La nana del bosque

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Summary

En Dáfera, cada familia enseña a sus hijos la misma canción desde hace generaciones. No es una nana para dormir, sino una advertencia contra las Dulces, seres que se mueven en silencio por el bosque. Un relato independiente del folclore de Trethenia: breve, inquietante y marcado por el eco de una risa entre los árboles. © 2025 Marta Patricia Varela. Todos los derechos reservados. Esta obra forma parte del universo literario Trethenia. No se permite su reproducción, distribución o adaptación sin autorización de la autora.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
4.0 1 review
Age Rating
16+

Chapter 1


La nana del bosque


Merinda se encontraba en su cuarto, jugando con su muñeca favorita.

Una muñeca que su madre le había hecho con un trozo de tela rasgada de uno de sus vestidos, rellena con trigo.

No tenía botones ni hilo, así que, con ceniza de la chimenea, le dibujó los ojos y la boca.


La había sentado en una silla, mientras, con una cuchara de madera, jugaba a darle de comer.


—Come... tienes que comer —le dijo a su muñeca.


Su madre la observaba jugar a la luz del fuego.

Amamantaba a su hermano pequeño, Jam.

Apenas tenía tres meses, aunque parecía algo mayor. Era un bebé mucho más tranquilo que Merinda, aunque no perdonaba la hora de comer.

Ella le cantaba una nana, apenas un susurro:


Duerme, mi bebé,

calla por tu bien.

Las Dulces te escuchan...

duerme, mi bebé.


Si andas por el camino,

en silencio has de ir,

porque si alguna te oye...

podría ser el fin.


Duerme, mi bebé,

calla por tu bien.

Las Dulces te escuchan...

duerme, mi bebé.


Si aparece entre las sombras,

ignorarla debes bien,

pues si llegas a mirarla...

jamás te veré crecer.


Merinda ya la conocía. Era la misma nana que su madre le cantaba desde pequeña.

A sus cuatro años le daba miedo, pero ahora, con siete, pensaba que solo era una historia para asustar a los niños.

Una forma de evitar que se adentraran en el bosque.


Dejó a su muñeca sentada en la silla y se tumbó junto a su madre, que seguía murmurando el estribillo una vez más.


—¿Por qué cantas siempre esa canción, madre?


—Mi abuela se la cantó a mi madre, y ella me la cantó a mí. Así se ha hecho durante generaciones.

Es un recordatorio de los peligros que habitan entre nuestros bosques.


—Yo no creo en esos cuentos viejos...


Su madre sonrió.


—Ante la duda, Merinda... Es mejor creer. Siempre creer.






***




A la mañana siguiente, su madre le ofreció el desayuno y ató a Jam con largos pañuelos a su espalda.

Tomaron la ropa sucia y salieron hacia el riachuelo. Era día de colada.


Merinda la ayudó al principio, pero lavar la ropa le resultaba demasiado aburrido.

Aguantó un rato, hasta que terminó el trozo de pan que su madre le había guardado.

Luego la dejó sola con la colada y comenzó a jugar con las piedras, siguiendo con la mirada a los pájaros que revoloteaban al final del arroyo.


—¡No te alejes mucho, cariño! —le recordó su madre.


Cuando terminó, su voz se alzó entre los árboles:


—Vámonos, Merinda, va a oscurecer. Se ha hecho tarde... —pero Merinda no respondió—. ¿Merinda?


Su madre miró entre los árboles, buscando la silueta de su hija.

No había rastro. Se adentró poco a poco en el bosque, mientras la llamaba.


Un grito, procedente del sur, la hizo correr.


—¡Merinda! ¡Merinda, ¿dónde estás?!


Los gritos cesaron de golpe, haciéndola detenerse en seco. Su respiración agitada contrastaba con la calma del bosque.


Jam comenzó a llorar. Era su hora de comer.


—¿Merinda...? —susurró.


Una risa brotó entre los árboles.


—¡Merinda! No me hace gracia... volvamos a casa.


Otra risa. Esta vez, detrás de ella.


La madre se giró lentamente, con el llanto de Jam decorando el momento.


Y allí estaba.


Ese ser, con aspecto de niña, de piel pálida y cabello oscuro pegado al cráneo —quizá por sudor, o por agua— la observaba con ojos negros.

La mujer tragó saliva. Apenas la miró, se giró de nuevo... ignorándola. O fingiendo hacerlo.


La Dulce sonrió.

Esa misma Dulce de la nana que tantas veces le había cantado a sus hijos, que tantas veces su madre le había cantado a ella.

No era una leyenda.


Cuando ella le dio la espalda, la criatura sonrió de nuevo. Sus dientes afilados rompían por completo con el nombre que el pueblo le había dado.


Poco a poco, la madre de Merinda echó a andar hacia su casa, rezando a los tres soles para que la criatura perdiera el interés.

Pensó en su hija, en sus gritos, y una lágrima le resbaló por la mejilla.


La canción... aquella canción... no la había protegido.


Con cada paso, las hojas crujían bajo sus pies.


—¿Me vas a abandonar, madre?


La voz de Merinda la obligó a detenerse.


Jam comenzaba a llorar cada vez más a su espalda. Ella lo mecía suavemente, intentando calmarlo sin romper la regla más importante: el silencio.

Un silencio que su bebé estaba rompiendo. Un silencio difícil de conseguir.


—¿Mami?


No.

No podía ser ella.

Lo sabía.

Era la criatura... jugando con su miedo.


Decidió avanzar unos pasos más, seguir sin mirarla.


"Que los tres soles nos guarden misericordia y nos protejan de tu maldad.

Que el Sin Aliento guíe con amor el alma de mi hija...

y que la luz nos ilumine el camino hacia casa."


Rezaba sin voz.


—¿Mami? ¡Mírame, por favor! Soy yo... Merinda... ¿por qué me dejas sola en el bosque?


Ya quedaba poco para llegar a la cabaña. Unos metros más y estarían a salvo.


—Madre... —la voz de Merinda sollozaba—. Tengo miedo... por favor... necesito que me hables.


La mujer dudó. ¿Y si era su hija? ¿Y si el miedo le estaba nublando el juicio?

No podía dejar a su niña sola.


Con el cuerpo tembloroso, se giró lentamente una vez más.


Un alarido rasgó el bosque y se tragó el aire.

Después, solo quedó el silencio.


Jam también dejó de llorar.


Y en el bosque, lo único que permaneció fue el sonido de la risa que lo había comenzado todo.








Gracias por leer este pequeño cuento, nacido en la región de Dáfera, una de las cinco regiones del reino de Trethenia.

Aunque es una historia independiente, forma parte del folclore que habita en este mundo que he creado con tanto cariño.