Capítulo 1 - Días pasados
Durante años, la Corporación Umbrella operó como un coloso farmacéutico a los ojos del mundo, una empresa respetada, moderna, imparable. Pero en las sombras, sus laboratorios ocultos daban forma a armas biológicas diseñadas para destruir. Todo comenzó en el corazón de las montañas Arklay, en una antigua mansión utilizada como fachada para experimentos inhumanos. Fue allí donde un grupo élite de la policía de Raccoon City, los S.T.A.R.S., descubrió la verdad. Infectados, mutaciones, traiciones. Solo unos pocos sobrevivieron a aquella pesadilla: Chris Redfield, Jill Valentine y unos cuantos más. A su regreso, intentaron denunciar a Umbrella, pero el poder de la corporación era demasiado grande. Los S.T.A.R.S. fueron silenciados y finalmente desmantelados. Pero la corrupción no pudo esconderse por siempre.
Meses después, el horror se trasladó a las calles de Raccoon City. Un nuevo brote del Virus-T convirtió la ciudad en un infierno viviente. Los muertos caminaban, devoraban, se multiplicaban. Leon S. Kennedy, un novato en su primer día como oficial, y Claire Redfield, hermana de Chris, quedaron atrapados en medio del desastre. Junto a la pequeña Sherry Birkin, hija de un científico de Umbrella, lograron escapar antes de que el gobierno de los Estados Unidos, incapaz de contener la infección, destruyera la ciudad con un misil nuclear. Lo que alguna vez fue un hogar se convirtió en cenizas, y con ello, supuestamente, Umbrella también.
Pero Umbrella no murió. No del todo.
Durante años, mientras la humanidad respiraba con alivio, la corporación siguió operando desde las sombras, limpiando su nombre, cambiando de rostro, de sede, de identidad. Los laboratorios se ocultaron mejor. Las pruebas se trasladaron a zonas sin vigilancia. El mundo olvidó. Pero quienes sobrevivieron jamás lo hicieron. Ellos sabían que el verdadero enemigo no era el virus… era quien lo creó.
Año 2010
Zona rural, al sur de Georgia – Carretera secundaria
Las ruedas del Jeep crujían sobre el asfalto agrietado mientras el sol de la tarde caía sobre los campos secos. Leon Kennedy conducía con una mano en el volante y la otra cerca de su arma. Sus ojos, ocultos tras unos lentes oscuros, recorrían el horizonte en busca de movimiento. Claire Redfield, en el asiento del copiloto, sostenía un mapa doblado y marcado con anotaciones recientes.
—Esta carretera conduce directo al perímetro del sitio que interceptamos por radio —dijo ella—. Según el informante, algo cayó aquí hace una semana. Una especie de contenedor biológico.
—Umbrella no deja caer nada por accidente —respondió Leon, sin apartar la vista del camino—. Si algo llegó aquí, es porque querían que lo encontraran... o que se desparramara.
Claire asintió. Ya no eran los jóvenes inexpertos que sobrevivieron en Raccoon City. Habían visto demasiadas cosas desde entonces. Demasiadas muertes. Demasiados monstruos.
El vehículo frenó frente a una estación de gasolina abandonada. Los surtidores estaban cubiertos de moho y sangre seca. El silencio era antinatural.
—Aquí es —dijo Claire, tomando su rifle y bajando primero.
Leon la siguió, revisando el perímetro. Había rastros. Huellas recientes. Pero no eran de humanos. Ni animales. Parecían arrastradas, como si algo... o alguien... hubiese reptado fuera del bosque.
—Esto no va a gustarme —murmuró Leon.
Atlanta, Georgia – Dos días antes
Las calles de la ciudad eran un eco de lo que alguna vez fue. Algunos barrios aún mantenían la electricidad. Otros estaban en penumbras, con coches abandonados, ventanas rotas y señales de pánico. Nadie hablaba de lo que ocurría. Nadie sabía realmente. Las noticias eran vagas. Fallos en las comunicaciones. Brotes de rabia. “Infecciones aisladas”. Pero Rick Grimes lo sabía: nada de esto era normal.
—No podemos seguir ignorando esto —dijo, mientras ajustaba el cinturón de su revólver y miraba por la ventana del segundo piso.
—La ciudad está colapsando, Rick —dijo Glenn, apoyado contra la pared, con su mochila de mensajero al hombro—. No es solo Atlanta. Recibí transmisiones de Macon, de Augusta. Están cerrando zonas enteras.
Carl dormía en una esquina del cuarto. Andrea limpiaba un fusil, y Maggie revisaba una radio portátil con frustración.
—¿Y qué quieres hacer? ¿Irnos a dónde? —preguntó Daryl Dixon desde el fondo, apoyado en la puerta, con su ballesta colgada al hombro.
—A donde haya menos ruido. Menos infectados. Menos personas —respondió Rick, con esa voz firme que nadie podía ignorar.
Maggie levantó la cabeza.
—¿Y si esto es solo el comienzo?
Silencio.
Nadie lo decía en voz alta, pero todos lo pensaban: esto no era una enfermedad común. Era algo peor. Algo mucho más antiguo. Más planeado.
Costa este – Instalación subterránea desconocida
Chris Redfield descargó el cargador vacío de su rifle con precisión militar y lo reemplazó por otro en un movimiento automático. Junto a él, Jill Valentine vigilaba el corredor de concreto, iluminado solo por luces de emergencia rojas.
—El laboratorio estaba activo hasta hace tres días —susurró Jill, agachada tras una columna—. Y luego desaparecieron. Todo. Como si se hubieran desvanecido.
—No desaparecieron —dijo Chris—. Solo se escondieron mejor.
Las puertas de seguridad se abrieron con un sonido metálico. Un hedor familiar se coló por el pasillo. Sangre. Pólvora. Putrefacción.
—¿Listos para otro infierno? —preguntó Jill.
Chris ajustó el fusil y avanzó sin mirar atrás.
—Siempre.