Príncipe de Caos

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Summary

Un humano no puede vivir entre magos. O, al menos, eso es lo que se dice en el mundo mágico. Raleigh, un humano, nació en la parte incorrecta del mundo; El mágico e inmortal mundo de los magos. Como humano en este mundo, no mucho después de su nacimiento, se convirtió en un esclavo, pagando por los errores de sus padres. Sin embargo, durante su niñez fue rescatado por un prestigioso mago que lo llevó a su hogar. Raleigh ha aprendido a amar las dificultades de ser un mortal entre seres mágicos. Se ha enamorado por completo de su vida en el Territorio de Caos. Incluso cuando los magos de Caos parecen despreciarlo. La familia Nevander le dio un apellido y la posibilidad de estudiar entre magos, en la prestigiosa Ancestral Casa de Guerra del Norte. Solo a cambio de una cosa; su completa lealtad a la familia. Raleigh se las ha arreglado para sobrellevar aquel requisito, especialmente cuando el hijo menor de la familia Nevander parece llevarlo al límite todo el tiempo con su arrogancia.

Genre
Fantasy
Author
Ava
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Cerca del Valle

El habitual silencio nocturno los rodeó.

Cuando los aprendices dormían, todo era silencioso. Las rondas nocturnas comenzaron tan pronto se estableció el toque de queda.

Los aprendices de la Gran Casa de Guerra del Norte no debían saber que estaban buscando amenazas que acechaban durante la oscuridad de la noche.

Sin embargo, con cada ronda, parecía que ellos eran los nocturnos que acechaban en la oscuridad.

—El Príncipe Nevander siempre hace lo mismo. No regresa al antiguo palacio antes del toque de queda. Se pierde durante la mitad de la noche. Lo he visto regresar, tarde, casi al amanecer, escondiéndose entre los arbustos para después acercarse sigilosamente al Antiguo Palacio. —El guardia siguió hablando incluso cuando entró al establo para verificar que no hubiera nadie dentro.

El se mantuvo fuera, mirando a su alrededor y esperando no ver a los lejos las dos sombras alejándose

Era bastante tarde en la noche, pero los vigías habían visto a dos aprendices correr al establo y podía imaginar quiénes eran por la pinta de toda la situación.

Solo había dos aprendices que se despertaban temprano por la mañana con el fin de hacer una carrera hasta el límite. Los habitantes del pueblo ya se habían quejado de ellos, después de que el príncipe Arden se llevó de encuentro a varios civiles en una de sus carreras.

Él no era un guardia realmente. Era uno de los magos del Gobernante del lugar. Buscar a niños a mitad de la noche era más bien un favor para la Princesa Elaine.

Los establos mantenían un alboroto incluso ahora que estaban aquí. Los animales estaban despiertos, incluso alterados, como si tuvieran miedo. Él había deducido sin rodeos que era obra de ellos, después de todo, no puedes abrir las caballerizas sin hacer un gran ruido.

El guardia de la mansión que lo había acompañado, salió del establo negando.

—Vacío, pero faltan dos caballos, faltan dos caballos —dijo al acercarse a él.

—Entonces si eran ellos. —La irritación subió por su garganta—. Ya se han ido.

El Señor de Caos, Lucier, trajo a Raleigh para quedarse cuando era solo un niño. Desde entonces no veía fin a esta clase de cosas, especialmente con alguien tan impredecible como Arden. Le había dado un perfecto compañero del caos. Aunque al principio se la pasaban peleando, o Arden peleaba y Raleigh se mantenía silencioso, en algún momento aquellas peleas se transformaron para convertirse en algo peor. Una competencia interminable. Los dos habían sido entrenados personalmente por el Príncipe Lucier, y parecía ser qué gracias a eso ahora se consideraban ¿rivales en carreras a caballo?. Que estupidez.

Los jóvenes eran tan estúpidos.

Apenas podía creer que tuviera que soportar esto para siempre.

El Príncipe Lucier se había ido hace tres noches de Caos, que Arden empezara tan pronto a causar problemas ya se lo veía venir, pero que Raleigh se le uniera tan pronto era un dolor de cabeza que no había considerado. Normalmente se hacía el difícil por un par de semanas antes de sucumbir a su influencia.

—Vamos a buscar al Primer Maestro para informarle.

Fue el Primer Maestro quien les informó sobre la ausencia de Arden, y se había quedado cerca de las tierras del Antiguo Palacio esperando encontrar algo. Sin embargo, cuando se acercaron al muro que rodeaba al Antiguo Palacio ya no pudieron verlo.

—Quizás los encontró cuando estaban por salir —dijo el guardia—. El maestro no iba simplemente a quedarse aquí y esperar, ¿no?

Los guardias eran tan habladores.

¿Cómo podrías ser sigiloso si tenias a semejante boca que se negaba a cerrarse a tu lado?

Sin embargo, se sintió más tranquilo al escuchar sus palabras. Prefería creer eso. Desde antes de que el Principe Lucier dejara Caos, Arden ya estaba fuera de lugar. Su ausencia sólo representaba más problemas. Especialmente, porque a la Princesa Elaine no le gustaba que su hijo anduviera tan tarde sin supervisión. Sin embargo, el ingrato no podía quedarse quieto.

