Capítulo 1: La palabra prohibida.
El restaurante estaba suspendido en la última planta de un rascacielos de acero y cristal en Moscú. Lámparas de araña colgaban como galaxias congeladas, y cada mesa tenía una rosa negra flotando en agua helada. Todo olía a lavado de dinero, a pólvora disfrazada de perfume caro, y a caviar de esos que se acompañan de amenazas no verbales.
Nathaniel Aldridge —“Henry Dupont”, según su pasaporte falsificado— sostenía una copa de vino con la seguridad de un hombre que no tenía ni una idea de lo qué estaba haciendo, intentando no mover la pierna con demasiada ansiedad. Llevaba un traje hecho a la medida que su hermano mayor y la organización entera le habían suplicado a usar. Además portaba una cámara de espionaje en el botón del saco, un transmisor ocultado en el reloj, y una inseguridad desmedida debajo de esa sonrisa de embajador falso.
Enfrente de él, cinco grandes hombres con atuendos sombríos y posiciones rectas lo miraban como si fuera una langosta que todavía no ha decidido si debe ser cocida o liberada. En medio de ellos, Viktor Dragunov, el anfitrión de la velada y posible criminal internacional, levantó su copa con distinción de un oso que aprendió modales de manera correspondiente.
—A los nuevos socios —dijo, en un inglés grave, brindando con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—A los nuevos socios —repitió Nathaniel, levantando su copa con una leve inclinación educada.
A su izquierda, Soren Aldridge, su compañero de misión y su hermano, lo observaba de reojo. No lo hacía por desconfianza; lo hacía como quien ve una olla a presión silbando en la estufa, sabiendo que explotará, solo que no sabe cuando.
Soren, como siempre, estaba impecable. Traductor oficial en esta operación, llevaba una camisa negra sin una sola arruga y el rostro de alguien que podría mentirle a un polígrafo mientras recita poesía en latín. Tenía el tipo de presencia que sembraba respeto o deseo, dependiendo de quien lo viera.
—Sencillo —había dicho Soren más temprano esa noche—. Sonríes, brindas, no hablas ruso. Yo hago lo demás. Solo no lo arruines.
Nathaniel asintió entonces. Nathaniel asintió ahora. Llevó la copa a los labios, deseando que el vino fuera lo suficientemente fuerte como para disolver la ansiedad. Fingía no entender el idioma —esa era la clave—, y por eso no debía responder a nada más allá del inglés. Solo asentir, sonreír y parecer lo suficientemente tonto como para que no lo mataran, pero no tanto como para perder la negociación.
El maletín negro reposaba en la mesa como una promesa silenciosa, a solo unos centímetros del centro exacto del infierno. La información que contenía podía comprometer a media Europa oriental, o eso decía el informe que Nathaniel apenas alcanzó a leer mientras terminaba su desayuno esa misma mañana.
Los ojos verdes del agente empezaron a brillar con sutil intención mientras observaba el artefacto localizado, solo debía sonreír y firmar y aquel maletín sería suyo. Dos cosas, solo dos. Y sin embargo, cometió el error.
—Lo que ustedes manejan no es solo información confidencial… —dijo, queriendo sonar sofistificado—. Es puro kompromat.
Silencio.
El tipo más cercano a Dragunov giró apenas la cabeza. Uno de los guardaespaldas se tocó la oreja, recibiendo órdenes. El hielo de las copas parecía haber dejado de moverse. Soren parpadeó. Luego miró a su compañero como quien acaba de ver a un niño prender fuego a una biblioteca para impresionar a alguien: decepción y terror en su estado más puro.
Dragunov bajó su copa con lentitud.
—¿Qué dijiste? —preguntó en un inglés demasiado claro.
—¿Qué cosa? —Nathaniel intentó disimular con una sonrisa inocente.
—Kompromat. ¿Dónde escuchaste esa palabra?
