Capítulo 1

GRACE WELLWOOD se apoyó pesadamente contra la pared de paneles de caoba de la parte trasera de la sala de baile y trató de ignorar la incómoda sensación que le atenazaba la boca del estómago.
Habría deseado que su vida fuera un poco más sencilla o que, al menos, algo en su vida lo fuera. Sólo por una vez, le encantaría poder mezclarse con la multitud de manera anónima, entrar y salir de la sala sin que nadie se fijara en ella o, por lo menos, encontrar un rincón libre y esconderse allí.
La idea de tomarse un par de copas era de lo más atrayente: sería sólo el empujón que le hacía falta para pasar por el mal trago de fingir que se lo pasaba bien en aquella sala llena de extraños y chupasangres pragmáticos.
Sin embargo, Grace era demasiado responsable y consciente de sus obligaciones como para hacer algo que no fuera sonreír, asentir y poner cara de que las conversaciones le interesaban mucho más de lo que le importaban en realidad.
—Grace, ¡enhorabuena!
Era George Iafrani, uno de los proveedores principales de su restaurante de Boston, e iba directo hacia ella con sus labios gordos y húmedos fruncidos como si fueran un tomate seco de los que vendía. Grace le ofreció la mejilla justo a tiempo.
—Gracias, George. Me alegro de verte.
—No, de verdad, Grace. Lo digo muy en serio.
Se comportaba de esa manera repetitiva, sensiblera y babosa de los borrachos y no dejaba de hablar con entusiasmo sobre su nuevo libro de cocina.
—Es un libro maravilloso, Grace. Sencillamente maravilloso. Se lo recomiendo a todos mis clientes. Claro que es bueno para el negocio cuando les digo que te conozco.
Se había inclinado sobre ella demasiado para puntualizar las últimas palabras. El aliento le apestaba a alcohol y ella tuvo que dar un paso atrás. George era bajo y grueso; parecía un ex luchador. No tenía malas intenciones y era un tipo decente, pero Grace no estaba de humor para que la arrinconara. Se había puesto a cotorrear sobre las pésimas condiciones de crecimiento del tomate en México.
—Grace, aquí estás.
Trish Wilson, la socia y mejor amiga de Grace, vino al rescate con una segunda copa de champán en la mano, como si agitara un premio.
—Tenemos que ir a hablar con una persona. Hola, George. Lo siento, espero que no te importe que te la robe un momento.
Trish la agarró del codo y se la llevó sin más.
—Oh, Dios, gracias por salvarme. Un minuto más y juro que me habría puesto en plan bruja, así que encima habríamos tenido tomates pasados durante los próximos dos meses.
—¿Una bruja? ¿Tú? Eso habría sido digno de ver.
Grace le dedicó un guiño juguetón.
—Aun así, ahora mismo te besaría, Trish.
Trish le pasó la copa de champán.
—Mmm, imagino que eso nos abriría todo un nuevo mercado. Y seguro que el bueno de George sería el primero en ponerse a la cola para el espectáculo.
Grace se echó a reír al imaginárselo.
—Los hombres heteros que se ponen cachondos cuando se enrollan dos mujeres no son un mercado que me interese mucho, sinceramente.
—No te lo discutiré.
Grace dio un sorbo de champán, pensativa.
—Supongo que no hay ninguna posibilidad de que podamos escaquearnos de aquí temprano, ¿verdad?
Grace Wellwood y Trish Wilson eran las chefs más seductoras de los Estados Unidos. También se las conocía como las Gatitas de los Fogones, las Jamonas de la Alta Cocina y multitud de apodos igual de tontos que les habían puesto los medios de comunicación. Eran muy populares gracias a su nuevo libro de cocina, su exitoso restaurante —en el que había que reservar con meses de antelación— y su programa de televisión, que arrasaba en las audiencias: Cocina día a día de Wellwood y Wilson. Eran las invitadas de honor de la velada, así que Grace sabía lo que iba a contestar Trish antes de que ésta abriera la boca.
