ℍ𝕖𝕣𝕞𝕠𝕤𝕒 ℂ𝕙𝕒𝕣𝕝𝕠𝕥𝕥𝕖 | 𝑶𝒏𝒆 𝑺𝒉𝒐𝒕

Summary

En el remoto pueblo de Hyder, la veterana oficial Charlotte Smith y su joven compañero forense, Leonardo Whitemore, se ven arrastrados a un caso que desafía toda lógica. Entre leyendas antiguas y la búsqueda del cuerpo del joven Rowe, un pasado que se niega a morir. A medida que Charlotte profundiza en la investigación, empieza a percibir una presencia cada vez más inquietante. Pronto descubrirá que aquello que ha estado acechando Hyder no es humano... y que ya ha elegido a su próxima víctima. Advertencia ⚠️ Dentro de este One shot existen escenas muy perturbadoras y explícitas, esto solo es ficción no tomarlo literal. (Algunos personajes mencionados no son mío a excepción de los protagonistas, créditos a sus respectivos creadores.

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1
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n/a
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18+

Hermosa Charlotte

Advertencia: Dentro de este One shot existen escenas muy perturbadoras, explícitas, violencia y sangre, esto solo es ficción no tomarlo literal.



Alaska, 7:12 A.M. 2010

La ventisca de ese invierno brutal. Uno de los más despiadados en décadas, que azotaba sin piedad los ventanales de la estación de la improvisada estación de policía de Hyder, uno de los pueblos tan olvidados por Dios como también por los mapas. La nieve se acumulaba por las calles como una mortaja implacable, dura, muda, que sofocaba cualquier rastro de ruido o vida. Ese tipo de frío no solo mordía la piel: se filtraba por los huesos y sembraba un presentimiento oscuro, como si la tierra misma estuviera conteniendo el aliento.

Charlotte Smith, oficial veterana de 54 años, con más años de servicio que paciencia, se encontraba frente a la máquina de café rota por tercera vez en este mes, murmurando maldiciones apenas audibles. A su espalda, los pocos agentes que conformaban el reducido destacamento se movían en silencio, como sombras sin fe.

— ¿Sabes...? En ocasiones pienso que esa maquina la construyeron con el único propósito de volvernos locos. — Comento una voz masculina y suave detrás de ella, una vos que Charlotte reconocería incluso dormida.

— ¿Locos? por favor... Muchos ya venimos defectuosos de fábrica. — Charlotte respondió sin mirarlo, pero la leve mueca que se formó en su rostro fue lo más parecido a una sonrisa que esbozaría en todo el día.

Finalmente se dio la vuelta y lo encaró.

Leonardo Whitemore. Veintiocho años, el forense recién llegado de estado de Washington, le extendía un vaso de café humeante, actualmente ese ente más joven que ella eran compañeros.

— Pensé que necesitarías uno. — Dijo con tranquilidad. — Me detuve esta mañana cerca del bar a comprarlo antes de venir.

Charlotte lo tomo sin pronunciar un “gracias”. No hacía falta decirlo. Entre ellos los gestos decían mucho más que las palabras.

Leonardo era... diferente, piel translucida, ojos de azul profundo y melancólico, el cabello blanco como la misma nieve que cubría cada rincón de Alaska en este momento, parecía una figura arrancada de otro mundo. Pero había algo en su forma de hablar, en su tristeza educada y esa manera de sostener la mirada que tranquilizaba a Charlotte. Whitemore no fingía. A diferencia de la mayoría en Hyder.

— ¿Alguna novedad sobre el desaparecido? — Pregunto él mientras caminaba por el pasillo en penumbra, acompañando el paso de Charlotte con su andar silencioso.

—James Rowe. Delincuente de medio pelo. Su madre llora en la radio local, su hermano amenaza con demandas... Pero nadie en el pueblo parece realmente preocupado. Excepto yo, y eso ya dice mucho. — Charlotte bufo dando un sorbo a su café.

Leonardo soltó un largo y pensativo “Mmmm” cuando llegaron a la oficina que compartían. Se sentó en su silla giratoria y comenzó a dar vueltas lentamente, como un niño aburrido, aunque sus ojos estaban fijos en ella

— ¿Y qué dice eso? — Preguntó con voz distraída.

— Que algo huele a podrido. Y no es la morgue. — Soltó Charlotte.

Leonardo sonrió de lado, como si la idea de un cadáver hediondo no fuera del todo desagradable para él, de hecho, no lo era.

— Con ese historial, no sería descabellado pensar que huyó. Tiene antecedentes, tal vez enemigos, deudas.

— Es lo que quiero creer. Pero...

Charlotte dejo el café sobre su escritorio alzándose frente a una pizarra con fotografías, mapas y una hoja con el título: “James Rowe. Desaparecido 14 febrero.”

Señaló una foto del lugar donde encontraron su coche abandonado: un camino secundario que terminaba en un claro congelado en el área que la carretera se perdía en el denso bosque. Sin pisadas. Sin sangre. Sin nada.

— Si hubiera huido, Rowe se hubiera ido con su auto, no dejarlo tirado en mitad de la nada. Ese terreno está muerto. No hay huellas. Ni siquiera señales de arrastre. Como si se lo hubiera tragado la nieve.

—¿Y si no fue la nieve? — Dijo Leonardo, apenas por encima de un susurro.

Charlotte lo miró de reojo. Él mantenía su expresión tranquila, casi divertida... Pero sus ojos no. Sus ojos parecían ocultar algo más profundo, más antiguo algo que parecía estar al acecho.

—¿A qué te refieres? — Preguntó con frialdad.

—Nada. Solo un pensamiento sin importancia. Ya sabes, de esos que vienen con el café.

Charlotte alzó una ceja. Leonardo no tenía café en la mano. Tampoco lo había dejado en la oficina.

— ¿Y tú café?

— Tenía mucha sed viniendo para acá. — Respondió con una sonrisa ladeada, clavando la mirada en su espalda. — Me lo tome.

—Ustedes los jóvenes no necesitan café para mantenerse activos...

—¿Y las ancianas sí? — Replicó con una risa suave, musical, que flotó por la oficina como una nota disonante.

Charlotte entrecerró los ojos, divertida, pero con una sospecha que no supo nombrar. Leonardo se incorporó y se acercó a la pizarra. Se quedó contemplando, largo rato, la imagen del auto cubierto de nieve.

— ¿Te has topado con un caso como este? — Charlotte pregunto, con los brazos cruzados sobre el pecho.

Leonardo no tardó en responder.

— Sí. Muchos, en realidad.

Su voz había cambiado. Ya no era ligera ni amable. Era una afirmación seca, contundente.

Un silencio espeso descendió entre ellos. Afuera, el viento ululó como una criatura hambrienta, y las ramas de los árboles arañaron el techo con dedos delgados que raspaban el techo. Algo parecía susurrar entre las rendijas mal aisladas del edificio.

Charlotte se pasó una mano por el rostro.

—No me gusta esto, Leo. Nada de esto. Todo tiene un aire muy pesado.

Leonardo no respondió de inmediato. Observaba el mapa con ojos vacíos, ausentes.

—Tampoco a mí — Murmuró al fin, encogiéndose de hombros.

Entonces giró hacia ella, sonriendo otra vez. Una sonrisa más humana. Casi cálida. Algo en la rapidez de ese cambio le incomodó a Charlotte, aunque era normal en alguien tan raro como Leonardo, no dejaba de ser incomodo.

—¿Tienes hambre? Yo sí. Vamos a la cafetería a desayunar.

Charlotte lo miró en silencio unos segundos.

—¿Desde cuándo te entra hambre tan temprano?

—Desde que el aire huele a cadáveres que no están... Pero deberían.

