Capitulo 1
La mañana estaba vestida de oro y verde jade. Los estandartes ondeaban al viento, mientras el olor a incienso se percibía desde lo lejos. El sonido de los tambores y los cánticos del coro captaban la atención de todos los presentes, y las flores que adornaban el edificio de entrenamiento le daban una atmósfera más relajada a ese viejo recinto al que Kazuma le había dedicado tantas horas.
Al fin, después de cuatro largos años de esfuerzo, Kazuma podía decir que estaba a punto de graduarse de la academia y convertirse en un soldado del Imperio de Jade, justo como su padre. La imagen en el espejo lo decía todo: llevaba puesto su uniforme. Aún le costaba creer que una prenda tan ligera pudiera ofrecer tanta protección.
El uniforme combinaba la sobriedad marcial con una elegancia ceremonial, reflejando la armonía entre naturaleza, disciplina y poder imperial. La prenda principal era un haori largo de tela encantada, teñido en verde esmeralda con reflejos de jade. Estaba adornado con hilos plateados y motivos de pinos y dragones, y llevaba en la espalda el emblema del Imperio: una estrella de jade rodeada por una luna creciente, bordada con hilos que emitían un leve resplandor.
Debajo, vestía un kimono gris oscuro con tramas en forma de escamas, símbolo de renovación, y un obi de cuero verde con broches de bronce bruñido, funcional para portar armas o talismanes ligeros. El hakama, negro con matices verde petróleo, mantenía sus pliegues gracias a una técnica que usaba Ki. En los pies, llevaba tabi reforzados, con detalles de madera tallada que brillaban durante la meditación o el combate.
Kazuma se recogió el cabello en una coleta de caballo baja para que no le estorbara la vista, y se detuvo un momento frente al espejo. Sus ojos evitaron los suyos. No era miedo. Era costumbre. Luego salió corriendo hacia la academia. Su Ki vibraba con el uniforme, haciendo que las líneas del bordado cobraran vida y que los diseños del haori se volvieran más vibrantes… aunque también temblaban ligeramente, inestables.
Su Ki se agitaba, denso por la emoción que le aceleraba el corazón. En cuestión de horas, por fin se convertiría en un soldado del Imperio y lucharía contra espíritus malignos por el bien del pueblo.
Gracias a su entrenamiento, Kazuma llegó rápidamente a la ceremonia. Pequeñas perlas de sudor aparecieron en su frente, pero se las limpió con un pañuelo y se arregló la coleta para que no se notara que había llegado tarde. La ceremonia ya había comenzado. Se sentó en un lugar abierto junto a sus compañeros, saludándolos con la mirada y una sonrisa. En ese momento, la voz del presidente de la clase resonaba con firmeza en el aire.
—Hoy se presentan los nuevos reclutas del Imperio, una nueva esperanza, nuevas ideas para defender al pueblo de la amenaza Yōkai —la voz del presidente se escuchaba confiada. Su corte militar y los anteojos le daban un aire de autoridad natural—. Les prometo a todos aquí que sus nuevos soldados serán personas de honestidad y confianza como ninguna otra.
Kazuma sintió un leve estremecimiento. Por un momento, el resplandor del haori titiló, como si los hilos mágicos dudaran con él. La presión en su pecho era evidente, pero se obligó a respirar hondo mientras mantenía la mirada fija hacia adelante.
Confianza y honestidad… Virtudes que el Imperio veneraba. Virtudes que, en apariencia, eran sencillas de poseer. Pero para Kazuma, no era tan fácil. No porque engañara a otros, sino porque llevaba demasiado tiempo ocultándose de sí mismo. Tenía un secreto. Uno que siempre había logrado esconder. Uno que no podía permitirse revelar ahora que estaba a punto de convertirse en soldado.
En su memoria, aún resonaban las palabras de un oficial mayor durante un entrenamiento:
—La honestidad no siempre se mide con palabras. A veces es lo que uno no puede decir ni frente al reflejo.
