ᴍᴀᴛᴜʀᴇ ᴛᴇᴍᴘᴛᴀᴛɪᴏɴ

All Rights Reserved ©

Summary

En esta 𝘤𝘰𝘭𝘦𝘤𝘤𝘪𝘰́𝘯 𝘥𝘦 15 𝘳𝘦𝘭𝘢𝘵𝘰𝘴 𝘦𝘳𝘰́𝘵𝘪𝘤𝘰𝘴, exploramos los límites de la atracción prohibida: 𝘩𝘰𝘮𝘣𝘳𝘦𝘴 𝘮𝘢𝘥𝘶𝘳𝘰𝘴, 𝘢𝘤𝘰𝘴𝘵𝘶𝘮𝘣𝘳𝘢𝘥𝘰𝘴 𝘢 𝘥𝘰𝘮𝘪𝘯𝘢𝘳 𝘤𝘢𝘥𝘢 𝘢𝘴𝘱𝘦𝘤𝘵𝘰 𝘥𝘦 𝘴𝘶 𝘷𝘪𝘥𝘢, 𝘺 𝘤𝘩𝘪𝘤𝘢𝘴 𝘫𝘰́𝘷𝘦𝘯𝘦𝘴, 𝘢𝘯𝘴𝘪𝘰𝘴𝘢𝘴 𝘱𝘰𝘳 𝘥𝘦𝘴𝘤𝘶𝘣𝘳𝘪𝘳 𝘦𝘭 𝘱𝘭𝘢𝘤𝘦𝘳 𝘦𝘯 𝘮𝘢𝘯𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘢𝘭𝘨𝘶𝘪𝘦𝘯 𝘤𝘰𝘯 𝘦𝘹𝘱𝘦𝘳𝘪𝘦𝘯𝘤𝘪𝘢. Desde el 𝘫𝘦𝘧𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘹𝘪𝘨𝘦 𝘮𝘢́𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘩𝘰𝘳𝘢𝘴 𝘦𝘹𝘵𝘳𝘢 hasta el 𝘷𝘦𝘤𝘪𝘯𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘰𝘧𝘳𝘦𝘤𝘦 𝘭𝘦𝘤𝘤𝘪𝘰𝘯𝘦𝘴 𝘱𝘳𝘪𝘷𝘢𝘥𝘢𝘴, cada historia desvela un juego de seducción donde 𝘦𝘭 𝘱𝘰𝘥𝘦𝘳, 𝘭𝘢 𝘪𝘯𝘰𝘤𝘦𝘯𝘤𝘪𝘢 𝘺 𝘦𝘭 𝘱𝘦𝘤𝘢𝘥𝘰 chocan tras puertas cerradas. ¿Qué pasa cuando 𝘶𝘯𝘢 𝘶𝘯𝘪𝘷𝘦𝘳𝘴𝘪𝘵𝘢𝘳𝘪𝘢 𝘴𝘦 𝘤𝘰𝘯𝘷𝘪𝘦𝘳𝘵𝘦 𝘦𝘯 𝘭𝘢 𝘰𝘣𝘴𝘦𝘴𝘪𝘰́𝘯 𝘥𝘦 𝘴𝘶 𝘱𝘳𝘰𝘧𝘦𝘴𝘰𝘳? ¿O cuando 𝘭𝘢 𝘮𝘦𝘫𝘰𝘳 𝘢𝘮𝘪𝘨𝘢 𝘥𝘦 𝘴𝘶 𝘩𝘪𝘫𝘢 𝘭𝘦 𝘱𝘳𝘶𝘦𝘣𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘢 𝘦𝘥𝘢𝘥 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘦𝘴 𝘶𝘯 𝘯𝘶́𝘮𝘦𝘳𝘰? Placeres ocultos, riesgos, secretos y adictivas sumisiones se entrelazan en estos relatos donde 𝘭𝘢𝘴 𝘧𝘢𝘯𝘵𝘢𝘴𝘪́𝘢𝘴 𝘮𝘢́𝘴 𝘪́𝘯𝘵𝘪𝘮𝘢𝘴 𝘴𝘦 𝘤𝘶𝘮𝘱𝘭𝘦𝘯... 𝘢 𝘤𝘢𝘮𝘣𝘪𝘰 𝘥𝘦 𝘱𝘦𝘳𝘥𝘦𝘳 𝘦𝘭 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘳𝘰𝘭.

Genre
Erotica
Author
Kashi_E
Status
Complete
Chapters
16
Rating
4.0 1 review
Age Rating
18+

ᴋᴀᴛɪᴀ

No recordaba cuándo había sido la última vez que vimos a Ian Kelly, el mejor amigo de papá. Pero ahora, apenas veinticuatro horas después de que padre anunciara su visita, todo había cambiado.