Y sin esperar respuesta de la mayor, Leonardo salió primero con sus pasitos casi saltarines, como si caminara por una acera en primavera en lugar de un infierno blanco. La puerta de la estación se cerró con un leve chirrido tras él, arrastrando una brisa helada hacia el interior. Charlotte lo siguió, pero una sensación punzante le recorrió toda la espalda.

No era por el frío del invierno.

Era por la forma en que él había dicho “cadáveres”. Con énfasis. Con certeza. Y ni siquiera había un cuerpo.

Sin más, dejó atrás la estación y caminó por la nieve detrás de Leonardo, quien parecía flotar sobre el colchón blanco sin dejar apenas huellas, como si el suelo se negara a tragarlo. Charlotte, en cambio, se hundía con cada paso, sintiendo cómo el peso de sus años y pensamientos era tragado centímetro a centímetro por la nieve implacable de ese infierno que llamaba hogar.

No tardaron en llegar al auto.

El motor del Ford Bronco de Charlotte gruñía como una bestia vieja, cansada del frío eterno de Alaska. Las llantas crujían sobre la nieve endurecida mientras se alejaban de la comisaría. A través del parabrisas, el mundo se desdibujaba en una paleta de grises y blancos. Los árboles, vestidos de escarcha, parecían calmos en la luz tenue del amanecer, pero ella sabía que de noche se convertían en sombras alargadas que parecían acechar desde los márgenes del bosque. Como si esperaran.

Leonardo, en el asiento del copiloto, observaba el paisaje helado con expresión absorta, casi infantil, como si fuera la primera vez que lo veía. Vestía su abrigo gris de siempre. Charlotte ya había perdido la cuenta de las veces que lo había visto con esa prenda, al punto de pensar que quizás era el único abrigo que poseía.

Charlotte nunca tuvo pareja. Ni hijos. Ni tiempo para vínculos. Pero con Leonardo, había algo diferente. No era amor, no en el sentido tradicional, Era... complicidad, tal vez. O la tenue promesa de algo que ninguna de las palabras que conocía podía nombrar.

— ¿Sabes que es lo peor que el invierno? — Pregunto Charlotte sin apartar la vista del camino.

— ¿Que? — Dijo el sin apartar la mirada del bosque.

— El silencio. Te obliga a pensar demasiado.

— Es eso, o quiere escucharnos. — Respondió Leonardo, con su voz calmada y distante, dejándose caer en el asiento.

Charlotte lo miró de reojo, tratando de averiguar si el otro hablaba en serio o era una de sus bromas poéticas que el más joven siempre decía para incomodarla a propósito. Al final soltó una risa seca.

—No empieces con lo críptico tan temprano. Solo vine por café, comida caliente y sarcasmo barato.

—Lo siento. — Dijo con suavidad. — A veces olvido que hablo con una mujer emocionalmente estable — Bromeó él, sin sonreír, pero sus ojos tenían ese brillo juguetón y melancólico.

—¿Emocionalmente estable? Me crio un asesino, Leo. Creo que eso me descarta de cualquier prueba psicológica.

Él esta vez sonrió mostrando diversión con la charla que ambos estaban teniendo, sin embargo, siempre parecía contener algo que no llegaba a salir.



El trayecto siguió en silencio. Solo el crujir de la nieve y el leve golpeteo del calefactor llenaban el espacio. Al cabo de unos minutos llegaron a Stone Elk, la cafetería del pueblo. Una estructura modesta de madera oscura, con ventanas empañadas por el calor interior. El lugar olía a leña quemada, grasa vieja y café recalentado: una mezcla que, en Hyder, era casi sinónimo de hogar

Para Charlotte, sin embargo, ese sitio siempre fue hostil. Pocas palabras, muchas miradas. Siempre había sido “la hija del loco Smith”, incluso con el uniforme puesto.

Leonardo fue el primero en entrar al lugar dando vueltas sin sentido por el lugar, mientras examinaba el lugar con curiosidad, seguido por la caminata firme y segura de Charlotte, como quien entra a territorio enemigo.

Se sentaron cerca de una ventana, desde donde podían verse las montañas dormidas bajo las nubes bajas y el manto blanco. La mesera, una mujer bajita de rostro serio les sirvió café sin que tuvieran que pedirlo. Charlotte era una costumbre más del pueblo, así como un fenómeno junto al forense, como el hielo en el parabrisas o las ventanas empañadas. Sin esperar nada más ambos pidieron lo que querían desayunar esa mañana, Leonardo observaba el exterior como si buscara algo en el bosque.

— ¿Otra vez carne de ciervo? — Pregunto Charlotte, mirando el plato recién servido de Leonardo.

— Hay belleza en los gustos simple.

— Eso no es simple. Es... Salvaje.

Leonardo rio suavemente mientras cortaba la carne con precisión quirúrgica. Charlotte lo observaba como si intentara entender lo que fuera su compañero con cada movimiento.

—¿Me vas a mirar así todo el desayuno? — Preguntó, mientras clavaba sus profundos ojos azules en los de ella. — Verme no hará que termines tu plato. Y si no comes esos huevos, lo haré yo

Charlotte parpadeó. Había algo hipnótico en esa mirada. No era por su color, ni por su brillo; era por la forma en que no juzgaban. No llevaba el peso del nombre Smith ni de ninguna historia local. Y, aun así, Charlotte sentía que él lo sabía todo. No porque lo hubiera preguntado, sino porque ella, por alguna razón, se lo había contado. Como si algo en él invitara a soltar los secretos más pesados.

— ¿Sabes?— Mientras giraba la cuchara dentro de su taza de café, Leonardo la miro con sangre escurriendo de su boca, lo que provoco cierta mueca de desagrado en Charlotte, Leonardo siempre comía lo mismo y pedía la carne en cocción azul, prefería la carne bien cocida. — Te vas a enfermar comiendo eso.

— Es carne de ciervo, no hace daño.

— No hablo del tipo de carne, hablo de que la pides cruda.

Una risita salió de los labios de Leonardo mientras se limpiaba los labios con una servilleta, ese niño seria su muerte.

— Dejando eso de lado, quería decirte. — Charlotte tomo un trago de su café amargo antes de seguir. — Withemore, eres jodidamente raro. Pero hablar contigo es lo más cercano que tengo a la paz.

Leonardo ladeó la cabeza, como si quisiera decir algo, pero prefirió beber su café azucarado antes de soltar palabra.

— Sobre el caso Rowe — Empezó ella nuevamente con la conversación cuando estuvieron en la comisaria. — No hay cuerpo. Técnicamente estas fuera del asunto. Pero dijiste algo antes... Que me interesa. Sé que hiciste ese comentario del cadáver por algo. Quiero tu opinión.

Leonardo cortó otro trozo de carne antes de hablar

— He visto suficientes cuerpos para reconocer cuando algo no encaja. — Dijo él, comiendo otro bocado de la carne. — A veces, la ausencia del cuerpo es más reveladora que su presencia. Cuando algo no quiere ser encontrado... Es porque no puede ser explicado o se oculta algo.

Charlotte lo observó, en parte fascinada, en parte incómoda. Leonardo nunca hablaba de sí mismo, eran muy buenos amigos, pero Leonardo solo revelaba pocos fragmentos de su vida pasada, pero hablaba de la muerte con una familiaridad perturbadora. Como si la hubiera visto de cerca... o la hubiera llevado de la mano.

— ¿Y en Washington? ¿Cómo resolvían casos así?

— En las ciudades, se asume lo lógico. Suicidio. Homicidio. Secuestro. Se busca la prueba, la cadena, la motivación. Pero lo lógico no siempre es lo real. Y se cierran los casos de esa forma para consolar a las familias y quienes estén en busca de ellos tengan una respuesta, para que no queden con el sabor amargo en su boca.

