La iniciación
Parte 1: Ciudad Del Comienzo
Era Nueva. Año 0072.
Los vehículos electrónicos surcaban las Calles del Cielo, moviéndose entre los edificios y rascacielos, iban y venían. Algunos se detenían en los semáforos que se encontraban suspendidos en el aire. Otros recargaban sus baterías en los Electri-Combu; las estaciones de servicio. Los trenes electrónicos recorrían las vías que eran tan delgadas que apenas eran perceptibles a la vista. Estos caminos se extendían entre las edificaciones. En las Calles del Suelo caminaban los peatones de forma despreocupada, muchos centrados en llegar a tiempo a sus trabajos, otros simplemente paseando a sus mascotas, reales o virtuales.
En la ciudad Del Comienzo, como en muchas otras ciudades prósperas, cada habitante poseía una IV (Identificación de vida), una tarjeta delgada que contenía toda información del usuario; como la edad, el sexo, sus estudios, su licencia de conducir, siendo, además, su cuenta de banco, la llave del automóvil y de la casa en la que se residía.
Una joven, de diecinueve años, con destino a sus estudios, caminaba tarareando una canción. Su cabello largo y castaño caía suelto sobre su espalda mientras un lazo en forma de diadema carmesí lo adornaba. Sus ojos color azul gris resaltaban en su piel marfil. Vestía una falda negra y unas mallas que combinaban con la misma, una camisa de mangas largas color blanco y un gafete que portaba el nombre: Evarista Mohs.
Se detuvo al llegar a su destino, la prestigiosa universidad ESER, exhaló aire al casi saborear su graduación, a pesar de haber empezado hace nueve meses la carrera. Su mente comenzó a divagar sobre dónde iría a trabajar cuando terminara sus estudios, el ganar el suficiente dinero para poder visitar países y lugares extranjeros. Sus pensamientos fueron interrumpidos al escuchar la voz familiar de alguien.
—¿De nuevo soñando despierta?
Ella se giró para ver al dueño. Un joven de su misma edad la saludó con su ya típica sonrisa calurosa. Llevaba puesto un gorro de invierno color crema, el que le cubría hasta las orejas, era extraño que alguien llevara uno de esos en tiempo de calor, además, llevaba unas grandes gafas oscuras, ocultando gran parte de su rostro. Su gafete rezaba el nombre: Ruber Corindo.
—Solo estaba pensando lo que haría una vez me gradúe —Volvió sus orbes grises al edificio.
Ruber siguió su mirada para ver lo mismo que ella veía.
—Sabes, no me gusta este edificio.
Eva dejó escapar un suspiro.
—¿Tendremos de nuevo esa discusión, Ruber?
—No necesitas trabajar cuando el gobierno te paga por no hacer nada.
Debido a la ley en la ciudad, cuando se cumplía los dieciséis años de edad, todo ciudadano se creaba una cuenta de banco y por medio de la IV, recibía M 1,000 cada quincena y continuar recibiéndolo hasta que la persona se conseguía un trabajo estable.
—Ya te lo he dicho mil millones de veces, Ruber, ese dinero no es lo suficiente para hacer nada, tienes que pagar renta, comida, energía, transporte y la lista es larga, muy larga. Con ese poco dinero nunca podrías viajar, por ejemplo.
Sus ojos brillaron de emoción, y es que cada vez que hablaba sobre poder viajar, le era inevitable tener esa reacción. El sueño de ella, desde la infancia había sido ese. El conocer lo que había más allá de la ciudad Del Comienzo. Ya conocía toda la ciudad como la palma de su mano. No existía rincón que no hubiera explorado.
—Viajar es tu sueño y meta en la vida, por eso dices eso —resupo Ruber, despertándola de su ensoñamiento.
Ella lo miró, siempre le daba la sensación de que él se limitaba a solo subsistir y existir. Era un poco consciente de la situación en la que él estaba viviendo con su hermano. Sus labios dibujaron una sonrisa y Ruber se la devolvió.
—¿Y tú no tienes un sueño? —preguntó, curiosa porque las respuestas a ese tipo de preguntas personales, solían ser cortas y a veces ignoradas.
—Claro que sí.
—¿Se puede saber cuál es?
—Si te lo digo te reirás.
—Tú sabes que nunca haría eso —respondió, con cierta molestia y decepción.
¿Aún no la conocía lo suficientemente para no confiar en ella? No es que tuvieran una larga amistad de años, pero creía que esos nueve meses de tratarse sería suficiente para saber cómo era.