Se quedará con nosotros mientras resuelve unos asuntos de negocios— había dicho papá con esa voz ronca que usaba para temas serios.

Ian era un hombre de cuarenta y cinco años, más de un metro ochenta de músculos tallados por años en la marina. Divorciado hacía dos décadas, sin hijos, con un aura de peligro que parecía emanar de sus poros. Y ahora estaría bajo nuestro techo.

Katia, cariño, ¿podrías preparar la habitación de invitados? —mamá pidió sin levantar la vista de su libro de cocina.

Asentí en silencio, aunque mis palmas ya empezaban a sudar sin razón aparente.

Las maletas de Ian llegaron antes que él. Dos bolsas de cuero gastado que olían a tabaco y salitre, como si las hubiera arrastrado por medio mundo. Las llevé a la habitación del fondo —el antiguo despacho de papá, ahora convertido en un cuarto improvisado con una cama individual y cortinas opacas que apenas filtraban la luz de la tarde.

Al abrir su neceser, un frasco de aftershave se volcó entre mis dedos. El líquido ámbar me manchó la piel, y antes de pensarlo, lo olfatee: madera quemada, sal marina y algo más… algo masculino y crudo, como él.

¿Robando mis cosas, princesa?

Una voz grave me hizo girar.

Ian estaba en el marco de la puerta, brazos cruzados sobre su pecho amplio, una sonrisa juguetena dibujada en esos labios que, por un instante delirante, imaginé ásperos contra mi cuello.

N-no… solo las estaba acomodando —tartamudeé, sintiendo cómo el rubor me subía desde el escote hasta las mejillas.

Cruzó la habitación en tres pasos. A mis dieciocho años, jamás me había sentido tan frágil, tan pequeña.

Mentira pura —susurró mientras arrancaba el frasco de mis manos. Sus nudillos rozaron mis palmas, y un escalofrío me recorrió la espalda—. A las chicas buenas les va mal conmigo, Katia.

Su aliento caliente me golpeó la mejilla. Olía a whisky barato y a cigarrillos.

Y si no soy una chica buena —las palabras se me escaparon antes de poder detenerlas.

Ian se rió, un sonido gutural que resonó en mi vientre y se instaló entre mis piernas, húmedo y vergonzoso.

Entonces esto será más divertido de lo que pensé.

La comida fue una tortura. Papá hablaba de pesca y del clima, mamá reía con elegancia, pero yo solo podía concentrarme en los ojos de Ian, que no se despegaban de mí. Era como si me desvistiera con la mirada, como si supiera exactamente el efecto que tenía sobre mi cuerpo.

Bajo la mesa, algo rozó mi tobillo.

Al principio pensé que era el gato. Hasta que el contacto se hizo firme, deliberado: un zapato de cuero que subía por mi pantorrilla, despacio, como un depredador saboreando su presa. Rodilla. Muslo. Y entonces—

Dios.

El tenedor se me cayó de las manos con un clink metálico.

¿Todo bien, cariño? —mamá frunció el ceño.

Ian mordió su filete sangrante, los ojos brillando con algo oscuro.

Seguro solo está… cansada —dijo, mientras su pie presionaba justo allí, a través de la tela fina de mi vestido—. Estuvo preparando mi habitación toda la tarde.

Asentí, no porque fuera cierto, sino porque no podía hablar. No cuando cada movimiento de su pie enviaba ondas de placer prohibido desde mi centro hasta las puntas de los dedos. ¿Por qué no me aparto? ¿Por qué ardo en lugar de escapar?

Voy a mi habitación… ya he terminado —me levanté tan rápido que la silla chirrió.

Sí, cariño, descansa —papá sonrió, ajeno al infierno que Ian estaba avivando dentro de mí.

Subí las escaleras con las piernas temblorosas, la respiración entrecortada. Pero justo cuando llegaba al rellano, una mano grande me agarró de la cintura y me giró bruscamente.

Ian.

Corriendo tan pronto, gatita —murmuró, su boca a centímetros de la mía—. ¿No quieres saber cómo termina el juego?

Su cuerpo me aplastaba contra la pared, y por primera vez en mi vida, entendí el significado real de la palabra deseo.

Por favor, deténgase… —mentí, porque por una extraña razón no quería que lo hiciera. Pero Dios, mis padres estaban abajo, probablemente a punto de subir en cualquier momento.

¿Y si te digo que no? —murmuró, acercándose tanto que sus labios rozaron mi oreja antes de lamerla con deliberada lentitud.

Un escalofrío eléctrico me recorrió la columna, y un chillido escapó de mis labios antes de que pudiera contenerlo.

Mis padres… Soy la hija de tu mejor amigo —protesté, aunque mi voz sonó débil, traicionera, mientras sus manos, grandes y callosas, comenzaban a acariciar mis piernas desnudas bajo el vestido.