Charlotte estaba por preguntar algo más, cuando una conversación detrás de ellos captó su atención.

Tres cazadores hablaban con un hombre mayor en la barra. Reían, se daban palmadas en la espalda. La radio local sonaba bajo. Pero algo en el tono cambió. Uno de los cazadores bajó la voz y dijo:

— Se lo que vi, Robert. Te juro que lo vi en el bosque. Esa cosa parecía tener el cráneo de un ciervo, era enorme, me escondí entre los árboles para que no me viera, arrastraba un enorme alce en la nieve, esa cosa era un wendigo.

— ¿Y los ciervos desaparecidos?

— No son solo ciervos. Faltan perros. Y Rowe... Ese pobre muchacho también. No me extrañaría si ese Wendigo se lo comió.

— Baja la voz. — Replicó el mayor. — Ese descarado se fue porque quiso. Mira cómo dejó a la pobre señora Madison, muerta de preocupación. A veces me da ganas de llamarla y decir que deje de buscar a ese rufián.

Charlotte sintió cómo el vello en sus brazos se erizaba. No por lo que decían, sino por la tranquilidad exacta con la que Leonardo seguía comiendo su carne, ignorante ¿o fingiendo serlo? A la conversación de fondo.

— ¿Crees en leyendas, Leo?

Leonardo alzó la mirada, con un trozo de carne sangrante en el tenedor.

— Creo que las leyendas son verdades disfrazadas. La gente miente. Las historias no. Solo son cuentos queriendo explicar algo, como... Bueno para que lo digo, tu ni sabes usar internet. — Leonardo se rio mientras masticaba el trozo y Charlotte bufo en bajo.

— Hoy en día circulan en internet páginas, hay foros, páginas enteras, relatos espantosos. Les llaman creepypastas. Intentos modernos de explicar lo inexplicable, son como las leyendas, pero más exageradas.

Y luego, sin dejar de mirarla, añadió:

— Pero si algo así existiera — Agregó, ahora con una sonrisa casi imperceptible. —... Sería interesante.

Charlotte no supo qué responder. El tenedor bajó lentamente a su plato. El café ya no sabía igual.

— Cuando terminemos de comer, llévame al lugar donde encontraron la camioneta. Tengo... curiosidad, tal vez encontremos algo.

Charlotte bufó, comenzando a comer su plato por fin.

— Bien. Pero más te vale ser de utilidad.

— Auch... Qué cruel, jefa.

Leonardo se llevó el último trozo de carne a la boca, pero se detuvo de pronto. Su ceño se frunció. Miraba algo más allá del cristal de la ventana. Charlotte siguió su mirada.

Unos adolescentes se reían mientras pintaban con aerosol rojo una pared cercana. Garabateaban un símbolo: un círculo con una cruz en su interior, como una diana o un ojo que todo lo ve. Al ser descubiertos por un anciano, salieron corriendo mientras él agitaba una escoba y les gritaba improperios.

Charlotte bufó, ella ya no tenía la edad para lidiar con mocosos.

— Solo es una pared, Leonardo.

— Lo sé. — Respondió sin dejar de mirar. — Pero la tinta... ¿ves cómo escurre? Parece sangre.

Charlotte lo miró fijamente. El símbolo brillaba bajo el rocío helado.



Leonardo pagó la cuenta por Charlotte al terminar comer.

Al salir del restaurante, el aire helado los golpeó con fuerza. Leonardo caminó hacia el Bronco sin hablar, mientras Charlotte dejaba unos billetes bajo el salero. Al salir, lanzó una última mirada a la pared marcada.

Algo en ese símbolo le revolvió el estómago.

Y, sin entender por qué, aceleró el paso hacia el auto. Sin embargo, pudo notar como su acompañante miraba el símbolo de manera estática.

Ella saco la cámara de su abrigo tomando una fotografía.

— Esto ira a la estación. — Anunció con voz seca.

Leonardo reaccionó entonces, sonriendo de forma casi distraída, como si la conversación recién comenzara. Subió a la Bronco sin decir palabra. Charlotte lo siguió, cerrando la puerta tras de sí con un portazo que retumbó en la quietud del pueblo.

La camioneta partió, dejando una estela en la nieve que el viento se encargó de borrar.

La camioneta se detuvo en mitad de la nada.

La nieve cubría los neumáticos hasta la mitad, y los árboles que bordeaban el camino parecían más sombras que troncos, estirándose hacia el cielo gris como si quisieran arañarlo. Charlotte apagó el motor y por un segundo se permitió solo escuchar: el viento entre los pinos, el crujido de la escarcha... y un zumbido sordo en el estómago que no tenía nada que ver con el frío, tal vez era la anticipación de que ahora y solo tal vez, porque Leonardo estaba presente, podrían encontrar algo.

— Aquí fue donde encontraron el coche — Dijo, señalando un espacio más adelante en la curva. — Sin llaves, sin huellas, sin sangre. Ni una jodida pista.

Leonardo se bajó del auto con una elegancia casi antinatural. El abrigo le quedaba perfecto. Su piel blanca parecía mimetizarse con el paisaje. Era como si se perdiera en ese entorno blanco y sombrío.

— No te vayas a perder. — Charlotte se burló bajando del auto y dando un fuerte golpe a la puerta para que se cerrará.

Leonardo este rio en bajito.

Avanzó unos pasos sonriendo con las manos con los bolsillos, pero apenas llego al lugar de la curva seguido por Charlotte, frunció el ceño y fingió taparse la nariz.

— Ah... el romántico aroma a cadáver. Me haces sentir como en casa, Charlotte. ¿Estás segura de que esto no es tu forma de seducirme?

Charlotte le lanzó una mirada incrédula, sin saber si reír o darle un puñetazo a ese idiota, ese mocoso sabía cómo sacarla de quicio, pero cuando ella también se acercó sintió el pútrido hedor y rápidamente se tapó la nariz.

— Si quisiera seducirte, Whitemore, no te traería a un nido de moscas. A menos que seas uno de esos enfermos

Él le guiñó un ojo sin perder la sonrisa, quitando la mano de la nariz.

— Eso está por verse.

Avanzaron entre los árboles, bajando por el sendero, guiados por el olor fétido que parecía arrastrarse entre la nieve, y muy posiblemente también se había impregnado en sus ropas. Era penetrante, denso. Un hedor a animal muerto... pero también había algo más. Algo más agrio. Como carne que no solo se pudre.

— ¿No te incomoda este lugar? — Preguntó Charlotte, apartando una rama baja de pino.

Leonardo caminaba a su lado con las manos en los bolsillos, sin mostrar el más mínimo signo de incomodidad. Su paso era ligero, casi flotante, con una confianza espeluznante como si todo fuera normal.

— Crecí cerca de un bosque como este. — Dijo, como si hablara del clima. — En Oregón. Mi casa estaba rodeada de pinos. Pasaba horas caminando entre ellos. Solía decirle a mi madre que los árboles susurraban cosas... ella decía que tenía demasiada imaginación.

— ¿Y lo hacían? ¿Susurraban?

Leonardo giró apenas la cabeza. Sus ojos parecían más oscuros a la sombra de las ramas.

— Tal vez. Aunque nunca entendí lo que querían decirme.

Charlotte tragó saliva. Las ramas crujían bajo sus botas, y el frío era cada vez más intenso cuando más se adentraban en el bosque, así mismo aumentaba el olor de lo que fuera que hubiera más adentro.

— ¿Alguna vez encontraste algo... muerto? — Preguntó ella, como tanteando el terreno para no resbalar.

— Más de lo que me gustaría admitir. Pero nunca lo suficiente como para acostumbrarme. —Luego hizo una pausa breve y casi casualmente. —Tengo hermanos ¿sabes?

