Caza implacable

All Rights Reserved ©

Summary

Cornelio Evans, un abogado que busca hundir a un policía pedófilo, pero conforme escarba, la verdad se hace más y más turbia. Lo que empieza como una cruzada por justicia personal se convertirá en una guerra contra una red de abuso, corrupción y poder. ¿Podrá sobrevivir la verdad en un sistema construido para sepultarla?

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+
This is a sample

I: Mi perfectamente imperfecta boda

—¡Por todos los osos Teddy! ¡Liseth, ¿qué clase de asistente eres?! —vociferé, exasperado.

—Señor Evans, disculpe... hubo un retraso con los floristas, la organizadora...

¡Ay, su voz me estresaba! Ni qué decir de esa acelerada forma de hablar. Contraté a la mejor organizadora de bodas... «¡Esto es una catástrofe!».

Había ramos tirados por todas partes, como si fueran cualquier... Merde! Hombres colgados en plataformas instalaban telas, lámparas y quién sabe qué más. ¡Horripilante! Comprendí por qué me impedían inspeccionar. Sabían que, si veía el desastre, mi furia sería estratosférica.

«¡Están arruinando mi boda!», pensé con el corazón en la garganta, al borde del llanto, pero no me permitiría llorar. No ante esos ineptos. Deseé acabar con el primer mequetrefe irresponsable que se pusiera frente a mí. Y por desgracia para mi asistente, ella estaba justo en la línea de fuego. Mi pie golpeó el suelo, ansioso.

—¡Liseth, cierra la boca! —espeté, harto de excusas.

Avancé decidido hacia el grupo de ineptos encargados de la decoración.

—¡¿Cómo es posible que todo esté hecho un caos a esta hora?! ¡¡¡Arruinan mi boda!!! —grité como un desquiciado—. ¡¿Acaso soy un imán de la ineptitud?!

—Cornelio, ¿qué estás haciendo aquí?

«Upsi», resonó en mi cabeza apenas escuché el regaño de Campbell. Di un respingo.

—Deja que los organizadores se encarguen. A ti te esperan la estilista y la diseñadora. ¡Mira cómo estás!

Tenía razón. Vestía bata y sandalias, con un gorro térmico en la cabeza y hasta una mascarilla. Pero, ¡¿qué esperaba?! Tenía que supervisar. Menos mal que lo hice, de lo contrario no habría visto la catástrofe.

—Hijo, no puede ser que, incluso hoy, te portes así.

Mi ojo izquierdo tembló. Ese tic nervioso solo aparecía cuando el estrés alcanzaba niveles inhumanos.

—Campbell, es mi boda —repliqué, conteniéndome—. Todo debe ser perfecto —añadí con un puchero. Me traicionó un sollozo.

Él sonrió y me abrazó. Poco le importó manchar su camisa blanca con la mascarilla de pepino y aguacate que llevaba. Mi labio inferior tembló.

—Estos inútiles lo arruinan todo —gimoteé. Me palmeó la cabeza, justo sobre el gorro que envolvía mi cabellera tinturada.

—Vamos, hijo. La estilista te espera. Déjalos hacer su trabajo.

Asentí, aún con el puchero. Solo me quedaba confiar en esos peleles... o rodarían cabezas.

Campbell me pasó el brazo por los hombros. Cabizbajo, le concedí la razón. Tenía que prepararme. Era la boda con el amor de mi vida. Tocaba concentrarse en mi imagen perfecta.

Después de todo lo que habíamos vivido... ¡Lo merecíamos! Una ceremonia sin interrupciones judiciales, ni operativos, ni llamadas del ministerio público. Solo amor. Solo nosotros.

Sería tonto arruinarlo asesinando a los organizadores. La cárcel nunca será lugar para una criatura hermosa y perfecta como yo. ¡Qué horror! Solo imaginarlo me dio escalofríos. Un montón de hombres grandotes y malotes, sometiéndome día y noche... «Mmm, no suena tan mal, después de todo... pero ¡¿qué merde estás pensando, Cornelio?!».

Los nervios comenzaban a hacer estragos. Pero todo se esfumó al ver a Jo’Jo, mi fantástica diseñadora. Lucía impecable. Amé su recogido con rizos dorados sueltos alrededor del rostro, resaltando el verde de sus ojos. Su vestido era sencillo, entallado, y la hacía ver espectacular. Señaló a un costado y vi, con gozo, al maniquí que portaba mi fabuloso atuendo. Aplaudí, emocionado.

—¡Oh, por Dios!

Era un traje slim fit entallado a la cintura, en tono champán satinado. Comenzaba como un bléiser cruzado clásico, pero desde la cintura se abría en una falda amplia, glamorosa, con impecables drapeados. La camisa blanca tenía un cuello Mao abierto. ¡Digno de la realeza... o sea, de mí!

—¡Aaaaah! Amo tu trabajo, Jo’Jo.