Y eso es lo único que me detuvo todos estos años —admitió, su voz áspera como el roce de papel de lija contra mi piel—. Hasta ahora.

Antes de que pudiera responder, sus dientes se clavaron en el costado de mi cuello, un mordisco calculado que me arrancó un gemido ahogado.

Señor Kelly… —jadeé, mis manos aferrándose a sus hombros, sin saber si para empujarlo o para atraerlo más cerca.

Él respondió con una risa baja, cargada de promesas sucias, mientras sus dedos subían más, más, hasta encontrar el borde de mis bragas.

¿Vas a seguir fingiendo que no quieres esto? —susurró, su aliento caliente quemando mi piel—. Lo noté en la cena. Cómo temblabas. Cómo mojabas ese vestidito inocente por mí.

Me estremecí al sentir su pulgar dibujando círculos sobre la tela húmeda, tan cerca del lugar donde más ardía.

Por favor podrían escucharnos… —musité, aunque cada palabra sonaba falsa incluso para mis propios oídos.

Entonces será mejor que no hagas ruido, ¿no? —retó, deslizando un dedo bajo la tela y encontrando mi clítoris hinchado con una precisión devastadora.

Dios.

Apreté los dientes para sofocar otro gemido, pero mi cuerpo se arqueó hacia él, traicionándome.

Justo cuando su boca descendía hacia la mía lista para consumar lo que ambos habíamos estado deseando desde el primer instante en que sus ojos se clavaron en mí durante la cena un sonido nos paralizó:

Ian, baja —la voz grave de papá resonó desde las escaleras, demasiado cerca, demasiado real.

Ian se separó de mí con la velocidad de un depredador al escuchar un disparo, pero su mirada no perdió un ápice de intensidad. Esos ojos azules, fríos como el mar en invierno, me prometían cosas que ni siquiera me atrevía a nombrar.

Esto no ha terminado, princesa —susurró, ajustándose el bulto evidente en sus pantalones con un movimiento que me hizo tragar saliva—. Ni de cerca.

Y entonces, como si no hubiera tenido a la hija de su mejor amigo al borde del orgasmo contra la pared, se volvió hacia las escaleras con una sonrisa despreocupada.

Solté un suspiro tembloroso apenas su figura desapareció. ¿Qué diablos acaba de pasar? ¿Y por qué demonios lo extrañaba ya?

Corrí a mi habitación y cerré la puerta con un golpe sordo, apoyando la frente contra la madera mientras intentaba calmar el fuego que me devoraba por dentro. Mis bragas estaban empapadas —más de lo que jamás lo habían estado bajo mis propios dedos. Porque nadie me había tocado así. Nunca. Hasta ahora.

El agua de la ducha cayó fría sobre mi piel, pero ni siquiera eso logró apagar el calor que Ian había encendido. Cerré los ojos y dejé que los chorros me golpearan, intentando borrar:

La culpa: Es el mejor amigo de papá. Tiene el doble de mi edad, pero sus manos… Dios, sus manos. Esa humedad entre mis piernas que persistía, testaruda, como si mi cuerpo se negara a aceptar que todo había terminado.

Me sequé con rudeza, como si pudiera frotar también los recuerdos. Me puse la pijama más modesta que encontré —un camisón de algodón que llegaba hasta las rodillas— y me arrojé sobre la cama.

Pero el sueño no llegaba.

Cada vez que cerraba los ojos, veía:

Sus labios rozándome la oreja.

Sus dientes en mi cuello.

Esa voz —A las chicas buenas les va mal conmigo.

Y entonces, en la oscuridad de mi habitación, una pregunta me taladró el cerebro:

¿Y si no quiero ser buena?

Estaba a punto de darme la vuelta cuando lo escuché.

Creek.

El crujido del piso en el pasillo.

Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración. ¿Había sido mamá? ¿Papá?

Pero entonces…

Tok. Tok.

Dos golpes suaves en mi puerta.

Ni demasiado fuertes para despertar a alguien más. Ni demasiado suaves para ser accidentales.

Y antes de que pudiera decidir si responder o fingir que dormía, la manija giró lentamente.

La silueta que se recortó en el marco me hizo contener un grito.

Ian.

Pensé que estarías dormida —murmuró, cerrando la puerta tras de sí con un click siniestro.

Ian se quedó inmóvil junto al marco, iluminado solo por la tenue luz de la luna que se filtraba entre las cortinas. Su respiración era calmada, demasiado calmada para lo que estaba a punto de hacer.

¿Qué haces aquí? —susurré, sentándome bruscamente en la cama mientras tiraba de las sábanas hacia mi pecho, como si pudieran protegerme.

