo agua fría, así me relajo después de este día y del incidente.
Una parte de mí está segura que vio a alguien, pero otra me dice que puede ser por la experiencia, fui la primera y la última persona que vi al culpable de todo, siempre cargaré la culpa, aunque muchos me digan que no la tengo. Debería haber sabido que no era ningún amigo de mis padres y no entrar en esa casa.
Cuando el agua empieza a sentirse caliente, salgo de la ducha para empezar a secarme el pelo y hacerme una trenza acabándola con un lazo igual que mi vestido.
Cuando bajo las escaleras reconozco las tres voces enseguida. Qué vergüenza, soy la última en bajar.
— Aquí está nuestra preciosa hija. — Dice mi padre mientras bajo las escaleras.
— Lo siento por tardar.
— Bueno, estás perdonada por la maravillosa cena que seguro nos has preparado. — Habla el señor Lloyed.
— Y la probaremos si nos sentamos antes de que se enfríe.
No sé qué les habrá dicho mi madre, pero la mayoría de la cena la hizo ella, no yo.
— ¿Y cómo va tu primer año en derecho Lawson? — Empieza la conversación mi padre.
— Bastante bien, gracias a Dios.
— ¿Y tú, cómo estás, cielo? — Su madre se dirige a mí. — Tu madre nos contó lo que paso.
— Estoy bien, solo fue un mal recuerdo.
— Seguro que lograrás seguir adelante, Lawson le pasó algo parecido cuando perdió a su hermana. Seguro él te ayudará. — La mirada de su madre se posa encima de él.
— Estaré encantado en ayudarte Matilda.
— Tampoco quiero molestarte, seguro estás ocupado con — me interrumpe antes de seguir la frase.
— No me molesta ayudarte, así nos podemos conocer más. Con el permiso de tus padres, claro.
Ellos dos se miran con una chispa en los ojos y contesta mi padre por los dos.
— Claro que sí, no tenemos ninguna pega.
— Pues ya está todo dicho. Ya te avisaré para quedarnos de acuerdo, pero te pido un favor, tráeme una de estas delicias. Están buenísimas. — Elogia las alitas que ha hecho mi madre.
— Y porque aún no has comido los postres. — Le contesta mi madre.
— Deseo ya probarlo, seguro está buenísimo también. — Me mira con una sonrisa al cual yo respondo con una más tímida.
Terminamos la cena y se llevaron unos cuantos rollos de canela que sobraron.
— Nos vemos el domingo en la reunión.
— Si Dios quiere.
— Adiós Matilda.
— Adiós Lawson.
Mi madre cierra la puerta de la casa con una sonrisa que no le cabe en la cara.
— ¿Podemos hacerlo oficial, no?
— Aún es temprano cariño. Solo se van a conocer. — Dice mi padre.
— Eso es un gran avance. ¿No estás contenta, cielo?
— Sí, pero aún no lo creo.
— Pues créetelo, porque se ha interesado en ti y en nadie más.
— Lo sé, mamá, pero pensé que nunca pasaría y se fijaría en Lily o Rosie. Que son de su edad.
— No se fijará en ellas teniendo a una chica tan guapa como tú.
— Aunque sea verdad, recuerda que no menospreciemos a los otros. — La regaña mi padre.
— Es verdad, pero no son buenas chicas.
— Aunque sea verdad, no hablamos mal de las personas.
— Bueno, mañana, cielo, te quedarás en casa. — Me acaricia la mejilla. — No creo que sea buena idea que vayas.
— Pero no pasará nada mamá.
— Necesitas descansar.
— Tu madre tiene razón. Vete a dormir ya, nosotros tenemos que hablar.
— Vale, papá.
Les deseo buenas noches a ambos mientras les doy un beso a cada uno.
Hoy es un día agotador, la cabeza me hace daño de aguantar tantos recogidos, suerte que ahora descansa para dormir.