Prólogo
Una hogareña familia estaba celebrando el cumpleaños de la hija menor del matrimonio. La pequeña estaba cumpliendo sus cuatro años.
—Felicidad para nuestra pequeña —celebró el padre. —Y un brindis por mi amada compañera —El hombre brindó levantando una copa en dirección a su mujer. Ya que además del cumpleaños de su hija, estaban celebrando que su querida esposa había logrado superar la enfermedad que la atormentaba desde hace un par de años. El hombre acompañó en todo ese tortuoso momento a su amada, sabía lo doloroso y grave que había sido ese sufrimiento para ella. Ya que tuvo que estar internada en el hospital, lejos de sus tres pequeños hijos.
—Gracias por quedarte —susurró ella. A su lado se encontraba su hijo del medio. Le regaló una pequeña sonrisa y lo acunó en su pecho por unos segundos. Pero un golpeteo en la puerta los interrumpió de su celebración.
La mujer le lanzó a su esposo una mirada inquisitiva. Se suponía que solo estarían ellos en la celebración, no esperaban a ningún invitado. Se levantó del sillón que compartía con su pequeño hijo, y se encaminó al encuentro del invitado sorpresa. Cuando abrió la puerta se encontró con un hombre que traía puesto un pasamontaña. Lo examinó de pie a cabeza, vestía de negro y sostenía un revolver en su mano. A ella se le escapó un grito al ver que el hombre le apuntó con el arma. Inmediatamente los integrantes de la familia supieron que algo andaba mal.
El padre se levantó rápidamente para ver que ocurría, pero ya era demasiado tarde. Dos disparos en la cabeza de la mujer fueron suficientes para acabar con su vida. Fue en ese momento en el que recordó lo que le había dicho el hombre al cual le había pedido una cantidad elevada de dinero, que era para costear el tratamiento de su esposa.
《Si no cancelas la deuda a tiempo, mandaré a mis hombres a matarte》
Fue una promesa, y aquella terrible promesa se estaba cumpliendo.
—Corran —gritó con todas sus fuerzas. Mientras salía disparado a buscar el arma que tenía escondida junto a su cama. Él, haría todo lo posible para salvar a su familia, incluso si tuviese que matar a alguien para defender a sus hijos. Aunque él ni siquiera sabía cómo usar un arma.
La hija mayor obedeció de inmediato, agarró a su hermana pequeña y corrió con ella a esconderse a algún lugar de la casa. El hijo del medio imitó a su hermana y corrió por su vida a buscar algún escondite el cual sirviera para no ser encontrado. Iba saliendo al jardín trasero para esconderse, cuando se percató que había dos hombres armados esperando a que alguien saliera por el patio. El pequeño que tan solo tenía seis años se giró y comenzó a correr hacia el otro lado del pasillo, justo donde estaba la cocina.
Fue entonces cuando la vio.
A unos metros de distancia se encontraba su madre, tumbada en el suelo con un charco de sangre rodeándola.
Estaba muerta.
El pequeño corrió lo más rápido que pudo, lágrimas caían de sus ojos, llevó sus manos a su rostro y apartó aquellas fastidiosas lágrimas que caían en picada. No había tiempo para llorar, ahora debía escapar y esconderse.
Subió las escaleras lo más rápido que pudo y llegó a uno de los armarios que se encontraban por el pasillo del segundo piso. Se escondió ágilmente dentro y se topó con una hilera de chaquetas y abrigos colgados sobre él. El olor a cuerina de una de las chaquetas se impregno en su nariz, tanto que dio un estornudo. Se cubrió la boca con ambas manos tratando de acallar cualquier ruido proveniente de él, eso le ayudó a percibir un gemido seguido de un sollozo. Quizá alguna de sus hermanas estaba cerca. Se mantuvo quieto un momento, hasta que sintió unos pasos deslizarse cerca de donde él se encontraba. Su cuerpo se tensó al instante, quizá uno de los hombres estaba cerca. La madera crujió y el pequeño se acercó a la puerta del armario, observó por una de las minúsculas rendijas que daban al exterior. Cuando percibió a su hermana mayor caminar por el pasillo, intentó levantarse para ir junto a ella, pero unos pasos pesados salieron de una de las habitaciones. Entonces escuchó el grito de su hermana, y los pasos desesperados por querer escapar. Los pasos siguieron deambulando por el pasillo, hasta que pararon en seco, el grito volvió aparecer, pero seguido de un disparo. El pequeño salió ágilmente del escondite para presenciar lo sucedido. Cuando se giró al ver de dónde había provenido el grito, su pecho se contrajo, a un par de metros estaba su hermana mayor, semisentada contra la pared. Con un pequeño orifico oscuro cerca de su corazón.