—Mi sueño es… —dudó por un instante, pero Eva lo miró atenta, esperando ansiosa su respuesta, así que no tuvo más remedio que continuar—: Es vivir tranquilo, quizá con una familia.
—«Quizá». Es un bonito sueño —De forma fugaz bajó la mirada—. Hablas como si fuera algo imposible de lograr. Estoy segura de que tendrás una familia.
—Tal vez no lo sea para mí... no lo sé en realidad.
—Dices eso por…
—¿Efrin?
Ella asintió de forma lenta. Siempre que la conversación se centraba en ese tema, ella lo trataba con respeto, no podía imaginarse lo difícil o complicado que le resultaba a él hablar de ese tema. Desvió su vista a Ruber, quien se llevaba la mano a la altura de su corazón, y luego observaba como su rostro cambiaba, a uno sombrío, siempre era el mismo resultado. Le dolía verlo así.
—¿Has escuchado esta canción? —preguntó, cambiando el tema. Tarareó la melodía que tenía en la cabeza desde esa mañana—. Amanecí con ella y no recuerdo dónde la escuché.
—Sí. Es la Quinta de Bella, sale en el comercial donde salen las cinco hermanas, o aparentes hermanas.
—Oh, es cierto. Creo que fue lo último que vi anoche antes de dormir. Ese comercial es muy gracioso, ¿no te parece?
Eva miró la hora en su Pantalla para darse cuenta lo tarde que era.
—Las clases están por comenzar, llegaremos tarde.
El joven miró la hora desde la Pantalla de ella.
—Faltan quince minutos —respondió.
—La puntualidad es importante, Ruber —le recordó—. Es hora de entrar, así que quítate el gorro y las gafas.
Sin demora, él hizo lo sugerido. La buena presentación era uno de los requisitos más importantes para poder entrar a las instalaciones de la universidad ESER, además de las buenas calificaciones y referencias. Al quitarse el gorro, se expuso su cabello de dos colores, un lado de castaño oscuro y el otro castaño claro casi en tonalidad rubio. Algo parecido sucedió cuando se retiró las gafas, uno de sus ojos era color azul y el otro verde. La fisonomía de Ruber era así de nacimiento.
—Listo —Le sonrió cuando ella lo hizo.
Ambos caminaron a la entrada para ingresar a las enormes instalaciones, un edificio que contaba con muchas habitaciones como de plantas, las cuales eran utilizadas por diferentes clases y salas. Tomaron un elevador y fue allí donde se separaron, pues las clases de Mohs eran en el piso 22 y las de Corindo en el 39.
En las calles de la ciudad Del Comienzo habían muchos robots fabricados por la empresa Fucus. Algunos tenían la función de policía, otros estaban encargados de rondar por las Calles del Cielo para vigilar que los automóviles respetaran la velocidad asignada, y si eran violadas —que rara vez sucedía —multaban a los conductores. Otros tantos se dedicaban a vigilar las calles, que pese ser una ciudad pacifica, nunca faltaba algún delincuente que rompiera las normas o molestara a los civiles. Estos robots les advertían sobre su conducta y si los transgresores no obedecían, los robots se comunicaban al cuartel de la policía para que fueran a arrestarlos.
En la calle Apagador, se encontraba ubicada la sede de las empresas Fucus, la que se encargaba de distribuir la tecnología ya fueran robots, máquinas, carros o demás maquinaria, además de ser socio de varias empresas de tecnología. El presidente actual era Belirio Fucus de treinta y cinco años, de cabellera rubia peinada hacia atrás, dueño de unos ojos azules tal como una gema. Siendo hijo primogénito del anterior dueño; Natans Fucus, único sucesor y ahora dueño de todas las fábricas y empresas que portaban ese apellido. Dos semanas después de que murió el magnate Fucus, decidió tomar su cargo y relevarlo en el negocio.
La fábrica principal de la empresa Fucus se encontraba en las afueras Del Comienzo, debido al enorme espacio que necesitaba, era imposible que estuviera en la ciudad, también de que se pensó en la seguridad de los citadinos, pues se solía experimentar o crear cosas que tendían a salirse de control, como el mal manejo de algún gas letal o el mal funcionamiento de alguna máquina.
Belirio se encontraba frente la enorme ventana que se alzaba casi por toda la oficina, observando la belleza de la ciudad. Sonreía mientras visualizaba los carros y las otras cosas fabricadas por la empresa. El anterior presidente sí que había hecho un gran trabajo al proporcionarle a las personas tecnología, no solo en Del Comienzo, sino en varias ciudades alrededor del mundo, que ayudaban a mantener el orden, la seguridad, la tranquilidad, como a mejorar el sistema, evitando la contaminación innecesaria en el ambiente, así que no solo los seres humanos eran beneficiados sino también evitaban la contaminación atmosférica.
