blood hunters

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Summary

Blood Hunters "La sangre es legado, el dolor... herencia." En un mundo que mezcla tecnología avanzada con ecos del pasado, las sombras han despertado. Los vampiros -criaturas engendradas por el mismo Drácula- han regresado con una sed de sangre implacable y una venganza que lleva siglos fermentándose. Cuando la Luna Carmesí se alza, su luz demoníaca los transforma en bestias casi inmortales. Los humanos, llevados al borde del colapso, crearon una orden tan letal como el enemigo que enfrentan: los Blood Hunters. Guerreros entrenados en lo imposible, nacidos del dolor, forjados en fuego y sangre. Esta es la historia de una guerra silenciosa. De cazadores, de monstruos, de amor prohibido... Y de una oscuridad que nunca murió.

Genre
Scifi
Author
SEIYA55
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Blood Hunters

BLOOD HUNTERS

“Hay cosas que el tiempo no borra, solo entierra... y hay noches que ni la muerte se atreve a mirar de frente.”

Hablan de progreso, de civilización, de evolución... pero se tragan la sangre, los gritos, los cuerpos rotos. Se callan que hubo una noche donde la Luna sangró por primera vez, y con ella, la Tierra dejó de pertenecer a los vivos.

Desde entonces, la oscuridad ya no duerme.

Ni siquiera ahora, cuando las ciudades acarician el cielo con torres infinitas, cuando los trenes flotan sin tocar el suelo y las voces cruzan continentes sin necesidad de cuerdas... ni siquiera ahora, con tanta maravilla en nuestras manos, hemos podido encadenar a los colmillos.

Porque los colmillos no se detienen con ciencia. Ni con fuego. Ni con fe.

Los llamaron “criaturas de la noche”, como si el eufemismo pudiera contenerlos. Pero hasta los susurros cargan miedo cuando se habla de ellos. Vampiros. Hijos bastardos del Monarca Eterno. El Engendro de la Medianoche. Drácula.

Un nombre que debería estar enterrado bajo siglos, cenizas y rezos...Y sin embargo, cada vez que la Luna se tiñe de rojo, su legado nos recuerda que el mito nunca murió. Solo se multiplicó.

Su muerte, si alguna vez fue real, no trajo paz. Solo abrió la jaula.

Los fieles del Rey no se extinguieron. Se liberaron. Y con ellos, vinieron las noches de cacería, el hambre interminable, y una guerra sin frentes.

Cada mes, sin falta, el cielo se rompe. Y la Luna Carmesí nos mira de vuelta.

No es un evento astronómico. Es una cicatriz que no cierra.

Cuando esa luz toca las calles, los vampiros no cazan. Reinan. Las balas no los detienen. El fuego los alimenta. Y las oraciones......mueren antes de llegar a los labios.

Entonces, el mundo dejó de rezar. Y empezó a responder.

No con ejércitos. Con monstruos.

Los llamaron Blood Hunters. Guerreros que no nacieron para vivir. Nacieron para matar.

No eran héroes. No eran santos. Eran lo único que los vampiros temían.

Hombres y mujeres que aprendieron a pelear dentro del abismo. Que se entrenaron en lo prohibido. Que olvidaron su humanidad para poder luchar contra quienes nunca la tuvieron.

Dicen que son un mito. Dicen que jamás existieron.

Mienten.

ELLOS EXISTEN ENTRE NOSOTROS...

Mientras una lluvia caía con furia, como si el cielo quisiera borrar con agua su propia culpa. Las calles estaban vacías, silenciadas por la tormenta y el miedo. El sonido de los pasos desesperados se mezclaba con los verdaderos distantes. Una figura diminuta corría por los adoquines mojados, descalza, temblorosa, jadeando entre sollozos.

Una niña. pequeña e indefensa.

Sus ojos llorosos apenas se veían entre la cortina de lluvia, pero su cuerpo corría con una determinación instintiva. No por valentía. No por destino. Corría como corre una presa que ha sentido el aliento de la muerte rozar su nuca.

Dobló una esquina, cayó, se levantó. El vestido blanco que llevaba ahora era un trapo gris empapado, arrastrado entre charcos oscuros y barro. Hasta que al fin... se topó con un muro.

Un callejón sin salida.

—No... no no no... —susurró, mientras su espalda chocaba contra el ladrillo frío, girándose con lentitud.

Entonces apareció.

Un hombre. Alto. Impecablemente vestido, de traje oscuro y guantes de cuero. Su rostro era de una belleza pulida, serena. Inhumano. Pero era su silencio lo que aterrorizaba más que cualquier gruñido. Ese tipo de silencio que vibra en el aire como una nota disonante.

Él la miraba. No con ira. Ni siquiera con odio. Solo con hambre.