Ian sonrió —no la sonrisa juguetona de antes, sino algo más oscuro, más peligroso — mientras daba un paso hacia mí.

Sabes exactamente por qué estoy aquí, Katia.

El colchón se hundió bajo su peso cuando se sentó al borde de mi cama. Su mano, grande y cálida, se posó sobre mi tobillo desnudo, haciendo que cada músculo de mi cuerpo se tensara.

Mis padres duermen justo a lado de mi habitación —dije, pero incluso yo escuché la falta de convicción en mi voz.

Estan demasiado ebrios abajo para darse cuenta —dijo, deslizando lentamente sus dedos por mi pantorrilla, bajo el borde del camisón.

Su toque era como una corriente eléctrica. Cada centímetro que avanzaba hacia mi muslo me hacía contener la respiración.

Esto está mal —protesté débilmente.

¿En serio? —preguntó, inclinándose hacia adelante hasta que su aliento, caliente y a whisky, me rozó los labios—. Porque tu cuerpo dice otra cosa, princesa.

Y entonces, antes de que pudiera responder, su boca se cerró sobre la mía.

Era un beso devastador —áspero, impaciente, impregnado de años de represión y deseo acumulado. Sin dudarlo, hundió su lengua en mi boca con un dominio que me hizo arquearme contra él. Dios, sabía exactamente cómo moverse, cómo succionar mi labio inferior entre sus dientes, cómo hacer que cada nervio de mi cuerpo vibrara como una cuerda tensa.

Olía a whisky barato y a la colonia que había derramado horas antes, ese aroma a madera quemada que ahora se mezclaba con el sudor en su nuca, donde mis dedos se enterraban sin permiso.

Señor Kelly — jadeé cuando sus labios abandonaron los míos para trazar un camino ardiente hacia mi cuello. El título formal sonó ridículo en medio de aquella intimidad prohibida, pero algo en llamarlo así—en marcar la diferencia de edad, de poder—hizo que un nuevo escalofrío me recorriera.—Pero...— intenté protestar cuando sus dientes se clavaron en el punto donde el hombro se une al cuello, ese lugar que ni siquiera yo sabía que era sensible.

Pero nada — gruñó contra mi piel, sus manos deslizándose bajo mi camisón para palpar mis caderas con una crudeza que no dejaba espacio a dudas. Esto no era ternura. Esto era hambre.— Ya es demasiado tarde para detenernos, Katia. Y lo sabes.

Una de sus manos ascendió por mi costado, deteniéndose justo debajo de mi pecho, donde el corazón martilleaba como un pájaro enjaulado.

Míralo— susurró, observando cómo mi pecho se elevaba con respiraciones entrecortadas—. Tu cuerpo me pertenece desde que me viste en el marco de esa puerta. Admitelo.

Negué con la cabeza, pero mis piernas se abrieron por voluntad propia cuando su rodilla encontró el centro de mi necesidad. El roce del denim áspero contra la tela empapada de mi ropa interior me arrancó un gemido ahogado.

Shhh— ordenó, mordiendo mi lóbulo—. ¿Quieres que escuchen lo que te hago, princesa? ¿Que sepan cómo su hija gime por el viejo amigo de papá?

Antes de que pudiera responder, su boca selló la mía otra vez, ahogando cualquier protesta. Sus dedos, entretanto, trazaron el elástico de mis bragas, deteniéndose justo en el borde húmedo.

Mierda — maldijo entre dientes al notar la humedad—. ¿Todo esto por mí?

No tuve que contestar. Un movimiento fluido de su mano bastó para deslizar la tela a un lado y encontrar el núcleo palpitante de mi deseo. Uno. Dos. Tres círculos precisos con la yema de su dedo mi cabeza cayó hacia atrás, los ojos cerrados, ahogando un grito en el hueco de mi brazo.

Abre los ojos— exigió con voz ronca—. Quiero que me veas cuando te lleve al borde.

Y cuando obedecí, lo encontré mirándome con una intensidad que cortó la respiración: ojos oscuros como tormenta, mandíbula tensa, los labios brillantes por mis besos. Era la imagen de un hombre al límite.

En ese momento, un crujido en el pasillo nos paralizó a ambos.

¿Un piso que cedía? ¿Pasos?

Ian se quedó inmóvil, su dedo aún en mí, mientras escuchábamos. Diez segundos. Veinte.

Cuando ningún otro sonido llegó, su sonrisa regresó, más peligrosa que nunca.

Sigamos — murmuró, pero esta vez, su voz tenía un tono que no admitía negociación.

Y entonces, sin previo aviso, hundió dos dedos dentro de mí.

Sus dedos dentro de mí eran una revelación. Un incendio. Una oración blasfema que mi cuerpo recitaba sin mi permiso.