Y Kazuma lo sabía. Porque ni siquiera frente a su reflejo se atrevía a decirlo en voz alta: que le gustaban los hombres y no las mujeres. Que lo había sabido desde hacía años. Y que en un Imperio donde la tradición lo era todo, no estaba seguro de si eso sería aceptado. Por eso guardaba silencio. Por eso su Ki vibraba así, como si también le pesara el secreto.
Después del discurso del presidente, fue el turno del juramento. Cada estudiante decía su promesa al Imperio, algunas más largas y emotivas que otras. Al llegar el turno de Kazuma, este se paró y caminó hasta el podio un poco más rígido de la cuenta, gracias a los nervios. No había practicado su juramento; es más, no sabía exactamente lo que iba a decir. Sus pensamientos empezaron a correr como caballos salvajes.
No podía jurar proteger a todos si no sabía si lo aceptarían tal como era. Pero aun así, debía intentarlo.
Al pararse frente al público, el chico de ojos marrón buscó la mirada de su padre. No obstante, no pudo encontrarla. Una sensación de alivio y a la vez de pena fluyó por todo su cuerpo, haciendo que su Ki se relajara ligeramente. Luego sonrió, como siempre, y miró al público mientras se ponía la mano derecha en el pecho.
—Mi nombre es Ayakawa Kazuma. Como nuevo soldado de nuestro Imperio, juro que iré a ayudar a cualquier ciudadano que necesite la ayuda de un soldado y protegeré las sonrisas de nuestra Hanazora y de nuestro Imperio. —Kazuma dijo con voz confiada y una sonrisa dibujada en su rostro. Se ganó el aplauso de muchos soldados y civiles presentes.
Mientras Kazuma volvía a su asiento, el peso de las palabras que acababa de pronunciar aún resonaba en su pecho. No había sido el juramento más elaborado, pero sí el más sincero que podía dar. Por un instante, sintió que la atmósfera solemne del lugar comenzaba a disiparse, como si la ceremonia pasara a una etapa más humana, más cercana. El murmullo de la audiencia regresaba poco a poco, y los nuevos soldados intercambiaban miradas cargadas de emoción, orgullo o nerviosismo. Fue entonces cuando una voz familiar rompió la tensión con la naturalidad de quien siempre sabía cuándo hablar.
—¡Vaya, vaya! Eso fue más épico de lo que esperaba —dijo una voz a su lado.
Kazuma volteó y encontró a Takeshi, uno de sus compañeros más extrovertidos, de cabello despeinado y sonrisa fácil. Su haori estaba ligeramente torcido, como si siempre estuviera a punto de salirse del protocolo.
—¿Tú crees? No tenía ni idea de lo que iba a decir. —Kazuma rió, algo nervioso—. Solo... salió.
—Justo por eso funcionó —respondió Takeshi dándole una palmadita en el hombro—. Fue sincero. A veces eso vale más que mil palabras bonitas.
Del otro lado, Asano, una joven de porte recto y mirada aguda, cruzó los brazos con escepticismo. Su voz sonó baja pero clara:
—Yo hubiera ensayado. Las emociones no deben dominar la palabra cuando se jura al Imperio.
Kazuma se limitó a asentir. No le molestaba la crítica. Sabía que Asano no hablaba por malicia, sino por convicción.
—Quizá. Pero tampoco me pareció que estuviera mal sentir algo mientras lo decía —contestó con suavidad.
Asano lo miró por un momento más, evaluando sus palabras, y luego asintió levemente.
—Al menos no te desmayaste como Toma del grupo B —añadió Takeshi, bajando la voz y señalando con los ojos hacia un joven pálido que seguía bebiendo agua con las manos temblorosas.
Todos rieron suavemente. Incluso Asano dejó escapar una sonrisa.
