Prólogo
La asesina frunció el ceño. Su rostro, hasta entonces frío y calculador, se deformó de golpe por la furia desbordada que evidenciaba su incomodidad al no lograr infundirles miedo.
—¡Cállate! —gritó con voz desgarradora, completamente fuera de sí.
Sin pensarlo, alzó el arma y golpeó a la mujer de tez morena con la culata en la cabeza. El impacto fue seco, brutal. Ella se desplomó en silencio, inconsciente, mientras un hilo de sangre comenzaba a deslizarse por su sien y goteaba el piso del lugar abandonado.
La otra mujer ahogó un grito, paralizada por el horror, mientras la asesina permanecía inmóvil, jadeante, con los ojos desorbitados. Solo había tres mujeres en aquel lugar abandonado, pero dos de ellas estaban a punto de perder la vida.
—No entiendes nada —susurró con una calma enfermiza, dirigiéndose al cuerpo inconsciente tendido en el suelo. Luego alzó la vista hacia la otra mujer—. Sofía no es solo una mujer; es un juguete frágil y moldeable. Me fascina lo manejable que puede llegar a ser, lo rota, lo triste… lo monstruosa que podría volverse si yo la transformara. Al final, si no me ama, no importa. Me produce la misma satisfacción saber que me teme.
Hizo una pausa, respirando con pesadez, antes de apuntar a la otra mujer con el arma, cargando cada gesto de desprecio sobre esa acción.
—Y tú, tú llegaste con tu ternura estúpida, con esa vida fantasiosa y esas malditas risas, y entonces ella empezó a cambiar. Dejó de odiarme. Dejó de temerme, ¡y así no me sirve! ¡No me sirve! —gritó, entre rabia y desesperación—. ¡Amo que me tema! ¿Qué clase de problema psicológico tengo para que me fascine tanto el miedo que ella sienta hacia mí?
Entonces, en cuestión de segundos, la asesina sonrió, como si acabara de responderse a sí misma.
—¿Y sabes qué es lo mejor? —murmuró—. Que tú tampoco podrás tenerla.