Dios... Ian... — gemí, ahogando el sonido en su hombro mientras mis uñas se clavaban en su espalda a través de la fina tela de su camisa.

Él respondió con un gruñido gutural, su boca pegada a mi oído:

Así, princesa. Así. Apriétame.

Y obedecí, porque no podía hacer otra cosa. Cada movimiento de sus dedos —circulares, luego profundos, luego rápidos— me llevaba más cerca de un abismo que nunca antes había explorado.

El sonido volvió. Esta vez más claro: un paso. Una puerta que chirriaba.

Nos separamos bruscamente. Ian retiró su mano de entre mis piernas con un sonido húmedo que me hizo ruborizarme incluso en la oscuridad.

Mierda — susurró, escuchando atentamente.

Desde el pasillo, la voz de mi madre, pastosa por el alcohol en su sistema.

¿Ian? ¿Estás ahí?

Oh, Dios. Oh, Dios. Oh, Dios.

El corazón me latía tan fuerte que temí que pudiera escucharlo a través de las paredes. Ian, sin embargo, no parecía perturbado. Con movimientos calculados, se ajustó el bulto en sus pantalones y se acercó a la puerta.

Sí, Mary. Solo estaba dándole las buenas noches a kati —mintió con una naturalidad escalofriante.

Un silencio. Luego:

Ah... Bueno, buenas noches a los dos.

Buenas noches.

Los pasos de mamá se alejaron. Yo seguía inmóvil en la cama, las piernas temblorosas, el camisón arrugado hasta la cintura.

Cuando la puerta se cerró de nuevo, Ian se volvió hacia mí. La luz de la luna dibujaba su perfil afilado, iluminando esos ojos que ahora brillaban con algo más que lujuria.

Eso fue estúpido — susurré, aunque mi cuerpo aún palpitaba donde él lo había tocado.

Lo sé —admitió, sorprendentemente honesto. Se pasó una mano por el rostro—. Pero no me arrepiento.

Se acercó, pero esta vez no para tocarme. Para hablar.

Mañana voy a salir temprano. Negocios. Pero esto... —hizo un gesto entre nosotros— no ha terminado.

Antes de que pudiera responder, su boca capturó la mía en un beso rápido, brutal, una promesa y una despedida en uno.

Duerme, Katia.

Y luego se fue, dejándome sola con el sabor a whisky en mis labios y un huracán de preguntas sin respuesta.

El despertador sonó a las 7 AM. Había dormido en fragmentos, soñando con manos grandes y besos que sabían a pecado.

Al bajar a desayunar, encontré a papá leyendo el periódico y a mamá sirviendo café.

¿Dormiste bien, cariño? —preguntó mamá, sonriente.

—mentí, evitando mirar la silla vacía donde Ian debería estar sentado—. ¿Se... fue el señor Kelly?

Sí, temprano —confirmó papá sin levantar la vista—. Dijo que volverá el viernes.

Tres días. Tres días para decidir si lo que había pasado había sido un error...

O el principio de algo que cambiaría todo.

Tres días después.

El reloj marcaba las 11:47 PM cuando escuché el suave chirrido del portón. Desde mi ventana, vi la silueta familiar salir del auto alquilado, iluminada apenas por la luz lunar. Ian había regresado antes de lo prometido.

Mi piel se erizó. Durante setenta y dos horas interminables, cada rincón de la casa me había recordado lo sucedido: la pared del pasillo donde me había aplastado, el mantel bajo el cual sus pies me habían hecho perder la razón, mi propia cama donde...

No. No debía pensar en eso.

Pero cuando escuché sus pasos subiendo las escaleras, supe que mentirme era inútil.

El golpe en mi puerta fue tan suave que casi lo atribuí a mi imaginación.

Katia. —Su voz, grave como el rumor del mar de noche, traspasó la madera—. Sé que estás despierta.

Contuve la respiración. Las reglas del juego habían cambiado: ahora conocía el sabor de su boca, el peso de sus manos en mi piel.

Deberías irte —susurré, sin convicción.

La manilla giró antes de que terminara la frase.

Ian entró como una tormenta, cerrando la puerta con el pie. Vestía jeans negros y una camisa abierta que revelaba el torso cincelado por años en la marina. Olía a cigarrillos y salitre, como si hubiera estado junto al océano antes de venir.

Más de veinte años—murmuró, avanzando hacia mí—. Años siendo el buen amigo de tu padre, el marine ejemplar, el hombre que nunca toca lo que no le pertenece. —Una sonrisa torcida—. Hasta que apareciste.

Su mano capturó mi muñeca, guiándola hacia el bulto evidente en sus pantalones.

¿Ves lo que me haces, princesa? Esto no es normal. No a mis cuarenta y cinco.

El calor a través de la tela me quemó los dedos. Retrocedí hasta chocar contra el escritorio, pero él no soltó su presa.

