Capítulo 1: No como ellos quieren
Todo lo que podía salir mal, salió terriblemente mal.
El plan de Gi-hun había fracasado y las consecuencias fueron devastadoras. Estaba completamente quebrado, vacío. Su mejor amigo y gran parte de sus aliados habían muerto durante el motín.
Se llevaron a cabo las nuevas votaciones y, como ya todos veían venir, la mayoría eligió seguir, por lo que el cuarto juego se llevaría a cabo. Cualquier esperanza de terminar con ese espectáculo macabro, se había desvanecido.
Y ahora todos estaban ahí en fila, sacando pelotas de colores de una especie de máquina expendedora de chicles. Azul o rojo, dependiendo del color, se unían a un equipo.
Jun-hee y Geum-ja obtuvieron rojo, Hyun-ju y Yong-sik, azul.
Gi-hun también quedó en el equipo rojo. Observó fijamente a Dae-ho, quien tenía una pelota azul en mano. No podía apartar la vista, después de lo que Yong-sik le había dicho, no había espacio para otra cosa más que rabia pura.
Si tan solo Dae-ho hubiera actuado... Si no se hubiera acobardado y quedado escondido...
El aire se sentía denso, pesado. La sala entera esperaba, en silencio expectante, a que se anunciaran las reglas del siguiente juego. Uno de los soldados rosas tomó la palabra.
—Bienvenidos a la cuarta ronda. El juego será: Las escondidas.
Cada detalle hacía todo más inquietante.
Los jugadores del equipo azul tendrían que esconderse y llegar a la salida, los del equipo rojo debían buscarlos... Y eliminarlos.
Para poder cumplir con estos objetivos, los azules recibieron llaves para abrir puertas en el laberinto, pero a los rojos... A ellos les entregaron cuchillos.
Algunos jugadores intercambiaron miradas de angustia, otros se quejaron sobre las supuestas ventajas que tenía el equipo contrario sobre el propio, entonces el soldado añadió:
—Jugadores, entendemos su preocupación, si alguno no está de acuerdo con el rol que se le asignó, puede intercambiar con un jugador del equipo contrario. Tendrán cinco minutos para realizar el cambio. Una vez iniciado el juego, no se les permitirá cambiar.
Tras la indicación, Jun-hee se acercó a Geum-ja y Yong-sik, quienes ya se habían reunido. Poco después llegó Hyun-ju. Miraron brevemente hacia Gi-hun, que estaba a una distancia no muy larga, aunque claramente sin intención de acercarse.
— ¿Van a cambiar de equipo? —Preguntó Jun-hee con cautela.
Geum-ja negó con la cabeza, pero Yong-sik intervino.
—Mamá, no vas a poder hacerlo, ellos no se van a quedar parados esperando a que los apuñales y tú no puedes ponerte a perseguirlos, tienes problemas en las rodillas. Cambia conmigo, será más fácil que tú te escondas.
—Te conozco y sé que no podrías matar a nadie —Replicó su madre—. Puedo cambiar con alguien más.
—No nos conviene que todos estemos en el mismo equipo... —Insistió él.
—Yo me quedaré en el equipo rojo —Afirmó Jun-hee, sin titubear.
Hyun-ju se mantuvo callada, evaluando las posibilidades y recordando las reglas que el soldado les explicó: Entre rojos no pueden atacarse, pero los azules no tienen prohibido oponer resistencia.
—No hagamos cambios —Sugirió—. Si Jun-hee y la señora Jang están en el equipo rojo, podemos estar seguros de que no serán objetivos para los demás... Yong-sik y yo podemos escondernos, ustedes pueden buscarnos. Cuando nos encontremos, iremos los cuatro juntos y les ayudaremos a atrapar a alguien para que puedan pasar. Cuando ambas estén a salvo, nosotros dos buscaremos la salida.
Los otros tres jugadores se quedaron pensativos.
—No es una mala idea —Murmuró Geum-ja.
— ¿Y si no los encontramos? —Jun-hee no parecía muy convencida.
Lo que más le preocupaba en ese momento era el bebé que llevaba dentro. Estaba dispuesta a todo por protegerlo, pero el terror de no poder lograrlo, sumado al estrés de seguir atrapada en esa situación, la hacían dudar.
Hyun-ju se encogió ligeramente de hombros.
—Salir los cuatro juntos, sería lo mejor... Pero si no puede ser así, prefiero que salgan ustedes.
—No digas eso —Geum-ja se acercó a tomarle las manos—. No perdamos la esperanza antes de comenzar. Hagámoslo como tú dices... Y si no funciona, al menos lo intentamos.
—Entonces, ¿lo haremos juntos? —Preguntó Yong-sik.
Hyun-ju lo miró, luego a Geum-ja y a Jun-hee.