El hombre dio media vuelta y se dirigió a su escritorio al escuchar el timbre del teléfono de la oficina, que indicaba que su secretaria lo llamaba. Apretó un botón para descolgar la llamada.
—Señor Fucus —escuchó la voz de la joven oficinista por toda la habitación—, el señor Coleman lo está esperando junto con los demás consejeros en la sala de juntas. En veinte minutos la junta dará apertura.
Juntas. Se la vivía en juntas todos los días desde que comenzó a trabajar allí. Juntas para tener recuento de cada trabajo. Juntas para saber a qué ciudades suministrar lo más nuevo de la empresa. Juntas para dar y recibir opiniones. Juntas para conocer el estado de cuenta de la empresa. Era un trabajo agotador y se requería muchas horas de discusiones y reuniones.
—Ahora salgo —soltó, casi en modo de suspiro—. Estaré con ellos en seis minutos.
—Se lo comunicaré al señor Coleman —finalizó la mujer junto con la llamada.
A pesar de que aquello le desagradaba, Belirio se obligó a acostumbrarse a la vida de empresario. Para que todo pudiera funcionar, debía hacer su trabajo correctamente a pesar de lo tedioso que le resultaba ser. Se alejó del escritorio y caminó hacia un estante que no se encontraba muy lejos del escritorio. Al estar frente al armario, colocó un código en una máquina que hizo que las puertas se abrieron, dejando ver colgados sacos y corbatas, y en la parte inferior de forma alineada, como diez pares de zapatos de diferente marca y colores listos para ser utilizados en cualquier ocasión.
Observó los sacos uno por uno hasta que descolgó el que llenó su pupila, hizo lo mismo con las corbatas y mientras la estaba anudando, oyó otra vez el teléfono, no obstante, esa vez no se trataba de una llamada de su secretaria, o de algún jefe de sección, la llamada era directa de la fábrica; lo supo al reconocer el tono propio que le había puesto a ese contacto para poder identificarlo con rapidez. A toda velocidad, se acercó al escritorio, desconectó las bocinas y toda vía posible, tomó asiento en la silla y, colocándose los audífonos para tener más privacidad, respondió con voz seria, sin esperar a que el sujeto del otro lado hablara:
—Debe tratarse de algo muy importante porque sabes muy bien que está enteramente prohibido llamarme aquí, ¿qué situación hay?
—Señor, tenemos código Troya —respondió el del otro lado de la línea.
—Eso es imposible... —Las palabras de Bel quedaron suspendidas, la noticia le cayó como agua helada—. Las redes de la fábrica tienen ciento veinte por ciento de inmunidad. ¡Nadie puede ingresar a ellas! Dame un resumen de lo sucedido, Norez.
—La sabandija escurridiza de Neón nos ha traicionado —contestó el lacayo por nombre Norez—, es evidente que husmeó los archivos secretos de la computadora principal y se enteró del proyecto. Está intentando robarlos…
A pesar del aparente problema que significaba la palabra «traición», Belirio no perdió la cabeza, se mantuvo sereno ante la noticia. No le importaba lo que ese muchacho hiciera con su vida, si deseaba largarse de la fábrica podía hacerlo. No obstante, lo que sí le preocupaba era lo que podía llevarse; la evidencia de los planes que delataban sus verdaderas intenciones. Si aquello llegaba al poder del gobierno, se vería en un aprieto muy grande.
—¿Cuáles son tus movimientos? —cuestionó Fucus.
—Por ahora he enviado a los…
La llamada se cortó de repente, dejando en su lugar un infernal ruido estático, obligando a Belirio apartarse los audífonos de sus oídos. El desertor, Neón, desconectó la señal de comunicación.
Debía de admitir que el muchacho era muy astuto. Se recargó en el respaldo de la silla. No se preocuparía, confiaría en que Norez estuviera preparado para lo que se avecinaba. Aunque estaba consciente que Neón no se iba a dejar vencer tan fácilmente pues escuchó de su determinación, pero la determinación de él era aún más grande.
Sus labios esbozaron una sonrisa ante ese pensamiento. Pese a todo, le pareció una verdadera lástima que Neón acortara su vida al traicionarlos, daba por sentado que éste no lograría pisar fuera de la fábrica. Por ahora, no debía sentirse turbado, había solución y debía mantener la serenidad, una serenidad que desapareció al recordar que tenía una reunión con los del grupo de Consejo y eso sí que lo sacaba de quicio.