—¿Ya sabes qué unidad te asignaron? —preguntó Takeshi mientras se ajustaba el cinturón.
—Todavía no. Supongo que en la siguiente hora nos darán la orden —respondió Kazuma, bajando un poco la voz—. ¿Y tú?
—Patrulla fronteriza. Territorio norte. Justo donde hay más rumores de actividad Oni. Suerte la mía, ¿no? Al menos no soy parte de los ninjas siempre guardando secretos
Kazuma sintió una punzada en el estómago, pero sonrió para no demostrarlo.
—Quizá coincidamos. Sería bueno tener una cara conocida ahí afuera.
—¡Eso espero! —dijo Takeshi con una sonrisa amplia—. Aunque con esa energía que soltaste allá arriba, te van a mandar a la élite o algo.
—Ojalá no sea en la unidad de mi padre —bromeó Kazuma.
En ese momento, un oficial de rostro severo y capa ceremonial caminó entre los nuevos soldados con una lista en la mano. La atmósfera cambió al instante.
—Hora de la verdad —murmuró Asano, componiendo su postura.
Kazuma tragó saliva. Apretó el puño brevemente. Sentía cómo el Ki vibraba bajo su piel otra vez… más tranquilo, pero expectante.
—Ayakawa Kazuma, patrulla fronteriza, territorio norte —leyó el oficial en voz alta—. Su líder de patrulla, Sanada Endou, los espera en la puerta norte para su primera patrulla.
—¡Hey! ¡Estamos en el mismo equipo! —Takeshi saltó de emoción.
—Suertudos… Fui asignada al cuartel general como Onmyōji —dijo Asano, suspirando mientras se alejaba la mirada.
—¿Estás bromeando? ¡Eres de las mejores usando Ki! Por supuesto que serías Onmyōji —Kazuma le sonrió—. Ojalá yo pudiera controlar al menos un poco el mío...
—Lo vas a lograr… un día —dijo Asano, despidiéndose con la mano mientras caminaba hacia su escuadrón.
Takeshi y Kazuma fueron a la puerta norte, sus pasos algo apresurados para dar una buena primera impresión a su líder. Cinco minutos después se encontraban ante el cuartel de la zona. Takeshi arreglaba su cabello ondulado mientras Kazuma intentaba calmar su Ki antes de que se le escapara de las manos delante de su superior.
—¿Puedes tomarte más tiempo? —Kazuma le preguntó, nervioso, mientras una chispa verde vibraba en la manga de su haori.
—Perdón por no tener cabello muerto como el tuyo —replicó Takeshi con una sonrisa.
Kazuma solo rió del comentario y luego abrió la puerta de lo que sería su base. Al abrir, escuchó unos gritos de felicidad y vio un cartel de bienvenida pintado a mano.
—¡Bienvenidos al norte! —dijeron todos los soldados al unísono, mientras un hombre de capa ceremonial, cabello entrecano recogido en una coleta y un parche sobre el ojo izquierdo se acercaba con paso firme. Su voz era grave, pero cálida:
—Bienvenidos, Ayakawa y Dojima, al norte. Yo soy Endou, y seré su superior. Espero que nos llevemos bien y que formemos una unidad exitosa.
Les entregó una lanza a cada uno. Al tocar la de Kazuma, una leve descarga de Ki se filtró de sus dedos hacia el metal. Endou alzó una ceja y sonrió apenas.
—Será un gusto trabajar con usted, señor Sanada —dijeron al unísono los dos soldados, inclinándose.
—Perfecto. Porque trabajarán desde ahora. Busquen su habitación, preparen sus armas y vuelvan a la puerta. Tenemos una misión que no puede esperar.
Takeshi fue el primero en subir las escaleras, seguido de Kazuma. Sus intentos por calmarse habían funcionado, y se podía notar en los colores vibrantes de su haori, justo como el resto de los soldados. Aun así, Endou estaba intrigado por Kazuma, el hijo de uno de los mejores generales que el Imperio de Jade tenía.
