HIEDRA
No sé en qué momento exacto empecé a escribir para sobrevivir. Quiero decir, no de forma romántica, como esos autores de biografías de contraportada que aseguran haber nacido con un lápiz en la mano. Yo no nací con nada. Ni siquiera con ganas de existir, supongo. Todo me parece siempre un poquito impuesto, como si me hubieran dado el papel de fondo en una obra en la que ni siquiera me avisaron que actuaba.
Me llamo Hiedra. Sí, como la planta. Es un nombre horrible, lo sé. Mi madre dice que es “poético”. Que representa algo que crece incluso en la adversidad. Que es fuerte, resistente, verde. Pero yo siempre lo imaginé más como algo que se agarra demasiado fuerte a las paredes. Algo que no sabe estar solo.
Son las 3:43 de la tarde y debería estar en la oficina de correos, recogiendo un paquete que probablemente sea otro rechazo editorial. Sé que es eso porque siento la opresión en el pecho que precede a cada carta de cortesía que me llama “estimada” antes de decirme que mi obra “no encaja en la línea de la editorial”. Pero no me he movido del sofá. Estoy en pijama, con un jersey gigante color mostaza que me llega hasta las rodillas. Tengo restos de café seco en la manga y el pelo recogido en un moño mal hecho que se deshace cada vez que giro la cabeza con más énfasis de lo necesario.
Escribo porque no sé hacer otra cosa. Bueno, sí sé: puedo olvidar citas importantes, quemar tostadas, quedarme dormida mientras leo y tropezarme con nada. Literalmente. Soy un caos ambulante. Y aun así, con todo eso, sigo pensando que tengo algo que decir. No sé el qué. Pero algo.
Desde que terminé la universidad (una licenciatura en literatura que sólo sirvió para que supiera nombrar mis frustraciones con citas de Virginia Woolf), he intentado publicar seis novelas. SEIS. Algunas con títulos absurdos como “Las ventanas que no abren” o “Días de lluvia en septiembre”. La última se llamaba “El animal que escribe”, un experimento narrativo que nadie entendió. Ni siquiera yo.
Tengo una carpeta en mi ordenador que se llama “rechazos”. Conservo todos los correos. A veces los leo en orden cronológico, como quien repasa su historial médico. Es casi una forma de autoflagelación, pero también de resistencia: todavía estoy aquí, ¿no? Todavía escribo. Aunque duela.
Gabriel dice que soy valiente. Pero Gabriel me quiere demasiado como para ser objetivo. Él es de esas personas que parecen haber nacido con una luz suave alrededor, como si el mundo lo hubiera tocado con cariño desde el principio. Es alto, tiene manos grandes y voz tranquila. Siempre lleva bufandas ridículas que huelen a canela y guarda libros usados en todos sus bolsillos. Es mi mejor amigo. Mi única familia emocional.
Nos conocimos en la biblioteca de la universidad. Él estaba dormido sobre una montaña de libros de filosofía y yo trataba de alcanzar una edición raída de Sylvia Plath que estaba demasiado alta. Al final se despertó porque le cayó el libro en la cabeza. Me miró, aún medio dormido, y dijo: “¿La campana de cristal o la del juicio final?“. No supe si reírme o disculparme. Terminé haciendo ambas cosas. Desde entonces, fue como si nos hubiéramos leído antes de conocernos. Un reconocimiento instantáneo.
Hoy me ha escrito para preguntarme si ya fui a buscar el paquete. Le he dicho que sí, que más tarde. Mentí. Me cuesta salir de casa últimamente. Cada vez que me visto para enfrentar el mundo, siento que estoy interpretando a alguien más. Una mujer que se pone pantalones ajustados, que sabe a dónde va, que responde correos con emojis corporativos y vive sin sobresaltos. Esa no soy yo.
El piso está hecho un desastre. Hay tazas por todas partes, libros abiertos en posiciones extrañas, anotaciones en servilletas, y una planta medio muerta que no sé por qué no tiro. Mi vida entera parece una historia mal escrita, sin estructura ni propósito.
