Capítulo 1
La calidez de la primavera azota los campos del reino llenándolos de vida y color, miles de flores que poblan las inmensas praderas verdes que se sacuden con la levedad de una brisa fresca. La misma brisa que sacude mi cabello rosado mientras cabalgo por el camino de tierra que separa dos enormes campos de flores coloridas. El sol brilla con intensidad haciendo que el pelaje de mi blanquísima yegua torda reluzca, dándole un aspecto majestuoso y formidable que me recuerda a los unicornios de las viejas historias que me contaba papá cuando era tan solo una pequeña niña…
El palacio real no está muy lejos del camino que recorremos. La ciudad de Piedralva se alza a menos de una legua, con sus murallas blancas brotando de entre los bosques de su alrededor y el palacio real emergiendo de la zona central de la ciudad, como una aguja de plata y oro que amenaza con clavarse en el cielo azul. En algún momento aquel lugar había sido mi hogar, el sitio donde había forjado todas las memorias de mis momentos felices, donde me había sentido a salvo…
Pero ya nada es como antes. El palacio de mi infancia ahora es mi prisión. Mi propio hogar es mi prisión. Una prisión dorada que, sinceramente, no sé si soy capaz de manejar sola… Cuando papá falleció todo cambió en el reino. Kael se marchó de la capital, o eso quiero pensar. La simple idea de pensar que pueden haberlo matado me quita el sueño. Muchos murieron cuando el tío Zevon tomó la corona para sí, convirtiendose en rey ilegítimo de Valruna. Pero entre los muertos no estaba mi hermano. Desapareció sin dejar rastro alguno cuando Zevon dio el golpe apoyado por el ejército del reino. Y desde ese momento no he sabido nada de mi hermano mayor, ni siquiera un sólo susurro en el viento…
Como heredero legítimo al trono, mi hermano Kael debería haber sido coronado hace ya casi seis meses, cuando papá murió. Pero todo ha sido muy diferente a como lo imaginé.
En estos paseos que Zevon me permite dar pienso en huir, en galopar lejos. ¿Pero a dónde iría? No tengo otra opción que tomar obedientemente esta pequeña libertad que me dan para salir a cabalgar por los bosques cercanos a Piedralva. Acompañada de tres guardias, por supuesto. Los mismos tres guardias que me acompañan a diario cada vez que salgo de mi cuarto. Según mi tío me acompañan por mi seguridad, pero es obvio que me vigila. Supervisa cada uno de mis movimientos como lo haría un depredador con su presa, esperando que mi comportamiento levante la mínima sospecha para lanzarse a por mí.
Aprieto las manos con fuerza sobre las riendas de cuero castaño y reduzco la velocidad al trote mientras nos aproximamos a la ciudad, que se alza blanca e imponente ante mí. No tomamos el camino que lleva a la entrada principal de la ciudad, sino que rodeamos la muralla durante unos minutos para alcanzar la Puerta Oeste. La Puerta Central nos llevaría a través de la calle principal de la ciudad y tendríamos que atravesar el Gran Mercado. Sin embargo, por la Puerta Oeste entramos a la zona más noble de la ciudad donde viven todas las familias poderosas y adineradas de la corte del rey.
Atravesamos la gruesa muralla por un portón altísimo de madera maciza de un color grisáceo que casi no parece natural. En la Puerta Oeste apenas hay comerciantes. La mayoría de personas que entran a la ciudad por el Oeste son nobles que vuelven de paseos o cacerías, o grandes vendedores de joyas, alfombras o lo que sea que llevan en esos lujosos carruajes tirados por grandes caballos castaños y azabaches.
Cruzar esta calle se ha vuelto algo rutinario para mí. Cada dos días se me permite salir a cabalgar y siempre seguimos la misma ruta. Y eso también hace que todas las veces que salgo tenga que lidiar con las miradas de quienes viven en estas calles. Algunas miradas son de envidia por mi posición, o eso quiero deducir en sus rostros duros y apretados. Otras se cuestionan el por qué sigo con vida después de la usurpación de mi tío, teniendo en cuenta que soy la hermana de quien han llamado traidor. Y las peores son las de los jóvenes hijos de nobles que recorren mi cuerpo con una mirada deseo y lascivia, como si fuese un objeto que pudiesen tomar para su diversión.
Y en cierto modo soy un objeto, una posesión. Desde que mi tío Zevon tomó el poder yo estoy bajo su mando, sin voz ni voto. No es que antes tuviese mucho más poder pero si tenía ciertas libertades. Al menos me sentía segura y rodeada de personas que me amaban. Miro a los guardias que cabalgan unos metros por detrás de mí, que me recuerdan que sigo siendo una prisionera. Prisionera de mi propio reino. Y la hora de regresar a mi prisión ha llegado.