—Juntos —Dijo finalmente, asintiendo.
Geum-ja sonrió aliviada, y Jun-hee suspiró, tratando de tranquilizarse. Todos estaban por volver a sus lugares, pero una voz los hizo detenerse.
—Jun-hee, espera... ¿Tienes un momento?
Ella volteó al escuchar su nombre, encontrándose con Myung-gi, el jugador 333, que la observaba con una expresión casi suplicante.
— ¿Qué quieres? —Preguntó, notando el jersey azul del contrario.
—Cambia conmigo. Te buscaré en el juego y te protegeré. Lo prometo.
—Seguro... —Masculló con recelo.
—Por favor, Jun-hee. Ayúdame. Esto nos conviene a los dos. Cuando consiga pasar, iré por ti. Te protegeré. Ambos saldremos de aquí.
Jun-hee bajó la mirada. La propuesta sonaba tentadora, casi amable.
Aunque había dicho que no confiaba en él, una parte de ella no podía evitar sentirse mal al verlo así, tan desesperado.
Y era evidente por qué: más de uno ahí quería ir por su cabeza. En cuanto empezara el juego, lo más probable era que intentaran cazarlo.
—Jun-hee... —La voz de Geum-ja fue casi un murmullo, pero bastó para traerla de vuelta al presente.
—Ya lo hablamos —Añadió Hyun-ju, con firmeza tranquila.
Jun-hee titubeó. Sus dedos temblaron mientras sostenía el cuchillo.
Myung-gi le exigía con la mirada una decisión inmediata.
—Tú no serías capaz de matar a nadie —Dijo él, sin dejar de mirarla.
Ella lo observó a los ojos, frunciendo ligeramente el ceño.
— ¿Y tú sí?
Myung-gi inhaló hondo, pasándose una mano por el cabello. Se le notaba exasperado.
—Haría lo que fuera para salir de aquí contigo... Y con el dinero.
El silencio que siguió fue denso.
¿Eso era lo que realmente le importaba? ¿Sólo se trataba del maldito dinero?
—Y yo haría lo que fuera por proteger a mi bebé —Concluyó Jun-hee, con una expresión de auténtica molestia.
Dio un paso atrás, regresando junto a Geum-ja, Hyun-ju y Yong-sik. Estaba claro que la elección ya estaba hecha.
Myung-gi no dijo nada más. Se alejó, apurado, buscando a alguien más con quien intercambiar durante el minuto que les quedaba.
Una vez que el tiempo se terminó, los soldados condujeron a los jugadores del equipo azul al interior del laberinto.
Yong-sik y Hyun-ju se preparaban para entrar, pero Geum-ja los detuvo.
—Hyun-ju... —Le llamó, tocándole el hombro— Por favor, manténganse con vida...
Ella le dio una sonrisa tranquilizadora y asintió. La mujer sintió cómo el peso en su pecho disminuía. Se volvió entonces hacia su hijo.
—No seas una carga para ella —Lo miró con cierta severidad.
— ¡Ay, mamá! ¡Esperaba que por lo menos me dieras unas últimas palabras de aliento! —Protestó Yong-sik.
Geum-ja le dio un golpe en el brazo.
—No seas tonto. Nada de “últimas palabras”. Haz lo que tengas que hacer. No te separes de Hyun-ju.
—Está bien —Respondió él, extendiendo los brazos. Ella se acercó para abrazarlo—. Ten cuidado tú también.
Entonces, Hyun-ju sintió la mirada de los soldados a sus espaldas. Solo faltaban ellos dos por entrar. Aunque no quería interrumpir el momento entre madre e hijo, tuvo que intervenir.
—Vamos —Indicó con suavidad.
Yong-sik se apartó del abrazo y la siguió a paso apresurado.
Una vez dentro del recinto, ambos observaron su entorno.
Los pasillos parecían infinitos, extendiéndose hasta quién sabe dónde. El techo simulaba un cielo estrellado, y las paredes daban la impresión de ser callejones de algún barrio olvidado en el tiempo. Una canción, un tanto tétrica, sonaba de fondo.
No tuvieron mucho tiempo para explorar aquel inquietante escenario. La orden de esconderse y encontrar la salida ya había sido dada.
— ¡Oigan! —El jugador 100 les gritó a todos, haciendo que nadie se moviera de su sitio— No se escondan, hay que buscar la salida. El primero que la encuentre tiene que gritar para alertar a los demás.
Yong-sik miró a Hyun-ju, como preguntándole qué hacer, pero ella simplemente negó con la cabeza y señaló uno de los pasillos. Fueron en esa dirección.
—Me preocupa mi mamá... ¿Crees que logre pasar?
—Creo que hará lo que tenga que hacer para que puedan salir juntos —Le respondió ella, y luego se llevó el dedo índice a los labios, pidiéndole silencio.