Pero luego me siento frente al portátil, abro un documento nuevo, y todo se calla. Es el único momento en que me siento real. Las voces se apagan. Las dudas bajan el volumen. Solo estoy yo y las palabras. Aunque no me publiquen, aunque nadie lea, yo escribo. Porque si dejo de escribir, me disuelvo.
He pensado en dejarlo. Muchas veces. En serio. Incluso llegué a buscar cursos de programación, de pastelería, de traducción automática. Me imaginé con uniforme, con una rutina, con un sueldo fijo y una nevera ordenada. Pero a los tres días ya estaba escribiendo una escena sobre una mujer que se deshace cuando nadie la mira. Era yo, claro.
Hay algo en mí que me hace sentir constantemente inadecuada. En todo. En cómo hablo, en cómo me visto, en cómo existo. Soy torpe, demasiado sensible, inconstante. Me olvido de apagar la estufa, de responder mensajes, de fingir que estoy bien. Y cuando alguien me pregunta “¿cómo va tu novela?“, siento ganas de llorar.
El buzón de casa hace un ruido seco y metálico. Me sobresalto. Me levanto, tropezando con una pila de libros en el suelo, y casi caigo de cara. Clásico. Cuando llego al buzón, hay un sobre marrón con mi nombre. Lo reconozco. Es de la editorial Alder & Finch.
Respiro. Lo abro. Ya sé lo que dice.
Lo de siempre.
Pero no.
Esta vez dice otra cosa.
“Querida Hiedra,
Hemos leído con gran interés su manuscrito ‘El animal que escribe’. Aunque no ha sido seleccionado para publicación en nuestra línea principal, queremos expresarle nuestra sincera admiración por la calidad de su prosa y la sensibilidad de su mirada. Si tiene nuevos proyectos, por favor no dude en enviarlos.”
No es un sí. Pero es el menos no de todos los que he recibido.
Me echo a llorar. Como una idiota. Lloro por esa frase idiota: “la sensibilidad de su mirada”. Porque por un momento alguien ha visto algo en mí. Algo más allá de la torpeza y los jerseys enormes.
Y mientras lloro, suena el timbre.
Corro a la puerta, limpiándome los ojos con la manga.
Es Gabriel. Lleva una bolsa con empanadas y me mira como si supiera que algo acaba de pasar.
—¿Lo abriste? —pregunta.
Solo asiento. Y sonrío. Una sonrisa pequeñita. Frágil.
—¿Te quedas a comer?
Él asiente. Siempre se queda. Siempre vuelve.
Mientras comemos, él hace imitaciones de los profesores más ridículos que tuvimos en la universidad. Me recuerda cómo uno de ellos me llamó “joven promesa con ansiedad de párrafo largo”. Se ríe de cómo como empanadas primero por las esquinas, “como si tuviera miedo de herirlas”. Me pasa una servilleta y me dice que tengo una mancha de tinta en la mejilla, aunque estoy segura de que es mentira.
—¿Sabes qué pienso? —dice, limpiando las migas de su camisa—. Que si el mundo fuera justo, tú tendrías una editorial entera solo para ti.
—Si el mundo fuera justo, yo tendría una impresora que no escupa tinta por venganza —respondo.
—Y un escritorio que no se tambalee como un borracho.
—Y un editor que me mandara cartas que empiecen con: ‘Hola, diosa de las palabras’.
Reímos. Y en medio de esa risa torpe y sincera, siento que puedo respirar un poco más.
Gabriel me mira y dice en voz baja:
—No dejes de escribir. Porque si tú paras, el mundo pierde algo importante. Aunque no lo sepa.
Y yo, por primera vez en semanas, me permito sentir que no estoy sola.
