Sangre del olvido - 1484
La caverna respiraba.
Oscura, húmeda, llena de murmullos que se deslizaban entre las piedras como serpientes invisibles. El aire olía a hierro oxidado, a carne vieja y a magia descompuesta. Clarisa había llegado hacía horas. Sus botas estaban empapadas en barro y sangre seca. A su alrededor, los cuerpos de aldeanos sacrificados yacían en posiciones imposibles, como si hubieran intentado arrastrarse lejos de su destino.
Ella no lloraba.
El círculo rúnico brillaba con una tenue luz carmesí, alimentado por los cadáveres que rodeaban su perímetro. En el centro, la figura colosal del dragón dormía encadenada. Sus escamas negras como la noche palpitaban con una respiración lenta y pesada. No roncaba: gruñía, incluso dormido.
Entonces, Edward apareció en la entrada, su capa empapada por la niebla del exterior. Se detuvo en seco.
—¿Qué hiciste, Clarisa? —dijo, sin poder disimular el horror en su voz.
Ella no se dio vuelta. Siguió derramando unas gotas de su propia sangre sobre el libro abierto.
—Lo necesario.
—¡Mataste a medio pueblo! —gritó, caminando hacia ella—. ¡Eran inocentes!
—¡Nadie es inocente en este mundo, Edward! —lo enfrentó al fin, sus ojos inflamados de ira y algo más... algo más profundo, casi enfermizo—. Cada uno de ellos me habría entregado si supiera quién soy. O peor... si supieran a quién amo.
Edward le arrancó el libro de las manos.
—No es amor. Es el conjuro, Clarisa. ¡Ese maldito te marcó!
Ella lo empujó. Con más fuerza de la que debería haber tenido.
—No me subestimes solo porque soy bruja. ¡Estoy cansada de tus sermones, de tu arrogancia de mago! Siempre creíste que eras mejor solo por tener el poder de papá. Pues mirame ahora. Yo sola voy a traerlo de vuelta.
Edward se detuvo. Por un segundo, dudó. Entonces miró el cuerpo inerte del dragón.
—¿Sabés siquiera quién es, Clarisa? ¿Sabés qué hizo?
Ella calló. Bajó la mirada.
—Lo amo —susurró—. Y eso es suficiente.
—Fue él —dijo Edward, con la voz quebrada—. Él mató a mamá.
El silencio fue absoluto.
—No... —dijo ella, negando con la cabeza—. Eso no es verdad.
—No tengo pruebas, pero sí recuerdos. Papá lo enfrentó justo antes de morir. El conjuro que lo convirtió en dragón no fue castigo: fue protección. Estaba sellando a un monstruo.
El dragón abrió un ojo.
Un único ojo, incandescente y rojo como una brasa a punto de explotar. Clarisa giró de inmediato hacia él. Se arrodilló, tomó el grimorio de nuevo y comenzó a recitar, como si su mente ya no le perteneciera del todo.
—¡Clarisa, basta! ¡Escuchame!
Pero era tarde. Las runas se encendieron en un destello blanco, luego negro, luego sangre. El cuerpo del dragón se retorció con un crujido antinatural. Huesos rompiéndose, alas encogiéndose, garras fusionándose en manos humanas. Gritos. Vapor. Olor a carne quemada.
Cuando todo terminó, un hombre desnudo y cubierto de sangre quedó en el centro del círculo. Respiraba con dificultad. Su cuerpo temblaba. Pero sonreía.
Ugrock.
—Mi dulce Clarisa —susurró con voz ronca—. Sabía que vendrías por mí.
Ella sonrió como una niña que por fin recibe la muñeca que siempre quiso. Edward desenfundó su bastón.
—Te mato ahora, Ugrock.
—Otra vez, Edward... tan dramático —Ugrock se levantó lentamente, con una calma espeluznante—. No voy a matarte. Todavía.
Edward disparó un rayo azul, pero el hechizo rebotó como si hubiera chocado con una pared invisible. Ugrock levantó una mano y la caverna entera tembló. Tomó a Clarisa del brazo. Ella no se resistió.
—Nos vamos —dijo, mientras el círculo se transformaba en humo negro.
—¡CLARISA! —gritó Edward, corriendo hacia ellos.
Pero el humo estalló. Y se fueron.
Silencio.
La caverna quedó vacía, salvo por los cuerpos y el hermano que quedó atrás. Edward cayó de rodillas, apretando los puños.
—Nursio... Ana... —susurró, entre dientes—. Los necesito.
Y esta vez, lo voy a matar. De verdad.