También estaba muerta. Al igual que su madre.
Meditó lo sucedido unos segundos, pero una voz llegó a su mente.
《Corre》
Esta vez corrió con todas sus fuerzas. El hombre que había dado muerte a su hermana había desaparecido. Era hora de encontrar un buen escondite y no salir de ahí hasta que todo hubiese terminado.
Encontró la puerta de su habitación semiabierta y entró velozmente. Se escondió debajo de la cama y no reparó que cuando entró, no cerró la puerta. Esta vez tenía dos opciones; la primera era quedarse debajo de la cama esperando y tratando de no hacer ningún ruido posible, y la segunda opción era salir de su escondite y cerrar la puerta. Él pensó que quizá haciendo eso, tendrían menos posibilidades de encontrarlo. Decidido, flexionó las rodillas y se apoyó sobre sus codos dándose impulso para salir, pero cuando tenía la mitad del cuerpo afuera, sintió nuevamente pasos, esta vez venían en conjunto con un par de voces masculinas y unos suaves gemidos inocentes. Se deslizó nuevamente dentro de su escondite y permaneció en silencio.
—¿Qué hacemos con ella? —preguntó una de las voces, simulaba ser una voz juvenil.
—Hay que matarla —respondió una voz un poco más grave. —No hay que dejar vivo a ninguno. Fueron las órdenes del jefe.
El niño confundido ante las palabras de aquellos hombres se empujó con sus codos y pudo ver más de cerca la escena. Él quería entender por qué estaba sucediendo todo esto.
¿Por qué el jefe de aquellos tipos querría ver a toda su familia muerta?
Observó detenidamente la situación, había dos hombres parados frente a frente, uno de ellos sostenía a su pequeña hermana; con una de sus manos le cubría la boca, mientras que con la otra sostenía un arma. El otro hombre que estaba parado a su derecha llevaba una camisa color crema, unos pantalones negros y un sombrero del mismo color que cubría la mayor parte de su rostro. Apenas se podía ver gesticulando su boca cuando hablaba.
—Solo mátala —masculló el hombre de la voz grave.
—Pero es solo una niña —arremetió con voz calmada el tipo que sostenía a la pequeña.
—No me interesa, hazlo —ordenó el hombre del sombrero. Mientras llevaba una de sus manos a su cabeza y acomodaba el fastidioso sombrero que ya no lo dejaba ni ver. El tipo bastante descuidado, dejó a la vista su rostro, entonces el pequeño se dio cuenta que era el mismo hombre que minutos atrás le había disparado a su hermana mayor. Grabó rápidamente los rasgos de aquel asesino, quizá si memorizaba su rostro, la policía lo encontraría más rápidamente y harían que pagara por la muerte de su hermana.
—Iré a buscar al mocoso que falta —avisó el asesino de voz grave. —Y para cuando vuelva, espero que esa niña esté muerta.
El hombre que sostenía a la pequeña la soltó y de un empujón la arrojó a la habitación. Cuando ella cayó al suelo levantó la cabeza y se encontró con la mirada de su hermano.