En su habitación compartida, Kazuma tomó la cama de abajo de la litera. Luego empezó a preparar su nueva lanza, puliéndola un poco antes de su uso de hoy.
Takeshi, en cambio, sacó la espada que había hecho en los campos de entrenamiento y comenzó a pulir su katana.
—Sabía que no ibas a dejar esa vieja espada. Me sorprende que todavía tenga filo —Kazuma le dio una mirada rápida a la katana.
Era hermosa, una katana hecha 60% de Seikin que le costó todos sus ahorros para hacerla, pero aún así era un arma muy buena para conducir el ki de Takeshi.
—Nunca me voy a deshacer de Ame. Es la espada perfecta para mi ki —Takeshi respondió, sus ojos detenidos aún en la hoja.
Kazuma solo asintió levemente y siguió limpiando su arma, aunque en el interior se preguntaba cómo se sentía eso de poder canalizar ki a través de armas, si alguna vez llegase a pasarle.
Después de unos minutos de alistarse, el dúo fue corriendo hacia la puerta para verse con Endou y otros integrantes listos. Marcharon de inmediato en caballo a la frontera con el Valle de la Medianoche, uno de los epicentros de actividad Yōkai. Un lugar donde incluso los soldados más veteranos no caminan sin sus talismanes más poderosos.
Poco a poco, el camino se volvió más desolado con cada paso que ellos daban, los campos de trigo y arroz dorado se volvían bosque frondoso, el aire cálido de Hanazora fue reemplazado por un viento casi gélido el cual probaba la resiliencia de los soldados. Endou iba a la cabeza, mientras tanto dos soldados más iban detrás de él y por último Takeshi y Kazuma iban en la cola.
Kazuma no podía creer que había personas que vivían cerca del Valle de la Medianoche, ¿acaso podían cultivar comida? ¿Acaso la villa estaría desolada? Preguntas así empezaron a surgir en la mente del joven soldado, pero estas se fueron cuando los soldados empezaron a hablar de sus misiones y avistamientos pasados.
Kazuma sintió una vibración extraña en su pecho. No era el frío del viento. Era su Ki, recordándole que aún llevaba algo dentro que no se atrevía a liberar y estaba desbalanceado por eso.
Kazuma intentaba mantener el paso mientras el grupo avanzaba entre los árboles. El sonido de las ramas crujiendo bajo los cascos de los caballos se mezclaba con el silbido del viento frío. El ambiente había cambiado: la calidez de Hanazora había quedado atrás. Ahora todo parecía más denso, más viejo… como si la misma tierra guardara secretos.
—No me acostumbro a este aire —dijo uno de los soldados que marchaba delante de ellos. Era un hombre fornido, con una cicatriz que le cruzaba la mandíbula—. Es como si algo te respirara en la nuca, aunque estés solo.
—Eso no es aire —replicó su compañera, una mujer delgada de rostro anguloso y voz grave—. Es el Ki residual de los Yōkai. Se queda atrapado entre los árboles, como si no quisiera irse.
—¿Han visto alguno en persona? —preguntó Takeshi, con una mezcla de emoción y respeto.
La mujer asintió sin mirar atrás.
—Tres veces. Uno era apenas una sombra, pero se llevó al perro de un granjero. El segundo fue un Ayakashi con cara de niño. Se colaba por los techos y te susurraba cosas por las noches. Y el último… —hizo una pausa breve— El último ni siquiera tenía forma. Solo sabías que estaba ahí porque las linternas no se encendían y tus pensamientos se volvían… oscuros.
—¿Y qué pasó con ese último? —preguntó Kazuma, en voz baja.
—Desapareció al amanecer. Como si la luz lo borrara. Pero no antes de que uno de los nuestros… se quitara los ojos con una cuchara.
El silencio cayó como un peso entre ellos. Incluso los pasos se hicieron más lentos.