Si tan solo no influenciara al otro ingrato.

—He encontrado al Príncipe Arden —dijo de repente su compañero, deteniendo sus pasos—. ¿No estaba haciendo un experimento con… Lo olvide… Ah, savia de árbol?

Él también se detuvo, observando el muro frente a ellos. El muro estaba salpicado en una mancha oscura, que recorría lentamente las paredes del muro hasta caer al suelo. Su primer instinto fue pensar que era sangre, sin embargo, entre más miró se dio cuenta que parecía pegajosa a simple vista, viscosa incluso, simplemente asquerosa.

La irritación terminó por subir a su cabeza.

¿Qué quería lograr Arden específicamente?

¿Qué sentido tenía hacer algo como esto?

Siguió observando hasta que encontró un violento patrón en ellas. No era necesariamente algo que se había vertido a propósito, sino que mantenía un violento patrón. Comenzó a dudar que Arden lo hubiera hecho. Era una acción innecesaria y errática incluso para él.

—¿Crees que fue él en verdad? —preguntó por primera vez en la noche—. Lo conozco demasiado bien… Esto es inusual incluso para él.

Apartó la vista del muro cuando no recibió ninguna respuesta. El parlanchín finalmente parecía haberse quedado callado. Permaneció mirando el muro, embelesado con sus patrones violentos. Así fue durante un buen rato que pareció eterno.

No quiso pensar que ahora mismo, el silencio le resultó incómodo. No porque se hubiera acostumbrado a la voz de él. Sino porque hubo un cambio en el ambiente.

Un cambio anormal.

Peligroso.

—Tengo un mal presentimiento —dijo él, esperando que coincidieran, pero de nuevo solo hubo silencio—. Hay que encontrar a esos niños ahora mismo y traerlos de regreso.

Silencio.

Se acercó a él, esta vez ligeramente irritado. Su mano se cerró alrededor de su hombro y levantó la voz: —¿Qué estás esperando?

Todas las siguientes indicaciones que tenía se regresaron por su garganta al ver el rostro pálido de su compañero. Con la oscuridad, las sombras en su rostro parecían tan profundas como las de un cadáver, tan espantosas como las de una criatura de la noche.

Parecía ajeno a la vida, incorrecto a la vista.

Su agarre, inconscientemente, se volvió mortal. Fuerte, intentando que recuperara la conciencia. En su lugar obtuvo trozos. La piel debajo de las capas de ropa se desmoronó como si fuera arena.

—¿Qué es esto? —escupió con repugnancia, alejándose de él, sintiendo la piel de sus dedos hormiguear ante el contacto—. No eres tú —se atrevió a decir—. Nunca estuviste vivo.

De otra forma, ¿Cómo alguien podía morir tan rápido y sin dar señales? Debía de ser un juego o una alucinación. Quizás un ser irreal de la noche lo había atrapado en una ilusión. Su corazón frenético no le permitió pensar otra alternativa. Nunca había presenciado algo así.

Retrocedió unos pasos del muro, de él, la misma sustancia oscura comenzó a salir del cuerpo del guardia. Esta vez, no dudó, sin duda, era sangre. Debía de ser. El cuerpo de su compañeros se desplomó. El sonido, que atinaba a ser frágil, fue exorbitante a sus oídos; tan fuerte como el caer de un gran peso de acero. Se sintió sumergido en aquel sonido, incapaz de apartar su vista.

Nunca había sentido algo parecido al miedo. Y sin embargo, si había algo que asustaba a un mago era sin duda la muerte.

Los magos no morían tan fácilmente.

Un arbusto se movió a una distancia lejana. El sonido fue capaz de sacarlo de su trance. Realmente no era un sonido alto, sino que ansiaba escuchar algo más. Algo ajeno al latido constante que resonaba en sus oídos.

Miró a lo lejos, hacia los arbustos, recordando las palabras del guardia.

“Se esconde en los arbustos, esperando a escabullirse”

—¡Lárgate! —No se atrevió a decir su nombre, ni hacerle saber que se podía quedar. Si él responsable de esta muerte estaba cerca, Arden tenía que huir ahora mismo—. ¡Regresa al Antiguo Palacio junto con el resto!

Tenía que avisar esto él mismo a la Princesa. Tenía que asegurarse de que en verdad se marcharon…

Sin embargo, cuando miró en aquella dirección no se encontró con Arden.

Sus ojos se encontraron ante la silueta de un hombre adulto, con sus dos pupilas resplandeciendo en la oscuridad. El color de su iris ya era siniestro: naranja, una intensidad de naranja comparada a los últimos rayos de sol en un atardecer. Pero lo que en verdad resaltaba no era ese antinatural color incluso entre los magos.

Sino, la forma interrumpida en su ojo izquierdo. Una grieta atravesaba su iris, una rasgadura intensa y dolorosa que brillaba con la luz de la luna.

Esa persona no era Arden.

Al verlo, sintió que no podía ver otra cosa más que a él.