— ¿Son jodidos como tú? — Charlotte pregunto con un tono burlón mirando hacia arriba donde ya era imposible ver las copas de los árboles.

— Son muchos... Depende con quien hables, algunos son dulces, otros no, algunos lógicos, otros son... Como lo que tú dices. Jodidos.

— Muchos no es un número.

— No sé. Perdí la cuenta después de los veinte.

Charlotte solo murmuro un “Mmmm” entre compresión.

— Pero, hay dos que son mis favoritos, uno se llama Sebastian y el otro Alfie, siempre están juntos.

— Tu familia es- — El comentario de Charlotte fue tragado y rápidamente se llevó las manos a la nariz, que horrendo olor, era más fuerte entre más se adentraban. —Dios... Qué asco.

— Aunque debo decir... este olor en particular es interesante.

—¿Interesante?

Leonardo se agachó junto a un matorral cubierto por la nieve. Levantó una rama rota, examinó el suelo.

—No es solo descomposición. Hay... Una mezcla rara. Como si algo se hubiera alimentado y luego abandonado lo que no le servía.

Charlotte se acercó, frunciendo el ceño.

— ¿Cómo lo sabes?

Leonardo la miró con una sonrisa fría.

— Porque se cómo huele cuando un depredador se alimenta y deja tirado las sobras.

Charlotte tomo una servilleta de tele que traía con sigo amarrándola en su rostro como una mascarilla improvisada.

— Estás diciendo que este olor viene de restos

— Lo que queda de algo, sí. — Leonardo se incorporó y miró hacia el espesor del bosque. — Está más fuerte hacia el norte. A unos metros.

— Vamos con cuidado. No quiero que algo nos sorprenda. — Charlotte hablo con cautela desenfundando su arma.

— ¿Cómo el Wendigo? — Bromeó Leonardo. Ella lo golpeó suavemente en el hombro.

Charlotte no respondió. Solo lo miró de reojo.

Ambos se abrían paso entre los árboles como un cuchillo. La nieve amortiguaba el sonido de sus pasos, y cuanto más avanzaban, más evidente se hacía el cambio en el ambiente. Ya no era solo el olor. El aire era denso, casi pesado, como si algo invisible colgara desde las ramas, observándolos.

Una sensación sofocante.

Y, aun así, Leonardo seguía caminando con una calma que a Charlotte comenzaba a parecerle inquietante.

— No te da miedo nada, ¿cierto?

— No. Me dan miedo las personas. Esto es solo naturaleza siendo naturaleza.

Charlotte no supo si eso era una filosofía o una confesión.

Y entonces lo vieron.

Un trozo de piel, tirado sobre la nieve. Tenía pelos. Era de un animal grande, quizás un alce, pero estaba parcialmente devorado, desollado de una manera... Inhumana. Como si hubiera sido arrancado, no cortado. Sangre congelada formaba cristales rojos sobre las raíces del árbol donde el animal estaba tirado.

Charlotte se agachó con cuidado. Leonardo ya estaba de cuclillas, inspeccionando los bordes del pellejo.

— Esto no es trabajo de lobos. — Murmuró él. — Las mordidas no coinciden. Y hay algo más...

Señaló unas marcas en la nieve. No eran huellas completas. Eran... líneas, como si algo hubiera sido arrastrado, o si alguien caminara sin piernas, dejando solo surcos irregulares.

Charlotte tragó saliva.

— Esto se está saliendo de control.

— ¿Ahora sí le crees a los locos del pueblo?

— Empiezo a creer que algo no quiere que sepamos qué pasó con Rowe.

Leonardo se incorporó lentamente, limpiando sus guantes con una meticulosidad fría.

— A veces es mejor no saberlo, Charlie.

Charlotte lo miró, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que estaba sola, aunque no lo estuviera.

Porque había algo en la voz de Leonardo.

Algo que no era miedo, ni preocupación. Un sentimiento que no podía explicar.

— Aunque sea un gran descubrimiento, no es lo que buscamos. — Leonardo extendió una de sus manos, ayudándola a levantarse.

— ¿A qué te refieres con eso?

—Que mi olfato es mejor que el tuyo con ese trapo puesto... Y que lo que realmente está apestando está más adelante.

La nieve se volvió más densa, más sucia, a medida que avanzaban entre los árboles. El olor pútrido, que antes solo era una presencia lejana, ahora parecía envolverlos. Cada bocanada de aire era como tragar descomposición.

Leonardo caminaba al frente, tranquilo, casi curioso. Charlotte lo seguía con el estómago revuelto, los músculos tensos. El bosque no era simplemente un bosque. Respiraba. Jadeaba. Como si una bestia invisible durmiera bajo la tierra, moviéndose con ellos

Y entonces lo vieron.

Allí, entre dos árboles vencidos por el tiempo, caídos en el suelo, colgaba lo que quedaba de James Rowe. Una figura desmembrada, deformada, suspendida como una marioneta rota. Pero lo que veían era inhumano: los pedazos faltantes parecían haber sido arrancados con desesperación, no cortados. Los huesos astillados y las costillas sobresalían como garras. El abdomen se había abierto de par en par, y los intestinos colgaban en la nieve, como serpientes congeladas. La carne estaba negra, hinchada, brillando con un líquido espeso que rezumaba como savia podrida.

La cabeza, o lo que quedaba de ella, estaba colgando hacia un costado, apenas sostenida por un tendón ennegrecido. Los ojos no estaban. Ni la lengua. Su rostro, o bien, lo que quedaba persistía una expresión de terror indescriptible. Algo tan puro que ni el tiempo ni la muerte habían podido borrarlo.

Charlotte se tambaleó hacia un lado. Se arrancó el trapo del rostro y se cubrió la boca con una mano enguantada, jadeando.

— No... No jodas...

Se giró rápidamente, apoyándose en un árbol y vomitó. El sonido del vómito fue breve, pero en el silencio del bosque.

Leonardo, por su parte, no se inmutó. Se acercó al cadáver como quien examina una pieza de museo antigua y olvidada.

— Bueno. — Murmuró, con un deje casi satisfecho. — Ya encontramos a Rowe. O al menos las partes interesantes.

Charlotte escupió a un lado, limpiándose la boca con la servilleta de tela.

— ¿Estás demente? ¡Eso no es normal! Eso no lo hizo un animal. ¡Eso... eso es...!

— Arte. — Interrumpió Leonardo con tono sereno, examinando los cortes irregulares. — Grotesco, visceral, primitivo... Pero arte, al fin y al cabo. El cuerpo es un lienzo muy expresivo cuando se rompe de la manera adecuada.

Charlotte lo miró con horror.

— ¿Qué mierda estás diciendo?

Leonardo se volvió hacia ella, aún agachado, como si sus palabras fueran una broma privada.

— ¿Sabes a qué huele esto? —Preguntó, respirando hondo como si se tratara de un perfume exótico. — Es como cuando dejas carne de cerdo en el refrigerador durante demasiado tiempo, pero sin que se congele del todo. Ese dulzor ácido que te arde en la nariz.

Charlotte retrocedió un paso.

— Estás disfrutando esto.

— No. Pero tampoco lo niego. Es fascinante lo que el cuerpo hace cuando está solo con el tiempo... Y con algo que tiene hambre, ignora lo que digo... Soy un forense después de todo.

Se incorporó con una gracia que no pertenecía a ese entorno. Se quitó los guantes con parsimonia, como si se estuviera preparando para una cena en lugar de haber analizado una carnicería.

— Basado en el estado de putrefacción, lleva aquí al menos quince días. Lo suficiente como para que los gases lo inflaran... y lo suficiente como para que cualquier rastro de su depredador se pierda. No hay pistas Charlotte.

Charlotte temblaba. No solo por el frío.

— Esto no fue un animal. Esto... esto tiene intención.

