PROLOGO
El sonido del viento golpeaba contra las ventanas de la estación de radio, trayendo consigo el eco de una tormenta en la distancia. Shi Qingxuan se ajustó los auriculares y habló con voz calmada al micrófono.
—Bienvenidos a Susurros del viento. Soy su anfitrión, Qingxuan. Esta noche, como siempre, escucharemos sus historias.
Era una rutina que había repetido incontables veces, tanto que las palabras fluían sin esfuerzo. Las luces tenues de la cabina, el brillo parpadeante del monitor, la taza de té frío junto a su mano… todo era parte del ambiente en el que se refugiaba cada noche. Pero esta vez, algo se sentía diferente.
Las llamadas de los oyentes solían ser tranquilas: relatos de encuentros fortuitos, confesiones a medianoche, recuerdos nostálgicos. Sin embargo, la voz que emergió del altavoz esa noche tenía un tono distinto. Bajo, pausado… como si estuviera arrastrando algo desde el fondo de un río oscuro.
—Buenas noches, Qingxuan —dijo la voz al otro lado de la línea—. ¿Alguna vez has sentido que alguien te observa incluso cuando estás solo?
Shi Qingxuan sintió un escalofrío. No era una pregunta inusual, pero había algo en la forma en que lo dijo…
—Bueno —respondió, con una risa suave para disimular su incomodidad—, creo que a todos nos ha pasado.
—¿Incluso cuando no hay nadie alrededor?
Un sonido interfirió la señal, como un zumbido de estática mezclado con susurros. Qingxuan frunció el ceño y miró los controles, pero todo parecía normal.
—¿Cuál es tu historia? —preguntó, intentando desviar la conversación.
Hubo una pausa. Luego, el oyente susurró:
—La marea sube, el viento cambia… y los muertos nunca se quedan dormidos.
Un clic. La llamada se cortó.
Shi Qingxuan se quedó mirando el monitor, el silencio de la cabina envolviéndolo por completo. Fuera, el viento golpeó con más fuerza, haciendo crujir las ventanas.
Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que alguien—o algo—lo estaba observando.