¿Qué quieres de mí? —jadeé, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba.

Ian inclinó su rostro hasta que nuestros labios estuvieron a un centímetro de distancia.

Todo. Las noches. Los gemidos. Esa virginidad que aún conservas. —Su lengua trazó mi labio inferior—. Pero sobre todo... quiero verte caer por mí.

Eres el mejor amigo de mi padre —logré decir entre jadeos, aunque mis manos ya se aferraban a sus hombros, contradiciendo cada palabra.

Ian soltó un gruñido gutural, sus dedos excavando en mis caderas a través de la fina tela del camisón.

Lo sé, pero joder, Katia, no puedo dejar de pensar en ti —confesó con una voz ronca que parecía arrastrar años de abstinencia—. En cómo hueles, en cómo temblaste por mí en esta misma habitación... en lo mojada que estás ahora mismo.

Su crudeza me electrizó.

Yo tampoco —admití por fin, enredando los dedos en su pelo y tirando de él hacia mí con una urgencia que me sorprendió—. Tres malditos días esperando esto. Tres noches tocándome donde tú lo hiciste...

El beso que siguió fue una conflagración. Nuestros dientes chocaron, nuestras lenguas se batieron en un duelo salvaje. Sabía a whisky barato, a menta y a pecado.

Fue entonces cuando algo dentro de mí —algo oscuro y latente— despertó.

Con un empujón repentino, lo hice retroceder hasta la cama. Ian cayó sobre el colchón con los ojos brillando de sorpresa... y algo más: aprobación.

Vaya, vaya —murmuró, reclinándose sobre los codos mientras yo me subía a horcadas sobre él—. ¿Quién diría que la princesa escondía estas garras?

Su burla se convirtió en un gemido cuando me senté sobre su erección, frotándome deliberadamente a través de las capas de tela que nos separaban. El denim áspero de sus jeans, el algodón húmedo de mis bragas... cada roce enviaba descargas eléctricas a mi núcleo.

Callate y déjame hacer esto —ordené, sorprendida por mi propia voz: baja, ronca, dominante.

Mis manos exploraron su torso como territorios conquistados:

Los pectorales duros bajo mis palmas. El abdomen tallado en acero, contraído bajo mi tacto. Y el cinturón que desabroché con dedos temblorosos, escuchando el clink metálico del hebilla.

Ian observaba cada movimiento con ojos oscurecidos por la lujuria, pero cuando intentó sentarse para ayudarme, lo empujé de nuevo contra las almohadas.

Yo mando ahora —susurré, deslizando la cremallera de sus jeans con lentitud deliberada.

El sonido del metal cediendo pareció resonar en la habitación. Cuando por fin liberé su erección, ambos jadeamos al unísono. Dios, era perfecto: grueso, palpitante, con una gota de precum brillando en el ápice.

Katia... —gruñó, sus músculos tensándose como cuerdas de violín—. Si sigues así, esto terminará antes de empezar.

Sonreí —mi primera sonrisa genuina en días— y me incliné para lamer esa gota salada con la punta de la lengua.

Entonces aguanta, marine —reté, posicionándome sobre él—. Porque esto solo acaba cuando yo lo diga.

Y justo cuando mis dedos rozaban el elástico de mis bragas para bajarlas, sus manos me agarraron de las muñecas con fuerza de hierro.

Oh no, princesa — Ian murmuró, volteándome sobre la cama con un movimiento fluido que dejó mi espalda contra el colchón y su cuerpo encima del mío—. Tú provocas, pero yo domino.

El cambio fue tan repentino que me quedé sin aliento. Ahora él era la tormenta, y yo solo una hoja atrapada en su vendaval.

Sus ojos escudriñaron mi rostro, leyendo cada microexpresión cuando su mano descendió entre mis piernas.

Tienes miedo— observó, rozando mi entrada con el pulgar sobre la tela de mis bragas—. Es la primera vez que algo tan grande te llenará, ¿verdad?

Negué con la cabeza, pero mi cuerpo traicionó la verdad: un temblor involuntario, una contracción de músculos vírgenes.

Ian maldijo entre dientes, su expresión oscilando entre lujuria y algo más profundo —casi como culpa.

Joder, Katia... debería parar — susurró, aunque sus caderas empujaron instintivamente contra mí, haciéndome sentir cada centímetro de su erección a través de la tela húmeda que nos separaba. .

Con movimientos deliberadamente lentos, como si luchara contra su propia naturaleza, Ian deslizó mis bragas a un lado.

Relájate— ordenó, mientras un dedo experimentado comenzaba a trazar círculos en mi clítoris—. Así... buena chica.

El elogio me quemó más que su tacto. Quería ser buena para él. Quería ganarme esa aprobación ronca.