Leonardo la miró, sus ojos azules intensos y sin una pizca de conmoción.

— ¿Y si la intención no viene de algo racional? ¿Y si simplemente... fue hambre?

Señaló los bordes de una mordedura en la pierna destrozada del cadáver.

— Si ves, las mordeduras no son de una dentadura animal... Parece humana.

Charlotte dio otro paso atrás, alejándose tanto del cuerpo como de él, esto era mucho para una mujer mayor como ella.

El viento sopló fuerte en ese instante, haciendo que las ramas crujieran por encima de sus cabezas. La nieve cayó en torbellinos irregulares, como si el bosque mismo los estuviera envolviendo o advirtiendo.

Leonardo caminó hacia ella, lentamente, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa melancólica dibujada en los labios.

— Charlie... ¿No te parece curioso que Rowe fuera un hombre despreciable, violento, abusivo? ¿Qué nadie lo echara de menos, salvo su madre y su hermano?

— ¿Qué estás insinuando?

— Que el bosque, a veces, se traga lo que sobra.

Charlotte lo miró fijamente, la garganta aun ardiendo, el estómago vacío y revuelto.

En el rostro de Leonardo no había crueldad. Solo una calma desconcertante. Como si ya hubiera estado aquí antes. Como si esta escena, este olor, esta muerte... le fueran familiares.

Por primera vez, Charlotte sintió que no lo conocía, o si lo conoció, o era una vil falsedad de su mente.

— Perdón si te estoy asustando, Charlie. — dijo al fin, en un tono suave, casi íntimo. — Es solo que... Me emociono con los cadáveres. He trabajado tanto tiempo con ellos que... Me llenan de algo. ¿Cómo decirlo...? ¿Excitación?

Charlotte lo observó en silencio, el corazón golpeándole las costillas y asintió.



— Es mejor que llames a la estación Charlie.

Charlotte se apartó unos pasos del cuerpo y encendió su radio portátil con dedos temblorosos. El viento ahora silbaba entre los árboles como una voz lejana.

— Aquí oficial Smith. Código 10-67. Cuerpo localizado en sector 7-E, coordenadas aproximadas... — Miró su GPS. — ...Cincuenta y nueve cuarenta y seis, setenta y cinco quince. Envíen personal de contención y equipo forense.

Una breve estática, seguida de una voz apagada:

— Recibido, Smith. En camino. Tiempo estimado: treinta minutos.

Charlotte bajó la radio lentamente, su mirada aún atrapada en ese montón de carne colgante entre las ramas de los árboles caídos. El aire parecía más espeso. Más... vivo.

— Leo... — Giró la cabeza.

Pero Leonardo ya no estaba.

Se encontraba sola.

La línea de árboles parecía haberse cerrado más, como si todo se hubiera encogido alrededor del cadáver. Charlotte sintió un pinchazo en el pecho. El mismo tipo de ansiedad que la despertaba en las madrugadas, empapada en sudor, recordando el disparo que ella le voló la mandíbula a su padre. Ese mismo miedo animal, salvaje, instintivo.

Y entonces...

El cuerpo respiró.

Un movimiento leve. Inhumano. Como si algo bajo la piel se estirara.

Charlotte retrocedió con un grito contenido, tropezando sobre sus propios pasos, y entonces lo vio:

Una silueta erguida detrás del cadáver. Alta, descarnada, con la carne negra pegada al hueso. Los ojos vacíos. La sonrisa retorcida, girando su cabeza de manera perturbadora con el sonido de los huesos del cuello quebrándose.

Su padre.

— No... No puede ser...

Charlotte retrocedió más, jadeando, hasta chocar con algo sólido.

— ¿Charlie?

La voz de Leonardo la sacó del trance como un baldazo de agua helada. Se giró bruscamente y lo encontró allí, sosteniendo su cámara, como si nada hubiera ocurrido.

— ¿Estás bien?

Su tono era genuino, suave. Pero a Charlotte le tomó unos segundos entender que estaba de vuelta en la realidad.

— ¿Dónde estabas? ¡Desapareciste, maldito loco!

Leonardo parpadeó, confundido por su reacción.

—Solo fui a buscar la cámara. El ángulo desde el norte es perfecto. La luz atraviesa las ramas como bisturíes. — Levantó su cámara con una media sonrisa. —. El arte, Charlie. Incluso en lo grotesco. Me adelanté al equipo. No quería perder tiempo después.

Charlotte apenas respiraba. El rostro aún pálido. Se giró a mirar el cadáver. Nada. Solo carne putrefacta. El cadáver no respiraba. Su padre no estaba. El viento solo era viento.

— Estás pálida. ¿Vomitas otra vez o te ayudo?

— No me jodas.

Leonardo sonrió.

— Entonces mira esto.

Le mostró la cámara, pasando lentamente las fotos. Imágenes nítidas, frías, de un horror indescriptible: los tendones tensos, los músculos expuestos, mordidas profundas. Charlotte las miró con repulsión... hasta que Leonardo se detuvo en una.

— Aquí.

Amplió la imagen. Las marcas eran claras.

— No son de lobo. No son de oso. No tienen la separación ni la profundidad típica de caninos, es lo que dije hace rato. Estas son... humanas.

Charlotte se quedó en silencio. Trató de no mirar mucho. Su estómago aún giraba por lo ocurrido anteriormente.

— ¿Estás diciendo que alguien se lo comió?

Charlotte hablo titubeando.

— No me gusta decirlo tan vulgarmente. Suena tan... maleducado. Pero sí. Puedo asegurar que las marcas coinciden con dentaduras humanas. Incluso parece que hay desgarros donde la lengua ha arrancado pequeños pedacitos de carne.

— Eso es... — Charlotte respiró hondo. —... Eso es una locura.

Leonardo se encogió de hombros.

— El cuerpo humano puede todo cuando lo empujan. Hambre, Aislamiento. Psicosis. Y si a eso le sumas una buena dosis de odio, superstición o desesperación...

Se detuvo un momento y apuntó su lente hacia otro ángulo del cadáver, sacando otra foto. Luego añadió, como si pensara en voz alta.

— ¿Sabes? El Wendigo no era un monstruo. No al principio. Era un hombre. Uno que se dejó arrastrar por el hambre, por el miedo. Uno que cruzó la línea y jamás regresó. Tal vez... esto no lo hizo un psicópata.

Charlotte lo miró, aún alterada.

— ¿Peor que un psicópata?

Leonardo asintió, mientras seguía mirando su pantalla.

— Un enfermo. Alguien con delirio, hambre, aislamiento mental... ¿Cuánto tiempo tarda el alma en pudrirse antes que la carne? ¿Quién sabe? Tal vez este no es el primero. Tal vez hay más como él en los bosques. Caminando. Hambrientos. Incompletos.

La forma en que lo decía... no era para asustarla. No había teatralidad. Era una reflexión serena.

— Perdón. Te estoy tomando el pelo. Seguro es algún loco que escapó de un psiquiátrico. Ya sabes... — Leonardo dijo suavemente, esto porque miro a su compañera muy alterada por todo lo que estaba sucediendo, y él se veía auténticamente arrepentido de su broma mezclado con preocupación por la mayor.

Charlotte se cruzó de brazos, intentando recomponerse mientras el viento silbaba entre los árboles.

— ¿No crees en lo sobrenatural?

Leonardo sonrió sin levantar la vista.

— No. Pero tampoco creo que todo tenga explicación racional. Algunas cosas... simplemente ocurren. Como la putrefacción. O la lluvia. O los sueños que se repiten.

Guardó su cámara en el bolso. Luego se giró hacia ella, con un tono casi íntimo.

— Pero tú sí lo viste, ¿no? Algo. Cuando estabas sola.