La niña temblaba, paralizada por el miedo que su mente infantil no podía procesar. El vampiro dio un paso, luego otro. No se apresuraba. Saboreaba el momento. El miedo también tiene sabor.

Y entonces, sin una palabra, se lanzó hacia ella.

Pero nunca la alcanzo.

El aire silbó con un crujido seco. Y la niña...ya no estaba.

El vampiro frenó en seco, desconcertado. Su mirada, antes calmada, se volvió feroz, buscando con la vista a su presa perdida. Sus sentidos captaron algo más. Algo que no estaba allí hace un segundo. Algo letal.

Sintió un calor inesperado tras de sí, como una chispa en la niebla.

Giró.

Allí estaba.

Una mujer de pie bajo la lluvia, con la niña acurrucada en sus brazos. Su abrigo oscuro se fundía con las sombras, su cabello largo y negro brillaba como tinta bajo los relámpagos. Y sus ojos... sus ojos eran de un color celeste apagado, como témpanos bajo la nieve.

—Tranquila —murmuró con una voz suave, casi maternal, mientras depositaba a la niña en el suelo, cubriéndola con su capa—. Ya pasó.

El vampiro lo observó. No comprendía. ¿Por qué no huías? ¿Por qué no temblaba ante él?

Ella simplemente se irguió, dio un paso al frente, y entonces el miedo cambió de dueño.

El vampiro gruñó, furioso. Desapareció en un borrón veloz, su cuerpo lanzado como un proyecto hacia ella. Un movimiento tan rápido que ni el ojo humano podría haberlo seguido.

Pero ella no era una humana común.

Con un leve giro de cadera, la mujer esquivó el ataque con la elegancia de una bailarina. Su mano izquierda se deslizó hacia su cintura, y en un instante, una hoja de plata desgarró la lluvia.

El vampiro no sabe cuándo fue herido. Solo lo supo cuando cayó de rodillas, mirando su pecho abierto, con el corazón hecho trizas.

Ella no dijo palabra. Solo lo observa caer.

La niña, desde el suelo, temblaba. Pero esta vez no de miedo... sino de asombro.

—Q-¿quién eres...? —balbuceó la pequeña, sus ojos grandes clavados en su salvadora.

La mujer se agachó, acariciando su mejilla con delicadeza.

—Nadie importante... —susurró—. Solo soy una cazadora más.

Y con eso, alzó la vista hacia los tejados.

La Luna Carmesí no había salido todavía.

Pero vendría.

Y cuando lo hizo... los verdaderos monstruos saldrían a jugar.

La niña, aún temblorosa, sostuvo la capa de la mujer como si fuera el único ancla que la mantenía en la realidad. La cazadora la observará por unos segundos más. Había algo en su mirada, algo más que debía... quizás compasión. O quizás simplemente tristeza.

—Ve a casa, pequeña —susurró sin emoción aparente—. Esta noche no es para humanos.

La niña intentó hablar, pero la cazadora ya no estaba.

Una ráfaga de viento levantó gotas y hojas podridas en un torbellino breve. En lo alto de un edificio cercano, la figura femenina ya contemplaba la ciudad.

Inmóvil.

Como una estatua de obsidiana tallada por el mismo pecado.

Desde allí, todo parecía aún más sucio. Techos corroídos por el tiempo, calles húmedas y frías, faroles parpadeantes que luchaban contra la oscuridad. Era un paisaje sombrío, donde los secretos goteaban desde las sombras con cada gota de lluvia.

Allí estaba ella. Observando. Esperando.

Los truenos se establecieron en la lejanía como tambores de guerra. Pero ella escuchaba otra sinfonía. La de los pasos ocultos. La de las respiraciones contenidas. La de los gruñidos ahogados en la penumbra.

Sus sentidos estaban despiertos.

El murmullo más leve era suficiente.

Y entonces lo escuchó.

Una roca. Un metal vibrando. Un jadeo ahogado.

Uno más.

Saltó desde la cornisa sin miedo alguno, cayendo en silencio como una sombra viva. Corrió por los tejados, su capa ondeando tras ella como un ala rasgada de oscuridad. Cada paso era preciso, ágil. Era una danza entre la lluvia y la muerte.

Mientras descendía, su instinto le gritó una advertencia distinta: no estaba sola.

Desde el callejón contiguo, otra figura avanzaba. Igual de rápido. Igual de silencioso.

Un cazador.

Vestía una gabardina oscura con el mismo símbolo que ella portaba en la espalda. Sus movimientos eran felinos, entrenados, letales.

Ella se detuvo en seco y giró su rostro hacia él, sus ojos rojos brillando un instante bajo la lluvia.

—Tú también lo sentiste? —preguntó con voz baja pero firme.

El cazador avanza sin detenerse.