Cuando insertó un dedo, luego dos, mi cuerpo se arqueó del shock placentero.

Dios... duele... pero...— mis uñas se clavaron en sus brazos.

Lo sé, lo sé— gruñó, doblando los dedos en ese ángulo exacto que hizo que mi visión se nublara—. Pero mira cómo lo tomas... tan apretada... tan caliente...

De pronto, todo se detuvo.

Ian se separó lo suficiente para mirarme a los ojos, su respiración tan agitada como la mía.

Última oportunidad para decir que no, Katia.

Había genuina preocupación en su voz.

Eso fue lo que rompió mis últimas defensas.

No pares— supliqué, enredando las piernas alrededor de su cintura—. Por favor.

No necesitó más persuasión. En un movimiento fluido, Ian me levantó las manos para arrancarme el camisón, dejándome completamente expuesta bajo su mirada devoradora. Un instinto primario me hizo cruzar los brazos sobre los pechos, pero él detuvo mis muñecas con firmeza.

No —ordenó con voz áspera, clavándome contra el colchón—. Nunca te tapes frente a mí.

El calor de la vergüenza me recorrió el cuerpo cuando sus ojos recorrieron cada centímetro de mi piel descubierta: los pechos pequeños pero sensibles, las caderas estrechas, el lugar íntimo que ya palpitaba húmedo por él.

Con deliberada lentitud, inclinó la cabeza y capturó un pezón entre sus labios, lamiendo el pezón erecto antes de succionarlo con fuerza calculada.

¡Oh, Dios! —gemí, arqueándome involuntariamente hacia esa boca experta.

Mis manos intentaron enredarse en su pelo, pero él las inmovilizó sobre mi cabeza con una sola mano, demostrando su fuerza abrumadora.

Quietecita —murmuró contra mi piel mientras alternaba entre mordiscos leves y lamidas largas—. Deja que yo haga el trabajo.

Al separarse, comenzó a quitarse la ropa con movimientos eficientes, como el marine que alguna vez fue. A pesar de sus cuarenta y cinco años, su cuerpo era una obra de arte tallada en músculo: pectorales marcados, abdomen definido, y entre sus piernas, esa parte de él que me intimidaba y atraía por igual— gruesa, palpitante, con venas prominentes que serpenteaban bajo la piel.

Mírame —ordenó cuando mis ojos se desviaron instintivamente—. Quiero que veas lo que vas a tomar.

Me tomó de los muslos y me arrastró hacia él, deslizando mis bragas con un movimiento experto. El aire frío de la habitación contrastó con el calor que emanaba de mi centro.

Ábreme, princesa —susurró, acariciando mis pliegues más íntimos con el pulgar—. Toda.

Cuando obedecí, separando las piernas con un temblor, alineó su miembro en mi entrada. La presión fue inmediata, abrumadora.

Respira —instruyó, notando mi tensión—. Relájate... aunque duela.

El primer centímetro fue una invasión de sensaciones contradictorias:

Dolor punzante, como un desgarro interno. Placer por la expresión de éxtasis en su rostro al sentir mi ajuste alrededor de él. Y pertenencia como si alguna parte oculta de mí hubiera estado esperando este momento.

Mierda... así... apriétame justo así —gruñó Ian, deteniéndose cuando estuvo completamente dentro—. Eres perfecta.

Mis lágrimas se mezclaron con el sudor en sus hombros, pero no pedí que se detuviera. No esta vez.

El mundo se redujo a un punto de fuego entre mis piernas. Ian permaneció inmóvil dentro de mí, su respiración entrecortada rozando mi mejilla mientras yo me adaptaba a su tamaño.

Duele... —susurré, clavando las uñas en sus hombros.

Lo sé, princesa —su voz era áspera, como si luchara por mantener el control—. Pero espera... espera...

Sus manos, antes firmes, se volvieron sorprendentemente tiernas. Una palma acarició mi costado mientras la otra enredaba nuestros dedos sobre la almohada.

Entonces, algo cambió.

El dolor agudo como cristal al principio comenzó a difuminarse en oleadas. Una presión nueva tomó su lugar, como un río subterráneo que encuentra salida. El roce interno de cada músculo contra él generaba un calor que se expandía desde mi vientre hasta las puntas de los dedos.

¿Lo sientes? —Ian murmuró, percibiendo cómo mi cuerpo se adaptaba—. Ahí... así...

Cuando comenzó a retirarse, el dolor regresó por un instante... solo para transformarse en algo más cuando volvió a empujar.

¡Oh! —el sonido me sorprendió a mí misma—. Eso... eso es...

Diferente, ¿verdad? —completó él con una sonrisa que me hacían pensar en lobos y corderos—. Es sólo el principio.