Charlotte no respondió. No podía. Sus labios se apretaron. Su silencio fue más fuerte que cualquier afirmación.

Leonardo asintió despacio, sin sorpresa.

— No te preocupes, Charlie. No te juzgo.

Ambos miraron el bosque. Un manto de árboles desnudos. Una boca abierta llena de secretos. Y la nieve volvió a caer, lenta y silenciosa, cubriendo la sangre, como si intentara olvidar.

— Lo importante es que ahora sabemos una cosa: alguien está ahí fuera. Y no solo mata. Devora.

La nieve empezó a caer otra vez. Y ambos esperaron con paciencia a los demás.



La escena del crimen fue cercada poco después.

Un par de agentes del condado, abrigados hasta las cejas, llegaron con el personal forense y una camilla térmica. La nieve seguía cayendo, lenta pero constante, como si el cielo tratara de cubrir cuanto antes lo que no debía haber sido visto.

Charlotte se mantuvo al margen. Había dejado de temblar, pero no porque el horror se hubiera disipado. Era una quietud mecánica, forzada, casi artificial. Como si su cuerpo hubiese decidido que no tenía el privilegio de quebrarse todavía. No aquí. No frente a todos. Su rostro era una máscara pétrea, pero sus ojos... sus ojos seguían atrapados en la imagen de lo que había visto, o creído ver entre las ramas.

Leonardo, siempre meticuloso, entregó su cámara y tomó notas en su libreta de cuero. Tenía una forma elegante y antigua de escribir, con una letra larga, curvada. Como si cada palabra que anotaba tuviera un peso propio.

Cuando todo estuvo empacado, y los otros se encargaron del transporte, Leonardo se acercó a ella. Le pasó un termo caliente, café, seguramente, y la observó un momento en silencio, antes de decir:

— No tienes que fingir que estás bien, Charlie.

Ella lo miró de reojo. Agradeció el café sin decir palabra.

— Lo que viste no fue fácil. El cuerpo... lo que imaginaste. Esas cosas... no se quedan en el bosque.

— No lo imaginé. — Respondió, seca. — Lo vi.

Leonardo asintió lentamente. No dudó de ella. No la tranquilizó. Solo la escuchó.

— A veces lo que vemos no es lo que está afuera, sino lo que nosotros llevamos dentro.

Charlotte tomó un sorbo de café y cerró los ojos.

— No sé qué me asusta más. El cadáver... o lo fácil que tú pareces respirar junto a uno.

— Mi tranquilidad es una cicatriz. No un don. Estoy acostumbrado, llegara el día en que tú también te acostumbres a estar entre cadáveres.

Se hizo el silencio por unos segundos, roto solo por el sonido de los otros agentes terminando su trabajo y uno que otro ulular de los búhos.

Volvieron al Bronco. Esta vez Leonardo condujo. Charlotte no se quejó.

El camino de regreso era largo, flanqueado por filas de árboles que parecían formar un pasillo fúnebre hacia el pueblo, adelante iban ellos y atrás las demás camionetas. Las nubes estaban tan bajas que apenas distinguían el horizonte. El cielo mismo parecía presionarles los hombros.

En el interior del vehículo, la calefacción era suave, pero insuficiente.

Leonardo rompió el silencio con una voz extrañamente vulnerable:

— ¿Puedo decirte algo... Sin que creas que tengo intenciones baratas?

Charlotte levantó una ceja, no estaba de humor.

— Depende. Si tiene que ver con cadáveres, tal vez te lo perdone.

Él sonrió apenas, pero su mirada estaba en la carretera, en sus ojos se podía ver un signo de culpa, preocupación o melancolía.

— Eres hermosa, Charlie. No solo por fuera. Eres como... Un fuego en mitad de un glaciar. He visto eso antes, ¿sabes? Ese brillo. Esa terquedad para no apagarte.

Charlotte no respondió, pero no apartó la vista. Solo dejó que una sonrisa tenue curvara sus labios cansados.

— Estoy vieja, Leonardo.

— Para mí no. — Su respuesta fue inmediata, suave, firme. Sin dobleces.

— Hubo alguien así en mi vida. — Continuó él, en voz baja. — Alguien que creía que podía hacer del mundo un lugar mejor... aunque el mundo la escupiera una y otra vez. Tenía tu forma de mirar. No con rabia... sino con desafío. Como si le gritaras a todo lo que te rompió: “Todavía estoy aquí.”

Charlotte seguía mirando al frente. Algo en su expresión se suavizó, solo un poco.

—¿Qué le pasó?

Leonardo tardó en responder.

—La vida. El tiempo. Las circunstancias. Ya sabes... lo que nadie puede evitar. A veces el amor no es suficiente para salvar a quienes amas. A veces ni siquiera lo ves venir, el cáncer es un gran problema.

Charlotte bajó la mirada hacia sus propias manos, callada.

— Eso suena injusto. —murmuró.

— Lo es. Todo esto lo es. — Hizo un gesto con la cabeza hacia el exterior. —. La nieve, el silencio, las muertes que nadie quiere resolver. ¿Pero sabes qué es aún peor?

— ¿Qué?

Leonardo giró levemente hacia ella, sin dejar de conducir. Sus ojos azules eran tan profundos como la nieve virgen.

— Que cuando encuentras a alguien con ese mismo fuego... ya estás demasiado roto como para tocarlo sin quemarte.

El silencio que siguió fue denso. Como si el invierno se hubiera colado entre ellos.

El Bronco avanzó, imperturbable, por la carretera helada. El mundo alrededor parecía congelado en una eternidad de árboles desnudos, y sus sombras bailaban con la forma de antiguos pecados. De cosas no dichas.

Charlotte no supo qué decir. Y por primera vez en mucho tiempo, no supo si lo que sentía era miedo... tristeza... o esa peligrosa y temblorosa necesidad de no estar sola.

Y el bosque... el bosque seguía allí, observándolos mientras salían del bosque hacía el pueblo.

La puerta de la cabaña crujió al cerrarse tras Charlotte. El aire tibio de la calefacción la envolvió con un leve olor a madera seca y café recalentado. Afuera, la ventisca silbaba entre los aleros como si el bosque todavía intentara hablarle, pero ahora ella no quería escuchar nada.

Leonardo la había acompañado hasta el porche. Le sostuvo la mirada con gentileza antes de irse, por supuesto que le presto su auto, pues el de Leonardo aún seguía en la estación. El abrigo gris ondeando como la sombra de un fantasma en retirada.

— Si pasa algo, llámame. — Le dijo. — Esta noche revisaré el cuerpo a fondo. Tú duerme. Por favor. Yo te recogeré en la mañana.

— Claro, Leo... descansaré.

Mintió.

En cuanto Leonardo desapareció por el camino, Charlotte se quitó las botas, encendió la luz de su habitación y se sumergió de lleno en el caso.

Tenía una vieja pizarra de corcho junto a la cama. Clavadas con chinches estaban las fotos del bosque, croquis del sitio del hallazgo, mapas del área donde desaparecieron los animales... y ahora también las fotos del cadáver de Rowe, que Leonardo le había entregado en un sobre sellado.

Una copia exacta, casi igual a la original de la estación.

Pero en su mesa de noche, junto al despertador apagado, tenía otro tipo de fotos sacadas recientemente de su cámara.

Personales. Íntimas.

Imágenes tomadas con la cámara de bolsillo que siempre llevaba. Charlotte, sin decirle nada a Leonardo, le había tomado algunas fotos cuando él no miraba: Leonardo observando el cielo entre los árboles, Leonardo escribiendo en su libreta, Leonardo sentado al borde de una zanja, con una expresión que parecía esculpida por la melancolía.

Las miró un momento. Una sonrisa triste se formó en sus labios. Empezaba a aceptar, en silencio, que lo que sentía por Leo ya no era simple afinidad.