—Ah, eso… en un libro. Sí. Un libro de Tolstói. Muy denso. Pero educativo.
—Tolstói no usaba ese término. Es moderno.
—Claro, era una edición especial. Con notas del editor. Un tipo muy… eh… contemporáneo.
El aire se tensó con una violencia invisible. La rosa negra en el centro de la mesa parecía marchitarse sin tocarla. Soren ya no miraba de reojo: lo miraba de frente, con esa expresión que usaba cuando quería matarlo sin ensuciarse las manos. Nathaniel tragó saliva, midiendo sus opciones. Había entrenado para esto. Había memorizado protocolos, claves de escape, nombres falsos, mentiras útiles. Pero nada de eso incluía decir “kompromat” delante de cinco mafiosos rusos mientras fingía no hablar el idioma.
Uno de los hombres se puso de pie.
—¿Quién te mandó? —espetó con voz áspera.
—No entiendo... —Nathaniel intentó seguir el papel, pero la sonrisa ya no le salía bien.
—No hablabas ruso —intervino otro—. Pero ahora sí.
Dragunov no respondió. Solo lo observó durante un segundo que se sintió como una cuenta regresiva. Nathaniel sonrió de nuevo. El silencio en la sala era quirúrgico. Ni siquiera el piano de fondo seguía tocando.
—Soren —susurró, sin mover apenas los labios—, por favor dime que todavía podemos salir de aquí sin ser descuartizados.
Soren no respondió de inmediato. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía esculpida en mármol. Luego bebió un sorbo de su vodka, como si evaluara cuántas probabilidades tenían de sobrevivir si Nathaniel salía por la ventana del piso 63.
—Están armados —murmuró en inglés, sin mirar a su hermano—. El de la izquierda lleva una Makarov en la axila. El del fondo, cuchillo en el tobillo. Dragunov está esperando confirmación por el auricular. Estás jodido, Nate.
Nathaniel parpadeó.
—¿Cómo de jodido?
—¿Recuerdas la vez en Estambul con las prostitutas, los explosivos y la cabra? Peor.
Una risa áspera se escapó de la garganta de Dragunov. No era amable. Era el sonido que hace un lobo antes de morder.
—Supongo que ya no es necesario seguir con la farsa —dijo, esta vez en ruso.
Nathaniel entendió. Perfectamente. Y esa fue su segunda equivocación de la noche: reaccionar. Un leve arqueo de cejas, apenas un gesto, pero suficiente. El tipo más grande a la derecha ya estaba desenfundando el arma. Soren reaccionó antes de que el gatillo pudiera apretarse: derribó la copa de vodka y empujó la mesa con una patada violenta, derramando caviar, vino y amenaza por igual.
—¡Corre! —gritó.
Nathaniel no necesitó más instrucciones. Ya estaba saltando sobre el respaldo de su silla cuando escuchó el primer disparo. El vidrio estalló tras él. La rosa negra voló por el aire como una mancha de tinta en cámara lenta. Alcanzó la puerta lateral, empujando a un camarero que no tenía idea de por qué acababa de recibir una bala perdida en la charola.
—¡Idi na chert, idioti! —gritó mientras corría por el pasillo, sin estar seguro de si estaba insultando correctamente en ruso o pidiendo una pizza con anchoas.
Entró al vestíbulo de servicio, empujó una puerta con el hombro y se deslizó por una escalera de emergencia. No tenía plan. No tenía respaldo. Y, por supuesto, no tenía salida.
—¡Soren, dime que estás detrás de mí!
—Estoy —respondió su hermano, tres escalones abajo—. Pero si sobrevives, juro que te voy a matar yo mismo.
Llegaron al nivel del estacionamiento subterráneo, donde un valet distraído intentaba encender un Bentley de color negro. Nathaniel no lo pensó dos veces. Lo noqueó de un puñetazo improvisado, lo empujó fuera del asiento y se deslizó tras el volante.
—¿Sabes conducir en Moscú?
