Prólogo
No fue una bomba. No fue un misil ni un dios extranjero. No fue el castigo de una profecía antigua. Fue algo más simple. Más humano. Una decisión… una mentira… una puerta abierta. El Virus de la Rabia extrema no murió en Londres. Ni con los fuegos de la OTAN, ni con las promesas de los científicos que creyeron haber contenido al Diablo. Simplemente… esperó. Esperó en la sangre seca de un cuervo. En las entrañas de un niño rescatado. En el aliento de una madre infectada que cruzó la frontera bajo un nombre falso. Y cuando el mundo pensó que podía volver a soñar… el Virus despertó. Y esta vez, no tenía fronteras. Primero cayó Irlanda. Luego el norte de Francia. Después, los océanos dejaron de ser barreras y se convirtieron en puentes de muerte. Las noticias dejaron de ser noticias. El pánico se volvió liturgia. Y los gobiernos, reliquias de un mundo que ya no existe. La humanidad no cayó en un día. Cayó en silencio, poco a poco, como una vela que se consume entre rezos y desesperación. Hubo focos de resistencia: una base en Alaska, un búnker en el metro de Moscú, una red de hackers en San Francisco que aún transmite desde la oscuridad. Guerrilleros en Latinoamérica, y un culto en Jerusalén que dice haber visto al Anticristo caminando entre ruinas. Y en medio del polvo y la carne, hay nombres que resisten al olvido. Jimmy, el niño de Escocia que vio a su madre caer y al Infierno abrirse en forma de cruz. Zoé y Paul, cuya boda se convirtió en un festín de horrores en París. Y Chloe, la marine que quemó un barco entero para salvar un secreto que aún la persigue. Todos ellos… hijos de un mundo que ya no los reclama. Fragmentos de una historia que se niega a morir. Porque hay algo que late detrás del virus. Una conciencia. Una voluntad. Algo que observa y espera. Y mientras el último satélite cae… mientras la última ciudad arde… una voz se alza entre la estática:“28 años después… el mundo ya no es de los vivos. Ni de los muertos. Es de los que recuerdan.”