Era algo más. Algo más cálido. Más peligroso.

Pero entonces... algo le molestó.

Una de las fotos. La levantó.

Leonardo de espaldas, mirando una pared de concreto agrietado, pintada con aerosol rojo. Una toma casual, Era la foto del vandalismo de la mañana, la que debía llevar a la comisaria, era una toma divertida... excepto por un detalle.

Un símbolo.

Un círculo con una equis dentro.

Charlotte frunció el ceño.

Volvió a mirar las fotos del cadáver. Se acercó con la lámpara. En una de ellas, justo detrás del árbol que sostenía el cuerpo de Rowe, ahí estaba de nuevo el símbolo. Apenas visible, tallado en la corteza.

El estómago se le encogió.

Fue hasta la pizarra y empezó a colocar las fotos una al lado de otra. No solo las del cuerpo. Las de los animales muertos, las zonas donde reportaron desapariciones, incluso algunos de sus paseos con Leonardo por los bordes del bosque...

En todas había algo en común. A veces claro, otras escondido. Pero siempre el mismo símbolo. Círculo. Equis. Un patrón inquietante.

— No puede ser. — Murmuró, clavando más chinches, temblando ahora.

La habitación, cálida hace unos minutos, se volvió helada de repente, sofocante.

Buscó otra de las fotos personales. Una donde Leonardo estaba sentado en una roca cerca del lago, con la cabeza apoyada en una mano. Parecía un poeta triste. Y al fondo, tallado en una piedra junto al agua... el símbolo.

—¡Mierda...!

Se levantó de golpe. El café en su estómago amenazó con volver. Caminó hacia la pizarra, ya temblando.

¿Cuántas veces había estado con él cerca de esas marcas? ¿Cuántas veces no lo había visto?

Recordó la escena en el bosque. Las palabras de Leonardo.

“El Wendigo no era un monstruo... Al principio.”

“Cuando encuentras a alguien con ese mismo fuego... Ya estás demasiado roto como para tocarlo sin quemarte.”

“Llegara el día en que tú también te acostumbres a estar entre cadáveres.”

Palabras poéticas, sí. Pero ahora... sonaban a advertencia.

A confesión.

El símbolo. Charlotte no conocía sobre el internet, aunque con dificultad, manejo la computadora que Leonardo le había regalado hace unos meses y el solo le enseño lo básico.

Su objetivo, buscar dicho símbolo.

Leyó los foros de crímenes extraños que aparecieron, leyendas urbanas. Lo leyó con detenimiento. Todos decían lo mismo uno de los símbolos de los proxys. Marcas dejadas por seguidores o sirvientes de algo peor. Una presencia, un vacío con forma: Slenderman. El mito de la figura alta, sin rostro, que usaba a otros para hacer su trabajo.

Y ese símbolo era su sello.

Charlotte retrocedió, apagando la computadora, se dejó caer en la cama. Su respiración era entrecortada.

¿Podía ser Leonardo uno de ellos? ¿Un proxy? ¿Un enfermo que jugaba con lo sobrenatural mientras se escondía tras una sonrisa y modales exquisitos?

Miró la última foto. Ella, sonriendo con la cámara en mano. Leonardo al fondo, con una expresión neutral. Pero al mirarlo ahora, algo le pareció... torcido. La sonrisa no llegaba a sus ojos. Y detrás de él, tallado en el poste de una cerca... el símbolo de nuevo.

Charlotte sintió un nudo en la garganta.

El símbolo estaba por todas partes. Y Leonardo también.

Ya no sabía si era coincidencia, obsesión, o si simplemente... había estado ciega todo este tiempo.

La casa crujió.

El viento golpeó las ventanas.

Y en medio de esa madrugada helada, Charlotte ya no sabía qué la mantenía despierta:

El caso.

O el miedo a dormir sabiendo que Leonardo estaba allá afuera. Con su sonrisa. Y con algo más que aún no se atrevía a nombrar.

Charlotte no podía moverse.

Estaba congelada, no por el frío del exterior, sino por el vacío que crecía dentro de su pecho, uno que le oprimía los pulmones como si una garra invisible se hubiese instalado entre sus costillas y quisiera arranca el último aliento que tenía.

Las fotos, la pizarra, el símbolo.

Leonardo.

¿Era posible? No... no podía ser ¿Podía?

Las manos le temblaban mientras marcaba el número de la estación. Pero no contestaban. Quizás por la hora. Quizás porque ya era demasiado tarde.

Colgó. Volvió a marcar. El corazón en la garganta.

Entonces ocurrió.

Una presión helada. Como el aliento de un cadáver detrás de su nuca. Antes de poder gritar, una mano enorme le cubrió la boca. Un guante de cuero, frío y áspero como la piel de una víbora.

Y luego... El suelo desapareció bajo sus pies.

Charlotte fue alzada en el aire con una facilidad antinatural, como si su cuerpo fuera de papel. Las luces de su habitación se distorsionaron en líneas borrosas, y el miedo se apoderó de cada rincón de su alma.

Intentó patalear. No pudo.Intentó gritar. No salió sonido.

Y entonces, una voz familiar, dulce, casi susurrada, le perforó los oídos:

— Hermosa Charlotte...

El tono era suave, íntimo, cargado de afecto fingido. Era su voz.La voz de Leonardo.

—Eras más lista que todos... — Continuó, con una calma que rozaba la demencia. — Supiste mirar donde otros no. Eso siempre me gustó de ti.

Con cada palabra, la mano se cerraba más en su mandíbula, aplastando el hueso con una fuerza imposible. Charlotte sintió un “crack” sordo. El dolor fue absoluto.

No era humano.

La dimensión de esa mano... No era la que conocía. No era la mano que alguna vez le había tocado el rostro con ternura, ni la que sostenía su taza de café cada mañana. Esta era inhumana, larga, delgada, huesuda. La palma le cubría la mandíbula y parte del cráneo.

Estaba suspendida a casi dos metros del suelo.

— Charlie... Eres hermosa. — Dijo de nuevo. La voz era la misma, pero ahora tenía una vibración más grave, como si algo más hablara con él. — Quería seguir conociéndote. Por eso me quedé más tiempo.

Y sin previo aviso, la arrojó al suelo.

Charlotte cayó como una muñeca rota. Un golpe seco, el aire de sus pulmones salió, la cabeza contra el borde del mueble. Sintió la piel partirse, y un chorro de sangre caliente descendió por su sien. El mundo giraba. El zumbido en sus oídos era insoportable, tampoco sentía su mandíbula, pues ahora estaba destrozada.

Pero aún veía.

Y lo que vio le quitó el aliento.

Frente a ella estaba “Leonardo” ... o lo que quedaba de él.

Una criatura descomunal, más alta que cualquier humano, vestida aún con el traje gris y la corbata negra. Pero sus proporciones eran... incorrectas. Los brazos les llegaban a las rodillas, los dedos eran filosos y largos como ramas secas. El rostro era una versión descarnada de Leonardo: pómulos salientes, ojos hundidos como cuencas negras, y una piel que parecía desgarrada, como si una máscara humana hubiese sido estirada hasta el límite en un cráneo.

No. No era una máscara. Era su verdadera cara.

El cabello blanco, antes tan suave, ahora caía en hebras sucias. Los ojos eran redondos, completamente negros, con un punto blanco diminuto en el centro. Parecían ojos de calavera.

Charlotte intentó arrastrarse, pero no podía mover las piernas. El miedo la había paralizado. O quizás ya había perdido el control de su cuerpo.

La criatura se agachó lentamente sobre ella, como si la contemplara con cariño... o con hambre.

Su lengua emergió de su boca. Larga, delgada, áspera. Una lengua inhumana, que lamió la sangre de su frente con una lentitud insoportable.