Miró a ambos lados para asegurarse de que no viniera nadie. Se acercó a una puerta verde, sacó la llave que llevaba colgada al cuello e intentó abrirla, pero no encajaba.
—Préstame la tuya —Le pidió a Yong-sik.
Él se la entregó de inmediato.
Hyun-ju la observó un momento, luego inspeccionó la cerradura. Finalmente, negó con la cabeza, resignada.
— ¿Pasa algo? —Susurró Yong-sik, sin entender qué ocurría.
—Parece que hay tres figuras diferentes, y cada figura puede abrir ciertas cerraduras —Explicó—. Mi llave tiene un círculo, la tuya es un cuadrado... Esta puerta necesita un triángulo, y no tenemos uno.
— ¿Qué hacemos entonces?
—Hmmm... Vamos... Vamos por aquí —Hyun-ju señaló otra dirección, y ambos comenzaron a avanzar sigilosamente.
Mientras tanto, el equipo rojo comenzó a entrar en el laberinto. Algunos, como el jugador 124, se veían decididos, casi ansiosos, por cumplir con el objetivo; otros, en cambio, avanzaban con evidentes señales de nerviosismo.
Geum-ja tomó la mano de Jun-hee al notar su inquietud.
—Tranquila... —Le susurró— No te dejaré sola. Verás que en cuanto encontremos a mi hijo y a Hyun-ju, todo estará bien.
Jun-hee respiró hondo para calmarse y asintió. Quería confiar en que las cosas saldrían bien, en que había tomado la decisión correcta.
Mientras echaba un vistazo a su alrededor, su mirada se topó brevemente con Gi-hun, o, mejor dicho, con lo que quedaba de él. No lo reconocía. Ya no era el hombre que había intentado liderar la rebelión ni el que compartía su comida con los más débiles. Parecía ser otro.
Su mirada estaba fija en un punto que sólo él podía ver, perdida en algún rincón del pasado o en los restos de lo que acababa de perder. Su rostro no mostraba ninguna emoción en particular, pero la forma en que apretaba el mango del cuchillo lo decía todo: una ira profunda, silenciosa, lo estaba consumiendo desde dentro.
El juego comenzó, y los jugadores recibieron la indicación de encontrar y eliminar al equipo contrario.
Geum-ja tomó la delantera, conduciendo a Jun-hee por un pasillo, ambas caminaban tan rápido como les era posible.
—Ojalá no estén muy lejos... —Murmuró la mujer— Y que no se topen con otro de nuestro equipo antes que con nosotras.
—Este lugar parece enorme... —Jun-hee apretó por un momento la mano de Geum-ja— Espero que podamos encontrarlos a tiempo.
—Ya verás que sí —Respondió con determinación—. No te preocupes por eso. Si jugamos bien, tal vez incluso podamos pasar antes de encontrarlos.
Jun-hee la miró de reojo, con cierta incertidumbre. Quizá Geum-ja estaba siendo demasiado optimista, ¿realmente podían hacerlo sin ayuda?
Aunque no quería pensar sólo en posibilidades catastróficas, tampoco podía permitir que su vida ni la de su bebé dependiera únicamente de terceros. A pesar de que estaban en desventaja en cuanto a fuerza y agilidad, aún les quedaba algo: podían ser más astutas que el resto.
De repente, un grito desgarrador resonó a la distancia, haciendo que ambas se sobresaltaran. Jun-hee se llevó la mano al vientre de forma instintiva.
Inmediatamente después, el altavoz anunció el número del jugador que acababa de ser eliminado y del que había pasado.
—Que no estén muy lejos... Y que nada malo les pase... —Susurró Geum-ja, casi en un ruego que sólo el silencio alcanzó a oír.
Jun-hee cerró los ojos con fuerza mientras seguían avanzando a prisa.
Si existía algo (o alguien) capaz de escucharla en ese momento, no pedía mucho.
Sólo una cosa: Que todo resultara bien para ella y para los suyos.
Paralelamente, Gi-hun deambulaba por los corredores del laberinto. No sabía hacia dónde ir, pero sí tenía muy claro a quién quería encontrar.
«Fue su culpa...»
No podía pensar en otra cosa.
«Fue culpa de Dae-ho. Él vino por las municiones y luego se fue ahí al rincón a esconderse. Mi mamá lo vio, todos lo vimos»
Las palabras de Yong-sik resonaron en su cabeza.
«Cuando Hyun-ju llegó por las municiones, los enmascarados ya habían entrado. Si mi mamá no la hubiera detenido, ella también habría muerto».
Con cada paso que daba, los recuerdos lo acuchillaban.
