CAPÍTULO 1
༶•┈┈•༶ KATHERINE MOORE ༶•┈┈•༶
Después de cursar mi internado militar y el servicio voluntario, me di cuenta de que no tendría la fuerza suficiente para seguir adelante, para seguir creciendo como miembro del escuadrón militar. Y para una simple soldado como yo, sin una guerra en la que luchar, no había mucho más que hacer, solo tareas domésticas que apenas ofrecían un sueldo mediocre. No es que el dinero que ganaba como conductora de autobús fuera mucho mejor, pero la vida me había llevado hasta aquí, y era lo mejor que podía hacer para ayudar a la poca familia que me quedaba: mi hermana Emma y mi abuela, mi todo.
Mi abuela nunca estuvo a favor de que yo ingresara al Servicio Militar, pero yo quería seguir los pasos de mi padre. Quería ser tan valiente como él, quien tuvo que salir adelante después de que mi madre, un día simplemente decidiera irse. No sé si está viva o muerta, y no tengo intenciones de averiguarlo. Mi padre murió poco después de que yo ingresara al SM, y en esos años, todo lo que nos dejó fue suficiente para vivir en paz, solo por un tiempo. Hasta que pedí mi retirada, porque fui débil. Me di cuenta que no era valiente como él, y ellos no necesitaban un estorbo. Para crecer como militar debes ser fuerte, y lo único que yo quería era descansar, reencontrarme con mi padre, con mi amigo. La persona que siempre cuido de mi. Pero no podía hacerlo, mi hermana y mi abuela esperaban por mí, y darles una carga más sería egoísta de mi parte. Así que por esa vez, solo por esa vez, fui valiente y decidí avanzar. Solo que ya no podíamos seguir tirando suerte buscando crecer, buscando algo mejor o intentar ser una miembro de operaciones especiales como mi padre siempre lo quiso. Debíamos empezar a sobrevivir.
Eran las diez de la noche, mi último turno del día. En el autobús había un par de personas que seguramente se bajarían de camino a la última parada, donde terminaba mi recorrido. La estación final quedaba a una hora de donde me encontraba. Estaba agotada, debía tomar los recorridos nocturnos además de los normales para poder generar suficiente dinero.
La siguiente parada era concurrida. Subió un grupo de personas , pero entre ellas, una en especial decidió fastidiarme. En ese momento, no podía verle el rostro, Él era más alto que la pequeña ventanilla que teníamos para recibir el dinero y dar el boleto. tenía una mano dentro de su abrigo y, mientras se giraba a ver por la puerta buscando algo o a alguien, me entregó con su mano desocupada un billete de cien dólares. ¿Se estaba burlando de mí? El boleto de autobús solo costaba $2.99, y él venía con un billete de cien. Tenía un tiempo limitado entre pasajeros para recibir dinero, dar cambio y entregar el boleto. No podía perderlo buscando los $98 de cambio para este imbecil que solo venia a presumir su dinero.
—No juegue conmigo, señor, no tengo tiempo para esto —le comenté fingiendo tranquilidad. Es de conocimiento básico que en el transporte o pagas con lo justo o con un billete pequeño, pero ¿cien dólares por un boleto de autobús?
—Quédate con el cambio si quieres, pero arranca de una vez.
Como si pudiera hacer eso en primer lugar. Aunque las ganas no me faltaban, las cámaras se asegurarían de que fuera despedida en ese instante.
—No soy un puto taxi, señor —le respondí mientras guardaba el dinero y le daba su boleto, porque si en algo tenía razón, era en que debía arrancar.
Ni siquiera lo tomó y se fue a sentar, dios sabrá dónde. Solo escuchaba el molesto quejido de las personas que esperaban en la fila detrás de él.
Estaba cansada. Todos los días era la misma rutina, el mismo camino y mucha gente molesta desquitándose conmigo, como si yo tuviera la culpa de sus problemas.
Ya la hora pasaba las once de la noche y terminé de aparcar. Salí de la cabina y, como todas las noches, debía verificar que todo el autobús estuviera en orden. Fue entonces cuando en los asientos del fondo, vi una silueta grande y recostada contra la ventana. Quizás otro borracho que se durmió y terminó en la última estación. Pero no, era Él. Tenía la piel color crema, el cabello negro, un poco despeinado junto a un corte en el labio que contrastaba con su manera formal de vestir. Terminé de analizarlo con ganas de gritarle por tantas molestias que me causaría al quedarse dormido en el autobús, pero mi enojo fue interrumpido por el asombro cuando vi que de la misma mano que aún tenía en su abrigo, corría un líquido rojo. Sangre.
En el ejército me enseñaron primeros auxilios, y en el autobús teníamos un botiquín pero no mentiré al decir que no quería dejarlo allí como castigo por el mal rato. Lamentablemente cien dólares no serían suficientes para que mi jefe no me despidiera por dejar un cadáver en el transporte. Mientras presionaba las gasas contra la herida, revisé si aún respiraba, y sí, lo hacía. Intenté llamar a una ambulancia, pero mi teléfono estaba muerto. Y adivinen quién tiene el protocolo obligatorio en caso de un accidentado en el autobús: Yo.
Como si no estuviera lo suficientemente cansada, ahora debía llevar al hospital a un desconocido que minutos atrás hizo mi día más estresante de lo que era, en el autobús que acababa de aparcar. Si mi jefe no me despedía mañana, sería un milagro.
El reloj marcaba las doce de la noche y ya había llegado hacía unos minutos al hospital. Intenté comunicarme con mi trabajo para dejar constancia de dónde estaba y lo que había sucedido. También llamé a mi abuela para avisar que llegaría un poco más tarde a casa por un pequeño incidente. Ella parecía preocupada, pero le prometí explicarle con detalle al llegar. A todo esto, el protocolo incluía no separarse del accidentado hasta que recuperara la conciencia.
Así que ahí estaba yo, esperando a que ese imbécil despertara, sin cien dólares extra, con un autobús que aparcar y muchas explicaciones que necesitaba dar y escuchar