Y en un pestañeo, el monstruo ya no estaba.

Leonardo estaba allí de nuevo. Normal. Hermoso. Cálido.

Se agachó a su lado, con una sonrisa burlona, pero ahora la dentadura de perlas blancas era de un color rojizo que lo hacía ver más tétrico, y le acarició el cuello con una mano ensangrentada.

— Shhh... Leonardo ya no está aquí... Tuvimos que silenciarlo. — Susurró, acariciándole el cuello con una mano ensangrentada. — Sé que sientes dolor...

Charlotte quiso hablar, pero no podía por su mandíbula. El dolor en su cuello era insoportable, la estaba asfixiando.Y entonces, mientras la miraba a los ojos...

“CRACK.”

El cuello se partió con un sonido sordo y limpio. Un movimiento suave, casi gentil.Pero no murió.

Aún vivía. Aún lo miraba.Sus ojos empañados de lágrimas, de terror... y de traición.

— Rowe... — Dijo Leonardo, su voz ya más oscura, más hueca. — No sientas pesar por él.Se metió donde no debía. Invocó lo que no entendía. Pidió poder... y luego quiso huir del precio.

Se inclinó, pegando sus labios al oído de Charlotte. Su aliento era tibio. Casi... tierno.

—Yo le recordé que las deudas se pagan.

Charlotte ya no lloraba. Ya no podía.

La criatura... Leonardo... No. Lo que sea que fuera, levantó su rostro, y su tono se volvió casi triste. Melancólico.

—Tú... tú eras diferente.Vi en ti un brillo que creí extinguido hace años.Eras hermosa, Charlie. Por fuera y sobre todo por dentro.Y eso... eso duele más.

Lentamente, mientras Charlotte apenas sentía ya su cuerpo, él se transformó.

La piel se estiró. El rostro se deshizo, como si hubiera derretido. Y lo que emergió fue algo antiguo. Alto como los pinos, flaco como la muerte. Tenía un cráneo de ciervo en lugar de cara, ojos vacíos, y una marca en la frente: el círculo con la equis, tallado como una maldición eterna.

Las sombras se movieron como un humo espeso. Como si el mundo mismo se doblara sobre sí mismo. Y cuando la criatura, ese ser de hambre, melancolía y afecto desviado, se inclinó sobre Charlotte...

La devoró.

Pero ella ya no sintió miedo.

Solo una extraña paz.

Un frío en los labios.

Como un beso suave antes del sueño, el mismo que alguna vez Leonardo le dio en la mejilla cuando se despedían.

Y así, Charlotte se fue. Sin gritar. Sin luchar. Solo con ese recuerdo final:“Yo terminaré con tu dolor... sé parte de mí.” Dicho siniestramente por aquella cosa.

Y cuando las sombras se deshicieron, y la criatura desapareció en la noche, no quedó rastro de ella.

Ni sangre.

Ni cuerpo.

Solo silencio.

Y una pizarra vacía......excepto por un símbolo tallado en el corcho.

Un círculo con una equis en el centro.



La pantalla del televisor chispeaba, con esa luz azulada que convertía la sala en un reflejo fantasmagórico.

Un grupo de adolescentes estaba reunido frente al aparato, la mayoría con mochilas ya listas, termos con café barato, linternas, baterías externas y cámaras amarradas a sus pechos. Ropa oscura. Risitas nerviosas. Energía temblorosa de juventud mal enfocada.

El noticiero local terminó de mostrar una toma aérea de un bosque nevado en Alaska. Luego apareció la imagen de una mujer.

Charlotte Smith.

El locutor hablaba con tono grave:

— Autoridades confirman la desaparición de la oficial de policía Charlotte Smith, vista por última vez hace dos noches. La investigación se complica al encontrarse, esta mañana, el cuerpo sin vida de su compañero forense, Leonardo Whitemore, abandonado en la nieve a medio camino de la estación.

La cámara cortó a una imagen borrosa del lugar del hallazgo: el cuerpo parcialmente cubierto de nieve, de espaldas, los brazos extendidos como si fuera un ángel, el rostro censurado, pero aun con la censura se notaba el color rojo de la sangre.

—El cuerpo presentaba múltiples impactos de bala, aunque no hay registros oficiales de disparos ni testigos que informaran actividad armada en la zona. El forense había trabajado con Smith en un caso reciente que involucraba una serie de desapariciones cercanas al pueblo de Hyder.

—Ambos oficiales eran conocidos por su estrecha relación y excelente labor. No se descarta la posibilidad de un tercer implicado en los hechos.

Uno de los adolescentes, de unos quince años, cabello negro cubierto con una gorra de lana y ojos encendidos por la emoción, soltó una carcajada corta.

—¿Lo escucharon? — Dijo, señalando la pantalla. — ¡Un bosque, desapariciones! Esto es como... Exactamente como lo que pasó aquí, ¿se dan cuenta?

—En serio, Nate — Resopló una chica del grupo. — Eso fue en Alaska. Muy lejos de aquí.

—¿Y qué? ¡Todo está conectado! Ya lo vieron en Reddit. En 4chan: el símbolo ese... el círculo con la equis. ¡El mismo que vimos cerca de la mina el otro día! Esa es nuestra misión.

El grupo guardó silencio por un segundo.

La chica bajó la mirada. Otro de los chicos se ajustó la mochila con más fuerza. A lo lejos, un trueno seco sonó, aunque no había tormenta en el pronóstico, el cielo permanecía nublado.

—Tal vez no deberíamos ir... — Murmuró uno de los más jóvenes. — Tal vez es como... una advertencia.

Nate se giró, sonriendo.

— ¿Una advertencia? ¡Vamos! Es 2010. Los creepypastas son lo más. Slenderman, Jeff... ¿Y si es real? ¿Y si todo eso viene de algo más viejo?

Abrió su celular y mostró una foto descargada: una marca tallada en un árbol, exactamente el mismo símbolo que miraron en la mina.

— Lo vimos cerca del túnel. Al lado del sendero. Yo lo tengo grabado.

— Pero ¿y si eso significa que alguien más ya... fue ahí? — Preguntó otro. — ¿Y si están muertos?

Nate sonrió, con los ojos brillando en la penumbra.

— Entonces lo documentamos. Y lo subimos. Seremos los primeros en encontrar evidencia real. De verdad. Probaremos que los Creepypastas son reales.

Hubo un silencio largo. Luego uno a uno, como si se rindieran al magnetismo de la noche y la curiosidad, los adolescentes comenzaron a ponerse sus mochilas.

Las linternas se encendieron.

La puerta de la casa se abrió.

Y el grupo salió caminando en dirección al bosque.

Al vasto mar de pinos oscuros que se extendía como una alfombra silenciosa sobre el remoto pueblo de Oregón. Allí, donde los árboles no tenían fin, donde la niebla formaba figuras imposibles, donde los susurros parecían venir de los enormes pinos.

La mina de carbón abandonada los esperaba. La que había sido sellada décadas atrás, cuando ocurrieron las primeras desapariciones. Donde los símbolos reaparecieron en los muros, tallados con cuchillas oxidadas y sangre de animal. Donde el tiempo se detenía y los ecos eran devueltos por voces que no eran humanas.

Donde nadie debía entrar.

Y, sin embargo, lo hacían.Porque eran niños.

Porque creían que matar era solo un juego.

Y muy lejos de allí, en un rincón olvidado de Alaska, en una cabaña que alguna vez perteneció a un forense albino, una fotografía quedó encendida en el escritorio. Charlotte, sonriendo, con la cámara en mano. Leonardo a su lado, de espaldas.

Y en la pared, detrás de él,el mismo símbolo.

Un círculo.Una equis en el centro.

FIN



Un agradecimiento a todas las personitas que llegaron hasta aquí.