El mal rato con los ineptos quedó atrás. Di brinquitos de emoción. ¡Ella me entendía! También reía fuerte por mis reacciones, pero ¿qué más da? Mi modista merecía cientos de aplausitos.

—¡Ay! Dámelo, dámelo, dámelo —demandé, ansioso por verme con mi traje perfecto.

Ella negó con la cabeza. «¿Qué le pasa? ¿Por qué me niega mi vestimenta?». Le lancé una mirada fulminante.

¿Cory, primero tu cabello y rostro —dijo, sonriente. Di un grito aterrado. Su exquisito trabajo me hizo olvidar el caos.

—¡Tienes razón! —corrí hasta la estilista, mientras sus carcajadas resonaban a mis espaldas. «Bueno, al menos alguien se divierte en mi día especial».

La ansiedad casi pudo conmigo. No encargarme yo mismo del cabello me provocaba horror, pero cuando me vi en el espejo, con los últimos retoques, sonreí complacido.

Decir adiós a mi larguísima cabellera fue durísimo, pero el nuevo corte a los hombros me quedaba divino. Amé los reflejos. Un flequillo largo enmarcaba mi perfecto rostro. El resto iba recogido en una media coleta. «Soy tan hermoso».

—Cory, estás listo —anunció Jo’Jo.

—Gracias, hermosa. Eres mi heroína, jamás me cansaré de decirlo —respondí, aún viéndome al espejo. Me sopló un beso en respuesta. «Es encantadora».

—Y dime, ¿qué tal luce Cacius?

—Espera y lo verás. Rob está trabajando en su imagen ahora mismo.

—Al menos ustedes hacen su trabajo perfecto, no como los inútiles organizadores.

Ella rio. Luego me apretó los hombros con afecto. Compartimos una sonrisa a través del espejo.

—Todo saldrá bien, tranquilo.

Asentí. Un largo suspiro se me escapó. Me resigné a casarme en medio del desastre. Por eso cambié de tema:

—¿Dónde está mi mejor amiga? Es increíble que no haya aparecido.

—Relájate, recuerda que debe cubrir tu evento.

Tenía razón. Seguro mi reportera gráfica favorita se encargaba de capturar todo el caos. Aunque bien pudo hacer una sesión backstage.

Un toc-toc en la puerta me sacó de mis pensamientos. Cristina —esposa de Campbell y mi madre—asomó la cabeza para indicarme la hora. Quedé anonadado. La taquicardia me invadió.

«¡No lo puedo creer! ¡Es ya!».

Cristina lucía fantástica, con un vestido largo de tono cobre que combinaba perfecto con el atuendo bronce y negro de su esposo. Sonrió, afable, orgullosa. Tal vez por mi apariencia... o porque sus hijos, al fin, se darían el sí.

¡Ay!... eso sonó rarísimo.

Campbell se hizo cargo de Cacius cuando su hermana, la madre biológica, lo ignoró. Le ofreció la adopción y la muy maldita aceptó sin pestañear. En mi caso, me quedé con ellos cuando perdí a mis padres a los quince.

Cacius y yo fuimos los mejores amigos... hasta que mi vanidad empezó a arruinarlo todo. Pero eso ya no importaba. Solo contaba nuestra felicidad. Y cómo, con ella, también hacíamos felices a nuestros padres adoptivos.

Abandoné aquella sala en compañía de mi madre, la modista y un equipo de asistentes que me ayudaban a proteger mi extravagante vestuario antes del gran momento. Mi corazón latía desbocado, solo comparable a la sensación del fantástico orgasmo que me regaló mi maravilloso hombre roca a primera hora de la mañana. Pensar en eso me obligó a morderme el labio. Estaba loco por verlo.

Cacius me permitió aportar ideas para su traje, pero esa sería la primera vez que lo vería. Manteníamos nuestras vestimentas en secreto para hacer más emocionante el primer vistazo durante la ceremonia.

Abrí la boca ante la tremenda impresión. De pie, junto al umbral que juntos cruzaríamos para la entrada triunfal, mi hombre roca lucía maravilloso. Creí que vestiría un tono oscuro, acorde a su seriedad habitual, pero se veía como un príncipe encantador.

La línea clásica de su esmoquin se rompía con el diseño del saco: el lado derecho era convencional, pero el izquierdo parecía fusionarse con una capa real que caía, desprolija, hasta el suelo. Llevaba un pantalón recto, y lo más increíble: todo el conjunto era de un tono champán satinado exacto al de mi traje, con una camisa blanca clásica y sin corbata. Estaba vestido justo para combinar conmigo. Me hallé al borde del llanto. Mi corazón se aceleró al ver su expresión al mirarme; sus ojos gritaban “me encantas”.

—Sos una puta re fachera.

La voz del maldito argentino cachondo irrumpió mis pensamientos. No me importó que el desgraciado de Robert Ferro hubiera hecho un trabajo fantástico con mi prometido: le lancé una mirada de odio y hasta le arranqué la tableta a mi asistenta para intentar golpear al idiota, que no dejó de reír hasta que me lo impidieron.

