1. Jueves
—Eres mi única salvación, Mon. No tengo a nadie más ¡Por favor, ayúdame!
Los ojos marrones de Daniel se clavaban fijos en los azules de Edmond mientras éste evitaba corresponder su mirada. El hombre de 30 años se frotaba el entrecejo con gesto cansino mientras su joven ex cuñado juntaba sus manos con los dedos cruzados, a modo de súplica para darle más dramatismo a su desdichado cuadro.
Edmond llevaba mucho tiempo sin tener contacto con Daniel, o más bien, lo correcto sería decir que había evitado tener contacto con él. Hace 9 meses se había divorciado de su hermana mayor, con tan sólo 1 año y medio de casados. Sabiendo mejor que nadie lo unidos que eran Daniel y Melissa, imaginó que luego de la separación el muchacho le tendría guardado un profundo rencor. Su sorpresa fue grande al recibir un día de improviso un mensaje directo de su parte, mucho más conciliador de lo que hubiera esperado:
“Mon Quiero hablar contigo sobre algo, ¿Podemos reunirnos en algún lugar? Puede ser a la hora que desees. Es urgente”
El mensaje iba acompañado de un sticker con la imagen de un monito haciendo un exagerado gesto de súplica. Edmond, queriendo evitar a toda costa tener que reunirse con Daniel, intentó preguntarle con insistencia qué era lo que ocurría, pero el muchacho se negaba a responder, alegando que era un asunto que necesitaba hablar en persona.
Luego de meditarlo detenidamente, Edmond accedió a una última reunión con él. Ponderando los pros y los contra de esa junta, la "urgencia" que el joven insistía en no revelar lo había dejado inquieto. A pesar de que el sticker daba la sensación de no ser algo serio, le era imposible no sentir curiosidad y preocupación por el estado de su ex cuñado. Acordaron reunirse al día siguiente en un café, a unas cuadras del edificio donde Edmond trabajaba.
Horas antes de que su jornada laboral concluyera, intentó prepararse mentalmente para el encuentro. La incertidumbre lo tenía nervioso ya que era el tipo de hombre que no gustaba de improvisar a última hora, y solía tratar de estar siempre 2 pasos por delante en cualquier situación. Su vida era estructurada y predecible, así le gustaba. Por eso era tan peligroso para él reunirse con Daniel. No era capaz de imaginar hacia dónde iban a soplar los vientos cuando lo tenía cerca.
Daniel, con 22 años, piel morena color canela, traviesos rizos negros que adornaban su frente, y una sonrisa encantadora; llegó 11 minutos tarde a la cita, tal como Edmond había pronosticado. Luego de un par de saludos y preguntas casuales, el mayor no quiso perder más tiempo y exigió saber la razón del encuentro, cruzando los brazos de manera defensiva y el rostro endurecido. Sus dedos, sin embargo, tamborileaban inquietos, delatando la tensión que bullía dentro suyo.
—Verás, Mon, mi apartamento está casi inundado por un problema de fugas que tiene el vecino de arriba. Todas mis cosas están empapadas, apenas pude rescatar mi laptop y poco más.
—¿Y? —La voz de Edmond era fría y cortante.
—Y pues, me preguntaba si podría, quizás ¿Quedarme contigo un par de días?
—No.
—¡Por favor, Mon! No tengo a nadie más que pueda ayudarme.
—¿No tienes amigos, acaso? – Replicaba el mayor con una frialdad que cualquiera hubiera considerado como descortés, salvo Daniel quien sabía muy bien que sólo era parte de su carácter.
—Sí, y nadie puede alojarme. Fred vive con mucha gente en su casa, no hay espacio. Kat empezó a convivir desde hace poco con su actual novio, obviamente seré un estorbo ahí. Y con Mark no tengo mucha confianza. Mel, pues... sabes que está lejos. ¡Tú eres la única persona cercana que me queda!
Realmente no era necesario que se lo explicara. Edmond sabía las circunstancias en las que vivía Daniel. Había llegado a Estados Unidos hace unos 4 años junto a su hermana mayor para vivir juntos arrendando el mismo apartamento. Él estudiaría fotografía gracias a una beca que se había ganado, y Melissa obtendría un puesto en las oficinas centrales de la empresa multinacional en la que trabajaba. Luego de que Melissa y Edmond se comprometieran, Daniel se quedó viviendo solo, pagando la renta con trabajos de medio tiempo y un poco de la ayuda de sus padres.
