Introduccion
Un Mundo de Fragmentos
El mundo de las Cimas Flotantes se extendía bajo un cielo que siempre parecía estar al borde de una revelación. Kilómetros de aire vacío separaban los fragmentos continentales, inmensas masas de tierra que flotaban con una gravedad propia, como islas colosales suspendidas en un mar de nubes. Entre ellas, las corrientes de viento susurraban historias de la Gran Fractura, el cataclismo primordial que esculpió esta realidad fragmentada. La luz, a menudo filtrada por un velo etéreo que emanaba del lejano y misterioso Corazón de Éter, pintaba los paisajes con tonos que cambiaban de un dorado místico al violeta profundo, dependiendo de la hora y la proximidad a los remolinos de energía.
En las tierras vasallas, la vida vibraba con las peculiaridades de cada reino. En Sylvantia, hogar de la Casa Elara, los bosques antiguos se alzaban tan altos que sus copas casi tocaban las nubes, albergando criaturas lumínicas y secretos tan viejos como los árboles mismos. Las construcciones de Hierro Negro, feudo de la inquebrantable Casa Stonehaven, eran fortalezas ciclópeas talladas en roca oscura, sus muros desafiando la gravedad con una tenacidad férrea. El rugido del mar chocaba contra los acantilados de Aqualon, donde la Casa Marelle gobernaba desde ciudades portuarias que se aferraban a los bordes de los fragmentos, sus flotas surcando las corrientes marinas con la misma maestría con la que sus antepasados dominaban los océanos primigenios.
Pero por encima de todos, visible desde casi cualquier punto de las Cimas Flotantes, se alzaba. Drakenheim: La Fortaleza de Viento y Fuego no era solo un reino; era la encarnación del poder. Su capital se asentaba sobre un fragmento continental que era una auténtica montaña fortaleza, sus picos más altos perforando las nubes como agujas de obsidiana. La ciudadela de los Aethelgard, los señores de dragones, estaba construida directamente en la roca viva, con murallas tan gruesas y altas que se confundían con el propio acantilado.
Las estructuras de Drakenheim eran una mezcla sobrecogedora de piedra pulida y elementos metálicos oscuros, con una arquitectura que desafiaba la lógica, proyectándose hacia el vacío como si las propias montañas quisieran volar. Enormes arbotantes de piedra y acero se curvaban para sostener puentes aéreos y plataformas de aterrizaje. En cada torre, en cada arco, se incrustaban gigantescos bajorrelieves de dragones, sus formas enroscándose en piedra, sus ojos de gemas brillando con una luz interna. Las ventanas no eran simples aberturas; eran vitrales colosales que representaban escenas de la Guerra del Sometimiento, con jinetes Aethelgard montados en bestias aladas, sus formas glorificadas por la luz del sol. La fortaleza no solo protegía a la ciudad, sino que gritaba su dominio: una pared de roca inexpugnable que separaba este reino supremo de los demás, un símbolo tangible de la Pax Aethelgard.