—Da igual —murmuró Grace, al tiempo que echaba una mirada furtiva a las pesadas puertas de doble hoja que había al otro lado de la sala.
Se le encogió un poco más el corazón. Si al menos Aly fuera a venir, la noche habría valido algo la pena… Trish exhaló un hondo suspiro, dio un sorbo de champán y estudió a Grace con sus ojos oscuros, que podían llegar a ser brutalmente sinceros cuando evaluaban algo.
—¿Sabes, Gracie…?
—No lo digas —siseó Grace.
Sabía que Trish y ella podían decirse cualquier cosa, porque se comprendían la una a la otra aunque no siempre estuvieran de acuerdo, cosa que sucedía a menudo. Aun así, se querían de una manera sencilla y sincera y gracias a ello se habían ayudado la una a la otra a mantener los pies en el suelo, sobre todo durante la locura en la que se habían convertido los últimos dos o tres años. Lo que pasaba era que aquella noche Grace no estaba de humor para que Trish le recordara que estaba a punto de sufrir una desilusión. Su amante no tenía intención de presentarse, como siempre.
—Cariño, yo lo único que quiero es que seas feliz —le dijo Trish con voz suave y mirada amable.
Grace dio un buen trago de champán y paseó la mirada por la lujosa sala durante un buen rato. Estaba repleta de aduladores, contactos de negocios, periodistas, colegas de profesión y gente que todo lo que buscaba era que se la viese rodeada de las personas adecuadas. Hablaban y gesticulaban animadamente en corrillos, mientras mordisqueaban sus pastelillos de cangrejo o los delicados canapés de salmón, pepino y caviar.
Los motivos de cada uno para estar allí se habían difuminado temporalmente en el aura de la música, el alcohol y la buena comida. Las conversaciones y las risas se elevaban por encima de la melodía que interpretaba el cuarteto de cuerda y Grace anhelaba sentirse parte de aquel ambiente distendido en lugar de ser una espectadora. Al fin y al cabo, toda aquella gente estaba allí por ella y sabía que debería disfrutar de la admiración que despertaban sus logros y los de Trish. No obstante, para ella no era más que un papel que había que representar, el de empresaria de éxito y famosa, igual que todas las demás veces en que había sido la atracción principal de algún acontecimiento. Había llegado todo lo lejos que se podía llegar trasteando en una cocina, pero había ocasiones, como aquella noche, en las que deseaba poder volver a los viejos tiempos, cuando sólo estaban ella y Trish y un par de cocineros dejándose la piel para servir a todo el mundo. Cerró los ojos un instante. Si se concentraba lo suficiente casi podía sentir el calor de la cocina, oler alrededor de una docena de aromas que se entremezclaban y competían entre sí, oír el chisporroteo de las parrillas y las ollas entrechocando las unas con las otras.
—¿Me has oído, Grace? Sólo quiero que seas feliz.
Grace forzó una sonrisa y se pasó una mano por el recogido del pelo en gesto distraído, para localizar posibles mechones sueltos.
—¿Y por qué no iba a serlo? Es una gran noche para nosotras —dijo, sin emoción en la voz.
—No me refiero a eso y lo sabes —replicó Trish, en tono firme, si bien no desprovisto de calidez—. No va a venir, Grace.
La brusca franqueza de Trish cogió a Grace por sorpresa. Las dos eran amigas y colegas desde hacía casi una década y no se andaban por las ramas, así que Grace sabía perfectamente a qué se refería Trish —mejor dicho, a quién— y aquello la ponía nerviosa, porque hacía tiempo que había dejado claro que su amante Aly, una mujer casada que seguía en el armario y casi nunca se dejaba ver con ella, no era un tema de conversación aceptable. Grace casi nunca hablaba de Aly y, cuando lo hacía, se le ponía la carne de gallina, fruncía los labios y colocaba los hombros en tensión inconscientemente. No soportaba que se le notara tanto lo mucho que le molestaba hablar de Aly.
—Yo no he dicho que fuera a venir.
