Sombras Del Pasado

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Summary

Laikos, un joven alfa de figura esbelta y porte elegante, vive atrapado entre el presente y un pasado que se niega a dejarlo en paz. Desde fuera, su vida parece ordenada: trabaja en una cafetería, estudia en la universidad y mantiene una rutina estricta. Pero por dentro, Laikos arrastra cicatrices invisibles y profundas. Tras la muerte de su padre, fue entregado a una tía cruel que convirtió su infancia en una pesadilla. Abusos físicos, tortura emocional y silencios impuestos lo marcaron de por vida, y ahora, cada destello de luz, cada mirada extraña o sonido fuerte puede desatar una crisis de ansiedad incontrolable.

Genre
Mystery
Author
Sasha
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Laikos se encontraba en su departamento, envuelto en la oscuridad de la noche. El silencio reinaba, interrumpido únicamente por el suave tic-tac del reloj, marcando las 3 a.m. A su lado, en la cama, su gata de color crema con pelaje sedoso dormía plácidamente. Laikos se acercó a ella y, con una voz casi inaudible, susurró:

—Te amo, pequeña.

Acarició suavemente el lomo de la gata, encontrando en su compañía un consuelo que muchas veces le resultaba esquivo. Pero esta noche, la tranquilidad era solo una fachada. Con una inquietud creciente, tomó su teléfono móvil y encendió la pantalla. En el instante en que lo hizo, su corazón se detuvo.

Allí, en la pantalla, apareció la imagen del hombre que había destrozado su infancia. El rostro del abusador lo miraba fijamente, transportándolo de inmediato a los días más oscuros de su vida. La respiración de Laikos se volvió errática, sus manos comenzaron a temblar y una sensación de asfixia lo envolvió. El ataque de ansiedad se apoderó de él con una fuerza implacable.

El teléfono cayó de su mano, golpeando el suelo con un ruido sordo. El silencio regresó, pero ahora era opresivo, como una losa que le aplastaba el pecho.

—No... no puede ser… —murmuró con voz rota.

Sus piernas se encogieron contra su cuerpo y sus brazos temblorosos rodearon sus rodillas. Se balanceaba suavemente, como si ese movimiento pudiera alejarlo de los recuerdos que volvían sin piedad.

“No digas nada. Si hablas, nadie te va a creer.”

La voz resonó en su mente con la misma claridad con la que la había escuchado años atrás. Un recuerdo fragmentado lo atravesó: un pasillo oscuro, una puerta cerrándose con violencia, un grito ahogado.

Lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, deslizándose por sus mejillas en un torrente silencioso. La angustia y el miedo lo paralizaban, haciéndolo retroceder a esos momentos de horror que tanto había intentado olvidar. Se llevó una mano al pecho, intentando calmar su respiración, pero el dolor emocional era demasiado intenso.

—¿Por qué ahora...? —sollozó, apretando los ojos con fuerza.

Su gata, percibiendo su agitación, se despertó y se acercó lentamente, ronroneando con suavidad. Se acomodó junto a él, presionando su cuerpo contra el suyo con insistencia. Laikos la abrazó con torpeza, aferrándose a ese calor diminuto como si su vida dependiera de ello.

—Estoy aquí... todavía estoy aquí, ¿cierto? —dijo apenas en un susurro, temblando.

El departamento estaba en penumbras. Las cortinas estaban echadas, el aire era frío y estancado. La bufanda gris que tanto llevaba colgaba de una silla cercana, como un espectro de su rutina. Sobre la mesa, un cuaderno de notas estaba abierto, las palabras incompletas de una tarea a medio hacer, olvidada por completo.

Con cada minuto que pasaba, su mente se debatía entre la realidad y la memoria. El zumbido bajo de su ansiedad era como un enjambre constante bajo su piel, haciéndole imposible distinguir entre pasado y presente.

Recordó la sensación del cigarro apagándose contra su piel.

El olor a sudor ajeno.

Las palabras dichas en voz baja, llenas de amenaza y de asco.

Todo volvía como un veneno antiguo corriendo por sus venas. Y él... él no tenía defensa.

—No puedo más... —susurró.

La gata ronroneó más fuerte, casi como si intentara tapar las voces de su cabeza. Sus dedos se aferraron al pelaje sedoso, sus nudillos tensos. Poco a poco, muy lentamente, su respiración comenzó a calmarse. Cada exhalación aún dolía, pero ya no era un huracán: era una herida que sangraba, sí, pero al menos ya no lo estaba ahogando.

Las primeras luces del amanecer comenzaron a filtrarse por las cortinas, dibujando líneas suaves sobre la alfombra. Laikos levantó la cabeza, con los ojos aún enrojecidos. El cielo comenzaba a cambiar de color, como si el mundo le estuviera diciendo que otro día había comenzado.

Y eso, para él, ya era una forma de victoria.