—Al este. El hedor era fuerte. Acaba de alimentarse.

Ambos se dirigieron al origen de la señal. Y al llegar... lo encontraron.

Un cuerpo. No humano. No ya.

Un vampiro yacía desplomado sobre el suelo de concreto húmedo, con una herida en el pecho y los ojos vacíos mirando al infinito.

Los dos cazadores se miraron.

Y entonces, una voz les llegó desde las alturas.

—Yo me encargué de ese. Llegaron tarde.

Ambos levantaron la vista. En el tejado de un pequeño edificio cercano, otra figura se alzaba. Este no tenía la puerta elegante de los otros dos. Sus ropas eran más sucias, su abrigo más desgastado, pero sus ojos mostraban la misma determinación... y sus armas aún humeaban.

Limpiaba una de sus cuchillas con un trapo ensangrentado, sin prisa.

—No sirve que todos vayamos al mismo sitio —dijo con tono seco—. Lo mejor es que cubramos más terreno. Es noche de luna muerta. Están hambrientos. Vendrán más.

La mujer bajó la mirada hacia el cadáver y ascendió lentamente.

—Tiene razón —dijo—. Nos dividimos. Como siempre.

—Y si encuentran uno solo... —añadió el segundo cazador, afilando la voz como una hoja—. No amigo.

—No dudamos —respondió ella, dando media vuelta.

El cazador del techo desapareció como si fuera parte de la neblina. El otro se perdió entre los callejones.

Y ella... volvió a las alturas, al filo del mundo, donde su vigilancia jamás duerme.

Porque la noche aún era joven.

Y los hijos de Drácula aún respiraban.

La noche avanzó lentamente. Como una vieja melodía que se desvanece entre suspiros rotos. Las gotas de lluvia cesaron. El viento perdió su filo. Y con los primeros rayos del sol asomando entre los edificios decadentes, los vampiros se desvanecieron en la bruma, como si nunca hubieran existido.

La humanidad, ignorante en su mayoría del horror que acecha cada anochecer, volvió a respirar.

La ciudad despertaba con parsimonia. Algunos salían a trabajar, otros se estiraban en sus camas creyendo que sólo habían tenido un mal sueño... sin saber que, fuera de su vista, hubo sangre, muerte y asesino silencio. Pero todo estaba bien. Porque ellos existían. Los Cazadores de Sangre.

La fama de los cazadores comenzaba a tomar fuerza en la cultura urbana. Se les llamaba héroes, sombras salvadoras, incluso fantasmas de la justicia. Pero la mayoría vivía en el anonimato, protegidos por el velo de lo común. Porque cuanto más se supiera de ellos, más peligro acecharía a sus seres queridos. Y en este mundo, el amor era una grieta fácil de aprovechar para los que cazan en la oscuridad.

Una luz cálida atravesó las persianas rotas de un pequeño departamento en el distrito central. Dentro, el ambiente era austero pero ordenado: libros, una cama individual, una mesa con cuchillas ocultas, un perchero con una capa aún mojada por la lluvia. Sobre la cama, una figura se revolvía entre las sábanas. El sol tocó su rostro pálido y sereno, y con un leve suspiro, despertó.

Se sentó lentamente, con los párpados pesados ​​por la fatiga. Sus cabellos, largos y oscuros como la medianoche, caían desordenados sobre sus hombros. Una maraña de seda en guerra con la gravedad.

Se frotó los ojos como cualquier joven adormilada. Bostezo. Se estiró.

Y por un instante... parecía simplemente una chica más.

Pero cuando se levantó de la cama y pasó junto a su capa negra, colgada con reverencia, todo cambió. Esa misma capa que protegió a una niña horas antes de ser devorada por un monstruo. Esa misma capa que cargaba el peso de vidas salvadas y criaturas ejecutadas.

Era ella.

La cazadora.

Se desvistió con naturalidad y caminó hasta el baño. El vapor del agua caliente comenzó a llenar el aire. Su piel muestra cicatrices finas, memoria de peleas antiguas. Pero ninguna visible a los ojos del mundo exterior. Sabía cómo esconderlas.

Al salir, vestía algo completamente distinto. Una camisa blanca de mangas largas, falda negra plisada, medias oscuras hasta los muslos, chaqueta escolar con emblema dorado. Se ajustó el cuello con pereza. Se peinó el cabello con una simple coleta. Y frente al espejo, colocó una pequeña pinza plateada en su flequillo. Una que ocultaba un micro dispositivo de rastreo y comunicación de cazador. Nada era solo lo que parecía.

Recogió su mochila como si fuera cualquier adolescente preparándose para la escuela. Y antes de salir, miró por última vez la capa colgada.

Sus labios se curvaron apenas, en una mueca que no era sonrisa... pero tampoco tristeza.

