CONTANDO MIS SIETE PECADO

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Summary

CONTANDO MIS SIETE PECADOS Me llamo Sol. Tengo veintidós años y no voy a mentirte: me encanta el sexo. El bueno. El sucio. El que te deja temblando. Trabajo como peluquera, vivo con mis hermanas mayores... pero cuando cae la noche, dejo de ser la chica común para convertirme en una mujer hambrienta de placer. Mi cuerpo no conoce límites. Me excita la adrenalina de lo prohibido, los gemidos ahogados y el roce desesperado de dos pieles encendidas. No creo en el amor, creo en el deseo. En el orgasmo compartido. En los cuerpos que se usan sin pedir permiso. He vivido siete aventuras. Siete pecados. Cada uno más ardiente, más salvaje, más intenso. Pero ninguno me preparó para él. Eric. Veinticinco años. Mirada dulce, caricias lentas... y un talento para hacerme rogar entre sábanas que me enloquece. Es mi amigo. O al menos, lo era. Porque desde que cruzamos esa línea, ya no hay marcha atrás. Me hace sentir cosas que no quiero sentir. Me hace desear algo más que placer. Y si enamorarme de él... es mi pecado más imperdonable.

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1 MI PRIMER PECADO


[CONTANDO MIS SIETE PECADO]

Actualmente estudio mucho para poder lograr inscribirme a la universidad. Mi sueño es ser una escritora apasionada y bien vivida. Me gustan los pequeños detalles, y considero que un simple detallista puede hacerte enamorarte… incluso sin querer.

Un día sábado tenía una cita con un chico de mi escuela llamado Brandy. Es mayor que yo, tiene veintiséis años y vive en un hermoso apartamento a la orilla del mar. Un lugar perfecto, con una vista que hipnotiza y una atmósfera íntima que invitaba a perderse ese hermoso lugar.

Él me había invitado a su departamento, y como de costumbre —me encanta salir y dejarme llevar— acepté su invitación sin pensarlo mucho. Además, es un chico muy guapo: ojos grises, mirada penetrante, labios sensuales y una forma de hablar que te atrapa. Pero más allá de lo físico, Brandy es muy atento, dulce… y eso, que me gusten los detallistas, me hizo sentir muy especial.

Fui a su departamento lo pasamos muy bien. Bailamos, tomamos alcohol, reímos sin filtro. Era como si estuviéramos en nuestro propio mundo. Hicimos una pequeña fiesta, solo él y yo, sin testigos, sin juicios, sin necesidad de aparentar nada.

Poco a poco, entre los tragos y las miradas, empezamos a besarnos. Sus labios se sentían tímidos al principio, como si me pidieran permiso. Y yo, con mi naturaleza salvaje y experimentada, lo guiaba despacio.

Nos mirábamos fijamente a los ojos. En ese silencio entre beso y suspiro, Brandy me confesó algo que me descolocó por dentro: tenía una novia… y se parecía muchísimo a mí.

Esa revelación me provocó una mezcla de sorpresa y fuego. Pero más allá del comentario, lo que más me inquietó fue cómo me trataba. Sus caricias eran cuidadosas, casi reverentes, como si no quisiera romperme. Como si, en vez de buscar una noche de aventura, buscaba una conexión emocional conmigo.

Brandy era virgen.

No lo había dicho con vergüenza, sino con sinceridad. Nunca había experimentado el placer de estar con una mujer. Y yo… bueno, yo soy toda lo contrario. Soy fuego, deseo, tengo bastante experiencia. Me gusta explorar. Me gusta enseñar también.

Lo tomé con dulzura. Le propuse que se calmara mientras lo besaba lentamente, dejándole saber que estaba en buenas manos. Le bajé el short negro que tenía puesto, y al ver su expresión de nervios, me acerqué a su oído y le susurré con voz suave y segura:

—No deberías tener miedo… solo relájate dejate llevar prometo protegerte.

Sus pupilas se dilataron. Su respiración se aceleró. Su cuerpo temblaba ligeramente, como si cada caricia lo estuviera quemando por dentro. Deslicé mis dedos por su abdomen hasta rozar su pelvis, sintiendo su tensión mezclada con deseo y excitado.

—Confía en mí —le dije con una sonrisa traviesa, mientras mis labios jugaban con su cuello.

Quería que su primera vez no fuera solo una experiencia más. Quería que fuera memorable. Que su cuerpo recordara mis besos, mis manos, mis gemidos.

Lo conduje con cuidado, marcando cada paso, llevándolo al límite de su inocencia cuidándo cada unos de sus movimientos.

Y así, entre sábanas revueltas, jadeos contenidos y cuerpos descubriéndose por primera vez, cometí el primero de mis siete pecados.

Y no me arrepienti de enseñarle.