—Gracias por la bienvenida —murmuró Takeshi, intentando aliviar la tensión.
—Más vale que lo sepan —respondió la mujer, ahora girando apenas el rostro hacia los nuevos—. Aquí afuera no hay cuentos para asustar niños. Si sienten que algo no encaja, que el aire se espesa, o que no recuerdan qué estaban pensando hace un segundo... actúen. Porque si lo piensan demasiado, ya es tarde.
Kazuma tragó saliva. El peso de la lanza en sus manos se sentía más real, más frío. Su Ki tembló ligeramente.
—¿Siempre es así? —susurró a Takeshi.
—No lo sé —respondió su amigo, mirándolo de reojo—. Pero si lo es… quiero asegurarme de que salgas vivo.
La unidad se acercaba mas a su destino, con cada paso se podia sentir el ki de un ente poderoso proveniente del pequeno pueblo.
—Nuestra mision en Kujōri es simple, han habido reportes sobre actividad Yokai en el pueblo, pero antes de que se puedan reportar, una sombra viene y mata a todos los Yokai. —Endou va explicando, su mirada siempre al frente —Podemos estar tratando con un Oni, me disculpo con ustedes, Ayakawa y Dojima, ya que su primera mision sera de las mas peligrosas... Pero no se preocupen. Hagan lo que tengan que hacer y dejen lo mas riesgozo a sus superiores.
El aire se volvió más seco al cruzar la última colina. El grupo descendió por un sendero estrecho, flanqueado por pinos sombríos y una niebla baja que se pegaba a las botas como una capa de duda. Al pie del valle, extendido entre colinas grises, se hallaba Kujōri, el último asentamiento del Imperio antes del vacío salvaje que comenzaba más allá.
El pueblo parecía una colección de casas de madera envejecida, techadas con paja y piedra, rodeadas por un muro bajo de barro endurecido y tablones claveteados. El estandarte imperial ondeaba con desgano desde la torre de vigilancia: una estrella de jade rodeada por una luna creciente, emblema sagrado del Imperio de Jade… aunque allí parecía más un recuerdo que un símbolo de protección.
Kazuma sintió cómo su Ki se tensaba apenas pisaron las calles. No era agresivo, pero sí reactivo, como si el ambiente lo obligara a recogerse hacia su centro. Su pecho se expandió en un suspiro largo y controlado.
—Bienvenidos a Kujōri —murmuró el capitán Endou al desmontarse de su caballo con una mueca—. El fin del mundo, versión imperial.
Los aldeanos los observaron desde puertas entornadas y ventanas cubiertas con telas. Algunos hicieron una leve reverencia; otros apenas alzaron la vista. Sus rostros reflejaban más agotamiento que alivio. El sargento al mando del puesto, un hombre enjuto de mirada opaca y ojeras profundas, salió a su encuentro.
—¿Han venido por lo del humo negro? —preguntó sin rodeos —Pense que nos habían olvidado.
Endou frunció el ceño.
—¿Qué humo?
—Una columna. Apareció hace tres noches al oeste, cerca del barranco. No había viento, pero se disipó igual. Desde entonces, las cabras no se acercan al bosque. Y los niños… dicen que escuchan voces desde los arbustos.
Kazuma tragó saliva. No por las voces. Por cómo se removía su Ki: una punzada seca, intermitente, que subía desde la base de su cuello como una corriente errática. No era miedo. No era intuición. Era algo más primitivo, más visceral.
La patrulla decidió iniciar la ronda antes del anochecer.
Caminaron en formación por los caminos fangosos que rodeaban Kujōri. A cada paso, el silencio del bosque parecía más espeso. Ni grillos, ni aves. Solo el sonido de sus propias pisadas y el leve roce del tejido ceremonial reforzado de sus uniformes: túnicas de lino oscuro con capas cortas marcadas por el emblema del norte, placas de protección espiritual en hombros y pecho, y cintas rituales atadas en los antebrazos.