—Pero esperabas que lo hiciera —Trish dio un paso hacia ella y le acarició el brazo con cariño—. Grace, cielo…
—Oye, ¿podemos dejarlo? —saltó Grace.
La angustia empezaba a reemplazar al enfado y Grace temía no ser capaz de controlarse. Ir sin acompañante a una fiesta no era nada que no hubiera hecho antes, pero aquella noche la soledad se le antojaba afilada como la hoja de un cuchillo. Aunque sabía que Trish siempre estaba allí para ella y que siempre estaría de su parte, Trish era su amiga, no su amante. Aquella noche, Grace necesitaba a una amante: alguien que la mirara con orgullo posesivo, con afecto y admiración. Alguien con quien volverse a casa y acurrucarse para repasar la velada. Alguien con quien no tuviera que ser la estrella de la noche.
—Vaya, aquí estáis.
James Easton era su gerente comercial, un hombre elegante y de mucha labia, con voz acaramelada y una personalidad burbujeante y dulzona como el champán que llenaba sus copas. Pese a que su efervescencia llameante a veces resultaba excesiva, James les era imprescindible. Era incansable y no sólo parecía que nunca se le acababa la energía, sino que tenía una lista de contactos inacabable y una sagacidad para los negocios que no tenía límite.
Él las había encumbrado más alto de lo que habrían podido imaginar: era el motor de su éxito.
—Niñas, niñas —chasqueó la lengua desaprobadoramente—. ¿No estaremos discutiendo, eh? Venga, daos un besito, venga… —trinó—. La revista Wine Aficionado está esperando aquella entrevista que les concedí en vuestro nombre. No les hagamos esperar más, ¿de acuerdo? Ohhh, y también está el importante anuncio que hemos planeado —dio una palmada entusiasta—. ¡Me muero de ganas!
Las cogió del codo y las condujo de nuevo hacia la multitud, aunque Grace no pudo evitar mirar hacia la puerta por encima del hombro una última vez. Al volverse, Trish le dedicó un «te lo dije» con la mirada y la cara le ardió de vergüenza e indignación.
Grace era consciente de que todo el mundo tenía sus puntos flacos: lo único que pasaba era que el suyo era una mujer brillante y preciosa capaz de derretirla con una mirada o una caricia, pero que nunca podría ser suya.
Grace inspiró profunda y dolorosamente y apretó los nudillos en torno al pie de la copa. Sin lugar a dudas necesitaba algo más fuerte que champán si quería sobrevivir aquella noche.
Por fin había empezado a relajarse. El anuncio sorpresa de que Trish y ella iban a abrir un nuevo restaurante en Manhattan —como continuación de su famoso local de Boston, Sheridan’s— había sido recibido con la aprobación inmediata y fogosa de todos los presentes. Tras un breve discurso, la muchedumbre se agolpó en torno a ellas y su entusiasmo confirmó la creencia secreta de Grace de que en aquellos momentos todo lo que tocaba se convertía en oro.
Bueno, todo salvo en su vida amorosa, que era un fracaso total. Aun así, se repitió que no era una causa perdida y empezó a fantasear, como hacía siempre que bebía un poco. Era lo que le permitía fingir durante un rato que estaba locamente enamorada de Aly O’Donnell y que Aly estaba locamente enamorada de ella; que el día menos pensado las complicaciones de su relación se evaporarían como por arte de magia, igual que cuando se reducía la salsa a fuego lento. En su imaginación, eran la mezcla de ingredientes perfecta, la unión única e inolvidable de sabores que consumaban una creación inconfundible. Y si no podía ser, si no llegaban a la mesa con la presentación perfecta, al menos chisporrotearían juntas en la parrilla. Algo es algo, ¿verdad?
Grace dio un sorbo del carísimo coñac y dejó que James y Trish cargaran con el protagonismo y el peso de la conversación, como solían hacer. La calidez del alcohol la tranquilizó y, al cabo de un rato, el efecto relajante y las distracciones continuas y bienintencionadas empezaron a sacarle a Aly de la cabeza. Al fin, le sonrió a Trish y esta le guiñó el ojo.