—Aguanta unas horas más... —murmuró—. Esta noche volveremos a cazar.

Y entonces, la chica que había degollado a un vampiro con una sola estocada unas horas antes... se perdió entre el gentío de estudiantes, mezclada en la rutina, caminando hacia su academia como una sombra más entre millas.

Nadie lo sospechaba. Nadie lo veía. Y sin embargo, gracias a ella, aún muchos pudieron ver la luz del día.

Las calles estaban vivas. Los autos rugían. Las voces resonaban en los andenes. Las pantallas gigantes escupían anuncios entre luces artificiales y noticias repetidas. La ciudad, bañada por la luz del amanecer, ya no parecía el mismo monstruo que engullía almas durante la noche. Bajo el sol, todo era más llevadero... menos pesado... más humano.

Entre la multitud, caminaba ella.

Mochila al hombro. Auriculares colgados de un cuello delgado. El uniforme perfectamente en orden. Parecía una estudiante más. Inofensiva. Tranquila. Ausente.

Nadie notó la leve rigidez en su espalda producto del combate. Nadie notaba las ojeras bajo sus ojos almendrados. Nadie, excepto ella, sabía cuántas veces había matado esta semana.

Cruzó los portones de la Academia Épsilon, una de las instituciones más prestigiosas del distrito. Su arquitectura era una mezcla extraña entre lo moderno y lo neoclásico: paredes grises cubiertas de enredaderas verdes, vitrales con diseños góticos, tecnología de punta escondida entre mármol y madera antigua.

El salón 2-A estaba lleno de murmullos adolescentes, quejas sobre tareas, risas, historias de citas y videojuegos. Un entorno mundano. Cálido. Y allí, junto a la tercera ventana desde el fondo, se sentó Yuri. La misma chica que apenas unas horas atrás decapitó a un vampiro sin parpadear.

Apoyó el rostro sobre su brazo. El murmullo de sus compañeros era un eco distante. El calor del sol sobre el vidrio la arrullaba como una vieja nana.

Y sin notarlo, sus párpados cayeron.

...

Cinco minutos...Diez...Veinte...

—...Y eso, estudiantes, es lo que el tratado de convivencia... —la voz del profesor resonaba apagada, monótona, hasta que de pronto se detuvo abruptamente—. Yuri...

Silencio.

Todos voltearon hacia la figura inmóvil cerca de la ventana.

El profesor carraspeó, molesto.

¡Yuri Ishikawa!

La chica dio un respingo leve, alzó la cabeza con lentitud, parpadeando como si aún estuviera en otra dimensión.

—¿Hmm? ¿Sí, profesor?

—Por tercera vez en esta semana... ¿vas a decirme que te desvelaste estudiando?

Una risa leve surgió del fondo del aula. Un compañero murmuró “otra vez la princesa durmiente”.

Yuri esbozó una sonrisa perezosa, cargando la cabeza.

—Estudiar... sí, algo así.

—Tu rendimiento es excelente, pero no por eso estás exenta de disciplina. Si no duermes por las noches, deberías reconsiderar tu rutina.

“Créame, si pudiera, lo haría”, pensó ella mientras asentía con falsa culpabilidad.

—Lo siento, profesor. Trataré de no repetirlo.

—Espero que no lo hagas.

El profesor retomó la clase, y el salón volvió a su ritmo.

Yuri volvió a apoyar la cabeza, pero esta vez no cerró los ojos. Miró por la ventana, al cielo azul y las aves cruzando como sombras. Sus pensamientos vagaban entre el murmullo de los vivos y el recuerdo de los muertos.

Una chica común de día. Una cazadora letal de noche. Y aunque nadie más lo sabía... cada respiro que tomaban sus compañeros se debía, en parte, a ella.

Y así, entre libros, bostezos y cazadores ocultos entre pasillos escolares, la guerra contra las criaturas de la noche continuaba...aunque el mundo aún creyera que todo estaba en paz.

El resto del día anterior transcurrió con naturalidad. Yuri, la estudiante silenciosa y lúcida, participó de conversaciones, comió junto a sus amigas en el comedor, compartió risas, incluso se permitió bromear de forma ligera. Nadie, absolutamente nadie, habría adivinado que esa misma noche, esa misma voz que respondería con dulzura en clase, gritaría sentencias de muerte entre los tejados.

El sol, como todo, tuvo que caer.

Y con su caída, la ciudad volvió a convertirse en un tablero de cacería.

Esa noche, Yuri salió como siempre. Silenciosa. Precisa. Letal.

Vestida con su capa negra, la capucha cubriendo sus rasgos y la máscara con símbolos antiguos ocultando su identidad, saltó de techo en techo hasta alcanzar su punto de vigilancia favorito: una vieja torre de comunicación abandonada desde hacía décadas. Desde ahí, Tokio se desplegaba como un laberinto luminoso y letal.