Kazuma iba al centro del grupo. Sentía el pulso de su Ki como una cuerda tensa bajo la piel. Algo en el entorno no armonizaba. No era la vibración estable de los instructores del templo. Esto era distinto… como un eco mal sintonizado rebotando dentro de un santuario sellado.
Detuvo su paso. Instintivamente, colocó una mano sobre el asta de su lanza.
Takeshi, al notar su gesto, bajó la voz.
—¿Kazuma? ¿Sientes algo?
Kazuma no respondió de inmediato. Sus ojos escudriñaron el límite entre los árboles. Entonces lo sintió: un empuje súbito, una presión hacia adentro desde el centro del pecho. Su Ki respondió de forma involuntaria, liberando una onda leve que agitó su capa con un susurro.
—¿Qué fue eso? —preguntó Takeshi, tensando el cuerpo.
—No lo sé —respondió Kazuma. Y era verdad.
El capitán Endou no dijo nada. Se adelantó hacia una rama quebrada, a medio metro del suelo. La corteza tenía una mancha oscura, casi ennegrecida, como si algo ácido la hubiera tocado. Cerca, una pequeña ave yacía muerta. No por colmillos ni garras. Simplemente… marchita.
—Aquí ha pasado algo —murmuró Endou—. Pero no es reciente.
El grupo se reacomodó en silencio. Las bromas murieron. El ambiente se volvió espeso.
Kazuma se quedó mirando el ave. No tenía sentido. Esa cosa… lo que fuera… no era salvaje. No como le habían enseñado a sentir la energía de un yōkai. Era ajeno, sí. Antinatural. Pero no cruel. Había una… intención incompleta en esa energía. Un murmullo, no un rugido.
Entonces lo vio.
No claramente. Solo un parpadeo en la periferia de su visión: una figura alta, encorvada, de piel rojiza, deslizándose entre los árboles como si el bosque la rechazara y la aceptara al mismo tiempo. Sus ojos —o lo que creyó ver como ojos— eran dorados. No brillaban. Solo… observaban.
Un crujido de ramas. Una ráfaga de viento que no venía de ninguna dirección clara.
Kazuma giró la cabeza. Ya no había nada.
Pero el Ki… seguía allí.
Más denso. Más cerca.
Kazuma avanzó lentamente, los sentidos enfocados en aquella figura roja que creía haber visto. Endou trató de interponerse, pero Takeshi lo detuvo con la mano.
—Kazuma era el peor con el control del Ki en la clase —explicó, sin apartar la mirada del chico—. No podía dominar ni las técnicas básicas. Pero era el más sensible. Un detector humano. Por eso se graduó.
Endou relajó los hombros y observó a su recluta en silencio.
Kazuma cerró los ojos un instante, concentrándose en aquella presión invisible en su pecho. Un hilo de energía corrupta se reveló ante él, invisible para los demás. Levantó la mano con una señal clara.
Takeshi fue el primero en moverse. Los demás lo siguieron. Cada segundo era tiempo perdido. El rastro se desvanecía, pero Kazuma no se detenía.
El terreno cambió: rocas, tierra árida, sin árboles ni plantas. Una zona muerta. Allí se detuvo. Un estremecimiento le recorrió el cuerpo. Su uniforme brilló intensamente, reaccionando al peligro cercano. Su Ki, también.
—Aquí estaba el Oni. El rastro termina aquí —dijo, con la voz tensa, aún fortalecido por el peligro.
—Acamparemos cerca —ordenó Endou. Sacó un ofuda, lo lanzó al aire y, al desplegarse, surgieron dos tiendas de papel reforzado.
—Ayakawa, conmigo. Dojima, tú con los otros.
—¡Sí, señor!
Kazuma se apartó, aún atrapado en una sola imagen:
Esos ojos dorados.
Esos ojos que no podía olvidar.