Con cada embestida, nuevas capas de sensación emergían:

El vello áspero de su abdomen rozando mi clítoris con cada movimiento. Sus gemidos guturales que escapaban de su garganta, eran más reveladores que cualquier palabra. La contracción de sus músculos abdominales bajo el esfuerzo de mantener un ritmo lento. El aroma acre de nuestro sudor mezclándose con su colonia y mi excitación.

Más... —supliqué sin reconocer mi propia voz—. Por favor, Ian...

Fue entonces cuando encontró ese lugar dentro de mí.

Una embestida en el ángulo preciso hizo que mi espalda se arquease del colchón.

¡Ahí! ¡Otra vez! —grité, las piernas temblando alrededor de su cintura.

Ian maldijo, cambiando el ángulo para repetir el movimiento.

¿Aquí, princesa? ¿Aquí es donde necesitas que te toque? —su voz era puro dominio, pero sus ojos mostraban asombro al ver mi reacción.

Lo que siguió fue caos controlado.

Sus manos una en mi cadera para guiar el ritmo, la otra ahogando mis gemidos contra su palma. Su ritmo ya no era paciente, sino urgente, como si hubiera roto una cadena invisible. Mi cuerpo respondiendo con contracciones involuntarias, cada una más intensa que la anterior.

Vas a venir alrededor de mi polla, ¿lo entiendes?—su voz era áspera con los dientes clavándose en el cordón de mi cuello con precisión torturadora—. Quiero sentir cómo me ordeñas cada gota.

El mandato me atravesó como una descarga eléctrica. Algo en la crudeza de sus palabras, en la posesión absoluta de su tono, hizo que mi cuerpo respondiera antes que mi mente. Una contracción violenta me sacudió desde el vientre, haciendo que mis músculos internos se cerraran alrededor de él en espasmos sucesivos.

Ian gruñó como un animal herido, su frente cayendo contra mi hombro mientras su propio control se resquebrajaba.

Así... joder, así... apriétame más...

Sentí el momento exacto en que se rompió. Su cuerpo se convirtió en un arco tenso sobre el mío, cada músculo definiéndose bajo la piel sudorosa. El calor que se derramó dentro de mí era casi doloroso en su intimidad, un recordatorio físico de que ninguna pastilla, ningún preservativo mediaba entre nosotros.

Cuando por fin se desplomó sobre mí, su peso era una losa reconfortante. Su respiración, aún agitada, resonaba contra mi pecho donde su boca descansaba entre mis senos.

Mierda... —murmuró contra mi piel, como si acabara de darse cuenta de lo que había hecho—. Katia...

Pero no terminó la frase. Quizá porque no había palabras para esto. Para lo que acababa de ocurrir. Para lo que significaría mañana.

La habitación quedó sumergida en un silencio pesado, solo roto por el sonido de nuestra respiración agitada. El sudor frío comenzaba a secarse en mi piel mientras Ian seguía encima de mí, su peso anclándome a la realidad.

Tienes que salir de aquí —susurré, aunque mis brazos seguían rodeando su espalda, mis uñas trazando líneas invisibles sobre sus omóplatos.

Él levantó la cabeza lentamente, sus ojos azules ahora oscuros como el mar de noche. Me estudió con una intensidad que hizo que mi estómago se revolviera.

¿Así de rápido quieres deshacerte de mí? —preguntó, su voz baja pero cargada de algo que no pude identificar.

No es eso —respondí, desviando la mirada—. Es que...

Sí, lo sé —interrumpió, retirándose de mí con un movimiento fluido que me dejó repentinamente fría—. Tus padres.

Se levantó de la cama con la misma elegancia felina que parecía caracterizar todos sus movimientos. Mientras se vestía, no pude evitar mirarlo. A la luz de la luna, su cuerpo parecía esculpido en mármol, cada músculo definido por años de disciplina militar.

Esto no puede volver a pasar —dije, sentándome en la cama y rodeándome las piernas con los brazos.

Ian se detuvo, la camisa a medio abotonar, y me miró con una sonrisa que no llegaba a los ojos.

Claro que no —respondió, pero su tono decía lo contrario.

Antes de que pudiera decir algo más, se inclinó y capturó mis labios en un beso rápido y devastador.

Duerme, princesa —ordenó contra mi boca antes de separarse—. Sueña conmigo.

Y luego se fue, dejando la puerta entreabierta tras de sí, como una invitación o una amenaza. No estaba segura de cuál de las dos era más peligrosa.

Me quedé inmóvil, escuchando sus pasos alejarse por el pasillo. El olor a sexo y a su colonia aún impregnaba las sábanas. Mis piernas temblaban. Mi corazón latía demasiado rápido.

Y lo peor de todo era que, en algún lugar profundo de mí, ya sabía que volvería.

Y que yo lo dejaría entrar.