Chapter 1
Las ramas se movían con brusquedad, como si fueran azotadas por un viento furioso, mientras unos pies descalzos pisaban con fuerza en el lodo, dejando huellas profundas y oscuras. La respiración agitada de la joven misteriosa resonaba en el silencio del bosque, como un jadeo desesperado. Su cuerpo, envuelto en un vestido blanco que parecía haber sido manchado de sangre en un ritual macabro, se distinguía a gran distancia, como una visión fantasmal.
Un pelo negro como la noche se movía al ritmo de su carrera, como si tuviera vida propia. En sus manos, la joven agarraba con fuerza una caja dorada, como si fuera su única esperanza de supervivencia. La abrazaba con tanta intensidad que parecía que iba a desvanecerse si la soltaba. En su otra mano, un cuchillo brillaba con una luz mortecina, cubierto de sangre fresca que parecía gotear al ritmo de su corazón.
Aunque su rostro estaba oculto en la oscuridad, era evidente que estaba mirando hacia atrás, como si alguien la estuviera siguiendo. Sus ojos parecían estar clavados en algo o alguien que solo ella podía ver. La oscuridad parecía envolverla, como si fuera una sombra que la perseguía.
A medida que se alejaba, su figura se desvanecía entre las ramas, dejando un rastro de gotas de sangre que parecían marcar su camino. Corría con una desesperación que parecía consumirla, como si su vida dependiera de ello. El pueblo que había dejado atrás parecía quedar cada vez más lejos, como si estuviera en otro mundo.
Su piel pálida estaba cubierta de sangre, al igual que su vestido, que parecía haberse convertido en una segunda piel. La sangre parecía brotar de ella, como si fuera una herida abierta que no dejaba de sangrar. La joven misteriosa corría, sin mirar atrás, sin detenerse, como si su vida dependiera de su velocidad.
La oscuridad del bosque parecía cerrarse sobre ella, como si fuera a engullirla. Pero ella seguía corriendo, sin cesar, sin descanso, como si fuera la única forma de escapar de lo que la perseguía. La caja dorada parecía ser su único consuelo, su única esperanza en un mundo que parecía haberse vuelto loco.
En el imponente palacio, seis doncellas, hijas de reyes, aguardaban su destino con corazones divididos entre la esperanza y el temor. Estaban allí para ser entregadas, sin más, a los hermanos Salvatori, como si su único propósito fuera engendrar primogénitos destinados a gobernar algún día. Era cruel, pero cierto: solo las necesitaban para cumplir ese fin, y debían aparentar deseo, ocultando bajo sonrisas forzadas la sumisión de su alma.
En un rincón, tres doncellas charlaban animadamente alrededor de una mesa con seis sillas, sus risas llenas de emoción fingida. Al lado de la ventana, dos pelirrojas gemelas se abrazaban con fuerza, hundidas en un silencio pesado, compartiendo pensamientos sombríos. Cerca de ellas, una joven de cabello negro contemplaba fijamente un retrato de la familia Salvatori, estudiando con detenimiento los rostros de los seis hermanos. Para cada uno, había una doncella de su misma edad, dispuesta a ser esposa. Su mirada se posó especialmente en el penúltimo de los hermanos, su futuro esposo.
El rostro de la joven se giró hacia las gemelas, percibiendo en ellas el reflejo del miedo y la tristeza que también la oprimía a ella. A pesar de su voluntad, el destino la había arrastrado allí. Su padre estaba enfermo, no había más herederos, y su madre había sido asesinada por envenenamiento. La esperanza se había quebrado.
Entonces, una sirvienta llamó con voz firme:
—Es hora.
Detrás de ella, otras doncellas aparecieron para prepararlas. Las jóvenes comenzaron a ser arregladas: maquilladas, peinadas con delicados moños que dejaban caer mechones suaves. Los vestidos azul pastel, iguales para todas salvo por el color del cabello y la piel, eran una máscara que ocultaba la desesperación bajo una apariencia de delicadeza.
—Emma, esto aprieta demasiado —susurró una pelirroja a su hermana, con el rostro pálido.
—Niña, así debe ser. Entre más pequeña la cintura, mejor —respondió una rubia con tono autoritario, apretando aún más el corset de la pelirroja. Su porte indicaba que ella sería la esposa del futuro rey.
Las doncellas avanzaron en fila, cada una acompañada por una sirvienta, recorriendo pasillos repletos de riquezas y retratos de los Salvatori, que parecían vigilar cada movimiento. Finalmente llegaron a una imponente puerta dorada, decorada con símbolos de poder.
—La princesa Elira Elaris de Elarion —anunció un sirviente, y la puerta se abrió lentamente. La primera pelirroja entró con nervios visibles, siendo observada por todos. Frente al rey y la reina, ambos sentados en tronos de oro, hizo una reverencia profunda. El rey asintió, dando el permiso silencioso para que ella se casara con su hijo. Los hermanos Salvatori seguían cada movimiento de la doncella, atentos y calculadores. Elira se retiró hacia una esquina frente al hermano menor.
—Y su hermana gemela, Emma Elaris —continuó el sirviente.
Emma repitió la reverencia con la misma resignación.
—La princesa Vinyä Valthorne de Aurevar —siguió el presentador—, y la princesa Ruby Solen de Varkhonia.
Ambas fueron aceptadas con un simple asentimiento del rey, quienes parecían medir el valor de cada una con la frialdad de jueces.
—La princesa Aurelya Noctharion de Noctharion —pronunció la voz nuevamente.
La gran puerta se abrió para ella. Al entrar, todos la observaron con curiosidad, como si pesaran cada uno de sus movimientos. Caminó hacia el trono con la mirada fija en el suelo y, al llegar, hizo una reverencia respetuosa. De pronto, unas manos suaves pero firmes rodearon su rostro. Un contacto inesperado que hizo que su corazón latiera con fuerza. No necesitaba casarse por el reino, pero estaba atrapada.
—Aurelya Noctharion —murmuró el rey, examinando su rostro con atención meticulosa. Luego soltó sus manos como si nada hubiera ocurrido y asintió con la mirada hacia el penúltimo de los Salvatori.
Él observaba la escena con una curiosidad fría, sin apartar la vista de Aurelya. Sus ojos verdes, heredados de su madre, se clavaron intensamente en ella. Su cabello castaño caía con desorden sobre la frente, y una pequeña cicatriz entre su ceja y su ojo le daba un aire rudo y peligroso. En ese instante, una conexión silenciosa se formó entre ellos, como si ambos supieran exactamente lo que les esperaba.
—Y por último, la princesa Pandora Zabyn de Dralgor —anunció el sirviente.
Pandora entró con una sonrisa enigmática, segura de sí misma. Sus ojos recorrieron al hermano mayor, quien la recibió con una mirada seria y asentimiento frío.
Así, las seis doncellas quedaron alineadas ante los seis hermanos Salvatori. Algunas habían aceptado con alegría disfrazada de sumisión; otras, como Aurelya, sentían el peso de una condena ineludible. Entre miradas que buscaban comprender y silencios que gritaban miedo, estaba claro que ninguna escaparía a su destino.
Pero aquella mirada fija entre Aurelya y el penúltimo hermano parecía presagiar algo distinto. Algo que ningún otro podría comprender aún.