La noche fue dura, pero efectiva. Tres vampiros detectados. Dos eliminados por Yuri. Uno logró escapar. Y se llevó consigo la vida de una pareja joven que caminaba de regreso a casa.

La sangre... no siempre deja de correr, por más que se intente contenerla.

El amanecer llegó teñido de gris. Tokio despertó como siempre: ignorante del caos que se oculta entre sus luces.

Yuri también se despertó. El sonido de su alarma vibró suavemente debajo de su almohada.

Sus ojos se abrieron con lentitud. La fatiga pesaba en cada músculo, pero ya estaba acostumbrada a ese dolor. Era parte de su vida. Rodó sobre la cama, tomó el teléfono y leyó lo que no esperaba ver tan temprano.

[URGENTE - ORDEN DE CONVOCATORIA - CAZADORES DE SANGRE]

Se requiere la presencia del escuadrón de élite “Garra Carmesí” para reunión extraordinaria en la sede central.

Asunto: Clasificación Prioridad Roja. Hora: 09:30 am Asistencia obligatoria.

Sus ojos se enfocaron un segundo. “Prioridad Roja” .Eso nunca era bueno.

En cuestión de minutos, Yuri se levantó con disciplina. Una ducha rápida. Desayuno sencillo. Vistiendo su uniforme de cacería, elegante: tonos oscuros y blancos. La capucha, colgando de su espalda. Una daga escondida. Por si acaso.

Tomó su teléfono y salió de casa.

Al cerrar la puerta tras de sí, su rostro sereno no mostró más que una leve tensión en la mirada. No era miedo. Era...precaución.

Mientras caminaba por las calles cada vez más concurridas, entre estudiantes, oficinistas y vendedores abriendo sus locales, ella aceleraba el paso cada vez más.

Pero en su mente, ya se preparaba para lo peor.

Yuri llegó a su destino, descendió en silencio.

Tomó el viejo elevador oculto en lo profundo de una sección oculta del metro. El acceso requería una llave especial que solo los cazadores activos poseían. Nadie en la superficie habría imaginado que, bajo los cimientos de la ciudad, entre sombras y concreto olvidado, existía la Sede Central de los Blood Hunters.

Las puertas se abrieron con un chirrido metálico.

Luces tenues y paredes blindadas formaban pasillos silenciosos, donde solo el eco de sus pasos rompía la quietud. Avanzó sin dudar, sus botas resonando sobre el piso pulido hasta llegar a una gran puerta negra.

Se abrió sola.

Yuri entró.

Seis figuras ya la esperaban, todos vestidos con sus uniformes negros, sus rostros cubiertos por máscaras de un color blanco y símbolos distintos. Dos chicas. Cuatro chicos. Sentados, de pie, apoyados en las paredes. Todos en silencio... hasta que uno de los cazadores, con voz seca, habló:

—Llegas tarde —dijo sin molestarse en mirarla.

Yuri no se inmutó. Caminó al centro de la sala con calma y respondió sin cambiar el tono de su voz:

—No llegué tarde. Ustedes llegaron temprano. Que no tengan nada que hacer no es mi culpa.

Silencio. Ni un murmullo, ni una mirada acusadora. No había rivalidad, ni fraternidad. Trabajo en solitario. Ellos no estaban ahí para gustarse. Estaban ahí para matar monstruos.

Pasaron unos segundos. La puerta volvió a abrirse.

Un hombre de traje oscuro, cabello canoso y mirada dura entró en la sala. Tenía una pequeña carpeta en las manos y un leve dejo de cansancio en la voz.

—Perdón por la demora —dijo con solemnidad—. Gracias por responder tan rápido a la convocatoria.

Una de las cazadoras, la que estaba recostada contra la pared con los brazos cruzados, levantó ligeramente la cabeza y habló con un tono suave pero firme:

—No hay problema, Sebastián. Sabíamos que era importante si venía de usted.

Sebastián suena apenas. Luego, Yuri levantó la voz:

— ¿Cuál es el motivo de esta convocatoria tan arrepentida?

Sebastián no respondió de inmediato. En su lugar, lanzó una pregunta al grupo:

—¿Saben cuántos cazadores hay actualmente en Japón?

Yuri fue la primera en responder, con precisión casi mecánica:

—Doscientos noventa y ocho cazadores activos.

Otra voz femenina, más seca, agregó:

—Y doce de ellos están recuperándose. Heridas, fracturas, daños graves. No están operativos.

—Correcto —asintió Sebastián, clavando la mirada en ellos—. Perder. Estoy al tanto de cada herida, cada baja, cada maldito ataque. Sé que no importa cuántos sean... siempre hay víctimas. Siempre hay pérdidas.