—¡Sé robar un coche, eso cuenta!
El vehículo rugió con vida, justo cuando la puerta del elevador de servicio se abría y dos hombres armados aparecían apuntando directo a ellos. Nathaniel aceleró. Las balas golpearon el capó como lluvia metálica. El coche rompió la barrera del estacionamiento y salió disparado a la avenida con un chirrido brutal de llantas.
—¡Eso fue un maletín diplomático, Nathaniel! ¡Un maletín! ¿Sabes cuántos tratados acabas de violar?
—¡No lo sé! ¡Pero seguro fueron más de cinco!
El motor rugió como si también estuviera en pánico. El auto derrapó entre taxis y peatones que gritaban maldiciones. Nathaniel conducía como un hombre que nunca pasó el examen de manejo y tampoco pensaba intentarlo. Soren disparaba por la ventana con precisión militar con la mitad del cuerpo por fuera de la ventana.
Las balas silbaban, rompiendo ventanas y espejos. Nathaniel intentó una maniobra evasiva, tomó una curva cerrada y se metió a un callejón angosto. El Bentley chirrió como si estuviera pidiendo clemencia, chocó con dos cubos de basura y luego atravesó una verja oxidada que daba a las alcantarillas.
—¡No! ¡NO! ¡Eso es agua negra! —Soren chilló al ver la rampa húmeda y oscura.
—¿Quieres baño de burbujas o seguir vivo?
El auto cayó de lleno al canal, medio sumergido en el agua pestilente. Ambos salieron nadando, o más bien chapoteando, en la oscuridad de túnel cloacal que olía a podredumbre y malas decisiones. Nathaniel resbaló y cayó de espaldas con un golpe seco.
—¿Sabes qué? —dijo escupiendo— Esto huele igual que tu último ex.
—No estás en posición de insultar a nadie.
Tardaron una hora en caminar, nadar y maldecir hasta llegar a una compuerta secreta incrustada en un muro olvidado. Soren escaneó la pared con su reloj, y esta se abrió revelando un ascensor metálico. Bajaron. Silencio. Solo el zumbido del motor.
Cuando llegaron al cuartel provisional, mojados, apestosos y con restos de papel higiénico flotando en sus trajes, fueron recibidos por miradas horrorizadas.
—Quítate eso de la cara —le dijo Soren, señalando algo pegado al cuello del rubio.
—¿Qué es?
—No preguntes.
Entraron en la sala de operaciones. Las pantallas parpadearon al detectar sus identidades. Un agente pasó corriendo, apretándose la nariz mientras rociaba aromatizante de lavanda. Soren se secó la cara con una toalla y se giró hacia su hermano menor.
—Solo quiero que sepas algo —dijo con calma.
—¿Qué?
—Alexandre va a matarte. Lentamente. Con placer. Quizá transmitiéndolo en directo. Cualquier cosa es posible.
Nathaniel tragó saliva.
—¿Y si... me escondo?
—Tenemos rastreadores instalados en nuestros sistemas desde bebés. ¿Esperas mudarte a la luna y que no te encuentre?
Nathaniel suspiró. El día de su exilio oficial había llegado.
Cuando las puertas de la oficina de Alexandre Aldridge —hermano mayor, director supremo de la agencia de espionaje británico—, un silencio absoluto llenó el pasillo. Nathaniel dio el primer paso con resignación de un condenado, aún goteando agua de alcantarilla, el rostro sucio y el cabello, antes rubio, actual y temporalmente marrón por las aguas negras. Soren, por su parte, caminaba a su lado con la espalda recta y el rostro inmutable, aunque se desvió discretamente hacia una esquina de la sala donde, con una postura estoica, se mimetizó con una planta artificial de oficina.
Alexandre los esperaba de pie. Alto, impecable, vestido con un traje oscuro sin una sola arruga y con la expresión de alguien que ha dejado de creer en la humanidad hace años, pero sigue asistiendo a reuniones por obligación moral. Sus ojos grises pasaron brevemente sobre Soren —nada que decirle— y se clavaron directamente en Nathaniel.