Las cosas no podían irle mejor. El negocio subía como la espuma; era el nombre de referencia para la cocina doméstica en Estados Unidos y sus colegas la admiraban. Su perro le tenía un poco menos de aprecio, porque casi nunca estaba en casa, pero qué se le iba a hacer: el éxito tenía un precio. En aquel momento estaba en la cumbre y no pudo evitar pensar en que nunca volverían a estar tan alto en la vida, así que, realmente, no tenía razones para quejarse. Tenía éxito en el trabajo y una mujer preciosa compartía su cama, por mucho que la presencia de Aly fuera poco frecuente. Dio un nuevo sorbo de licor ardiente: tenía los músculos tan relajados que temía haber llegado al punto de no ser capaz de caminar en línea recta. Estaba bien. Todo estaba bien, menos el vacío que sentía constantemente en la boca del estómago. Volvió a cambiarle el humor, maleable como la arena, justo cuando una pequeña conmoción atrajo su atención hacia la entrada. Le pareció vislumbrar la melena caoba que tan bien conocía y se le cayó el estómago a los pies: hasta la mismísima punta de los tacones de sus zapatos Jimmy Choo.
«Dios mío, ha venido. Ha venido de verdad.»
Por un segundo la invadió el pánico y a continuación sintió una oleada de dulce satisfacción.
—Vaya, vaya —le susurró Trish al oído.
Había logrado separarse de sus admiradores lo suficiente para reparar en la vistosa llegada de Aly y su marido, Tim O’Donnell, el vicealcalde de Boston. Le dio a Grace un apretón tranquilizador en la muñeca y volvió con los demás. Grace se quedó sola.
¿Por qué había tenido que traerlo a él? Era lo que Grace se preguntaba con amargura, mientras observaba a la pareja moverse entre la gente en su dirección, como si fuera una elegante coreografía en la que se paraban de tanto en tanto para estrecharle la mano a alguien o dedicar algún saludo en particular. No conocía a Tim O’Donnell lo bastante para odiarlo, pero con lo que sabía de él bastaba para que le disgustara intensamente. Todo lo que había hecho desde que se había casado con Aly al salir de la facultad de derecho había sido calculado para obtener él éxito y ascender en la escala política. Había sido lo bastante listo como para darse cuenta de que la manera más rápida de enterrar su pasado de familia obrera, además de sacarse la carrera de derecho, había sido casarse con la hermosísima Aly Fitzsimmons, miembro de una de las familias más antiguas y acaudaladas de Boston, cuyo padre era juez en el Tribunal Federal de Apelaciones y cuya madre era profesora en Harvard. En la actualidad, el político de cuarenta y dos años había iniciado su mandato como vicealcalde de la ciudad y repetía una y otra vez que aquello no era más que el principio.
A medida que la pareja se acercaba, Grace le dio un repaso rápido — aunque concienzudo— a su amante. Aly estaba tan guapa como siempre y Grace se quedó casi sin respiración. La melena castaña le caía suelta sobre los hombros desnudos; llevaba un vestido de color verde oscuro sin tirantes que le iba a juego con los ojos. También Aly miró a Grace y se le dilataron las pupilas de placer al contemplarla con delicadeza, como si su mirada fuera una brisa de verano.
A Grace le flaquearon las rodillas, igual que la primera vez que Aly la había mirado de aquella manera, hacía ya casi tres años, en una cena política de recaudación de fondos para la que Trish y ella habían hecho el catering. Aquella noche, Aly se había acercado a la mesa del bufet sugerentemente, se había presentado y, en tono seductor, le había preguntado qué plato le proporcionaría más placer. No había despegado los ojos de Grace un solo instante y, aunque sus intenciones habían sido claras, Grace se había quedado embelesada por la promesa tácita de placer carnal que había en su solícita mirada. El deseo que sentía por Grace era ardiente e irresistible y no tardaron mucho en acabar enredadas en habitaciones de hotel de las afueras, en el asiento trasero del Mercedes de Aly aparcado en alguna carretera secundaria o incluso, en una ocasión, sobre el suelo embaldosado del lujoso y enorme cuarto de baño de una amiga común.