Gabriel se quedó un rato más. Puso música en voz baja desde su móvil, una playlist que tituló “Para cuando Hiedra no se odia tanto”. Sonaba Norah Jones y luego una canción francesa que no supe traducir, pero me hizo sentir envuelta en algo cálido. Hablamos de cosas pequeñas: del vecino que siempre arrastra muebles a las tres de la madrugada, de la vez que confundí a un taxista con un editor literario y le di mi manuscrito. Gabriel se rió tanto que casi escupió su té.
Cuando se levantó para irse, se quedó parado en la puerta unos segundos, como si esperara que yo le pidiera quedarse. No lo hice. Pero quise hacerlo.
—¿Vas a estar bien? —preguntó.
Asentí. Fue un gesto automático, casi reflejo. Él no se lo creyó, pero no insistió. Me dio un beso en la frente, me revolvió el moño con una ternura casi infantil, y se fue con la bufanda ondeando como una promesa.
El clic de la puerta al cerrarse resonó más fuerte de lo habitual. De pronto, el departamento se sintió demasiado grande para mí sola. Recojo los restos del almuerzo con lentitud, como si postergar el silencio me ayudara a tolerarlo. Doblo servilletas manchadas, junto migas de la mesa, guardo la empanada que sobró aunque sé que no me la voy a comer. Todo para no pensar.
Pero pienso igual. En el alquiler que está por vencer, en la factura de electricidad que aún no pago, en el saldo en mi cuenta que empieza con un número negativo. Pienso en la carta de la editorial, en que dijeron que tengo una mirada sensible, y me pregunto si eso se traduce en dinero alguna vez. ¿Cuánto vale una sensibilidad? ¿Se puede pagar el gas con una metáfora?
Me siento en el sofá y miro el manuscrito que tengo a medio escribir. Es un archivo abierto desde hace semanas, con el cursor parpadeando como un corazón artificial. No sé qué escribir ahora. No sé si quiero escribir ahora. Pero sé que si no lo hago, no me queda nada más.
Pienso en Gabriel caminando hacia su casa, en cómo siempre se gira a mirar atrás cuando cruza la esquina. Tal vez lo está haciendo ahora mismo. Tal vez está pensando que debería haberse quedado. Que yo nunca lo pido, pero siempre lo necesito.
Y yo, abrazada a mis rodillas, con el jersey mostaza cubriéndome como un caparazón, me permito, por un instante, volver a sentir el vacío. Ese que siempre regresa cuando él se va.
Gabriel caminó calle abajo con las manos en los bolsillos y la bufanda cubriéndole hasta la nariz. El cielo empezaba a oscurecer y el aire tenía ese sabor metálico de las tardes frías. A cada paso, repasaba lo que no dijo. Las palabras que dejó suspendidas en el aire del departamento de Hiedra, como partículas invisibles de un cariño que le quedaba grande al pecho.
La conocía mejor que nadie. Sabía cómo su inseguridad era una niebla densa que se colaba por todas las rendijas. Sabía lo duro que era para ella recibir un casi, un tal vez, un “nos gustó, pero no”. Porque Hiedra no escribía con las manos: escribía con cada parte de sí misma. Cada historia era una capa arrancada de su piel. Y verla dudar de eso era como ver a una flor preguntándose si merece el sol.
Pensaba en el montón de veces que le había dicho que era buena. Que tenía talento. Que escribía con una belleza feroz. Pero ella siempre torcía la boca, como si el elogio fuera una broma cruel. Gabriel deseaba poder abrirle la cabeza y mostrarle cómo la veía él. Cómo cada párrafo suyo lo dejaba sin aire. Cómo, cuando la leía, sentía que el mundo tenía sentido por unos minutos.
Suspiró. Miró hacia atrás, como hacía siempre, y por un segundo le pareció verla asomada a la ventana, hecha un ovillo con su jersey amarillo. Pero era solo su imaginación.
—Algún día —se dijo en voz baja—, se va a dar cuenta de lo que vale. Y cuando lo haga, no habrá quien la pare.
Lo pensó como una promesa. Como un conjuro silencioso que lo acompañaría hasta que ella pudiera creérselo sola.