Jung-bae y todos los demás. Personas que querían salir de ahí, que tenían vidas a las cuales querían regresar, familias que los amaban y ahora jamás los tendrían... Todo había acabado para ellos.
No podía perdonar a Dae-ho por eso...
O tal vez, sí podía, pero no quería.
Quizá... Había algo más, algo que no estaba diciendo, algo que no quería aceptar, pero que lo quemaba por dentro.
Quizá lo único que quería era callar a su propia culpa.
La culpa de haberlos llevado a todos a una muerte segura, de no haber podido hacer nada cuando el organizador de esos malditos juegos le disparó a su mejor amigo... La culpa de seguir vivo mientras que ellos ya no lo estaban.
Quizá poner esa culpa sobre alguien más haría que la impotencia y el dolor disminuyeran... Y quizá castigar al culpable haría que se sintiera en paz.
De repente, se topó de frente con un jugador del equipo azul.
Era él.
Lo persiguió de inmediato. El chico intentó huir lo más rápido que pudo, pero Gi-hun no pensaba dejarlo escapar.
Debía pagar.
La persecución se volvió frenética por uno de los interminables pasillos. El jugador dobló una esquina en cuanto pudo, intentando perderlo, pero Gi-hun iba decidido, implacable.
De pronto, el chico se detuvo en seco frente a una puerta abierta. Gi-hun lo alcanzó, lo tomó por el jersey y lo giró para enfrentarlo cara a cara.
Sus ojos, fijos, ardían en rabia pura.
—Por favor, no me mates... Te lo suplico —Dijo el otro, jadeando de miedo.
Fue entonces cuando Gi-hun bajó la mirada y vio el número en el uniforme.
197.
No era él. No era Dae-ho.
Lo soltó de golpe. El chico salió disparado en dirección contraria, sin mirar atrás.
Gi-hun se quedó inmóvil por un instante, frustrado, con el pecho agitado.
Bajó la mirada y se dio cuenta de que aquella puerta daba al vacío. De fondo, se escuchaban alaridos lastimeros, desesperados, de otros jugadores.
Dirigió la vista hacia la puerta del piso inferior y entonces lo vio ahí parado.
Esta vez, estaba seguro de que era él. El 388, Dae-ho.
Regresó por donde vino, corriendo como pocas veces lo había hecho. No iba a dejarlo escapar.
Pero de pronto, tuvo que frenar en seco. Justo frente a él estaban el jugador 007 y la jugadora 120.
Ambos se tensaron al instante al verlo empuñar el cuchillo, con esos ojos que ya no parecían suyos...
Reflejaban algo oscuro, algo peligroso.
—Señor Seong... —Hyun-ju levantó ambas manos frente al pecho, intentando apaciguarlo, alerta ante cualquier movimiento.
Gi-hun no respondió.
Bajó el cuchillo lentamente y siguió caminando, sin siquiera mirarlos.
Ambos lo observaron alejarse, desconcertados, antes de reanudar su camino con cautela.
—No se ve nada bien... —Murmuró Yong-sik.
—No... Y creo saber qué le pasa —Respondió Hyun-ju, mirando a ambos lados antes de hacerle una seña—. No debiste decirle lo de Dae-ho. Mucho menos culparlo así.
—No quería que tú te culparas por lo que pasó, cuando no fue tu culpa...
—Pero tampoco debimos poner toda la culpa sobre Dae-ho... —Suspiró ella— Ahora que el señor Seong está así... Puede hacer algo de lo que se arrepienta para siempre.
—¿Tú crees que... Esté buscándolo?
Hyun-ju asintió mientras se acercaba a una puerta.
La cerradura tenía forma de círculo, así que usó su llave y la abrió sin problema.
Ambos entraron a una habitación pequeña, con paredes coloridas cubiertas de pinturas infantiles y adornos de papel.
Del otro lado había una segunda puerta, con una cerradura en forma de cuadrado.
—Préstame tu llave —Pidió ella, y él se la entregó de inmediato.
—Mejor quédatela tú, así no perdemos tiempo buscando quién tiene qué —Sugirió Yong-sik.
— ¿Seguro? —Hyun-ju abrió la segunda puerta, la cual daba a unas escaleras ascendentes.
—Sí, está bien que la conserves.
—Bueno. Gracias... —Intentó asomarse hacia lo alto de las escaleras, para asegurarse de que no hubiera nadie allá arriba esperando por ellos.
Ambos comenzaron a subir, rápido y con pasos silenciosos.
—Debe haber algo que pueda hacer para arreglar lo de Dae-ho y el señor Seong —Dijo de pronto Yong-sik.
—Por ahora, sólo nos queda esperar que ninguno de los dos muera —Replicó Hyun-ju, sin dejar de mirar hacia adelante.