—Ah, señorita Wellwood —la saludó Tim O’Donnell, con una sonrisa grasienta al estrecharle la mano con el entusiasmo artificial de un vendedor de coches de segunda mano.
Se le comió el escote con sus oscuros ojos y Grace, que sabía que el escote en V de su vestido Halston dejaba poco a la imaginación, reprimió un escalofrío.
—Enhorabuena por su último éxito —le dijo a sus tetas—. Verdaderamente, veo que no son de las que se vienen abajo.
¿Se refería a Trish y a ella o a sus tetas? Lo que Grace quería hacer en realidad era abofetearlo, pero seguramente aquello les aguaría la fiesta a todos.
«Pórtate bien, Grace.»
Forzó una sonrisa, tan superficial como la de Tim. Nunca se sabe cuándo podía necesitar algún que otro permiso para hacer remodelaciones en los restaurantes.
—Gracias, señor vicealcalde. Un placer verle, como siempre.
—Por favor, mis amigos me llaman Tim y espero que me considere un amigo.
Su sonrisa se tornó depredadora, pero pestañeó, confuso, cuando la mirada de Grace se posó en su mujer con una nota de nerviosismo. Aly esperaba serena a su lado, pero la intensidad de su pasión por Grace hervía justo debajo de la plácida superficie. Grace se la veía en los ojos y en la delicada curva de los labios pintados de rosa.
Con intención de librarse de él y así poder tener a Aly para ella sola, Grace volvió a prestar atención al vicealcalde unos instantes y notó que los músculos de la cara se le agarrotaban mientras le oía hablar de chorradas.
«No tienes ni idea de que me follo a tu mujer, ¿verdad, gilipollas?» Grace asintió en los momentos adecuados y murmuró las mentiras aduladoras apropiadas a lo largo de la conversación. Odiaba aquel tipo de hipocresía profundamente, pero la política y los negocios compartían cama de manera habitual y Grace no podía permitirse que sus prejuicios afectaran a los negocios.
Al final, Aly le dio un empujoncito a su marido para que avanzara y ella se plantó frente a Grace, tomó su mano entre las suyas y le dio un tierno apretón que recorrió a Grace como una corriente eléctrica.
Intercambiaron una mirada larga y llena de anhelo y Aly le dedicó una sonrisa cargada de deseo sexual que Grace conocía muy bien. Hacía más de tres semanas que no se veían y por lo menos dos que no hablaban por teléfono. Aly acababa de regresar de visitar a sus padres en Palm Beach durante dos semanas y, aunque Grace estaba acostumbrada a sus dilatadas ausencias, no se le hacían más fáciles por mucho tiempo que transcurriera.
—Me alegro de verte, Grace —le dijo Aly, en voz baja y ronca, con una intimidad que reservaba sólo para ella—. Estás absolutamente fantástica.
—Gracias —logró responder Grace, en un intento por mantener la calma pese a no ser capaz de apartar la mirada de los suaves labios carnosos de Aly y desear venerarlos y devorarlos con besos urgentes—. Tú también estás espectacular. No puedo creer que hayas venido.
—Tim no puso pegas cuando se enteró de toda la gente que iba a estar aquí, incluida la prensa. Acabamos de salir de un concierto de la Boston Pops.
Grace sentía que la cabeza le daba vueltas, absurdamente feliz porque su amante hubiera venido.
—Me alegro mucho.
Aly se inclinó hacia ella y bajó la voz hasta convertirla en un susurro.
—Estoy muy orgullosa de ti, nena. Y quiero verte. ¿Podemos vernos?
—¿Dónde?
—En mi apartamento. Mañana por la noche.
Gracie accedió con una sonrisa, pero Aly ya se había alejado para estrecharle la mano a Trish, y Grace estaba sola e invadida por una cálida sensación de embriaguez en donde se mezclaba la excitación sexual y el alcohol.