Entramos al patio del palacio y freno a mi yegua blanca con suavidad. Uno de los guardias que me acompañaban se acerca para ayudarme a bajar del caballo pero yo ya estoy pisando el suelo cuando se para frente a mí. Sé que se llama Lucan, o algo así. Es bastante atractivo. Alto con la espalda ancha y los músculos de los brazos definidos. El cabello corto y ondulado de un color castaño claro le cae por delante de los ojos suavizando su expresión. Y por un momento creo ver a mi hermano delante de mí. Pero Lucan no tiene los ojos grises de mi hermano. Nadie en toda la ciudad tiene esos ojos que brillan sin una fuente de luz y alegran el día con solo una mirada.
Camino con paso firme rodeando a Lucan, que se queda parado durante unos segundos con un gesto contrariado en la cara, mientras los mozos se llevan a la yegua a los establos y subo las escaleras que llevan a la entrada del palacio a toda prisa. Por lo menos tengo un par de libros románticos esperándome en mi habitación. Es un alivio poder desconectar del mundo aunque sea durante un par de horas a través de esas páginas. Vivir esas historias de amor que nunca podré sentir en mi piel… Porque para una mujer de la realeza el amor es una simple fantasía. Tenemos el único e importante deber de darle herederos a hombres poderosos, y el amor es lo de menos.
No tardo en llegar hasta mi habitación en una de las plantas superiores del palacio y cruzo el umbral de la puerta para cerrarla tras de mí. Mientras echo el pestillo oigo el sonido metálico de las piezas de una armadura chocando. Los guardias que me acompañaban se han apostado al otro lado de la puerta para custodiarla hasta el cambio de guardia. Ni un respiro de privacidad puedo tener…
Abro todas las ventanas para que la brisa airee un poco mi espaciosa habitación y las cortinas de tela gruesa nacarada ondean un poco al viento. Me quito las botas de montar y las dejo tiradas en algún lugar de la habitación que no me molesto en volver a mirar. A la vez que me desabrocho la fina chaqueta que llevo puesta me acerco a la mesita de madera clara al lado de mi enorme cama decorada con un dosel del que cuelgan cortinajes finos de color lila.
Encima de la mesita están los dos libros con los que pienso entretenerme estos días. Historias románticas que no son la lectura más adecuada para una princesa como yo, pero no es como si me importase demasiado. Mi doncella Elina pudo conseguirme algunos libros el mes pasado y desde ese momento no he dejado de leer. De entre todo lo que he leído, mis historias favoritas son las de romance. Esas historias donde príncipes y caballeros mueven montañas y secan mares por sus amadas, esas historias donde me permito soñar con algo así para mí…
Me termino de quitar la chaqueta y elijo el libro que tiene la cubierta de cuero azul y las letras de su título plateadas. Me recuesto sobre el colchón de mi cama y abro el libro con cuidado de no doblar ninguna de sus páginas, acariciando la textura del papel con suavidad. El olor a libro viejo me embriaga los sentidos y cuando me doy cuenta ya estoy viajando entre letras y palabras.
“La joven princesa se dirigió a su ventana cuando la pequeña piedrecita rebotó contra el cristal llamando su atención. Bajo su ventana el caballero de brillante armadura la esperaba…”
Alguien llama a mi puerta dando dos toques firmes, pero no quiero dejar la lectura. Ahora no.
“Bajo su ventana el caballero de brillante armadura la esperaba, listo para llevarse a la hermosa princesa lejos de aquel sombrío palacio. Sus miradas cómplices se encontraron mientras el caballero…”.
Vuelven a llamar a mi puerta, insistiendo más esta vez. Cierro el libro con sus suspiro y me levanto a abrir. Ni siquiera puedo leer en paz. Cruzo la habitación en un par de zancadas y abro la puerta después de quitar el pestillo.
—Princesa —dice Elina, mi doncella, mientras entra a la habitación antes de que yo pueda contestar—. Tengo que alistarte.
—¿Para qué? —pregunto cerrando la puerta.
—Tu tío, el rey, quiere cenar contigo esta noche y ha pedido que te vistamos para la ocasión.
Elina va directa al enorme vestidor que tengo anexionado a mi habitación y al que se accede por una puerta doble de madera clara al fondo de mi habitación. Sigo sin entender muy bien que quiere ahora Zevon. El vestidor está hasta arriba de vestidos para todas las ocasiones, todos mucho más elegantes que los ropajes sencillos que llevo puestos hoy y suelo usar para ir a cabalgar.