—Cory, relájate, ya van a entrar —me dijo Jo’Jo. Tuve que inhalar una enorme cantidad de aire para seguir su petición—. Rob, no es momento de molestar, en serio.

—Eres perfecto —susurró Cacius a mi oído en cuanto me ubiqué a su lado. No pude disimular la sonrisa.

Cuando nuestros trajes estuvieron perfectamente acomodados, Jo’Jo, Rob y su equipo se despidieron deseándonos lo mejor y se fueron hacia las compuertas laterales para integrarse al público. Respiré hondo para espantar los nervios, pero solo se disiparon cuando Cacius apretó mi mano y entrelazó nuestros dedos. En ese instante, fijé la vista en él y descubrí que hacía lo mismo. Amé la reluciente sonrisa que me regaló.

—Te ves increíble —le dije en tono bajo. Él me apretó la mano más fuerte.

—Usted más, señor —replicó con convicción.

En el momento en que «Perfect» inundó el ambiente, supe que era la señal de entrada. Cacius se acercó a mi oído para susurrar algo breve, pero su cálido aliento contra mi piel hizo estragos.

—Ya quiero descubrir cómo sacarle ese montón de tela, señor.

Se me subió la temperatura varios grados, y mi cara lo evidenció. Él, impasible, caminó por el corredor de mi mano. Mi rostro ardía durante el recorrido, aunque intenté disimularlo con sonrisas para los invitados que aplaudían con algarabía.

Entre los asistentes había gente del espectáculo y del mundo del arte, también el fiscal Thompson con su esposa, la madre y las hermanas menores de Jo’Jo, y mi mejor amiga, quien por fin noté junto a otro fotógrafo, cubriendo los pormenores. Eché en falta al desgraciado de Fisher, pero me sorprendió la presencia del capitán Reynolds.

Cacius y yo compartimos una sonrisa al estar frente al portal donde el juez civil nos esperaba, acompañado por un gurú que parecía un hippie disfrazado para la ocasión: llevaba sus rastas ceniza atadas en una coleta, apenas visible encima del traje formal a tono.

A pesar del caos y los malos ratos previos, al hallarme allí, en ese salón repleto de miradas fijas en nosotros, di una ojeada rápida al entorno y me sentí en paz. Quizá había un sinfín de cosas fuera de lugar porque los ineptos dejaron todo para última hora, pero a nadie le importó. Ni siquiera a mí, con mi perfeccionismo enfermizo. En ese instante, mi único interés era el magnífico hombre que me acompañaba, quien no soltó mi mano ni un segundo y estaba a punto de convertirse en mi esposo.

Campbell y Jo’Jo tenían razón: solo debía calmarme. Todo saldría genial porque estábamos juntos. La ceremonia dio inicio con las palabras del juez. A pesar de mis constantes divagaciones —como el hermoso tallado de las velas o el cirio que usaríamos luego, o el camarógrafo desconocido que noté al hacer un paneo— devolví el apretón a mi casi esposo y me esforcé por concentrarme. Cada palabra me provocaba taquicardia, pero estaba listo para dar ese anhelado paso.

Sin embargo, un estruendo me sobresaltó. Una fuerte detonación, para ser exactos. Estuve a punto de gritarle a la organizadora por adelantar la pirotecnia, cuando Cacius me empujó.

—¡A un lado! —gritó, desenfundando el arma de su tobillo. Su mirada se había ensombrecido; el príncipe encantador se convirtió en Rambo y de inmediato comenzó a disparar.

En cuestión de segundos, los gritos de terror y las balas se mezclaron con el quiebre de cristales. «Perfect» sonaba como un murmullo lejano. El desconcierto reinaba. Mi corazón se detuvo al ver a Campbell y Cristina arrastrarse; no supe si estaban heridos o buscando resguardo. Quería ir con ellos, pero mi cuerpo se congeló. Otros invitados corrían. El capitán Reynolds y otros agentes de seguridad también disparaban contra los invasores.

Por supuesto, tenía que ser yo el objetivo de un tiroteo en plena boda. Como si no bastara con haberle movido el piso a medio sistema judicial. «Solo quería un día especial, ¡uno nada más! ¿Es mucho pedir?».

El olor a pólvora me golpeó como una ráfaga. Todo comenzó a avanzar en cámara lenta: las balas volaban por todas partes, Rob logró sacar a Jo’Jo por una salida lateral y otros invitados los siguieron. Mi hombre roca caminaba por el mismo pasillo que habíamos recorrido hace instantes, disparando con precisión implacable mientras la capa de su increíble traje se convertía en harapos.

Entonces, el rojo tiñó mi campo visual. Hacía segundos creí que sería el día más feliz de mi vida... pero quizás, ni siquiera saldríamos vivos.

Aun así, no estaba listo para morir sin antes disfrutar de otro beso suyo.

Subscribe to Jakira Saga to continue reading.