Ambos caminaron pegados a la pared. Avanzaron un par de metros más cuando, sin previo aviso, un jugador del equipo rojo apareció por el pasillo de la derecha. La reacción de Hyun-ju fue inmediata: tomó a Yong-sik del brazo y echó a correr. El otro jugador fue tras ellos sin pensarlo.
No muy lejos de ahí, Jun-hee y Geum-ja caminaban por los corredores. No se habían encontrado con jugadores del equipo contrario, pero tampoco con otros de su equipo. El tiempo seguía avanzando y la urgencia por reencontrarse con Hyun-ju y Yong-sik aumentaba.
Se acercaron a una puerta entreabierta, con la esperanza de que detrás estuvieran sus aliados. Pero en lugar de eso, se encontraron con un jugador del equipo azul, hecho un ovillo en una esquina de la habitación. Temblaba, se mecía sobre sí mismo, como si quisiera desaparecer.
Al ver a las dos mujeres y los cuchillos que llevaban, alzó los brazos para cubrirse la cabeza y pegó la espalda contra la pared, como si quisiera atravesarla.
—N-No me maten... P-Por favor... —Imploró con una voz rota, tan frágil que parecía deshacerse antes de llegar a sus labios.
Geum-ja lo observó con pesar, ¿a quién demonios podía parecerle buena idea poner a dos seres humanos en esta situación? No quería hacerlo, pero si quería volver a ver a su hijo, no podía dudar.
Pero, para su sorpresa, fue Jun-hee quien dio un paso al frente. El sudor frío le bajaba por la frente, su respiración era agitada. Tampoco quería hacerlo, pero tal vez esa sería su única oportunidad de sobrevivir.
Se acercó más, intentando reunir la voluntad para levantar el cuchillo.
— ¡Por favor, no me mates! ¡NO! —Gritó el hombre, levantando el rostro, dejando ver sus ojos hinchados por las lágrimas que salían sin parar.
Jun-hee sintió un nudo en el estómago. Miró a Geum-ja, que seguía en el marco de la puerta, sin decir nada, pero con el rostro pálido y el cuerpo tenso.
—De verdad lo lamento... Yo... —Murmuró.
No terminó la frase. El jugador se incorporó de golpe y se lanzó sobre ella.
Jun-hee, por puro instinto, se cubrió el vientre con ambos brazos. El cuchillo se le resbaló y cayó al suelo.
El hombre la sujetó del cuello, con los ojos desorbitados por el pánico.
— ¡NO LLEGUÉ HASTA AQUÍ PARA MORIR ASÍ! ¡NO VOY A MORIR EN ESTE MALDITO LUGAR! —Rugió, apretándole la garganta con ambas manos.
— ¡Jun-hee! —Geum-ja reaccionó al instante, entrando en la habitación.
Esta vez no hubo duda, no lo pensó ni un segundo.
Clavó el cuchillo con una fuerza que no creía conservar. Lo siguiente fue un cuerpo cayendo al suelo con un golpe seco, mientras un charco de sangre se formaba debajo.
Jun-hee gritó, no por él, sino por el miedo de lo que estuvo a punto de pasar. Geum-ja la sostuvo como pudo, jadeando, temblando, intentando encontrar algo de calma.
—Estás bien... Estamos bien... —Dijo con voz rota, aunque firme.
El altavoz interrumpió el momento.
—Jugadora 149, pasa.
Jun-hee se tomó un momento para calmarse antes de recoger el cuchillo. Geum-ja la tomó de la mano, decidida a salir de allí cuanto antes y seguir con la búsqueda.
Por otro lado, Yong-sik y Hyun-ju no se habían alejado demasiado del lugar en el que estaban. Lograron despistar al jugador que los perseguía sin mayor dificultad, así que se detuvieron para decidir su siguiente movimiento.
—Ay, por Dios... Mi mamá ya pasó —Murmuró Yong-sik, intentando recuperar el aliento— ¿No crees que sería mejor buscar dónde escondernos y esperar a que ellas nos encuentren?
—Podríamos hacerlo, pero si nos quedamos quietos también corremos el riesgo de que otros nos encuentren primero... —Hyun-ju se apartó unos mechones de cabello del rostro mientras observaba los caminos que tenían delante.
—Es que pensé que sería más fácil si nos quedáramos quietos, como cuando te pierdes y esperas en un lugar para que te encuentren cuando pasen por ahí...
Aquella comparación le hizo algo de sentido a Hyun-ju. Si se quedaban escondidos y dejaban de alejarse, tal vez tendrían más suerte. No había tiempo que perder, la cuenta regresiva seguía corriendo y aún tenían que ayudar a Jun-hee a pasar.