A pesar de ser un joven alegre y amistoso, Daniel no tenía tantos amigos como cualquiera podría imaginarse. Más bien se diría que gozaba de una lista extensa de conocidos, pero sus amigos cercanos eran contados con los dedos de una mano. Por un tiempo Edmond fue parte de esa reducida lista de amistades, hasta que él mismo decidió cortar con ese lazo después del divorcio con Melissa, eliminándolo de sus redes sociales y borrando su número de teléfono, sin bloquearlo.
Al saber que Daniel aún lo consideraba alguien de confianza, Edmond sintió dentro de sí una leve pero reconfortante calidez, acompañada de una ácida culpa que le recriminaba todos los esfuerzos que había hecho para evitar interactuar con él. Pero la verdad es que realmente tenía una gran y poderosa razón para negarle su ayuda.
—Sé que debo ser una molestia, pero juro que no te lo pediría si tuviera a alguien más a quien acudir. Si quieres, puedo pagarte por el cuarto.
—¿Agotaste todas las opciones? ¿Has buscado alguna habitación de alquiler, de esas que puedes rentar por día?
Edmond al sentir el súbito silencio de Daniel, hizo el esfuerzo de, por fin, dirigir sus ojos azules hacia los marrones del muchacho. Se arrepintió de haberlo hecho inmediatamente. Daniel lo miraba fijamente con una expresión de profunda tristeza y decepción. Hubiera sido fácil para Edmond mantener las defensas en alto si Daniel hubiera mostrado un mínimo indicio de enojo y odio hacia él, pero su semblante entristecido hizo flaquear cualquier intento de negativa posterior de su parte.
—Lo siento, Mon. Ya no volveré a molestarte.
Respondió Daniel luego de un silencio incómodo. Agachó la mirada e hizo el ademán de levantarse de la mesa. El cuerpo de Edmond, como sacudido por una corriente eléctrica, dejó escapar de su boca una frase que terminaría por ser su perdición.
—Tres días. Puedo alojarte en mi apartamento por tres días.
—Mon, no tienes que forzarte. Yo entiendo.
Respondió el joven con pesar, como si el súbito cambio de opinión hubiera sido peor ofensa que el rechazarle una vez más. Edmond no podía evitar sentirse incómodo al ver tan amarga desazón en aquel muchacho siempre risueño y jovial.
—¿Qué otra opción tienes? –Argumentó con tono severo.
Sabiendo de antemano la respuesta, Edmond no esperó a que su interlocutor respondiera a su pregunta.
—Puedes quedarte conmigo lo que dure el fin de semana, pero el lunes yo debo partir a Dinamarca por trabajo. Por eso sólo puedo darte alojamiento por tres días.
El rostro de Daniel se iluminó radiante y le ofreció a Edmond una sonrisa esperanzada, recuperando su habitual calidez.
—¡Gracias! Prometo no molestarte, Mon. Me iré apenas encuentre otro lugar donde quedarme. No escucharé música fuerte, ni ensuciaré. Compraré mi propia comida ¡O incluso puedo cocinar para ti!
—Déjalo. No es necesario. Sólo no desordenes nada y sé silencioso.
—¡Por supuesto! Gracias Mon. Pensé...
—¿Qué pensaste?
Daniel, arrebatado por la felicidad, había estado a punto de decir algo delicado. Pero al darse cuenta, prefirió abstenerse en caso de que pudiera enojar a Edmond y éste retirara la oferta.
—Nada Mon. Sólo... me alegra volver a verte.
Edmond intentaba distraer su mente de los expresivos gestos de Daniel para poder pensar en frío. Sabía que estaba cometiendo un error, pero haciendo una estimación bien pensada, tres días le parecían una medida adecuada para ofrecer su ayuda. Y si debía agendar un viaje a Europa para que ese tiempo no se prolongara más, lo haría.
—¿Puedo... llevar mis cosas más valiosas hoy? No es mucho, pero no puedo dejarlas más tiempo en mi hogar todo empapado.
—Como quieras. ¿Vas a necesitar ayuda con eso?
—No, descuida. Yo me encargo. No quiero causarte más molestias.
Edmond volvió a su característico mutismo, estimando que el fin de semana se pasaría rápido y no tendría mayores complicaciones. Sólo debía no aparecerse mucho en casa y todo marcharía bien. Tomó su taza de café y tragó lo poco que le quedaba con un largo sorbo. A medida que iba alzando la taza, sus ojos rebeldemente se desviaron hacia el rostro moreno de Daniel quien no dejaba de sonreírle con aquel encanto natural que desestabilizaba sus firmes murallas mentales. Cuando notó que la comisura de su labio se elevaba ligeramente, fue que cayó en cuenta de que quizás 3 días eran demasiado para él.d