Guardó un momento de silencio. Luego, con voz firme, añadió:

—Pero eso no cambia que estén haciendo un trabajo excepcional. Así que antes de continuar... felicidades. Lo están haciendo bien. Mejor de lo que cualquiera esperaría. Gracias.

Nadie dijo nada. Pero la tensión se suavizó apenas.

Sebastián se enderezó la espalda.

—Ahora... al motivo real de esta reunión.

Caminó hacia el costado de la sala y señala una puerta al costado de la sala. Esta se abrió con un leve zumbido, revelando a dos figuras masculinas que ingresaron con paso firme pero contenido.

Dos chicos. Uno de cabello negro, ojos tranquilos. El otro, de cabellera clara, expresión tenue.

Sus uniformes aún olían a nuevos.

—Les presento a los nuevos integrantes de su escuadrón: él es Anthony, y él es Arthur.

Los presentes los observaron en silencio. Nadie comentó nada sobre su apariencia promedio. No sería profesional, y nadie quería rebajarse a parecer arrogante o infantil. Pero el juicio en las miradas era inevitable.

Sebastián continuó:

—A partir de ahora formarán parte del escuadrón Garra Carmesí. Los otros seis ya los conocen por nombre y ficha, pero ustedes recibirán ahora un resumen completo de todo lo ocurrido el último mes. Lo que deben saber, lo que deben evitar y a quiénes deben eliminar.

Anthony y Arthur asintieron.

—Entrenaron duro, tienen potencial, pero están aquí para aprender y obedecer, no para impresionar —dijo Sebastián, cerrando la carpeta—. Hoy conocerán su lugar. Mañana... podrían ser necesarios en combate real.

Todos lo entendieron. Todos lo aceptaron.

Y así, con dos nuevas piezas sobre el tablero, la partida continuaba...Porque la noche siempre vuelve. Y los vampiros... jamás descansarán.

La reunión terminó sin ceremonias, sin más palabras que un escueto “pueden retirarse”.

Uno por uno, los cazadores abandonan la sala de juntas, envueltos en el mismo silencio con el que llegaron. Sabían que el tiempo de luz era limitado. Las sombras volverían pronto... y con ellas, la sangre.

Yuri caminó hacia el ascensor, pero al poner el pie dentro, notó un vacío en su bolsillo. Su teléfono.

—Tsk... —murmuró, girando sobre sus talones con rapidez.

Regresó a la sala. Al llegar, no entró de inmediato. Se detuvo al escuchar una voz conocida que aún resonaba dentro:

—...han sido reubicados. A partir de mañana podrán iniciar su trabajo como cazadores. Por ahora descansen. Acostúmbrense a su nueva vida.

Era Sebastián. Su tono era neutro, oficial, casi paternal... pero había algo en él que sonaba más a sentencia que a bienvenida.

Yuri empujó la puerta con suavidad. Al verla entrar, los tres hombres levantaron la mirada.

—¿Yuri? —preguntó Sebastián—. ¿Te puedo ayudar?

—Solo olvidé mi teléfono —dijo ella, sin darle importancia. Lo tomó del asiento que tomó y se lo guardó. Sus ojos pasaron por los nuevos.

Anthony la miró con frialdad, Arthur desvió la mirada.

—Nos vemos —dijo sin más, y dio media vuelta.

Los tres compartieron el ascensor de regreso a la superficie. La tensión era densa, casi palpable.

Yuri, con la mirada fija al frente, rompió el silencio con una pregunta directa:

—¿Qué tan eficientes pueden ser? Los dos.

Anthony fue el primero en responder. Su voz era tan seca como su expresión:

—Letal, preciso, silencioso. Nunca dejo rastros. Nunca falle. Esa es mi eficiencia.

Casi como si recitar una hoja de servicio. Profesional. Inflexible.

Arthur, en cambio, permaneció callado.

Yuri lo miró de reojo, esperando. Pero el chico solo mantenía la vista fija en la puerta del ascensor, sin decir una palabra. Silencio absoluto.

—¿Y tú? —insistió Yuri—. ¿Tienes algo que decir?

Arthur ni se inmutó.

Como si la pregunta no fuera para él. Como si su nombre no existiera.

Yuri frunció apenas el ceño. No era una chica de juicio fácil, pero esa actitud le recordaba a muchas cosas que detestaba en un cazador: altanería, ego, desprecio... o lo peor: vacío.

No dijo más, pero antes de que el ascensor llegara a su destino, lanzó una última frase con voz fría y calculada:

—Con esa actitud no vas a durar. O peor... harás que otro no dure.

Arturo no respondió. No la mira. Solo el silencio como respuesta. Un muro.

Cuando las puertas se abrieron, los tres salieron sin más palabras.