—Nos vamos a quedar escondidos —Accedió Hyun-ju—. Pero, escúchame... Así como ellas pueden encontrarnos, también pueden aparecer otros que intenten matarnos. Si eso pasa, vamos a tener que defendernos... ¿Puedes hacerlo?
Yong-sik titubeó. No sabía si podía enfrentarse a alguien armado con un cuchillo y dispuesto a matarlo. La sola idea lo aterraba... Pero no quería ser una preocupación más para Hyun-ju. Si ella estaba dispuesta a luchar, él no iba a dejarla sola.
—Lo intentaré —Afirmó.
—Bien. Entonces vamos por donde vinimos y veamos si podemos abrir alguna de las puertas...
Ambos comenzaron a caminar en silencio, esperando lo mejor.
Por otro lado, Dae-ho deambulaba por el laberinto. Ya había entrado ahí con los nervios destrozados (pues nadie del equipo rojo había querido cambiar con él), pero su encuentro momentáneo con Gi-hun lo había dejado en estado de alerta total.
Aunque no le dijo ni una palabra, la forma en que lo miró bastó para entender exactamente lo que pasaba por su cabeza.
Antes no lo habría creído capaz de lastimarlo... Pero ahora, ya no estaba tan seguro.
Quería preguntarle cuál era su problema, enfrentarlo y exigirle respuestas, pero no se sentía con el valor suficiente. En el fondo, sabía perfectamente qué era lo que lo tenía así. Gi-hun lo culpaba por lo que pasó: por el fracaso del plan, por la muerte de Jung-bae y por la masacre de todos los demás.
Y, aunque Dae-ho también se sentía responsable al no haber sido del todo honesto, tampoco veía a Gi-hun como una víctima inocente. Después de todo, había sido su plan el que los llevó directo a la tragedia.
La culpa y el miedo lo perseguían, lo hacían dudar, pero había una cosa que tenía clara: no iba a permitir que Gi-hun lo asesinara sólo para lavar su propia culpa.
No podía detenerse hasta encontrar la salida de ese maldito laberinto.
Después, si había oportunidad, hablaría con él. Le diría todo, sin callarse nada.
Pero por ahora, lo único que importaba era sobrevivir.
Para su buena suerte, ya había pasado bastante tiempo sin encontrarse con nadie del equipo rojo y, aunque no había tenido mucho éxito con su llave, tampoco había tenido problemas serios... Hasta ese momento.
Al girar por un pasillo, chocó de frente con otra jugadora. El golpe lo hizo tambalear y terminó dándose contra la pared. Se llevó una mano al hombro adolorido y levantó la vista, encontrándose con la jugadora 044.
Dae-ho no tuvo tiempo ni de prestar atención a lo que ella decía (aunque su voz irritante era imposible de ignorar), porque en cuanto logró reincorporarse, volvió a correr a toda prisa.
Corrió tan rápido como pudo, respirando agitado.
Encontró otra puerta, pero su llave, otra vez, no encajaba en la cerradura. La frustración se apoderó de él. Miró a todos lados, intentando decidir en qué dirección continuar, pero las piernas no le respondían. Lo congelaba el miedo: sin importar qué camino tomara, sentía que terminaría encontrándose con Gi-hun... Y no lograría escapar.
Se apoyó en la pared para no desplomarse, tratando de recomponerse. No supo cuánto tiempo permaneció así, con el corazón latiendo violentamente en el pecho y una especie de ruido blanco zumbándole en los oídos.
Por un momento, deseó con todas sus fuerzas tener, aunque fuera a una sola persona de su lado. Un amigo, un aliado en quien confiar. Quizá eso le habría dado el valor necesario para seguir avanzando en ese infierno.
Pero no lo tenía. No después de lo que pasó.
No podía mirar a la cara a ninguno de los que antes confiaron en él.
Se cuestionó si también lo culpaban, si lo odiaban... Si también deseaban verlo muerto.
Recordó cuando hizo equipo con Jun-hee en los juegos anteriores. Se preguntó qué pensaría ella ahora.
¿Lo veía como un cobarde? ¿Lo culpaba también por la muerte de Jung-bae y Young-il?
No había podido acercarse a ella, no tenía palabras. No se sentía digno de su perdón... Ni del de nadie.
Entonces, la voz metálica del altavoz interrumpió el silencio, anunciando un nuevo jugador eliminado y otro que acababa de pasar.
Ese sonido bastó para arrancarlo de sus pensamientos, recordándole que tenía que moverse de ahí.
Siguió corriendo hasta llegar a unas escaleras. Las subió tan rápido como pudo, tropezando un par de veces, con las piernas temblorosas. Al llegar arriba, se tomó un momento para recuperar el aliento y decidir hacia dónde continuar.
Un reloj en una de las paredes marcaba el tiempo restante: diez minutos.
Solo eso. Diez minutos más y todo terminaría.