El niño pensó en agarrarla de los brazos, y meterla a su escondite. Pero cuando se acercó para agarrarla ya era muy tarde, el hombre de voz juvenil y cabello castaño ya había atentado contra su hermana, lanzando un disparo justo en su cabeza. El niño quedó sin respiración, lágrimas descendían de sus ojos descontroladamente, se acercó más a ella sin importar que el asesino de chaqueta marrón lo viera. Ya habían matado a su familia, ¿qué más daba que lo mataran a él también? El pequeño sostuvo las manos de su pequeña hermana muerta y lloró junto a ella, sin percatarse de que el asesino seguía ahí, y lo estaba apuntando con el arma. El pequeño ya no tenía miedo, le sostuvo la mirada por algunos segundos y se percató que los ojos de aquel hombre estaban empapados en lágrimas. Pero se estaba acabando el tiempo, a lo lejos se escuchaban las sirenas que alertaban que la policía se aproximaba.
—Es hora de irnos —gritó la misma voz grave que había estado minutos antes. —Y no pude encontrar al mocoso ese —refunfuñó molesto.
—Ya está muerto —masculló en respuesta el asesino de la niña. Entonces guardó su arma dentro de su cinturilla, y miró por última vez al pequeño que seguía sosteniéndole la mirada. Luego desapareció.
El pequeño acarició por un momento la diminuta cabeza de su hermanita, besó su frente y salió detrás de aquel hombre.
Caminó por el pasillo y encontró a su hermana mayor en la misma posición que la vio la última vez, pero esta vez había algo más, una abundante mancha de sangre descansaba en su pecho y sobre su estómago, llegando a esparcirse por el suelo de madera. Ella, seguía con los ojos abiertos mirando a la nada. El pequeño se acercó y con una de sus manos cerró para siempre los ojos de su hermana. Cuando comenzó a llorar por la pérdida de su familia, escuchó voces provenientes desde el primer piso, caminó a pasos largos y se agachó cerca de la escalera.
—Hemos matado a tu esposa, y a tus tres hijos —habló una voz profunda, el pequeño no la había escuchado jamás, esta voz no provenía de ninguno de los asesinos de sus hermanas, así que se acercó para ver de quién se trataba. Era un hombre de estatura baja que llevaba un pasamontaña, y estaba apuntando justo la frente del padre, a lo lejos pudo notar una serpiente de colores verdes brillantes tatuada en su muñeca. Junto a él, había un hombre calvo, que llevaba una polera negra y un pañuelo oscuro con trazos verdes que cubría su nariz y boca. Él también estaba apuntando a su padre, pero en dirección a su pecho.
—La deuda ya está saldada —anunció el hombre de cabeza rapada. Apretó el gatillo y un chorro de sangre saltó cuando la bala atravesó el pecho del padre del menor. El niño rápidamente se escondió detrás de la pared que lo separaba de lo sucedido. Lanzó su cabeza hacia atrás y lloró en silencio. Ahora sí, toda su familia estaba muerta.
Las sirenas se acercaban cada vez más rápido, cuando volvió a mirar hacia abajo, se encontró con su padre tumbado en el suelo. Toda su familia estaba a muerta a causa de unos asesinos que habían decidido acabar con la vida de sus seres queridos, de alguna forma él también estaba muerto, muerto en vida, esperando que alguna bala hubiese atravesado su cuerpo para poder haber descansado junto a sus padres y sus hermanas.
Bajó las escaleras un poco aturdido, pero se acercó lo más rápido que pudo a la ventana que daba hacia el patio delantero. Los hombres habían huido en un auto negro que no llevaba patente. Y la policía acababa de llegar.
Cerró los ojos y negó con su cabeza.
Pasó frente a su padre muerto y caminó hasta la entrada donde se encontraba su madre. Tenía la esperanza de que ella abriera los ojos, que aún estuviese con vida. Cuando se acercó a ella se recostó a su lado y apoyó su cabeza en su pecho, no le importó la sangre que había a su alrededor, él solo quería oír los latidos del corazón de su madre, pero los latidos nunca llegaron. Ella estaba muerta. Cerró los ojos mientras que un par de lágrimas escapaban y resbalaban en sus mejillas.
Él jamás olvidaría ese día.
Jamás olvidaría a aquellos hombres, y como ellos sin piedad arrasaron con la vida de toda su familia.
Jamás olvidaría a ese hombre que le perdonó la vida. Que no lo mató a él, pero si mató a su pequeña hermanita el día de su cumpleaños.