Cada uno tomó una dirección distinta. Se mezclaron con la multitud de Tokio como sombras entre luces. Desaparecieron. Cazadores sin rostro. Sin nombre. Solo números en una red de muerte silenciosa.

Era domingo.

El único día donde las garras pudieron esconderse. Yuri llegó a su apartamento. El sonido de la puerta cerrándose fue su único saludo. Se quitó el abrigo, dejó caer su bolso, cambió su ropa por algo más cómodo: un short, una camiseta blanca holgada.

La cocina estaba en silencio. Calentó el arroz que había dejado preparado la noche anterior. Nada elegante. Solo funcional.

Subió la televisión y sintonizó las noticias. No esperaba paz.

“...suman ya veintisiete muertes en el último mes en Tokio, relacionado a lo que las autoridades llaman ataques bestiales inusuales. Las desapariciones no cesan y los investigadores aún no tienen pistas claras...”

Yuri tragó saliva.

Lentamente, bajaron los palillos. Sus ojos fijos en la pantalla, en las fotos de las víctimas, en las sonrisas congeladas de gente que ya no respiraba.

Gente que ella no pudo salvar .No por falta de habilidad. Sino porque no podía estar en todos lados.

La culpa ardía en su pecho como un cuchillo sin filo: lenta, persistente, dolorosa. Era cazadora. Ninguna era diosa. Pero aún así...cada vida perdida pesaba como si fuera culpa suya.

Termina su comida. Lavó sus platos. Se sentó en su sofá. Miró por la ventana.

El cielo comenzaba a oscurecerse.

Yuri cerró los ojos por un momento.

Luego se levantó. La noche llegaba. Y con ella... su verdadera rutina.

La luna, apenas un cuarto de lo que fue días atrás, parecía observarlo todo desde las alturas. Las luces de Tokio titilaban como luciérnagas modernas, pero ninguna podía espantar a las sombras que caminaban entre ellas.

Y en la cima de un edificio, donde el viento era más feroz y el aire más frío, Yuri vigilaba.

Envuelta en su capa oscura, con la máscara puesta y la mirada atenta, permanecía completamente inmóvil. Un espectro entre ruinas olvidadas, esperando... acechando... preparada para saltar al primer indicio de caos.

Y no tuvo que esperar demasiado.

A lo lejos, un grito rasgó el silencio de la noche.

Civiles.

El aullido gutural de un vampiro respondió, con hambre y furia.

Yuri se puso en marcha de inmediato. Sus pies se impulsaron contra el concreto y su cuerpo se deslizó entre los tejados como si flotara. Cada salto, cada giro, cada movimiento... era perfección entrenada.

Debo llegar a tiempo.

Pero cuando descendió a la escena, lo inesperado la detuvo en seco.

El vampiro yacía decapitado. Su cuerpo se disolvía en cenizas.

Los civiles, atónitos, lloraban, respiraban, estaban vivos.

Y frente a ellos, de espaldas, se hallaba Arthur. Su capa negra ondeaba por el viento, su cuchillo aún goteaba la sangre de la bestia.

—...¿Arthur? —preguntó Yuri, algo incrédula.

Él no respondió. Ni siquiera volteó.

Ella apenas logró comenzar:

—Buen trabajo. Fuiste eficiente y—

Pero no terminó la frase.

Él ya no estaba.

Desapareció. Sin dejar rastro. Como un espectro. Como si nunca hubiera estado ahí.

Yuri regresó a su vigilancia, aún procesando lo ocurrido. No pasaron ni quince minutos cuando otra alarma mental se activó. Otro ataque. Otra víctima. Más gritos.

Saltó. Corrió. Voló entre azoteas.

Esta vez sí. Esta vez llegaré.

Pero al llegar... otra escena calcada.

Cuerpos de vampiros desintegrándose. Civiles protegidos. Arthur de pie, limpiando su cuchillo en silencio.

Intentó decir algo, cualquier cosa. Pero bastó un parpadeo...y ya no estaba.

Una vez. Dos veces. Tres. Cinco. Tantas veces.

En todas, él llegaba primero. Él salvaba. Él mataba. Él desaparecía.

Y ella...ella solo llegaba tarde.

No porque fuera lenta. No porque fuera débil. Sino porque esa noche...Arthur era más que un cazador. Era un rayo silencioso. Un fantasma. Una sombra perfecta.

Yuri, que había dedicado su vida a la eficiencia, al control, a la perfección... sintió cómo su pecho ardía.

No de celos. No de odio.

Sino de esa amarga sensación que llega cuando uno da todo de sí... y aún así no es suficiente.

Al llegar a casa, el silencio fue ensordecedor.

Se quitó la capa. La colgó sin mirar. Se desvistió, dejó caer la ropa en el suelo. Se sentó en la cama. No cenó. No encendió la luz.