«Solo tengo que resistir», se repitió«Diez minutos. Solo diez malditos minutos...»
Pero entonces, lo sintió.
Esa presencia.
Esa mirada helada clavándosele en la nuca como una aguja. El aire cambió, se volvió más denso, más hostil. Se volteó con lentitud... Y ahí estaba.
Gi-hun.
A unos pocos metros. Inmóvil, empuñando el cuchillo. Con los ojos inyectados de rabia contenida. Una rabia que lo traspasaba.
Dae-ho no pensó. Salió disparado, con el corazón a punto de reventarle el pecho y las piernas moviéndose por puro instinto de supervivencia.
Pero Gi-hun lo seguía, pegado a sus talones, silencioso, imparable.
Dae-ho dobló por un pasillo, luego por otro, tratando de perderlo entre los giros del laberinto, pero no lograba despistarlo. Cada vuelta que daba, Gi-hun estaba ahí.
Finalmente, giró una última esquina.
Un callejón sin salida a la izquierda y una puerta a la derecha.
Sin pensar, sacó su llave y la probó en la cerradura.
Encajó.
Dio un respiro de alivio... Que duró apenas un segundo.
La puerta daba al vacío, un abismo sin salida.
Dae-ho retrocedió con el corazón en la garganta... Y entonces lo oyó.
Pasos.
Se giró.
Gi-hun estaba ahí, bloqueándole el paso.
Avanzó lento, con esa mirada que ya no era de rabia.
Era otra cosa.
Vacía, fría, letal.
El cuchillo brilló bajo la luz del pasillo.
Dae-ho se paralizó. Apenas podía respirar.
Gi-hun se acercaba cada vez más y no había a dónde correr.
Dae-ho trató de pensar rápido. Estaba desarmado, sin salida, y sabía que abalanzarse sobre él era casi un suicidio.
Lo único que se le ocurrió fue sacarse un zapato y, con movimientos torpes, lanzarle unos cuantos golpes a Gi-hun cuando se acercó.
Logró acertar uno que lo hizo soltar el cuchillo.
Fue su oportunidad.
Dae-ho intentó correr, pero Gi-hun lo alcanzó enseguida. Lo agarró del jersey, lo empujó con violencia contra la pared, y luego lo arrojó al suelo con un golpe seco.
Antes de que pudiera reaccionar, Gi-hun ya estaba encima de él. Le rodeó el cuello con ambas manos y comenzó a estrangularlo.
Dae-ho se removió, pataleó, luchó con todas sus fuerzas. Pero no podía quitárselo de encima. No podía respirar.
Entonces, supo que iba a morir.
Pero no lo haría sin decirle lo que tenía atorado en el pecho.
— ¿De verdad... Crees que yo... Quería que murieran...? —Su voz era apenas un susurro quebrado— Gi-hun... Lo intenté... Juro que lo intenté...
Los dedos de Gi-hun se apretaron más, como si al aplastar su cuello pudiera aplastar también el recuerdo de esa noche.
—Fue tu culpa.
Dae-ho apenas podía hablar, apenas podía pensar, pero usó sus últimas fuerzas.
—M-Me paralicé... No sé qué me pasó... Tuve... Miedo... P-Pero... Te juro que... Yo... Iba a llevarte... Las municiones... Lo... Siento...
Los ojos de Gi-hun se llenaron de lágrimas. El agarre de sus manos se debilitó apenas, lo suficiente para que Dae-ho pudiera respirar.
— ¡Jung-bae murió porque te acobardaste...! —Gritó— ¡Íbamos a detenerlos y tú...!
—Lo sé... —La voz de Dae-ho se quebró, y las lágrimas comenzaron a brotar— Me asusté mucho... Había tantos enmascarados y el tiroteo se ponía cada vez peor... Le dispararon a ese sujeto en mi cara... Sentí que no lo íbamos a lograr... Que era una misión imposible... —Respiró con dificultad— Pero no puedes culparme sólo a mí... Ambos fallamos... Y el que me mates... No cambiará eso.
Gi-hun se quedó inmóvil, con las manos temblorosas aún sobre el cuello de Dae-ho.
El cuchillo seguía en el suelo, al alcance de cualquiera, pero ninguno de los dos se movió.
Sólo se miraron, con el pecho agitado y los ojos empañados por el peso de la culpa que no podían borrar.
Entonces, Dae-ho habló con una voz tan rota que apenas se sostenía, como si estuviera resignado a aceptar su destino.
——Hay... Algo más que no sabes...
Gi-hun no respondió, pero tampoco apartó la mirada.
—Yo... Yo nunca fui marine... Nunca disparé un arma en mi vida... Todo eso... Fue mentira.
Gi-hun frunció el ceño, confundido por un segundo.