—Qué lamentable espectáculo —dijo con frialdad, sin levantar la voz. No lo necesitaba.
Nathaniel intentó hablar, pero un gesto de la mano bastó para silenciarlo.
—Soren, estás libre de culpa. Puedes retirarte si lo deseas.
—Prefiero quedarme —respondió el susodicho, sin moverse del rincón. Alexandre no insistió. Lo comprendía: nadie quería perderse un juicio sumario como ese.
El director rodeó su escritorio, manos cruzadas tras la espalda.
—Vamos a hacer un recuento rápido —empezó, mirando a Nathaniel como si observara un ser inferior que había tenido la osadía de vestirse como agente—Uno: la postura. Caminabas como si tuvieras calambres en ambos glúteos. Dos: la palabra prohibida. “Kopromat” ni siquiera debías haber pensado en ella, y menos si lo dices con entusiasmo de actor porno. Tres: las mejillas. Ruborizadas. Un infiltrado no se ruboriza al ver a un mafioso tatuado con un abrigo de visón. ¿Te intimidó su perfume?
Nathaniel parpadeó. Alexandre no esperaba respuesta.
—Y ahora lo importante —añadió, dándose la vuelta para tomar una tableta electrónica y deslizar en la pantalla—. El maletín no fue entregado. Los rusos están al tanto de la operación. Hemos perdido cinco meses de trabajo encubierto, y el ministro de defensa francés me ha llamado tres veces esta mañana, solo para verificar si seguimos siendo una agencia seria o un experimento fallido financiado por error.
Hizo una pausa.
—Y tú, Nathaniel, tú te atreviste a huir en un Bentley.
—Era el único que tenía las llaves puestas. No es como si fuera un delito. No he cometido errores tan graves. —se defendió débilmente.
Alexandre levantó la mirada. No gritó. Fue peor. Sonrió. Una de esas sonrisas que no eran humanas. Una sonrisa quirúrgica, diseñada para aplastar almas.
—Ah, claro. ¿Y cuando disparaste hacia el cielo mientras gritabas “viva la madre patria”?
—Fue sarcasmo.
—Sarcasmo —repitió el mayor de los Aldridge—. Lo mismo dijiste cuando derribaste un helicóptero propio con una bazuca mal calibrada. O cuando, disfrazado de chef, confundiste la pimienta con una toxina de contacto. ¿O ya olvidaste tu brillante infiltración como monje tibetano en Mongolia? Te descubrieron porque hiciste una videollamada desde el templo.
—Eso fue una emergencia personal —replicó Nathaniel, herido.
—Estabas pidiendo pizza.
El silencio volvió a imponerse. Soren movió apenas las cejas, como quién asiente en señal de reconocimiento de la idiotez ajena.
Alexandre caminó de nuevo hacia él, esta vez más cerca. Su voz bajó un tono.
—Te queda una sola oportunidad. Una. Porque si vuelves a fallar, Nathaniel, no solo perderás el uniforme: te pondremos un dardo en el cuello, borrarán tu memoria, y te despertarás como encargado nocturno en un puesto de hamburguesas, en el distrito industrial de Bratislava. Con gorra incluida. Sin propinas. Con olor a aceite rancio hasta que mueras.
Nathaniel tragó saliva. No dijo nada.
—¿Entendido?
—…Entendido.
—Bien. Prepárate. Tu próximo informe será entregado en una hora. Y esta vez, si mencionas la palabra “improvisación”, te lo haré tragar.
Se dio la vuelta. La conversación había terminado.
Mientras salían, Nathaniel susurró:
—¿Bratislava?
Soren, que caminaba a su lado de nuevo, respondió sin emoción:
—Tienen buenas hamburguesas. Pero tú no vas a llegar ni a la parrilla si sigues así.