Se quedó mirando la oscuridad con los labios tensos.

No salvé a nadie.

No fui necesaria.

No serví para nada.

Sus dedos se cerraron en puños sobre las sábanas.

Sabía que no era una inútil. Sabía que no era débil. Pero esa noche...la ciudad no necesitó a Yuri.

Solo necesitó a Arthur.

Y esa verdad, tan brutal como silenciosa, la acompañó mientras cerraba los ojos, con el peso de una culpa que no era suya...pero que igual dolía como si lo fuera.

El sonido de la alarma marcaba el inicio de una nueva jornada.

Yuri, como todos los días, abrió los ojos con lentitud, luchando contra el peso invisible del cansancio. Su cuerpo le rogaba descanso, pero su mente, endurecida por años de disciplina, ya estaba en pie antes de que ella misma lo procesara.

Una ducha fría. Desayuno básico. Uniforme escolar. Capa de falsa normalidad.

Salió de casa con paso tranquilo, sin mirar a nadie, sin pensar en nada... excepto en él.

La sombra de Arthur se había alojado en su pecho como una espina incómoda. No era odio. Tampoco admiración. Era...frustración.

Solo fue una mala noche, se repetía en su cabeza. Una mala noche. Mañana seré mejor. Hoy seré mejor.

Se obligó a sonreír mientras entraba a la academia. Nadie debía saber. Nadie debía sospechar.

Como de costumbre, entró al aula con la mirada baja y el andar tranquilo. Buscó su asiento junto a la ventana y dejó su mochila con suavidad.

Bostezó. Se acomodó. Se dejó caer sobre su brazo, dispuesta a dormir... una vez más.

Era parte de su rutina. Dormir en clase. Una farsa pulida con precisión.

Todos sabían que Yuri Ishikawa era una de las mejores alumnas del instituto. Sus calificaciones eran impecables. Su comportamiento, intachable. Su excusa perfecta: “Estudio mucho por las noches”.

Todos lo creían.

Porque era más fácil creer que una chica callada y brillante no dormía por estudiar...que aceptar que por las noches mataba monstruos.

Cerró los ojos lentamente, con los labios apretados.

Maldición, Arthur...pensó, mientras su cuerpo empezaba a rendirse al sueño.

Pero aún dormida, su mente siempre estaba activa. Una pequeña grabadora, oculta en su bolsillo, registraba cada palabra de clase. Era su seguro. Su secreto. Su escudo.

La clase avanzaba con normalidad, hasta que algo rompió la monotonía.

La puerta se abrió.

—Clase —anunció el profesor con voz clara—. Tenemos dos nuevos estudiantes que se integran desde hoy. Quiero que les den la bienvenida.

Los pasos resonaron en el aula mientras dos figuras entraban.

Yuri, aún adormilada, no abrió los ojos de inmediato. Solo escuchaba vagamente.

—Él es Anthony... y él es Arthur.

Sus párpados se alzaron de golpe.

¿Qué...?

Giró la cabeza hacia la puerta, sus ojos ampliándose por la sorpresa.

Arthur. Anthony. Con uniforme escolar. Parados frente a la clase.

El mismo Arthur que desaparecía entre sombras. El mismo Anthony de voz seca y mirada de acero. Ahora, dos simples “alumnos nuevos”.

—Esperamos que se adapten rápido —continuó el profesor—. Arthur, Anthony, pueden tomar asiento. Hay dos lugares libres junto a Yuri.

Ella se quedó inmóvil. El corazón le latía con fuerza.

¿Qué clase de broma es esta...?

Ambos caminaron hacia ella con total tranquilidad. Arthur no la miró. Anthony, apenas una ligera inclinación de cabeza.

Se sentaron. Ambos a su derecha.

Yuri, atrapada entre dos cazadores que horas antes compartían una noche sangrienta con ella, reprimió el impulso de maldecir en voz alta.

No puede ser...

Respiró hondo. Volvió a mirar al frente. Cerró los ojos de nuevo, esta vez fingiendo dormir...aunque por dentro, su mente estaba en llamas.

La tranquilidad había muerto. La fachada... empezaba a agrietarse.

Y esta vez, no era la noche lo que le robaba el descanso. Era el hecho de que los fantasmas con los que cazaba... ahora estaban sentados en su clase.

Yuri cerró los ojos. No para dormir. Sino para intentar entender qué diablos estaba pasando.

Anthony y Arthur. antes compañeros de escuadrón ahora compañeros de clases.

Tres cazadores, en un aula llena de inocentes. Una farsa perfecta?.

Pero en su pecho, algo le decía que esto era más que una simple coincidencia.

Algo se avecinaba.

Y esa incómoda sensación que había comenzado la noche anterior...no tenía intención de irse.

La historia apenas comenzaba.