El hombre hizo otro movimiento cuando se movió y comenzó a caminar en su dirección.

Fue incapaz de moverse conforme la distancia se acordaba. No era miedo, estaba seguro, porque el miedo lo haría moverse, atacar. Quedarse inmóvil es algo que su mente cuerda nunca haría.

—Arden —susurró. Parecía que su mente solo podía pensar eso ahora mismo, como su único plan de escape.

—¿Arden? —preguntó el hombre cuando estuvo frente a él—. ¿Es ese es el nombre de tu amo? ¿Estás diciendo que soy tu príncipe? —Su voz profunda, joven hasta cierto punto pero ya había madurado lo suficiente como para diferenciarla entre la voz de un niño. Escucharlo había roto cualquier vago rastro de esperanza que aún conservaba.

Porque esto era real.

Todo.

No fue capaz de pensar más. No se le permitió.

Mientras más tiempo miraba al ojo rasgado, más se veía absorbido por él. Estaba paralizado, incapaz de moverse. Parecía que todo su cuerpo estaba rodeado de sombras, porque no podía ver más allá de él.

Quizás solo la sonrisa espeluznante que tenía en su rostro.

Antes de que pudiera seguir pensando, una fuerza desconocida se cerró alrededor de su garganta, como un gancho de hierro. Al principio creyó que fue él. Pero aquel hombre no hizo ningún movimiento. Se preguntó, en medio de la asfixia, si uno de los poderes de su ojo. De aquel maldito ojo.

Su garganta comenzó a arder con locura, pero la movilidad en el resto de sus extremidades volvió repentinamente.

¿Era este un último acto de bondad?

O, ¿Solo quería verlo intentar vivir?

Su vista, que ya comenzaba a ver destellos, le dio la respuesta. Su torso se movió de forma errática, intentando respirar, sus pulmones comenzaron a arder, pesados y frágiles en su interior, implorando por un respiro, fue tanta su desesperación que, en medio de la bruma llevó sus manos hasta su garganta.

Quería arrancar lo que sea que le impidiera respirar y como no había nada, más que la mano invisible y asesina de la magia, sus uñas se hundieron en su piel. Desgarró la carne frágil de su cuello, abriéndole para crear una entrada al oxígeno.

La sangre se desbordó, sobre su cuello y manos, pero el dolor no pudo alcanzarlo y la repugnancia no lo alcanzó, estaba desesperado por vivir. Tenía que advertirles a todos.

El hombre se rió.

En medio de su desesperación, todavía alcanzó a escucharlo reír. Sus colmillos relucieron, brillantes bajo la luz de la luna.

Un cambiante.

Era un cambiante.

A lo largo de su vida había asesinado a un sinfín de nocturnos pero nunca en su vida se había topado con uno de esta clase.

Un cambiante con el ojo rasgado.

¿Eso era incluso posible?

Como si se hubiera cansado, el cambiante finalmente hizo un movimiento de sus dedos y el cuello del hombre vigía se rompió.

El cuerpo terminó por caer, como un saco de huesos a sus pies. La sonrisa en su rostro se fue cuando la sangre llegó hasta sus pies.

El cambiante miró el cuerpo sin vida, observando la mano qué había perforado su propio cuello. Su pie descalzo, se presionó contra ella y le terminó por romper cada uno de sus dedos.

Los magos tenían reglas para cambiar a los nocturnos. Los nocturnos… realmente no las tenían, pero la debilidad de los magos siempre estaba en sus manos y la magia, destruir aquello incluso muerto le parecía judto.

—Ahora bien, intenta hacer magia —dijo, y como si no le bastara, añadió—. Ustedes los magos son criaturas tan débiles. Te ha bastado tan poco para morir, eso es... —Se rió de nuevo—. Es simplemente patético.

Apartó la vista del cuerpo sin vida, mirando más allá de la barrera del palacio. Sobre una colina se alzó una extensa figura, tan grande como el palacio.

La mansión Nevander.

Volvió a mirar al mago y añadió, no le gustaba el silencio: —Me llamaste Arden, ¿Acaso me parezco a él?

La luz de la luna no podía opacar por completo las luces llamativas de la mansión. Era como un llamado, atrayendo hacia la cálida vida de los magos. Y aunque odiaba la ropa de los magos, se inclinó para tomar el chaleco del uniforme de su víctima. Sus pasos fueron más lentos esta vez, no solo porque odiaba la sensación de la tela contra su piel, sino porque todavía odiaba aún más la idea de tener que caminar en dos piernas.

La sensación le causó una irritación feroz que casi lo hizo gruñir, pero sabía que ahora como un mago, ya no podía comportarse como un animal.

La libertad era algo que no tenían los magos.

Pasos distantes caminaron tras de él. Constantes, sin dudar, pero sin duda pesados. Al caminar en al frente, casi parecía que los guiaba hacia el caos.

Sin embargo, todavía se detuvieron cuando pasaron a un lado del cuerpo, se detuvieron muchísimo tiempo. Tanto que cuando terminaron con el cadáver, ya era más de medianoche.