—¿Tenemos visita? Porque si no creo que no entiendo por qué quiere cenar conmigo. Desde que papá murió nunca ha querido pasar demasiado tiempo conmigo. Esa labor ya se la ha dejado a los guardias que vigilan hasta lo que como y respiro.
La doncella selecciona varios vestidos de forma rápida: uno elegante de un color azul marino, otro morado, uno rojo… Todos son sencillos pero con un toque de lujo y elegancia, perfectos para una cena casual.
—No he oído nada sobre ningún invitado —dice mientras se acerca a mí con los vestidos en mano—. ¿Cuál prefieres?
Los observo durante unos segundos. El azul es demasiado tierno para mí, y el rojo… El rojo es el color que suele usar mi tío, así que va a ser que no. No voy a darle el placer de verme vestida con sus colores.
—El morado —digo empezando a desvestirme. El vestido morado se parece a los vestidos que usaba mi madre, o eso creo recordar de ella.
Elina me viste rápidamente, arreglando la tupida falda de tela fina que parece brillar con destellos sutiles como si llevase purpurina. Se pone detrás de mí y me ajusta el corset, apretándome tanto las costillas que tengo que contener la respiración. Cierro los ojos y suelto el aire lentamente. En pocos segundos mi cuerpo se habitua a la presión y mi respiración vuelve a la normalidad, o al menos a algo que se le parece.
Me siento en un banquito situado delante de un tocador de madera blanca decorado con dibujos dorados. Elina me deshace la trenza despeinada que llevo y me cepilla el cabello con suavidad. Tengo la mirada fija en mis propios ojos verdes azulados que me miran a través de mi reflejo en el espejo. Papá siempre me decía que le gustaba el brillo de mis ojos pero, ¿dónde está ese brillo ahora? La mirada que me devuelve el espejo es opaca y vacía, como si le faltase vida.
Elina mientras tanto me trenza el cabello en un elegante recogido, sujetándo cada uno de mis mechones de color rosa claro entre trenzas y pinzas. Por un instante no reconozco esta versión de mí después de haberme pasado todo el día con ropa de montar. Cuando termina con mi cabello me echa unos polvos en la cara que me hacen ver más pálida aún de lo que ya soy y me pinta los labios con un tinte natural rosado. De un momento a otro dejo de ser simplemente Iris a ser la princesa Iris.
Como último detalle Elina elige unos pendientes de oro decorados con perlas blancas y amatistas brillantes que me coloca en ambas orejas dándome un toque regio y elegante.
—¿Crees que así estaré bien? —digo recorriendo mi reflejo en el espejo con la mirada, buscando cualquier mínima imperfección que pueda tener mi aspecto.
—Estás perfecta, princesa.
Una sonrisa se dibuja en mi rostro ante sus palabras. Elina ha sido la única que ha cuidado realmente de mí durante los últimos meses. Siempre se ha preocupado de que estuviese agusto y tuviera algo con lo que entretenerme. Incluso si era algo como los libros de romance, algo que no debería leer una princesa como yo.
Un nerviosismo extraño me invade de pronto, como si brotase desde un lugar muy profundo de mi ser que lo ha estado ocultando hasta ahora. No debería estar nerviosa, ¿no? Al fin y al cabo voy a cenar con mi tío. Sea un usurpador o no, me ha mantenido con vida y no recuerdo haber tenido miedo en los últimos meses. Por lo menos, no miedo por mí. Todo lo que he temido ha sido por Kael.
—Gracias, Elina. Ya te puedes retirar.
La doncella se inclina en una corta reverencia delante de mí y se marcha con la discreción que la caracteriza. Me miro al espejo una vez más y lleno los pulmones de aire en una respiración larga y pausada tratando de encontrar el valor que necesito. Sea lo que sea que quiere mi tío Zevon puedo con ello. Si he podido con este encierro podré con lo que me esté esperando en el comedor. Puedo con esto.
Salgo de la habitación pisando firme y los tres guardias en la puerta de mi habitación me siguen por el pasillo de tonos claros y dorados. Miro a Lucan por encima del hombro y lo encuentro con la mirada fija en mí, como si sus ojos no pudieran dejar de mirarme. Le sonrio brevemente antes de girar la cabeza cuando al fin llego a la puerta del comedor, que es abierta por dos sirvientes. Entonces, juntando todo el valor que puedo reunir en mi interior, entro a la sala donde me espera el rey Zevon.