—Mi tatuaje... También es falso... —Continuó Dae-ho— Y cuando el señor Jung-bae lo vio... Yo no lo corregí... Pensé que si lo dejaba creerlo... Que si los demás también lo creían... Tal vez me aceptarían en su equipo... Y tal vez tendría una oportunidad de sobrevivir —Lagrimeó, sin siquiera intentar disimularlo— No soy valiente... No soy fuerte... Sólo... Sólo soy un fracasado que se coló donde no debía... Y cuando llegó el momento... No supe qué hacer... Me congelé... Y Jung-bae... Y los otros... Pagaron por eso.
El silencio que siguió fue brutal.
Gi-hun no dijo nada. Sus manos todavía temblaban.
Entonces, se apartó, soltando a Dae-ho.
Se sentó apoyando la espalda en la pared, con los brazos a los lados y la mirada clavada en el suelo.
— ¿Sabes qué es lo peor? —Murmuró, sin rabia, sin fuerzas.
Dae-ho se reincorporó lentamente y giró apenas el rostro hacia él, con los ojos vidriosos.
—Que yo tampoco soy diferente —Continuó Gi-hun—. No sé por qué vine aquí con esa idea absurda de que podía salvar a todos... Como si realmente personas como nosotros pudiéramos luchar contra esos monstruos —Se pasó las manos por la cara, respirando agitado— Jung-bae confió en mí. Todos lo hicieron... Y los llevé directo a la masacre.
Hubo un largo silencio. Gi-hun volvió a levantar la mirada hacia él.
—Quería matarte porque era más fácil que admitir que también fue mi culpa.
Dae-ho no respondió... Pero no hacía falta.
—No puedo perdonarte —Añadió Gi-hun—. Pero no te mataré —Tomó el cuchillo del suelo y se levantó con dificultad—. Termina el juego, sal de aquí.
Dae-ho lo miró con un agradecimiento silencioso. Caminó tambaleándose unos pasos, aunque se detuvo a mitad del corredor y se volvió a mirar a Gi-hun. Él seguía ahí, de pie, con la espalda apoyada contra la pared, la mirada clavada al suelo y el cuchillo en su mano, como si ya no supiera para qué lo sostenía.
Entonces, en medio del silencio, se escuchó un llanto que provenía de alguna parte del laberinto.
Ambos se quedaron inmóviles. El sonido persistía.
Gi-hun alzó la cabeza. Ya no quería ver más dolor, pero tampoco podía ignorarlo. Se puso en marcha, siguiendo el sonido. Dae-ho, sin saber por qué, lo siguió, no quería quedarse solo.
Caminaron hasta llegar a una habitación con la puerta abierta. Había huellas de sangre que se alejaban del lugar. Dentro, un hombre yacía de costado, con una herida enorme en la pierna y varias más en la espalda. Las lesiones le impedían moverse.
Por la cantidad de sangre, dedujeron que llevaba rato ahí. En su rostro no había más que dolor y desesperación, como si hubiera estado esperando, no ayuda, sino el final.
Gi-hun se tensó un poco al verlo así, pero después se acercó para ver si había algo que pudiera hacer por el pobre sujeto. Dae-ho se quedó en el marco de la puerta, incapaz de mirar, pero sin moverse.
—No tiene caso... —Dijo el herido entre sollozos— El maldito del 124 me hizo esto... Le dijo al otro que lo ayudaría a pasar, que solo tenía que dar el último golpe... Pero se acobardó... Y salió corriendo...
Gi-hun no dijo nada. Sólo apretaba con fuerza el cuchillo. El hombre lo vio, y luego clavó los ojos en los suyos.
—Voy a morir... Pero... No quiero seguir sintiendo esto... Por favor... Hazlo...
Las manos de Gi-hun temblaban, el herido lo miraba, jadeando, con el rostro cubierto de lágrimas y sangre seca.
—Por favor... Ya no aguanto más...
Gi-hun se quedó inmóvil un instante eterno. Quería negarse, quería dejar el cuchillo en el suelo y salir de ahí... Pero no podía, ya no se trataba de él.
Era por ese hombre, por los que no tuvieron elección.
Respiró hondo, apretó los dientes y se arrodilló a su lado.
—No estás solo —Murmuró.
El hombre asintió apenas, cerrando los ojos.
Y Gi-hun hizo lo que nadie más pudo hacer por él.
Cuando todo terminó, se quedó ahí, de rodillas, con los ojos cerrados y el cuchillo ensangrentado aún en la mano.
Desde el umbral, Dae-ho lo observó sin decir una sola palabra.
—Jugador 456, pasa —Se anunció por los altavoces.
Para Gi-hun, eso sólo significaba una cosa: Había sobrevivido.
Y, a decir verdad, no se sentía mejor por ello.